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   Constitución subjetiva

Apuntes acerca de los primeros tiempos
  Por Elsa Coriat
   
 
La primer experiencia de satisfacción es algo así como el Big Bang del psiquismo, por un doble motivo: 1) porque nadie puede dar testimonio de lo que allí acontece, pese a lo cual es posible su reconstrucción lógica –y con bastante precisión– a partir de lo que sucede aprés coup; 2) porque cada uno de los elementos de lo que podría llamarse el álgebra de la teoría psicoanalítica (a partir de Freud y siguiendo a Lacan) –objeto a, otro, Otro, sujeto, significante, letra, deseo, etc., etc.– sale disparado por primera vez, en impresionante eclosión, iniciando el camino que los llevará a su ubicación más o menos definitiva en la estructura.
¿A qué estructura me refiero? A la estructura del sujeto, que todavía no existe en lo real. El sujeto deberá advenir, y en hacerlo posible estará comprometida la ética del analista que sea solicitado a intervenir en la clínica de los problemas de los primeros tiempos.

Si un analista interviene convendrá que tenga presente –valga la obviedad– que un bebé recién nacido no sólo no es igual a un adulto sino ni siquiera a un niño pequeño; es más, lo que acontece alrededor de los seis meses implica un bebé que no será el mismo antes y después de su entrada al estadio del espejo.
En cada uno de estos tiempos, tanto la situación de la estructura como el estatuto del sujeto son radicalmente diferentes a los de los tiempos que lo anteceden y lo continúan. En cada tiempo, a su vez, se esbozan los elementos de lo que vendrá después; pero que se esbocen sólo quiere decir eso, a saber, que lo que está son sus antecedentes, que sólo aprés coup se los podrá leer como ya estando. La aparición de estos esbozos puede ser incluso condición necesaria para que a posteriori acontezcan, pero eso no quiere decir que, en el tiempo presente, ya esté siendo lo que recién será en el futuro.

La temporalidad requerida para dar cuenta de lo que el psicoanálisis descubre es lo suficientemente complicada como para requerir un grafo con dos vectores temporales que incluso se entrecruzan, pero en cada uno de los cuales el tiempo circula en sentido contrario: hacia adelante el uno, hacia atrás el otro. Me estoy refiriendo, por supuesto, al grafo de “Subversión del sujeto”. Agreguemos que, en relación al grafo, hay una tercera instancia temporal que no acostumbra mencionarse, tal vez porque se la considere un capricho didáctico de Lacan, tal vez porque no se valore su extrema importancia, tal vez porque en nuestro medio son tantos los que consideran que una estructura no tiene historia, que no tiene origen, que la diacronía no la afecta, y sin embargo…

La instancia temporal a la que me refiero es la de la construcción del grafo, donde las cuatro versiones en las que el grafo se va completando no son ni arbitrarias ni elaboradas exclusivamente en función de la didáctica, sino que pueden considerarse, estrictamente, distintos tiempos en la construcción de la estructura del sujeto.

En el seminario sobre “Las formaciones del Inconsciente”, mientras comienza la presentación del grafo que terminará de formalizar en “Subversión del sujeto…”, dice Lacan: “En los esquemas que les propongo y que están extraídos del jugo de la experiencia, trato de establecer tiempos. No son por fuerza tiempos cronológicos, pero no importa, porque también los tiempos lógicos pueden desarrollarse sólo en una determinada sucesión”1.
El grafo 1 –de la edición de Paidós–, donde todavía no está presente el moi, necesariamente corresponde al tiempo previo al estadio del espejo. Hay un sujeto barrado, pero ubicado en el lugar donde más adelante se instalará el Ideal del Yo (abajo, a la izquierda). En el lugar donde más adelante se ubicará el sujeto hay, por ahora, una Δ cargada de un misterioso silencio. Podemos considerar a esta Δ como el organismo –es decir, el cuerpecito real del bebé– “el pez en su nado vivo”, que es enganchado por el anzuelo significante del Otro2. En el cachorrito humano hay una prematurez que posibilita y casi exige la alienación, pero no nace alienado. La alienación –la alienación al Otro, se entiende– es una operación que depende de los actos del otro que ejerce función materna (ya sea éste la madre, el padre, algún vecino o una enfermera). Sólo aprés coup el sujeto podrá decir: “yo elegí instalarme en el Otro” –paradojalmente sólo podrá decirlo con pertinencia recién una vez que ya se haya decidido por la separación–. Mientras tanto, es decir, como mínimo durante esos primeros seis meses, conviene teorizar al bebé como un puro objetito sometido absolutamente a la acción del otro –acción del Otro que lo escribe–.

¿Y el sujeto barrado de “abajo a la izquierda”? Me parece que conviene considerarlo como el sujeto supuesto por los padres o por quienes del bebé se hacen cargo. Esto es coherente con que más adelante ese será el lugar del I(A), rasgo unario inscripto por el otro3.
Aclaremos, por las dudas, que si bien conviene teorizar al bebé como objeto lo que no conviene en absoluto es tratarlo como tal. Para que allí aparezca alguna vez un sujeto en lo real es imprescindible suponerlo como tal desde el principio. Además –valga la obviedad– es necesario no sólo que el otro lo suponga sino que el organismo “se entere” que el otro lo supone.
¿Cómo “se entera” de esto el pequeño organismo vivo? Las acciones del otro dejan huella; huella mnémica dirá Freud; marca, trazo, incluso letra, dirá Lacan.

En mi “Proyecto de neurología para psicoanalistas” decía: “Me interesa que reparemos en que el significante escrito, cualquiera sea la condición particular de su escritura, desde el punto de vista de su materialidad física, presenta una diferencia radical con el significante hablado: mientras que a las ondas sonoras se las lleva el viento –siempre y cuando no queden registradas, escritas, en un grabador o en un cerebro– la escritura se caracteriza por implicar una modificación permanente en la materia ‘tangible’. Cuando esa modificación en la materia deja de permanecer, ya no queda nada escrito, se ha borrado”.

“Me refiero a la materialidad concreta de la tinta que se distribuye sobre el papel, a las concavidades que quedan en el granito cuando en él se han tallado las letras, a las crestas y valles del surco de la placa discográfica que lee la púa, al ordenamiento espacial en la secuencia de distribución del genoma, al hueco que queda en la arena cuando un pie ha dejado su huella. Ya sea discurso impreso por el hombre, ya sea marca en la lanza del cazador, ya sea código impreso en lo real por la naturaleza y leído como tal por el hombre, en la lengua no hay extensión posible del significante ‘escrito’ que no implique una modificación diferencial sobre alguna de las formas en que se presenta la materia física”.4
Las huellas mnémicas de los primeros meses –previos al tiempo en que el significante se haya enseñoreado del cuerpecito, produciendo un sujeto en lo real– se inscriben sobre el papel del sistema nervioso central (no podría ser de otra manera) pero en la medida en que las experiencias vividas por el bebé determinan incluso el trazado de las conexiones de la red neuronal (las Bahnungen), son los significantes organizados desde el deseo del otro (o su ausencia) los que determinen de qué manera esas experiencias tendrán lugar y qué dejarán marcado (incluyendo la posibilidad de una estructura neurótica, o psicótica, o autista, que comienza a jugarse en estos primeros tiempos).
Lo que deja la marca es la experiencia tal como la vive el organismo, ya sea para el placer, ya sea para el displacer, pero las condiciones de la experiencia están organizadas por el otro –por eso decimos que es el Otro el que escribe sobre el cuerpo del infans, pero desde las acciones (o los actos) de un otro con minúscula, presente en lo real–.

El primer movimiento de la primera experiencia de satisfacción es la sensación de displacer que el flamante cuerpecito experimenta por primera vez. Este displacer dispara un llanto automático que, al ser escuchado por su madre, inmediatamente le genera la pregunta “¿Qué querés, bebé?”. Tal vez en la conciencia de la madre (y en especial ante el primer llanto) sólo aparezca la respuesta –“tiene hambre, quiere la teta”– pero lógicamente implica la pregunta anterior y, si es una “buena madre” (por usar sin empacho los términos de Winnicott) en los meses que siguen habrá un sinfín de situaciones cotidianas en que la madre, para calmar la inquietud de su bebé, tendrá que preguntarle(se): “¿Qué querés, bebé?”. Será ella en definitiva quien, en nombre de su bebé, terminará dando con la respuesta, pero esta respuesta sólo será eficaz si previamente se “lo preguntó” al bebé, intentando descifrar qué era lo que el bebé podía querer: si comida, si abrigo, si mimo, si cambio de pañales, si juguete, si… ¡tantas cosas y de tantas maneras!, pero sólo alguna de entre tantas podrá calmar al bebé en ese momento. Cuando el bebé obtiene la respuesta a su malestar recién allí “se entera” que su lloriqueo o su gesto fue tenido en cuenta como supuesta palabra5 emitida por un supuesto sujeto (a saber: él); esa es la lógica de cada momento sincrónico que, aprés coup, posibilitará la emergencia de un nuevo sujeto en lo real.
Este “¿qué querés?”, formulado en un comienzo por la madre, cotidiano y de entre casa, se corresponde con el mucho más elegante y literario “che vuoi?”, retomado por el analista, que Lacan incluye en el tercer tiempo del grafo de “Subversión del Sujeto”6.

Apenas dos meses después de haber entrado al estadio del espejo –es decir, alrededor de los ocho meses– el bebé comienza a enterarse de que tiene una madre, la imagina completa y todopoderosa y se propone ser, él mismo, exactamente como ella quiera que sea, para que, a su vez, ella esté favorablemente dispuesta a darle lo que él le solicita.
Es el tiempo de formación del Yo ideal.
El bebé le pregunta entonces: “¿Qué me quieres?”7, pero allí donde esperaba la respuesta precisa de quien para él era su oráculo, finalmente se termina encontrando con la pregunta anticipada que ya desde hacía mucho se le formulaba a diario: “Bebé, ¿qué querés?”.

Esa pregunta es el abridor del frasco del deseo8. Adquiere importancia a posteriori del tiempo que nos ocupa –que es el tiempo previo a la entrada en el estadio del espejo– pero para que en ese momento opere con eficacia –es decir, para que el bebé encuentre como respuesta esa pregunta anticipada– la mamá tiene que haberla estado formulando, dirigida a él, desde el comienzo.
En la primera experiencia de satisfacción, para el bebé, la madre sabe cuál es el objeto que calmará su malestar antes de que él mismo sepa qué es lo que quiere. Por eso la madre, cuando sea reconocida como tal, en un comienzo, será poseedora de un saber absoluto y sin tacha; pero si ella (le) pregunta “¿qué querés?” implica que hay algo que no sabe, y descubrir este no saber será condición para salir a buscar por su cuenta el objeto –objeto que la madre no puede entregar– e inaugurar el deseo.

Cuando hay problemas del lado del bebé esto puede desbaratar el saber materno y las marcas no pueden colocarse entonces en la serie que normalmente ordena el deseo. Restablecer ese deseo –me refiero al deseo de una madre en relación a su hijo– es condición para todo lo que sigue; pero para que resulte eficaz, si un profesional interviene, no sólo deberá saber (desde la teoría psicoanalítica, por supuesto) de qué manera se origina el sujeto deseante, sino también cómo se lee en el cuerpito y en las producciones de un bebé (que todavía no tiene palabra propia) y de qué manera se le responde (aquí no queda otra que recurrir a lo que ha sido investigado por otras disciplinas que también se ocupan de los primeros tiempos), para posibilitar que sean los propios padres (según su propia modalidad de goce y deseo) quienes puedan darle a su bebé lectura y respuesta.
________________
1. Jacques Lacan: Seminario 5: “Las formaciones del inconsciente”, Cap. XI, pág. 204. Paidós, Buenos Aires.
2. Jacques Lacan: “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano”, en Escritos 2, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 1985, pág. 784-8.
3. De aquí en adelante, cada vez que escribimos “otro” (o “madre”) es para abreviar, entendiendo por tal a la persona que ejerce función materna, suponiendo que todo lo que hace esa persona real está dirigido desde Otro.
4. Elsa Coriat: “Proyecto de neurología para psicoanalistas”, en El psicoanálisis en la clínica de bebés y niños pequeños, Editorial de la Campana, Buenos Aires, 1996.
5. La madre transforma el grito o el gesto en demanda, hecha de palabras; a una operación similar también podemos llamarla lectura.
6. Ha sido Jorge Fukelman quien, hacia comienzos de la década del ‘80, formándome con él en un grupo de estudio, me ha enseñado a leerlo de esta manera. Vaya mi homenaje a su inapreciable recuerdo.
7. Un poco en chiste, un poco en serio, Fukelman decía que el bebé utilizaba el “me” porque como sólo tenía un esbozo de “yo”, no habiendo concluido su formación, sólo lo podía decir a medias…
8. Jacques Lacan: Subversión del sujeto (…), op. cit., págs 794-5 (parafraseo, cita no textual).
 
 
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