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   Constitución subjetiva

De cómo un análisis produce una re-fundación subjetiva
  Por Silvia Tomás
   
 
Sentado frente al pequeño Hans y a su padre, al profesor Freud se le hace la luz y habla, dice al niño que lo negro de los caballos alrededor de la boca es el bigote de su progenitor. De esta manera introduce al padre en una especie de forzamiento, allí donde el pequeño paciente retenido por un Otro materno que lo erotiza y seduce, no encuentra más salida que acudir a la angustia. Angustia que es un nombre del padre en lo real al que ha recurrido el sujeto.
El hecho de que Freud hilvane las dos piezas: “bigote-negro de la boca”, promueve la primera mejoría en el pequeño Hans en los días sucesivos. A él que no se lo podía mover hacia la puerta de calle, ahora logra permanecer una hora ahí y comienza el juego del trotar: “Papi no te trotes de mí”, “tengo miedo que los caballos se troten y se tumben y el caballo se de vuelta”. “Tengo miedo si yo estoy en el carro y el carro parte de viaje”. Se dialectiza el juego.

Escuchemos a Lacan en el Seminario 4: “Todo el progreso del análisis consiste en este caso en extraer, en poner de manifiesto, las virtualidades que nos ofrece el uso, por parte del niño, de este significante esencial para mediar su crisis. Se trata de permitirle a ese significante que desempeñe el papel que le ha reservado el niño en la construcción de su neurosis, para afirmar su relación con lo simbólico, tomándolo como auxilio y punto de referencia del orden simbólico”.
Desde 1953 en el movimiento de retorno a Freud, Lacan pone el acento en los tres Simbólico, Imaginario y Real, registros esenciales de la realidad humana.Estas tres categorías son deducidas a partir de la lectura que hace de la obra de Freud y a lo largo de su enseñanza constituyen una de las claves de su edificio teórico.

La interacción entre los tres registros, su anudamiento, se presenta estructuralmente isomorfa a la dialéctica edípica, es notable cómo, siguiendo la huella freudiana Lacan especifica su dinámica a partir del estadio del espejo, de la función fálica, del complejo de castración y de la metáfora paterna.
En la célula elemental del esquema R, presentado en los años ‘57, ‘58 en el escrito “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis” se ve cómo el niño aparece comprometido en el deseo, por medio de la alienación al deseo de la madre se ve expuesto a ser identificado con su falo.


Si la madre se presenta en falta (punto de inflexión, pues de lo contrario no hay otra salida que permanecer cautivo en una relación de inmediatez que no conoce el acceso a la instancia paterna) el niño podrá imaginariamente colmarla, constituyéndose él mismo en el objeto de deseo de ella, ser el objeto de lo que falta en el Otro.

Entre la madre y el niño: la falta y la existencia de un objeto que imaginariamente la colmará: el falo. Insisto… ubicamos entre la madre y el niño la terceridad del falo imaginario, sí y sólo sí sólo se cuenta con la falta en el Otro.
La estructuración del sujeto hallará su punto de anclaje en el deseo del Otro y por lo tanto en su falta, momento de identificación al falo imaginario. Ser igual al falo imaginario es una cuestión que también podemos pensar a nivel del estadio del espejo, ya que el sujeto solo podrá acceder a la captación de la imagen real por medio del artificio del espejo plano “A” que le permite realizar su imagen virtual. El Otro le permite “ver en su lugar y estructurar su ser en función de ese lugar y de su mundo”. ¿Qué ve el niño cuando mira el rostro de su madre? se pregunta Winnicott, dice, que se ve a sí mismo.

Ahora bien, la vacilación del lugar de falo imaginario “to be or not to be” se produce a través de la dialéctica edípica por la intrusión del padre y porque el niño hace la prueba –a repetición– de la imposibilidad de colmar la falta. Vacilación del lugar de falo que suscitará un desplazamiento de la madre respecto del espacio de configuración imaginaria en inicio, pero en realidad, lo más importante: será él quien efectúe ese desplazamiento, esa caída del lugar de ser el falo, a través de los avatares de la realidad pero sobre todo, convocado por la incidencia de la mediación significante operada por la madre.

Será el discurso materno el que dará la garantía de no deber esperar nada de su identificación imaginaria con el falo, en la medida en que ella se significa simbólicamente como dependiente del padre y no de él, entonces, la intrusión del padre resonará en ella de un modo simbólico. Creo que esto mismo nos dice Lacan también en el final de su obra cuando refiere a que el padre es un decir, un decir amonedado en el discurso de la madre. Es este decir en la madre, como transmisora de la ley del padre, el que posibilitará que en lugar de quedar como el falo imaginario fetichizado, el niño pueda pasar a tenerlo, lo cual implica para el pequeño haber aceptado las reglas de la castración. Más allá de las vicisitudes de la realidad lo que cuenta es el espacio simbólico al que están referidos la madre y el padre. El significante del Nombre del Padre escrito en el esquema R con la letra P, es lo que da lugar a la inscripción en el otro extremo del falo; siendo este esquema (que no desplegaremos en su totalidad en esta ocasión) la teorización de cómo, a partir de la función paterna se articulan lo simbólico, lo imaginario y lo real.



¿Qué hace Freud en aquella entrevista con Hans y su padre?

Re-emplaza al cuarto elemento que opera como separador, lo re-ubica (decimos re-ubica la P, metaforizando al DM ya que Hans no es un niño que pueda pensarse como habitando el campo de la psicosis).
La intervención es breve y justamente en un tratamiento que fue llevado a cabo por el padre del niño y no por Freud, la breve pero nodal intervención del profesor da en el clavo, porque habilita al niño a contar con el significante, hacer jugar allí al padre, justo cuando la mordedura de la madre se tornaba amenazante e inevitable –jirafa de cuello largo y boca llena de peligrosos dientes–.

A lo largo de todo este historial, inaugural del análisis con niños, puede leerse la desesperada pregunta de Hans por el lugar que el padre ocupaba en su creación, cuestión que queda plasmada en un complemento que escribe el padre al profesor Freud cuando dice que lo no solucionado es que el niño “Aún se devana los sesos para averiguar qué tiene que ver el padre con el hijo, pues es la madre quien lo trae al mundo” y entonces pregunta a su padre “¿No es verdad que soy también tuyo? Ante la respuesta negativa del padre del niño, que le dice que solo las mujeres tienen hijos, Freud intenta con su intervención introducir la P.
Desde allí planteo que desde la dirección de la cura, por medio de la intervención de un analista (como nos muestra Freud en esta ocasión), un análisis opera en el sentido de hacer emerger al sujeto, re-fundándolo. En este caso, al tomar el sesgo de hacer del objeto fóbico un significante, queda habilitada la salida de la crisis allí donde el niño estaba ubicado como objeto, toda vez que al correrse del lugar de la mirada petrificante, puede poner a jugar el objeto, abriéndose paso al momento de comprender.

Es que al comenzar el juego, empujado por la intervención de Freud, Juanito coloca al objeto fóbico como un significante, como algo puesto allí en función significante y por tanto buscará sacar provecho del tratamiento y del objeto como tal, “punto de reparo en el orden simbólico”.


Bibliografía
Freud, Sigmund. Obras Completas, “Análisis de la fobia de un niño de cinco años”.
Lacan Jaques. Seminario 4, “La relación de Objeto”
Dor, Joel. “La estructura del sujeto” en Introducción a la lectura de Lacan.
 
 
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