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   Constitución subjetiva

Otro y objeto, en las vicisitudes de la constitución subjetiva
  Por Aurora Favre
   
 
Lacan le ha dado al niño un lugar fundamental en su teorización, el lugar de único y verdadero objeto a que está en relación con lo real como causa, el niño ocupa esta posición en el fantasma del Otro Primordial.
Es una anterioridad –lógica– significante, que lo preexiste, donde es fundamental para que el sujeto a advenir se constituya como sujeto deseante, que haya falta, castración en la madre en el lugar del Otro, según cómo recae en el infans. Situarlo así no quiere decir que desconozcamos su relación al deseo en tanto sujeto dividido anudado al goce y al amor en la trama con los otros, constituyéndose en el campo del Otro.
En el Seminario “Encore” Lacan dice que así como el infans es el verdadero objeto a, la mujer entra en la economía del deseo y del goce como madre. El hombre es aquel que hace de su mujer la causa de su deseo. Hombre, mujer, niño: se trata de significantes. El significado está en relación a un trabajo en torno al goce a partir del significante, cómo cada uno se ubica respecto de la sexualidad, cómo escritura su relación al sexo. El producto es letra como efecto de discurso y funciona como vínculo.

A partir de lo real como lo imposible, hay un trabajo de escritura que se produce, de ahí que estos conceptos acompañan los debates actuales sobre el lugar del sujeto en relación –por ejemplo– con lo que ocurre con las técnicas de fertilización asistidas, todos los desarrollos de la ciencia donde cada vez más el aforismo lacaniano “no hay relación sexual” nos pone sobre la cuestión de ubicar en su lugar el corte que el significante hace con la naturaleza produciendo letra, escrituras de lo real que van más allá del valor de la metáfora en relación al inconsciente estructurado como lenguaje.

En el caso del niño –en este trabajo a hacer que son las operaciones de constitución de la subjetividad–, incorpora la estructura del lenguaje, entra en discurso. Pero algunos quedan fuera de discurso, sin posibilidad de lazo con el otro, configurando lo grave, quedando el niño en estos casos como condensador del goce del Otro, un real que no cesa de no escribirse.
El infans (niño sin palabra) recibe una inscripción significante en el campo del Otro, por el que adviene sujeto del inconsciente. El contar para el Otro, haciéndole falta –entrando en un siendo, en un devenir– es un corte que hace que se constituya la demanda del Otro, que vehicula el deseo, incorporando el significante, haciendo cuerpo pulsional, libidinal, en el intercambio con el otro en el lugar del Otro con un valor simbólico.

Cuando la falta en el Otro es retomada en el niño, adquiere valor de causa como novedad, que en el caso del infans es causa de sujeto. Operatoria de represión, fundante del sujeto del inconsciente. Echa luz a las operaciones de alienación y separación y por lo tanto permite una reformulación teórica acerca de la anterioridad y de la novedad como escritura propia del lado del infans. En muchos sujetos no se logra porque opera otro mecanismo que se llama rechazo o forclusión y decimos entonces que esos niños quedan en el lenguaje pero fuera de discurso, con un trastrocamiento en el lazo con los otros.

Las actuales investigaciones sobre autismo dan cuenta que también la organización del sensorio se constituye en el campo del Otro. Sentir dolor, frío, el sistema del equilibrio postural, la constitución de los ritmos temporales y de orientación espacial hacen a la imagen real del cuerpo, a cómo se vive el cuerpo en relación al Otro, en su articulación con la imagen virtual, de la tópica de lo imaginario en el estadío del espejo que constituye el yo.
La complejidad inherente a la constitución subjetiva se produce en toda su implicancia ya en la primera infancia, en tiempos del bebé pero como decíamos le preexiste, es el lugar que le da el Otro en su deseo. Por eso decimos que el origen es del orden de lo mítico, si bien en la clínica con niños pequeños en posición de objeto en muchos casos “advienen” a las briznas de su deseo en el espacio tiempo del acto analítico. Por tratarse de operaciones lógicas y no cronológicas el sujeto las actualiza en el transcurso de su vida. Por otro lado la clínica de las problemáticas graves muestra que la cuestión del sujeto a advenir es un arduo trabajo que hace a la dirección de la cura en cualquier edad.
Con las operaciones nos referimos a un trabajo de estructuración a partir del anudamiento singular por el cuarto de los tres registros (Real, Simbólico e Imaginario) de manera que no se interpenetren los registros y en el agujero entre los tres registros está el objeto a.

¿Qué pasa con el infans metido en una lengua? Porque el infans está en lo real. No es lo mismo un infans que otro –según la singular ubicación que el psicoanálisis facilita reconocer–. El niño tiene una ubicación en el fantasma del Otro primordial en relación a la historia simbólica de los padres que es un símbolo que incide, que agujerea lo real. Esta incidencia implica un linaje, genealogía, nombre propio.
La posición del niño en tiempos de estructuración incluye diferentes avatares: afirmación del niño como falo, “su majestad el bebé” y su salida de allí o su fijación en ese lugar quedando como fetiche del Otro en las problemáticas antisociales como hacia la perversión; o como fijación de objeto en el fantasma del Otro primordial en las psicosis atrapado en la demanda del Otro, o como objeto-cosa radicalmente desinvestido en el autismo (fuera de la captación simbólico-imaginaria del Otro) desligado de la demanda y del deseo del Otro.

El hecho de que un niño nazca sin perturbaciones desde el punto de vista neurofisiológico no garantiza la constitución del sujeto. Pero también a la inversa, niños que nacen con trastornos que implican un compromiso orgánico severo y esto tiene una importancia enorme en las vicisitudes de las operatorias a cumplirse en este encuentro entre el infans y su Otro. Cuando hay una disfunción neurológica (de etiología genética o no) además de la especificidad de la disfunción tenemos que tener en cuenta todo lo que hace a la tramitación ilusión-desilusión por parte de los padres, cómo pueden recomponerse del dolor, si hay fijación o elaboración. Acá nos encontramos con que el lugar que ocupe el niño en relación a la estructura (como objeto, como fetiche, como falo, como síntoma) redefinirá este real.

En la teoría y clínica de la infancia hay una larga tradición que da lugar a lo evolutivo ligado fundamentalmente al tiempo cronológico que hace a una concepción de sujeto desarrollándose en el tiempo acorde a un ideal establecido. Fue tomado en las consideraciones gnosográficas del DSM IV a punto tal que un diagnóstico como el “trastorno generalizado del desarrollo” abarca el campo amplísimo de las psicosis, del autismo y de la debilidad en la infancia. Esta concepción de sujeto tiene consecuencias que hacen a la dirección de la cura ya que tratándose del trabajo con los niños, en relación a la familia y la escuela, tenemos que estar advertidos de los riesgos que desde el punto de vista ético dichas concepciones conllevan por tratarse de un trabajo tan ligado a la normalidad desde el punto de vista de un ideal que no contemple la singularidad.

¿Qué le pasa al infans con lo que recibe, no sólo del afuera (inscripción en el campo del Otro) sino de su propio ser como viviente, en la medida que no hay en él aun categorías del adentro y del afuera?
Es el tiempo lógico de la operación de alienación en donde por estructura la enunciación viene del lado de los padres y el infans habla desde ese lugar. Sus necesidades entran en el cause de la demanda y el deseo a partir de las significaciones que le vienen del Otro. El niño sostiene en su indefensión la omnipotencia del Otro configurando en su estructuración el mecanismo de la desmentida de la falta radical que lo separa del Otro. Por estas marcas deviene cuerpo erógeno, propias de un “yo no pienso” no ligadas (lo que Freud llamó Ello), a diferencia de un “yo no soy” donde el proceso primario empieza a pensar y a descifrar, propio de lo inconsciente. Ahí adviene el sentido, la temporalidad, la espacialidad. Si hay un desprendimiento de ese lugar por condiciones que también vienen del Otro –castración en el Otro– se da la operación de separación. Cuando esta operación no se da, lo que recibe es un signo coagulado (no un significante que discurre entre uno y otro produciendo efectos de sentido novedoso) que lo aplasta –precisamente– no dándole lugar.

La operación de alienación es puesta en acto de las marcas de goce vía el artificio gramatical que en el tercer tiempo la gramática verbal –voz media “hacerse hacer”– señala haber atravesado el significante de la falta en el Otro, su retorno al lugar del infans y la respuesta fantasmática en donde la pulsión se ordena. Luego se produce un clivaje cuando el niño descubre que el Otro no conoce sus pensamientos.
Este no saber del Otro, queda articulado con la castración. Eso que queda desconocido para la madre, es equivalente al discurso que queda desconocido para el niño, produciéndose un discurso inconsciente. Operación de separación que podemos articular con la función de la negación que posibilita su entrada en el discurso.
El símbolo de la Verneinung (negación) permite a lo reprimido acceder a la conciencia bajo una forma negativizada. El no que se le dice al niño, esa prohibición de gozar de la madre y de invertir el orden de las generaciones, permite la entrada en el discurso.

El juego en el niño es discurso, juega cuando no es juguete del Otro, cuando se confronta con la falta y con el juego la recrea. Entonces el espacio se transforma en escena lúdica y a su vez por la escena lúdica en la trama con el Otro adviene el sujeto. Con la operatoria de la separación el niño cae de la posición de objeto en el fantasma del Otro primordial y pasa a jugar la pérdida, a escriturarla como efectuación en acto de la imposibilidad de ser Uno con el Otro. Pasaje del significante a la letra del sujeto.

En el juego hay un tránsito desde el tiempo en que para sostenerse requiere de la presencia y de la mirada de los otros, pasando por la construcción del ensueño y la fantasía donde opera el dique de la vergüenza hasta la incorporación de la letra como efecto del significante en donde la Otra escena reitera la pérdida efectuándose como sujeto del inconsciente.
En el juego la trama simbólica (R.S.I.) posibilita no llenar un agujero con cada apuesta sino por el contrario cada apuesta bordea el agujero del trauma, del dolor, de lo siniestro en muchos casos, puede ser de lo histórico como del encuentro azaroso con lo real. Este bordear implica –como decíamos– no llenar un agujero sino antes bien agujerear la realidad con un enigma, abriendo agujeros. La cineasta Lucrecia Martel dice refiriéndose al vacío que transitan algunos niños y adolescentes, dice, es necesario “siniestrar” la realidad.

El juego, la trama simbólica (RSI) lúdica tanto en los niños como en los adultos implica amasar lo fáctico, con un saber-hacer que es artificio (arte oficio) con el objeto. De ahí que operar analíticamente con los padres ante la pregunta que se hacen respecto del uso del objeto en los niños y adolescentes, ante el avance de la tecnología y de la informática, ante la mutación de la cultura alfabética a la cultura digital, sigue siendo interrogar –como decíamos– el lugar del sujeto en la trama (RSI) en el que dicho objeto, –como dice Rubén M. Dimarco–, puede enriquecer el lazo con el otro o puede ser un modo de quedar atrapado en las redes de un Otro gozador, maquínico.
Hemos hablado de maleabilidad de los empalmes en los tres registros durante la primera infancia, está claro que hemos hecho un salto conceptual en relación al valor de la metáfora paterna y por lo tanto del efecto a predominio de lo simbólico con su articulación con el registro imaginario. Está en relación con los desarrollos que va haciendo Lacan a partir de la conceptualización del objeto a, de su lógica, del goce y fundamentalmente de lo real que lo lleva a destacar la equivalencia de los tres registros y a formular la escritura del nudo Borromeo sirviéndose de la topología.

Con la introducción de la lógica del no todo, hay una reformulación del concepto de estructura, por lo tanto del sujeto y del lazo con los otros. No sólo se re ubica el valor de la metáfora paterna (a la operatoria –represión, desmentido, forclusión– del significante del Nombre del Padre, Lacan la complejiza con la pluralización de los nombres del padre con un efecto teórico clínico enorme) y de la lógica del fantasma, sino también del síntoma –como hemos visto– ya con otro tratamiento de lo simbólico al duplicarlo en símbolo y sigma, del saber hacer propio del síntoma, del saber hacer con el goce. En este tiempo Lacan no habla de condensación del significante sino más bien de “condanzación”. El discurso del niño en sus juegos, en sus gestos, en sus movimientos es subsidiario de este modo de tratamiento de lo simbólico, un real que se simboliza y un simbólico que se realiza como modo de dar lugar a la figurabilidad del objeto.
 
 
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