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   Colaboración

Formas de autismo (Segunda parte)
  Por Osvaldo Francisco Meira
   
 
Viene un tiempo de reclusión en su habitación donde (aquí) Lol decía que la hora del verano engaña, que no era tarde… Pronunciaba su nombre con ira: Lol. V. Stein… En esta nueva nominación se había perdido la letra a de su nombre femenino, pasando a ser un nombre neutro, ¿asexuado? que no la nombra como mujer: Lola, sino como desecho que queda afuera de una escena erótica (social)”. Parece cumplirse aquello de que ante un advenimiento todo puede cambiarse en lo destinal, aún como aquí, alcanzando hasta a un nombre propio…

“¿Qué se le arrebata a Lol?. Porque no hay pérdida, sino arrebato. Hay un arrebato pasional que se le despierta a Lol: el de retener en el tiempo esta escena donde dos; un hombre y una mujer, gozan a la vista de todos…” Surge así la pregunta crucial, en donde hasta M. Durás se incluiría en el atisbo de su respuesta. ¿Es que se le arrebata el disfraz de novia que se había construido,… “en donde el melancólico se apasiona con cierto Ideal que a él le quedaría vedado, pero que existe, que otros tienen”, y entonces por eso la elección de precipitarse como desecho de la escena?, o “…que Lol descubre el goce que le produce el mirar a la pareja fusionada en el momento del baile. Quiere retener este tiempo de goce para siempre, sin síncopas, ni pulsaciones, idéntico a sí mismo, puro, perfecto, Ideal. Si fuera Dios quizás podría… pero es nada…” Resulta evidente que pese a los arrestos de ideales neuróticos de sus allegados, Lol respondió con su goce.

Y continúa su vida y su historia: “…Así… Lol se casó sin haberlo deseado, del modo que le convenía, sin pasar por el horror de una elección… sin haber traicionado el abandono ejemplar en el que la habían dejado”. No parecía dispuesta a renunciar, aferrada no al amado sino a eso Uno de la escena. Diez años después ya muerta la madre, vuelve a instalarse en su ciudad natal, allí donde todos conocían su historia, para reencontrar en Tatiana y en Jacques, la pareja de amantes que se encuentra en un cuarto de hotel, mostrando a través de una ventana los trazos de una escena que Lol mira para sostener su pasión.

Lacan señala en su comentario en el Seminario, una frase donde se aclara esta posición refractaria al deslizamiento significante en este sujeto que es Lol Stein. Sujeto que no puede armar síntoma y división subjetiva, en el encuentro con lo real del sexo. No lo hace al modo del síntoma, suturando el agujero, sino renegando allí de él, ocluyéndolo, queriendo dar consistencia a este goce que “debe” haber – el de la relación sexual– para que no haya diferencia, castración, falta, agujero.
“…Ella sabe, ellos todavía no… Es impotente para impedirles saberlo. Todo vuelve a empezar

En ese preciso instante, algo, pero ¿qué?, debió de haberse intentado, pero no se intentó. En ese preciso instante Lol aparece desgarrada, sin voz para pedir ayuda, sin argumento, sin la prueba de la inimportancia del día frente a la noche, arrancada y arrastrada de la aurora a SU pareja en un enloquecimiento regular y vano de todo su ser. Ella no es Dios, no es nadie” Es arrancada de su pareja –de esos dos que hacen Uno–, goce fusional al que ella misma se fusiona…
Y vuelve a empezar: las ventanas cerradas, selladas, el baile amurallado en su luz nocturna los habría contenido a los tres y sólo a ellos. Lol está segura: juntos se habrían salvado de la llegada de un nuevo día, de uno, al menos… Tiene la certeza de lograr lo imposible, de torcer el curso de lo real, de anular el paso del tiempo, la diferencia sexual…”…Quiere la bolsa y la vida.

¿Qué habría sucedido? Lol no se aventura lejos en el desconocimiento al que se abre en ese instante. No dispone de ningún recuerdo, ni siquiera imaginario; de ese desconocimiento, no tiene noción alguna. Pero cree que debería penetrar en él, que era lo que tenía que hacer, que hubiera resultado definitivo para su cabeza y para su cuerpo, su dolor más grande y su más grande alegría confundidos hasta en su definición, única pero innombrable, a falta de una palabra”. En este punto M. Durás compromete su teoría. Transmite aquí, creo, esa cosa de autor que, “de existir” como goce, lo haría en plenitud con la palabra. Parecen, más que una interpretación, los hilos de una identificación con una situación de goce. Casi se percibe su propia apuesta a la “literatierra”. Dice M. Durás: “…Me gusta creer, como creo, que si Lol es silenciosa en la vida, es porque ha creído, durante la brevedad de un relámpago, que esa palabra podía existir. Carente de su existencia calla. Sería una palabra–ausencia, una palabra agujero, con un agujero clavado en su centro, ese agujero donde se enterrarían todas las palabras. No se habría podido pronunciarla, pero se habría podido hacerla resonar. Inmensa, sin fin, un gong vacío que habría retenido a los que querían partir, les habría convencido de lo imposible, los habría hecho sordos a cualquier otro vocablo distinto, de una sola vez los habría nombrado a ellos, al futuro, al instante. Faltando esa palabra, se estropean todas las demás, por el hecho de faltar, las contamina, es también el perro muerto en la playa, a pleno mediodía, ese agujero de carne…”. ¿Qué sería esa palabra–agujero, sino la palabra que pudiera nombrar la Cosa –es decir, decirlo todo–, significándose a sí misma sin apelar a otro significante para producir significación, y con esto significarlo todo… Siendo ella agujero, no podría entonces hacer agujero o suturarlo… Porque toda nominación recubre, sutura una falta, agujero que se sustrae, que sostiene en esa sustracción la deriva metonímica, que nos hace seguir diciendo, por eso nos hace falta hablar, y nos falta la palabra… Esta pretensión de retener la Cosa con la palabra, es esa locura pasional que vuelve muda y neutra a Lol, más allá del bien y del mal, más allá de la sexuación… Goce que se vuelve podrido, como perro muerto en la playa… Esa palabra no existe, está ahí sin embargo: os espera a la vuelta del lenguaje, os desafía, indómita a levantarla, a hacerla surgir fuera de su reino horadado por todas partes a través del cual fluye el mar, la arena, la eternidad del baile en el cine de Lol V. Stein.

“…El hombre de T. Beach sólo tiene una función que cumplir, siempre la misma en el universo de Lol: Michael Richarson, cada tarde, empieza a desnudar a una mujer que no es Lol, y cuando aparecen otros senos, blancos, bajo el vestido negro, no pasa de ahí, embelesado, un Dios agotado por este desnudamiento, su única tarea, y Lol espera en vano que vuelva a cogerla, desde el cuerpo enfermo de la otra grita, espera en vano, grita en vano…”. Fin de la cita (La cita corresponde a El arrebato de Lol V. Stein, Marguerite Durás, Ed. Tusquets)

Aún como caso de la literatura, se percibe en forma indudable, el resonar de una verdad clínica en la obra. Planteadas como formas del autismo, se ven los perfiles de esas Lol, que sin, parece, llegar a plasmarse como una melancolía vera, participan de una cotidianeidad en donde claramente está ausente la chispa del deseo, en un absoluto más allá de la insatisfacción neurótica. Estagnadas en la escena del goce, que es siempre de exceso por ser–se inhabilitados de limitarlo, su figura es de salto o caída libre, en un tiempo buscado y tenido como eterno. Decimos que no hay ni puede haber espera, porque eso implicaría el estar en lo abierto de la deriva del horizonte deseante, para el que hay la castración, en la levedad a veces apremiante de toda ex-sistencia. No se podrá decir por esto que estas/os Lol no ex-sisten, no, pero aparecen con su plena dificultad en el sentirse–siendo, bajo esa forma tan particular que tiene el percibir el ex-sistir, por haberse consagrado a su goce mortífero, que los tiene paradójicamente en un ser pasivo tan ardiente y vivo. Quizás en este lugar de casos, es en donde se ven más claramente las antípodas en las que se encuentran el goce y el deseo. De cómo la omnipresencia del primero, cuando así se da, no deja condescender siquiera a la aparición del segundo…y en donde no podrá ser posible la tribulación del amor.

Es la clínica diaria, la que nos enfrenta a estos casos, en donde una victimización de un supuesto padecer como pacientes, descubre en esencia la sorda reivindicación de un goce, del que no quieren descomprometerse del estrago que produce, en historias en que lo inmediato a resolver, hace tan arrollador el no permitir la posibilidad del instante, en una transferencia fecunda.
 
 
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