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   Colaboración

Hacia una estética del intervalo
  Por Gabriel Belucci
   
 
“Nosotros [...] estamos en la época en que verdaderamente se trata de psicoanálisis. Cuando más cerca del psicoanálisis divertido estemos, más cerca estaremos del verdadero psicoanálisis. [...] Regocijémonos pues, aún hacemos psicoanálisis”.
Jacques Lacan, El Seminario, Libro 1

A mis veinte años, solía escribir poesía. En esa época, también, repartía las horas entre tareas docentes y los apuntes de la facultad, que firmemente se acumulaban en el escritorio. Sobre todo en fechas de exámenes, un descubrimiento se abrió paso, con sorpresa al comienzo y, más tarde, con convicción: cuanto mayor la exigencia (y menos el tiempo) más inspirado estaba para la escritura poética. Muchos de los textos que resistieron el paso del tiempo fueron escritos en ese apremio. Eran momentos, además, de cierta efervescencia intelectual, cuando más surgían y se entrelazaban las ideas.

Estas líneas no pasarían de una curiosa nota biográfica si no hubiera hecho, años más tarde, un segundo descubrimiento: algunos analistas que conocí de cerca, y cuya agenda no se caracterizaba por la liviandad, encontraban sin embargo tiempo para actividades como el cine, el teatro o la literatura, sin nombrar los amigos y la familia. ¿Cómo puede alguien –me preguntaba– con pacientes que se cuentan por decenas, y que además supervisa, da cursos y conferencias, escribe artículos y libros, cómo puede –pensaba– hacerse el tiempo para todo eso? Víctor Korman llamó a esto, en un trabajo sobre el final del análisis1, “talento para vivir”. Lo retomaré aquí desde otro punto.

Desde el comienzo mismo del psicoanálisis, Freud se encontró en la clínica con que la posibilidad de hacer hablar los síntomas, y a la postre incidir en ellos, venía dada por la puesta en acto de una lógica singular: allí donde la realidad del síntoma se presentaba cerrada –y muda–, anudarle una escena segunda permitía interrogarlo. Al orden de cuestiones que así fue descubierto Freud lo tematizó como deseo inconsciente. Y el deseo –se recordará– lo definió como la circulación de una cantidad entre las huellas. Pero ello es decir que la eficacia del dispositivo analítico reside en la puesta en funciones de un intervalo.

Lacan fue, por su parte, consecuente con Freud, al caracterizar al sujeto con la misma estructura intervalar: representado por un significante para otro significante, o bien dividido entre enunciado y enunciación, el sujeto siempre está en un “entre”. Lacan aportó, además, una caracterización más precisa de la estructura del deseo, al localizar su estatuto como un más allá de la demanda. No se trata, en efecto, de dos términos inconmensurables, sino que ambos –demanda y deseo– no pueden pensarse el uno sin el otro. El deseo se funda en los significantes de la demanda, pero les aporta –precisamente– el intervalo que lo hace no articulable, al tiempo que recupera la condición particular que lo incondicionado de la demanda deja abolida. El deseo es así, “deseo de nada nombrable”2, pero circula en relación con determinados significantes que es posible situar. Su comunidad estructural con la demanda subyace, por otro lado, a muchas situaciones que, motorizadas por el deseo, devienen en pura exigencia, o bien recaen en las distintas máscaras de la alienación, como el aburrimiento y el cansancio.

Uno de los efectos en que leemos la intervención de un analista es, justamente, la apertura de ese intervalo hasta allí ocluido, y la localización de ciertos significantes y escenas en los que el deseo circula, circunstancia que suele experimentarse como vivificante. Estamos advertidos, con todo, de las distintas estrategias instrumentadas por los neuróticos para suturar esa abertura, en la medida en que presentifica en ese campo de las neurosis la falta en torno de la cual el sujeto es enigma. La más común halla en la estructura del fantasma una consistencia en el ser de otro modo amenazada. Otras, más particulares, ponen en acto (a veces sintomáticamente) una suerte de horror vacui. Recordemos, por caso, la compulsión del Hombre de las Ratas por contar la mayor cantidad de números posible entre relámpago y trueno. También podríamos mencionar esa pasión contemporánea por el trabajo que encarna lo que los antiguos romanos llamaron negotium, esto es, la negación del otium. Allí las respuestas particulares confinan con el horizonte de la época.

En otro lugar3, y a propósito de los goces que convoca la práctica hospitalaria de los analistas, evocaba la idea freudiana de una “estética de inspiración económica”4 para pensar toda estética como un modo de distribución de goce e, inversamente, lo que toda distribución de goce comporta de estética. Propuse en aquella ocasión la figura de una “estética del sacrificio” para volver pensables ciertos retornos superyoicos toda vez que una falta resultaba excluida. Doy hoy un paso más y me pregunto qué modo de distribuir goce (qué estética, en suma) sería consecuente con la falta. No otra, creo, que aquella que se sostenga en un saber-hacer con el intervalo. Esa “estética intervalar” sería, en efecto, uno de los resultados del recorrido de un análisis, y en esto el psicoanálisis tiene algo que aportar en una reflexión sobre el bien vivir.

Por su estructura misma, el intervalo que nos es constitutivo mal podría otorgarnos una garantía de nuestro ser, más que cuando ese ser se resitúe como falta. Hacer lugar al intervalo no implica, por otra parte, un desconocimiento de las demandas que nos sujetan, sino la posibilidad de producir cada vez el vacío creador. Soportarlo es saberse uno mismo abertura, y es también recuperar la contingencia del encuentro, más allá de las marcas –el Wiederholungszwang freudiano– a las que no dejamos de retornar. Siendo su textura significante la misma, el ser deviene intervalar y pre-dispuesto al encuentro. “La vida –cantaba John Lennon– es eso que nos pasa mientras estamos ocupados haciendo otra cosa”. No sin que –agregaríamos– en ese pasar estemos también comprometidos.
__________
1. Cf. Korman, V., “Consideraciones sobre el final del análisis”. En: El oficio del analista, Paidós, Barcelona, 1996.
2. Cf. Lacan, J., El Seminario, Libro 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Buenos Aires, 1995, cap. XVIII, p. 335.
3. Cf. Belucci, G., “El analista en el Hospital: entre la estética del sacrificio y una (posible) ética”. Imago Agenda, Nº 107, marzo de 2007, pp. 88-90.
4. Cf. Freud, S., “Más allá del principio de placer”. En: Obras Completas, Amorrortu, Buenos Aires, 1996, vol. XVIII, p. 17.
 
 
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