Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Discapacidad y psicoanálisis

Variaciones sobre la orientación ética en el ámbito de la discapacidad
  Por Luis F. Langelotti
   
 
Imagínese a un trabajador, por ejemplo a un albañil, que ha quedado inválido por un accidente y ahora se gana la vida mendigando en una esquina. Un taumaturgo se llega a él y le promete sanarle la pierna inválida y devolverle la marcha. No debe esperarse, yo creo, que se pinte en su rostro una particular alegría. Sin duda alguna, se sintió en extremo desdichado cuando sufrió la mutilación, advirtió que nunca más podría trabajar y moriría de hambre o se vería forzado a vivir de la limosna. Pero desde entonces, lo que antes lo dejó sin la posibilidad de ganarse el pan se ha trasformado en la fuente de su sustento: vive de su invalidez.
(Freud, 1905)

1

Es en el Tratado Primero de su implacable escrito “La Genealogía de la Moral”1 , donde el filósofo alemán Friedrich W. Nietzsche se aboca a una indagación intempestiva respecto al sentido etimológico de las designaciones de lo “bueno” y lo “malo”: “La indicación de cuál es el camino correcto [para realizar una genealogía de la moral, precisamente] me la proporcionó el problema referente a qué es lo que las designaciones de lo «bueno» acuñadas por las diversas lenguas pretenden propiamente significar en el aspecto etimológico: encontré aquí que todas ellas remiten a idéntica metamorfosis conceptual – que, en todas partes, «noble», «aristocrático» en el sentido estamental, es el concepto básico a partir del cual se desarrolló luego, por necesidad «bueno» (…): un desarrollo que marcha siempre paralelo a aquel otro que hace que «vulgar», «plebeyo», «bajo», acaben por pasar al concepto «malo». El más elocuente ejemplo de esto último es la misma palabra alemana «malo» (schlechz): en sí es idéntica a simple (schlicht) (…) y en su origen designaba al hombre simple, vulgar, sin que, al hacerlo, lanzase aún una recelosa mirada de soslayo, sino sencillamente en contraposición al noble.”
En dicho análisis, el “filósofo” (entrecomillo la caracterización ya que en relación a Nietzsche creo que la misma es, cuando menos, cuestionable en el sentido de que cualquier término que utilicemos al respecto traerá aparejado un verdadero reduccionismo) alemán sitúa cómo en las palabras actuales siempre puede pesquisarse el matiz básico que otrora las coloreaba en su significación y a partir del cual, por otro lado, se advertirán las determinaciones, en última instancia, históricas de las mismas. Por lo demás, en lo tocante al aspecto formal del asunto, estimo que siempre resulta de interés destacar la función planteada por Jacques Lacan a propósito de la producción de sentido, esto es, el punto de capitón. Claro está que es a partir de aquí cómo el significado de ciertas designaciones adquiere mayor peso en el discurso de una horda humana (“sentido común”). Los agenciamientos posteriores de ciertos significantes siempre dependen de tal operatoria, es decir, de la metáfora, ya que es a partir de aquí que se le puede otorgar otro sentido2.

Siguiendo esta lógica de pensamiento, resulta pertinente traer a colación cierta reflexión que en 1987 hiciera Germán García respecto del término “debilidad mental”. Él decía: “Debilidad mental, primero es un concepto etnológico que aplican las culturas centrales a las periféricas. El primero que habló sobre esto fue Huarte, casualmente, un señor del imperio español. Cuando se trata de enseñarles ciertas cosas a los chicos de estas culturas y no las aprenden se cae en el concepto de debilidad mental, o de la imposibilidad de esa cultura para aprender cosas3.” Y luego agrega: “Este concepto que primero era etnocéntrico, que colocaba ciertas culturas en un plano secundario, inferior a las culturas centrales, pasa a ser después un concepto de clase. Un sector limitado a la clase media – los psicopedagogos – crea los criterios que aplica, por lo general, a la clase baja y a partir de los cuales deducen también la debilidad mental de la clase baja. Es decir que lo que empezó siendo un concepto etnográfico, de la cultura, termina siendo un concepto ideológico, de clase.”

Aquí aparece nuevamente ilustrado el problema respecto de cómo los significantes, que a nadie le pertenecen, no obstante, van mutando en su relación al sentido, adquiriendo determinadas significaciones históricas particulares (lo que anteriormente llamaba “agenciamientos”) que, por lo general, suelen ser olvidadas hasta tal punto que nunca se sabe a ciencia cierta de qué se está hablando cuando se habla de tal o cual temática o cuando se utiliza tal o cual expresión.
Pues bien: ¿De dónde derivan los significantes que hacen al campo en cuestión? ¿Cuál fue su uso original y cuál es el pretendido sentido que se les da ahora? ¿Qué supuestos no detectados insisten en la utilización de ciertas expresiones? ¿Han de influir en los modos terapéuticos de abordaje las nominaciones particulares en juego o más allá de cómo se formule la realidad, ésta existe por sí misma, no siendo el lenguaje más que un médium de representación-descripción de “lo que es”, al mejor estilo “etiqueta pegada a la cosa”? Y, siguiendo esta última pregunta: ¿no existe acaso otro modo de utilización del lenguaje en el cual no se transforme a los sujetos en objetos del Saber, es decir y en definitiva, que no haga de las personas, “cosas”? Bien.

2

A partir de aquí quiero situar algunas cuestiones que hacen a mi manera de pensar, hoy por hoy, la posición clínica a sostener respecto del trabajo en dicho ámbito. Cuando destaco, “hoy por hoy”, quiero decir: esto está abierto, no es un pensar estático y dogmático que suponga una posición rígida y a-dialéctica. Es un modo de ir articulando el problema, lo más des-prejuiciadamente posible, a riesgo de rayar en afirmaciones algo inquietantes, quizá.
En primer lugar, creo que resulta de interés plantear qué sentido puede tener para el psicoanálisis la noción de “discapacidad”. Y me pregunto si acaso ser hablante no es estar dotado, paradójicamente, de una incapacidad, en la medida en que, en sentido estricto, Todos estamos capturados y torturados por el lenguaje, en la dirección de una relación anómala al registro del significante: Hombre – Malestar – Civilización, he aquí las coordenadas de esa situación de mortificación en la que la autonomía de la dimensión dialéctica nos define en cuanto que sujetos al capricho del símbolo, haciendo del Hombre “un animal que ni sabe qué hacer con él, ni puede curarse de él”.

Por otro lado, algo que suele ser una sorpresa no poco habitual en quienes nos acercamos a las instituciones destinadas a encargarse del tratamiento de ese “conjunto” de individuos afectados por una particularidad común (a veces no tan común, desde luego), es el nombre que suelen tener las mismas. Nombres que, vaya a saberse por qué motivo, por qué deslizamiento de sentido o inconfesada (no tan inconfesada, también) sumatoria de prejuicios, se asemejan a los nombres que suelen tener… los jardines de infantes. Es decir, lo infantil aparece fuertemente ya desde la auto-nominación institucional. Desde luego, se trata de lo infantil tal y como concibe lo infantil el sentido común. ¿Qué quiere decir esto? Claro está, no es lo infantil perverso y polimorfo freudiano - donde lo perverso remite al imposible reduccionismo del goce humano al fin biológico de la reproducción, y lo polimorfo a la multiplicidad de zonas erógenas, en donde el primer término de los antedichos se constituye. Es lo infantil ideal, esto es, en cuanto que ajeno al terreno de la castración, donde el sin sentido de la muerte y de la sexualidad, en cuanto que lo Real (lo real es la aversión del sentido, dice Lacan en RSI), no tienen cabida.

Ahora bien, ¿por qué habría de plantearse un alojamiento desde lo ideal?, ¿no será acaso que, subrepticiamente, se sostiene la creencia de que el así llamado “discapacitado” estaría, justamente, MUY castrado? Sé que suena irrisorio el modo de plantearlo, pero bueno: es el que me parece más adecuado ahora. Como si se supusiera que tiene “más” castración que cualquier otro sujeto y, entonces, el abordaje se plantea con precisas metas restitutivas, ortopédicas, asistenciales, de maternaje, etc., en buena lógica.

Resulta bastante sospechosa esta intromisión de lo ideal, ya que sabemos, desde el psicoanálisis, que lo ideal se plantea siempre con estrictas intenciones denegatorias de la diferencia.
En este punto, resulta de interés una cita a pie de página, quizá algo “clásica” para quienes trabajamos en el ámbito desde un óptica psicoanalítica, pero no por ello menos valiosa, y que se ubica en el texto de Freud “La organización genital infantil” (1923) y en donde el maestro vienés dice: “El análisis de una señora joven me descubrió que la sujeto (…), había creído, hasta muy entrado el período de la infancia, que tanto su madre como sus tías, poseían pene. En cambio, creía castrada, como ella misma, a una de sus tías que era débil mental.” Es decir, vemos en esta cita cómo la pequeña niña confrontada frente al enigma de su propia sexualidad, frente a la falla simbólica en su vinculación a lo real del goce experenciado, transfiere a la tía discapacitada – conjeturamos que podría haber sido tanto débil mental como paralítica cerebral o hipoacúsica, en cuanto de lo que se trata es de cierta dimensión de falta-en-lo-real – el rechazo de su propia minusvalía genital, a la par que sostiene la creencia en el falo materno. División subjetiva que hará de la pequeña una gran neurótica, que quizá se dedique, en la medida en que algo de lo que allí se instauró no sea cuestionado, a “ayudar a los discapacitados”, intentando verdaderamente (es decir, ficcionalmente) restituir algo de su propio herido narcisismo. Vale destacar que no estoy otorgando un sentido general a la actividad de todas las personas que trabajamos en este ámbito - nada más ajeno a una perspectiva psicoanalítica. Simplemente, estoy tratando de señalar y subrayar la importancia de la revisión de la propia implicancia subjetiva – histórica - a la hora de acercarse al mismo - la cual, en última instancia, no es en absoluto diferente a la exigida por el discurso psicoanalítico para poder ejercer una escucha de esa factura, creo.

En este punto que podemos introducir una serie de preguntas: ¿por qué el así llamado “discapacitado” debería de merecer algún trato “especial”, algún tipo de “rehabilitación”? ¿No son estos, junto a tantos otros, acaso, significantes englobantes que en pos de una ideología igualitarista (“Todos somos sujetos del derecho”) suelen ir en detrimento de la singularidad de cada cual? El sujeto “dis-capacitado” o (sentido común progresista mediante) “con discapacidad”, como quiera que se lo llame: ¿no está en falta como cualquier otro sujeto? Y ¿no es acaso esa locura del Otro primordial que toma al niño por objeto de un deseo oscuro, aplastador y a-subjetivante, aquella que surge como efecto de ver que el hijo “nacido” no es el hijo “esperado”, comprometiendo ipso facto esta distancia su propia consistencia narcisista “incompleta”? Locura de no poder soportar la propia falta, entonces, la cual será transferida al niño en tanto “dis-capacitado”. Intromisión de la “dimensión psicótica” en la singularidad del infans incongruente con el Ideal, ya que allí se intentará mandar a pasear (Verwerfung) todo lo que pueda presentarse como carencia o que remita a la dimensión de la «imposibilidad».

Vemos esas familias, esas madres que se mueren por mil tratamientos, por ochocientos diagnósticos y nadie les da lo que ellas quieren. Me resulta interesante aquí traer a colación cierta reflexión de Daniel Altomare, ubicable en el libro de Oscar Lamorgia “Psicoanálisis: escritura de la falta-en-ser”4, en la que plantea un interrogante respecto de la función o del estatuto del partenaire del “alcohólico” (otra figura cristalizada, como el “discapacitado”, justamente): “… al partenaire no lo asistía una pregunta de qué estaba haciendo allí, creía plenamente que era una función de denuncia y desenmascaramiento (…). De esa manera se convertía en algo así como una suerte de víctima experta…”. Me resulta interesante esta cita para situar la consistencia del partenaire del sujeto con discapacidad, cuestión que podría formularse en términos de “Yo (S1), ¿quién soy? Soy en función de él (el sujeto con discapacidad como mero S2)”. Lo cual decanta en cierta significación retroactiva o definición oposicional del ser del “acompañante”. Vamos a decir – tomo el término de la referencia antedicha – se trata de cómo se constituye la consistencia de la periferia del paciente (o alumno) del que se trate a partir de la particularidad de este. En función de esto, el vínculo con dicha “periferia” no debe quedar descuidado de ningún modo a nivel transferencial y es, quizá, uno de los principales campos donde se ha de librar la batalla, ya que al haber muchas veces (como en el caso de los niños o de los pacientes psicóticos) una dependencia material, dicha periferia está en condiciones concretas de sacar al sujeto del juego. Y he ahí el fin de nuestras posibilidades clínicas.

En líneas generales, podríamos decir que se trata de la falta y del posicionamiento frente a la falta. Para la óptica psicoanalítica carece de sentido, es decir, no se sostiene, la antinomia médica entre lo “sano” y lo “enfermo”, como tampoco esta variante entre el “normal” y el “discapacitado”: el orden que Freud pone de relieve remite a las vicisitudes que, en su constitución, afectan a un sujeto del deseo inconsciente. Esto no supone un oscurantismo pueril basado en el mero y simple rechazo del sustrato anatomo-fisiológico o inclusive genético que pudiera sobredeterminar los “trastornos” de un bebé, un niño o un adulto. Se trata de una pregunta destinada a desplegar lo que excede ese nivel, a la par que nos abstenemos de consentir en una rotulación que podría ser menos clínica que estadística, administrativa o de similar cuño. ¿Qué es lo que hace que una adolescente - con cierto diagnóstico médico (orgánico) - hable, se exprese como una niña de 5 años, no habiendo nada en la biología que así lo determine? Se abre, así, el interrogante por el vector que liga al sujeto con el Otro, y que, por otra parte, nos sitúa de cara a un interrogante más profundo centrado en la naturaleza, la función y las implicancias de los diagnósticos.

En este punto, se tratará de cuestionar aquellos supuestos que puedan operar a favor de subjetividades que, por el hecho de estar en falta-en-lo-real y certificados simbólicamente desde el Otro estatal (eventualmente, aunque no siempre es el caso), pueden orientarse hacia una lógica “de excepción”, tal y como lo plantea Freud en su artículo “Algunos caracteres descubiertos por la terapia analítica” y que se articula con nuestro epígrafe inicial en el que queda planteado claramente el goce de la falta: “Dicen que ya han sufrido y se han privado bastante, que tienen derecho a que no se impongan más restricciones y que no están dispuestos a someterse a ninguna nueva necesidad displaciente, pues son excepciones y se proponen seguir siéndolo.” Y más adelante, agrega: “En uno de estos pacientes, la citada actitud ante la vida se constituyó al averiguar el sujeto que un doloroso padecimiento orgánico, que le había impedido lograr sus aspiraciones, era de origen congénito. Mientras lo creyó posteriormente adquirido, lo soportó con paciencia; pero desde el momento en que supo que constituía una parte de su herencia biológica, se hizo rebelde. Otro paciente, el joven que se creía guardado por una providencia especial, había sido víctima en la lactancia de una infección que casualmente le transmitió su nodriza, y durante toda su vida ulterior se había alimentado de sus pretensiones de indemnización, como de un seguro de accidente, sin sospechar en qué fundaba tales pretensiones (subrayado mío).” Versiones asexuadas del mismo Freud de lo que realmente está en juego, a saber, la fálica frustración-decepción propia de la “niña” (¿hay diferencia en el origen entre niño y niña en tanto este último sería falóforo, portador del falo, y ella no, o se trata más bien de una indiferenciación originaria por cuanto es el niño/ niña no tanto portador sino más bien él mismo, en-te-ri-to, falo del Otro?) en su vínculo preedípico a la madre.

Otro síntoma familiar, consiste en no querer saber nada de las dificultades orgánicas o cognitivas del niño y, partir de allí, tratarlo como si no requiriese tratamientos psicopedagógicos, fonoaudiológicos, psicológicos, de terapia ocupacional, etc. Pero aquí está en juego lo mismo: ya se trate de sobre-implicación o de des-implicación, se trata de cómo la familia se posiciona frente a la falta en el Otro.

¿En el inconsciente no existe la “discapacidad”, articulándose esto con la falta en el Otro y siendo leída toda falta-en-lo-real en cuanto que tratamiento edípico de la falta de falo en la mujer (lo cual, en sentido estricto quiero decir: falta de LA mujer en el inconsciente)? Son los pocos recursos del padre de Dora («ein vermógender Mann»), la falla de la lógica fálica en abordar el goce femenino y que sitúa un velo. Es por eso que la intervención siempre deberá apuntar al fantasma familiar que sostiene la inercia sintomática y donde el dis-capacitado figura en cuanto que “chivo expiatorio” garante de la consistencia del partenaire. El objetivo no deja de ser, como posición clínica, pesquisar el orden subjetivo de la cuestión, los distintos posicionamientos frente a la falta y las estratagemas eventuales destinadas a suturarla.

Nietzsche indicaba, en el ensayo citado anteriormente, que desde que existen “sujetos de derecho”, existe el deseo de ser resarcido por el Otro, existiendo también una idea de equivalencia entre perjuicio y dolor. No siendo casual, entonces que aquel que sienta que algo no se le dio o se le quitó (ya sea alguien con discapacidad o bien la “periferia”), quiera ser resarcido por Todos… independientemente de si en el marco de dicha estructura del Derecho, a la cual se dice prestar tanta adherencia, sea a algunos a los que le toca puntualmente de encargarse. A diferencia de la melancolía donde la culpa da cuenta del odio al otro reprimido, en ciertos posicionamientos subjetivos se da la inversa, a saber, la transformación en odio al otro del propio auto-reproche (véanse, las ideas hiper-valentes de Dora, en relación al padre, esos reproches de ella al otro y que Freud transforma en auto-reproches). De manera tal que se busca un responsable en el nivel de la realidad. Se busca, en función de las “pretensiones de indemnización” de las que hablaba Freud líneas más arriba, la libra de carne que solicita el mercader de Venecia de W. Shakespeare, pero que, en clave Lacan del Seminario X (La angustia), sabemos que no existe: por estructura.

Poder introducir esta dimensión, a saber, la dimensión de la pérdida estructural del objeto a, es la orientación ética que singulariza la clínica del psicoanálisis. Esta habilitará, en el mejor de los casos, el deseo y el movimiento en el marco de la estructura familiar del sujeto con discapacidad.

[1] La Genealogía de la moral. Ediciones Libertador. Buenos Aires, 2004.

[2] Ver a este respecto: Langelotti, L.; “¿Del animal loquax hacia el homo videns? Breve extensión operativa del discurso de Jacques Lacan”. Psikeba. Revista de psicoanálisis y estudios culturales. Diciembre. Año 2009. http://www.psikeba.com.ar/articulos2/LL_del_animal_loquax_al_homo_videns_extension_discurso_Lacan.htm

[3] García, G.: “Clase Uno – 14 de marzo de 1987” en Variaciones sobre Psicosis. Tucumán, Otium Editores, 2011. Página 11.

[4] - Buenos Aires, Editorial Letra Viva, 2009. Págs. 113-14.
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Hacia una conjetura de la excepción” 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “¿El orden biológico no se plebiscita?” 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit»* (Primera parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» 1 (Segunda parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Tercera parte)  
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Cuarta parte)  
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Quinta parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Sexta parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Séptima parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | «Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Octava parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Indagaciones sobre la cuestión del amor” (Parte I) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Indagaciones sobre la cuestión del amor” (Parte II) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Indagaciones sobre la cuestión del amor (Parte III) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Indagaciones sobre la cuestión del amor” (Parte IV) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Indagaciones sobre la cuestión del amor” (Parte V) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Indagaciones sobre la cuestión del amor (parte VI) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | Indagaciones sobre la cuestión del amor (VII) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “Indagaciones sobre la cuestión del amor” (VIII) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | “¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Parte I)” 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | ¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Segunda parte) 
» Imago Agenda Nº 45 | enero 2000 | ¿Qué significa pensar críticamente? De la estulticia al desasimiento (Parte 3) 

 

 
» Fundación Tiempo
Posgrados en Psicoanálisis con práctica analítica  Inicios mensuales. Duración: 12 meses.
 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com