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   El rechazo en psicoanálisis

Lo expulsivo de la práctica psicoanalítica
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 
I. Lo expulsivo de “algún” psicoanálisis en la Argentina. Es tiempo de plantear ciertas cuestiones candentes, algunas semi dichas, cuando no silenciadas, pero por todos conocidas y/o sufridas; aunque escasamente expuestas en “los medios” psicoanalíticos. La propuesta de Imago Agenda me permite retomar el tema.
¿Cómo circula el psicoanálisis hoy, en Argentina?, ¿se re-crea?, ¿crea espacios nuevos?, ¿los cierra?, ¿cómo responde la sociedad argentina al saber psicoanalítico y a su verdad?, ¿qué generó en los últimos años el psicoanálisis en esa sociedad? Son preguntas necesarias cuando advertimos “cierto” retraimiento de la demanda (pública o privada) de psicoanálisis.

Si partimos de aceptar que el psicoanálisis –su teoría, su práctica– en modo alguno está “agotado”, la respuesta está en otro lado. ¿Qué ha pasado para que, poco a poco, fuera declinando la demanda, ¿es que está cumpliéndose el agorero (y estúpido) pronóstico de los “libros negros”?
No se trata de pensar en la perpetuación ad infinitum del psicoanálisis (“todo vacila con el tiempo”); indefectiblemente llegan la declinación o la catástrofe que dan paso a otras y novedosas concepciones de la subjetividad. De que ese momento no ha llegado da prueba la extraordinaria producción del psicoanálisis y de los psicoanalistas; pero la puesta en movimiento de “cierta” práctica clínica sí parece arriesgarlo a agotar sus fuentes, a vaciarlo. Es también tarea de los psicoanalistas dar cuenta de esos impasses, así como de los modos de superarlos, de recrear la clínica.

No globalizaré mi indagación, no hablaré del “mundo” ni de una insignia única ni de una Escuela única o universal; hablaré de mi país y de la diversidad que –festejemos– habita en el psicoanálisis argentino. Porque aquí el psicoanálisis tiene una larga y productiva trayectoria, y los psicoanalistas argentinos, los de todo el país, han dado sobradas muestras de creatividad y sagacidad para poner al psicoanálisis acorde a los nuevos tiempos.
Sin embargo, y pese a esa riqueza teórica, cuando se trata de la práctica clínica, parece no tenerse en cuenta al Otro que preside en nuestro país, bastante diferente del de americanos o europeos. Pero, inclusive, “nosotros, los de antes, ya no somos los mismos”, no sólo porque la mayoría ha terminado por aceptar que el país es multicolor y diverso, sino porque la diaria realidad económica muestra que nuestros fundamentales e imprescindibles socios son Brasil y China, algo impensable para una generación anterior. Continuar mirando a Europa para dirigir la apuesta es tanto demodé como ridículo.
Ahora bien ¿qué hacemos los psicoanalistas ante esto? ¿Hemos captado las diferencias entre la práctica clínica en Europa y la que tendríamos que practicar aquí? ¿Entre los analizantes europeos y los argentinos?

II. La expulsión en los tiempos de la transferencia y la escucha.
Aun en nuestra diversidad y divergencias, los psicoanalistas sabemos que compartimos cuestiones básicas, por ejemplo: la importancia de la transferencia y de la escucha en la clínica. Sin embargo, parece que esa escucha se ha ido cerrando, la modalidad de las sesiones ultra-cortas ha ido borrando la singularidad de la demanda, los pacientes o analizantes comienzan a quejarse por un uso del tiempo que no coincide con la pulsación temporal del inconsciente; y esa queja –acusada desacertadamente de impaciencia neurótica– suele no ser atendida. “Algunos” analistas parecen no poder transitar los derroteros de esa incertidumbre e interrogarla seriamente. Como si no fuera posible re-crear los tiempos atendiendo la singularidad del deseo y el goce de cada quien, como si fuera más importante ajustarse a los tiempos que marcan las insignias de las Escuelas, como si la práctica debiera “ajustarse” a lo que (supuestamente) proponen algunos “maestros”.

Los testimonios –de pacientes y supervisados– sobre el tema son variados, algunos cómicos, otros tragicómicos, la mayoría francamente patéticos; porque ese es, precisamente, uno de los (ab)usos que acaba expulsándolos de los consultorios. ¿No resulta imperioso atender esta cuestión? Debemos reconocer la queja, testimoniarla y producir respuestas que la atiendan. Una queja que no es “resistencia”, sino un llamado desesperado al Otro del psicoanálisis. En todo caso la resistencia está del lado de “aquellos” analistas que no pueden atenderla. La modalidad de la escucha hace a la de la transferencia y, a la vez, en la modalidad de la transferencia se juegan los tiempos de la escucha.

También coincidimos los analistas en que la transferencia circula en torno a la singularidad del deseo del analizante. Sin embargo, ¡oh sorpresa!, los modos de la transferencia no parecen estar en función de la singularidad del deseo y goce de cada analizante, sino… -¿cómo decirlo sin cierta hesitación?- en función de las insignias o mandatos a los que se someten “algunos” analistas. Así, el análisis del sujeto del inconsciente deviene no-análisis, domesticación del deseo: si el analizante no responde a esas insignias o mandatos se produce un cortocircuito, deja de tener un lugar en el deseo del Otro, que no es cualquier Otro, es su analista, aquel al que convocó para esa función y que debería priorizar las variaciones de la demanda. Dado que los analizantes se estrellan contra ese muro y –por suerte– no son domesticables, se van con sus preguntas e incertidumbres a otra parte. ¿Qué hacer para no expulsarlos?

Otra coincidencia entre los psicoanalistas es la cuestión de la “neutralidad del analista”, neutralidad que tiene que ver con la cuestión del deseo del analista y donde sólo ha de primar el deseo de analizar. Sin embargo, se suele confundir neutralidad con “nada”, con desubjetivización del analista: sujeto monocorde, deshumanizado; no sonríe, no gesticula, “casi no habla”, y si habla sólo interpreta con términos que el analizante no alcanza a significar.
El mentado “silencio” del analista ha devenido (en algunos) en mero “callarse la boca”. Coincidiremos en que el silencio es preciso para hacer lugar a la demanda, pero, en casos de angustia por devastación del Otro, puede resultar importante hablarle al paciente para perimetrar la angustia y, de allí, re-lanzar una apuesta a la demanda. En esta época escasa de rituales significativos que sostengan una genealogía, responder al silencio con el silencio es arriesgarse a precipitar hacia un acting-out que, en muchos casos, deriva en una salida del psicoanálisis… expulsión tácita hacia otros campos.

En los diálogos interanalíticos de los que sí hablamos –y con mucha preocupación– de esta situación, solemos en sorna decirnos que no puede ser cierto eso del “silencio compacto” que acaba ahuyentando a los analizantes; pero siempre una nueva historia viene a desmentirnos. En los distintos medios analíticos se sabe del estilo silencioso de algunos que lo ostentan casi como una proeza. Sorprendentemente hay hasta cierta jactancia de las pocas palabras que dijo un analista en sesión, como si la postura de “analista-Esfinge de Tebas” constituyera el non plus ultra del acto psicoanalítico.

Ligada a la cuestión de la transferencia está la del “pago y del dinero”. Modos de la transferencia, modos de la singularidad del sujeto del inconsciente, modos de la temporalidad del inconsciente, modos singulares de la castración, de la falta, y modos de la “deuda” que crea la demanda al Otro. Deuda que implica un pago y pago que implica dinero, dinero patrón de medida que crea equivalencias, equivalencias que permiten el intercambio, intercambio que supone rehusar el goce.
El analizante no paga con la libra de carne, sino con dinero. Pero si el pago se hace con “medida de equivalencia”, también es cierto que dichas equivalencias son diferenciales aun con un mismo analizante y entre el conjunto de analizantes. Está claro que un analista no trabaja “gratis” –que lo expondría al peligro de cobrar de otros modos, modos de goce que están interdictos– pero tampoco cobra estandarizadamente por hora, minutos o segundos. Hay quienes dicen: “mi hora cuesta X pesos” olvidando la posición y la situación de cada analizante. ¿El precio de la supuesta “mi” hora carece de relación con las circunstancias del que la paga? ¿Qué hacer, entonces, con pacientes o analizantes de varios años que entran en el subibaja del empleo-sub-empleo-desempleo? ¿que se vayan con sus dificultades económicas a otra parte?, ¿cómo recreamos la práctica psicoanalítica sin ceder en el deseo de analizar? Esto supone una inventiva diaria en esta terapéutica “no como las otras”.

Para terminar quisiera hacer algunas referencias a la cuestión de la “transmisión del psicoanálisis”. Los analistas argentinos tenemos una genealogía de maestros lectores de Freud, de Melanie Klein, de Winnicott, de Lacan, entre otros; y hemos sido y somos lectores de maestros como Pichón Riviere, José Bleger, Marie Langer, León y Rebeca Grinberg, Oscar Masotta… sólo para nombrar algunos. Hemos avanzado por la línea de la lectura, de la discusión, de la disputatio. Hemos sido -por suerte- díscolos, pues, aunque circuláramos por alguna “escuela”, continuamos leyendo a los “otros”, a los “diferentes”. Pero en estos últimos 20 años se ha producido un empobrecimiento en la transmisión, la guerra de consignas e insignias resultó más fuerte que la proverbial curiosidad investigativa. Se fue creando una “cierta” generación “obediente” que no parece recrear el psicoanálisis, sino atiborrarlo de los galimatías que lanza “algún” maestro: es preciso hablar “en difícil” para no quedar fuera de la compacta masa de cada parroquia, aunque basta un pequeño rasguño para advertir que detrás de todo ese palabrerío hay… nada, y sobre todo nada de clínica. ¿Qué pasó en la transmisión que nos extravió de la letra de Freud, de Lacan, de Klein, de Winnicott?

A todo esto se suma la práctica del “ninguneo” al diferente: al del otro lado o de otra “escuela” se lo desacredita, escarnece, ridiculiza; como si fuera preciso a la teoría, cuando no a la práctica, el “diferenciarse” por vía de la contienda imaginaria. Y eso también expulsa pacientes. Nuestros maestros, los que nos transmitieron el placer de leer los textos freudianos, no temían recurrir al diálogo abierto con los filósofos, los psiquiatras, los de “otras escuelas”, y tampoco dudaban en realizar interconsultas cuando era necesario. Eso parece haberse perdido, denostar al Otro ya sea del psicoanálisis y/o de las disciplinas afines resulta una práctica tan insistentemente realizada que los pacientes, los analizantes, los supervisados y los analistas en formación quedan avergonzados de tanta “desacreditación”. ¿No resulta a ojos vista que con esa desacreditación quien se desacredita es el psicoanálisis y quienes lo practican los que en esa torpe obstinación acaban presentando al psicoanálisis como campo minado y a los textos (de cada parroquia) como los “textos definitivos”? ¿Qué hay más contrario a la letra y al espíritu psicoanalítico que esto?
Todas estas cuestiones, entiendo, deberían revisarse, discutirse, compartirse para que el psicoanálisis, siendo una terapia entre otras, se mantenga como primus inter pares. Es nuestra responsabilidad que, al igual que nuestro país, continúe “flotando sin sumergirse”.
 
 
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