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   El rechazo en psicoanálisis

Dinero, sexo y rechazo al psicoanálisis
  Por Raúl Yafar
   
 
Vamos a ligar rechazo al psicoanálisis con la repetición. Ya Freud en “Más allá del Principio del Placer” presentía las razones del oscuro temor de ciertos sujetos para entrar en un análisis: la posibilidad de repetir demoníacamente algo que avizoraban intuitivamente. Es decir, extimamente, pues algo ajeno pero muy íntimo devendría… escenario siniestro. El rechazo al psicoanálisis se presenta allí como el reverso de la osadía freudiana: me refiero a aquella de “convocar a los demonios”.

Me circunscribiré a un determinado tipo de pacientes –adrede no digo analizantes– y digo “tipo” pues al menos solicitaron una consulta justamente tres sujetos de similares características. En ellos la juntura sexo y dinero, es decir, alguna forma de lo que llamamos degradación de la vida amorosa masculina, fue un tope para la instalación de la transferencia. El fantasma poseía en todos una fijeza por demás particular: invasiva y exclusivista, sin espacio para una pregunta sostenida.
La impresión general es casi calcada: se trata de hombres que nunca quisieron emprender un análisis anteriormente. Sólo el monto de angustia o la presión de terceros los impulsaba a llamar a un analista para intentarlo.
Sujetos en general desocupados (o casi), dependientes del dinero de su padre, suegros y/o abuelos. Con un peculiar ensimismamiento mental, aunque capaces de enamorarse de una mujer, al mismo tiempo siempre tentados de obtener mediante pago alguna forma de satisfacción sexual.

Veamos una viñeta clínica ahora de uno de ellos, porque en una escena se mostró toda la incandescencia de lo que quiero trabajar. Lo que acababa de presentarse en su vida –justamente empezadas, a regañadientes, las entrevistas preliminares– era una situación espantosamente sufriente para él.
Como en los otros casos hay un perfil nítido de comportamiento en relación a la sexualidad. Son hombres hipererotizados: viven en un estado “calenturiento”, atentos a todas las mujeres de su entorno, “catando” su atractivo. La silueta femenina como tal los imanta y refracta en deseos múltiples. Una aclaración: este alto grado de sensualización no implica un despliegue sexual sostenido ni mucho menos. Su sexualidad avanza de tropiezo en tropiezo.
Vayamos a la escena-tope –en el sentido de trabazón– de la instalación de una transferencia operativa, es decir, donde el saber se supone y no debiera actuarse cerradamente. Ella nos permitirá concentrarnos en un tópico clínico. Considero que la escena contiene tres tiempos y estos definen la escenografía fantasmática.

Tiempo primero: la esposa de este paciente se muestra algo distante y apagada, a partir de sucesivos distanciamientos donde él no la ve por semanas, debido a supuestos emprendimientos laborales, todos referidos a su padre, quien le promete algún éxito económico futuro. Unos días después de un extenso alejamiento, concurren juntos a una fiesta. Cada uno deambula por su lado y ella traba un diálogo con un hombre seductor, conocido lejano de la pareja, que está separado hace unos meses. Es conocido por su donjuanismo. Ella revive por primera vez en semanas y conversa con él muy animadamente. El marido capta –o más bien, habrá sido que captó, con un sentido de posterioridad– que a ella se le ha encendido un deseo. El hombre le ha gustado y la situación le resulta encantadora.

Pero el esposo no dice nada, no interviene, no siente celos, niega lo que ve y se mantiene apartado, digamos, en la suya –fisgoneando otras mujeres de la reunión, como de costumbre–. Por otro lado, hay algún ligero antecedente con respecto a este Don Juan, en el tono de algún piropo algo zafado que le hizo a la esposa del sujeto algunos años atrás. Como sea, éste captó sub­liminalmente un mensaje que no ha atendido lo suficiente: hay un deseo de ella que se ha desplegado delante de él: él sabe –sin saber– del deseo de ella. El sabe que ella desea otra cosa: es un deseo que no necesita ninguna confirmación. Ese punto de saber certero lo ha golpeado durante un instante –o varios– durante la reunión y él lo ha descartado. No ha querido ver sus señales. Ella, por su lado, sabe aún menos (concientemente) lo que le pasa. Pero le pasa.

A partir de allí: viene un tiempo muerto de silencio, lento e interminable, sobre el tema, como la calma que precede a una tormenta. No obstante ella recuerda en los desayunos cada tanto algún comentario referido a este tercero. Comentarios que son signos, todos referidos a lo dialogado esa noche. Su marido calla, no pregunta, la deja hablar. No hay interrupción o pregunta… ni enojo alguno. No sale al cruce, no actúa. Sólo un tiempo de suspenso. Algo se anticipa en silencio, con advertencias que brillan por lo no dicho más que por lo dicho, que es banal. El tiempo del deseo ya aconteció en la fiesta, en este tiempo sin brillo para él: sólo se recuerda lo que no se quiso escuchar.

Más tarde dirá: “¿dónde estuve yo durante ese tiempo?” De este lapso es que hablará luego sin parar, desesperado durante las semanas de intento de entrar en análisis, pero también interrogándola a ella sobre lo que él mismo sabía… y más aún. Como sea, esos avisos matutinos son desoídos durante un mes, hasta que de golpe la mujer deja de hablar del otro sujeto. Ahora el silencio es verdadero y pesado, se avizora –prematuramente, pero demasiado tarde– el golpe de la realidad.

Tiempo segundo: dos días después de ese silencio tan distinto el hombre se despierta de su ensimismamiento: tiene una intuición extraña y perentoria. Pues tras una salida de su señora –algo confusa y motivada por una cena improbable– le pregunta dónde es que “salió anoche hasta tan tarde”. Ella miente mal, culposa pero también provocativa. Él le adeuda tanta desatención con respecto a la fiesta de hace un mes… El insiste desaforadamente. Ella confiesa un encuentro con este sujeto, así como que le gusta realmente mucho en el plano erótico y que en esa salida terminó casi “apretando” con él… No pasó “casi” nada, insiste y no quedará nunca muy claro que será ese casi, si un mero tejido de fantasías o un solapado momento de fuerte intensidad.

El mundo subjetivo del analizante se derrumba. Se parte al medio en ese instante eterno de angustia. Creía estar reaccionando a tiempo y llegó un mes… y dos días después. A partir de allí él no imagina nada, no hay nada qué averiguar, un vacío mental casi desértico da cuenta de las mil versiones contradictorias que ella le ofrece, que él casi no escucha y que no “contienen” –ni contendrán– nada de lo ocurrido. Ella aprovecha y lo lastima. Ninguna excitación es posible para él, sólo hay angustia en estado puro. Arrasamiento. No hay trabajo psíquico posible sobre esa cita, verdadero agujero negro en el saber. El no va “allí” para pensar nada. No importan los detalles de lo qué pasó, sino dónde estaba él, lejos de sí mismo. Pero entonces allí no se responsabiliza –en sentido analítico– de lo ocurrido a partir de esa pregunta por su lugar, ni se compromete –durante un tiempo más depresivo, tal vez típicamente misógino, quizás tanguero y/o alcoholizado, por poner ejemplos– a reconstruir alguna causación que lo implique. El rechazará el análisis y se dedicará a actuar una escenografía nueva que lo aleje del trabajo analítico.

Tiempo tercero: hay una ligazón bidireccional entre los dos tiempos precedentes, contiguos y enhebrados. Pero ahora sí hay una especie de corte con ellos en este tercer momento. Hay un salto hacia otra región. El fantasma revelará su función de parche y se verá que el proceso también implica una (re)negación de la castración.
Por lo pronto, se separa de su mujer. El residuo sentimental es la desconfianza generalizada hacia las mujeres. Solitario y sintiéndose abandonado se consagra a su teatro privado, pero no lo analiza. No se vuelve tímido o un paralizado, al contrario, está lanzado a la acción.

En su teatro ahora el sujeto es ojo, director de escena, inventor de una escenografía. Este momento es el de la excitación interminable. Comienza a salir con prostitutas, pero no puede tener contacto con cada una de ellas más de una vez. No encuentra satisfacción en el coito con ninguna, salvo si fantasea siempre la misma escena repetida, donde su ex esposa es sólo carne, vitualla dispuesta, objeto de goce instintual de un hombre dominador.
Está claro que es un tiempo –en el fondo– masturbatorio: extrae placer, no de los cuerpos hipersensualizados, sino de la escena que ha construido para recrear en su mente, aun cuando esté acompañado en un lecho. Ingresa en cada elucubración mediante un clima casi oniroide, reiterado, como si fuera una adicción, buscando el mismo gozo orgásmico breve e insaciable. Busca hasta el infinito –incluso más de una vez por día– un repetido no-corte de un no-placer hiriente, sufriente.

¿Cuál es el punto resistencial que impide la entrada en análisis? Los gastos de los burdeles y del análisis los debe –compulsivamente– ahora pagar su padre, pero son ambos incompatibles e inversamente proporcionales. Si éste se niega a aportar dinero, él amenaza desbarrancarse en su salud, especialmente física. Cada vez que hay conflicto con su padre, el paciente vibra y se despeña en la angustia. Las entrevistas se interrumpen una y otra vez en un errático zigzagueo. Pero si el padre aporta “suministros”, el teatro privado gana terreno por sobre la subjetivización analítica, que retrocede hasta, al fin, languidecer. El dinero drena y drena, sin acto de pago. Si pensara, tras los años transcurridos, en mi dirección de la cura, tal vez debería haber interrumpido yo las entrevistas sin dejarlas desfallecer.

Vemos que así como no podía analizarse decididamente, este hombre tampoco alcanzaba a:
A) Subjetivar un empuje sexual que lo enlazara a la castración, al corte orgásmico-sexuado, a la detumescencia final tras el estallido verdadero: no había pago-en-goce de su “deseo de castración” (Lacan). Algo no funcionaba en él en el momento del coito, como apropiación subjetivada de la pulsión en acto. En ese sentido, aunque tuviera sexo, todos sus coitus solían ser “interruptus”.
B) Como contracara de ese apronte decidido, un hombre –en posición viril y en un matrimonio monogámico más o menos clásico– no permitiría que seduzcan a su mujer en su presencia sin decir una palabra –escena de la fiesta–, menos que menos si esa seducción, introduciéndose por el hueco de una crisis velada de pareja, estaba siendo ostensiblemente efectiva.

C) Por otro lado, al no tener una vocación clara, vivía ajeno al desenvolvimiento social y dependía cíclicamente del dinero de su padre. No sólo no pudo transferenciar en un pago simbólico (castratorio) un análisis, sino que terminó buscando una tarifa reglada, que no le otorgaba lo que, de todos modos, no era capaz de lograr en su pareja. Giraba en falso sin pago ni deuda.

Lo no sexuado tiene entonces una triple cara fallida: así como no hay rostro sexual en la satisfacción plena del acto, tampoco hay señal de angustia en relación a la pérdida del objeto que siente que le corresponde por derecho propio; por otro lado, no hay pago por su deseo que se le desvía en la mera equidad del dinero y del devaneo masturbatorio disimulado. No hay goce sexual, no hay enojo participativo, no hay cesión en el pago.
Por ese hueco de lo no vivido se filtra lo que llamo el fantasma en el borde de la neurosis, en su juntura con la repetición.


En realidad no podemos hablar de “ausencia” de fantasma sexuado, sino de su fracaso puntual y su re-absorción en el fantaseo repetitivo, escenográfico, degradado. Hay dos funcionamientos muy diversos del fantasma, pero no es ocasión de extendernos sobre este punto en esta comunicación.

Repasemos teóricamente los tres momentos que describimos clínicamente:
1) Un obsesivo “anticipar demasiado tarde” (Lacan), donde cede su mujer a otro hombre. Ese momento se instala en una atemporalidad infinita, irrecuperable, de ausencia subjetiva, sin corte histórico. No hay interrogación.

2) El instante traumático del golpe cuando se entera que ella ha sido tomada de algún modo –aunque sea mínimo– como objeto de goce posible, ante su propia pasividad. El golpe de la angustia parecía organizar, en esa misma perplejidad, un esbozo de posible pregunta.

3) Una sensación tóxico-paranoide de que su esposa se le ha perdido sin saber cómo. Entonces ella se le fuga en cada mujer, asintóticamente, hacia la cadena infinita de los otros hombres, con un saldo de implantación de posible “neurosis de destino”. El padre es su sostén económico, ahorrándole la subjetivación de la castración y el análisis deviene apuesta fallida. La pregunta se cierra como una puerta opaca, allí donde quizás nunca antes él quiso abrirla y sólo la realidad (por una vez) tocó el timbre brutalmente.

Unas palabras sobre el componente de neurosis actual. Si lo interruptus de los coitos recuerda la neurosis de angustia, el solapado desgano masturbatorio de su sexualidad indiscriminada nos lleva al cuadro de la neurastenia. Un residuo de excitación no liberado migra en su continuo errar por cuerpos de mujer. La hiancia que se establece, no permitiéndole llegar al orgasmo –una forma de frigidez masculina–, no sólo lo deja ofrecido al borde de la neurosis… también al borde del análisis, en el que no se instala.

Como se puede comprobar, en realidad, el dispositivo analítico –neurosis de transferencia– es el campo invertido de la opacidad neurótica (no transferencial) en el borde del fantasma sexual. Lo que llamamos transferencia negativa –erótico-agresiva–, estorbo aunque posibilitación si hay análisis, es la corriente sensual no conjugada con la tierna, escenificada en los diversos planos objetales como “degradación” a la salida del Edipo. Es lo que en un análisis estalla en el máximo punto de la resistencia. Pero, al decir de Freud, no olvidemos, a veces evita directamente que empiece.
Sexo y dinero, cuando no están temperados por el Nombre-del-Padre, son los envases resistenciales de la lujuria no sexuada.
 
 
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