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   El rechazo en psicoanálisis

Escotomizar el análisis
  Por Marcelo Mazzuca
   
 
La clínica psicoanalítica ofrece múltiples elementos para interrogar aquello que en su experiencia recoge como fenómenos de “rechazo”. El origen mismo de la neurosis, su configuración y su mantenimiento, involucra necesariamente una toma de posición del ser que habla y goza, y ese sólo hecho implica que hay algo que se admite y algo que se rechaza. Usualmente son los propios síntomas de los enfermos quienes portan el signo de aquello rechazado. El asco, la bronca y el miedo son –por ejemplo– algunas de sus formas, y una “clínica diferencial del rechazo” que se pretenda psicoanalítica no podría dejar de reflexionar sobre el testimonio aportado por el síntoma, en la medida en que lo consideramos –siguiendo a Lacan– como una parte constitutiva del ser del sujeto.

Ahora bien, ¿cómo situar esta problemática en el dispositivo mismo del análisis? Si por dispositivo entendemos la “disposición” que los participantes tienen respecto del otro, encontraríamos varios otros elementos para examinar el modo en que el rechazo se expresa en la relación transferencial. Podríamos incluir allí alguno de los aspectos de ese “juicio íntimo” que se pone en juego cuando al analista le toca aceptar o rechazar una demanda de tratamiento, en la medida en que debe juzgar –tal como plantea Freud en su texto acerca de la iniciación de los tratamientos– si el caso es o no “apto” para el análisis. El problema es que, planteadas las cosas de este modo, difícilmente pueda discriminarse si se trata de la persona del analista o la persona del paciente. En este sentido, la expresión “el rechazo del analista”, según se entienda el del en el sentido de un genitivo subjetivo u objetivo, sería equivalente a la expresión “el rechazo del paciente”. Cuando la dimensión imaginaria es la que prima, la relación puede tornarse simétrica y reversible, dejando en la oscuridad una parte esencial de la realidad que los vincula.

Dicho en otros términos, cuando las transferencias se rompen o el análisis deja de funcionar (como le ocurrió a Freud con Dora y con la “Joven Homosexual”), ¿quién es allí el que rechaza y quien el rechazado? ¿Es Dora quien rechaza a Freud con su imaginario cachetazo, aquel que en lo simbólico expresaría algo así como: “¡me das asco!, ¡me dan asco!”? ¿O es Freud quien rechaza a Dora al imaginar el objeto de su deseo, en el intento por simbolizar una versión de la pareja sexual con un “te gusta, te gusto, me gustas”? Otro tanto se podría decir sobre la relación establecida con la “Joven Homosexual”. Muchos callejones sin salida se producen al pretender los psicoanalistas superponer el agente del rechazo con la persona del analista o del analizante. El análisis de las “resistencias transferenciales” o de las “contraresistencias contratransferenciales”, no hace más que acentuar el problema, disimulando la causa genuina del rechazo puesto en juego.
Se imponen entonces, otra serie de preguntas: ¿De qué tipo de rechazo se trata en cada caso? ¿Y cuáles son sus coordenadas en la ruta de la experiencia analítica? Según Freud, cuando se trata de cuestiones técnicas, lo que resulta determinante es la realidad del analista y sus “puntos ciegos”1, término que en 1912 recoge de Stekel. Así fue que a partir de aquella época todas las miradas recayeron sobre el análisis del analista, y la recomendación freudiana volvió a dirigir la atención hacia el escenario de los sueños. Dicho de otro modo: es el analista quien corre el riesgo de “escotomizar el análisis”.

¿Cómo pensar entonces una mirada que no rechace? ¿Cuál es el estatuto de dicha mirada, y a quién habría que adjudicársela? Tomemos un pequeño recorte clínico para examinar el problema.
Un analizante comienza su análisis con la siguiente visión de horror: una madre y dos hijos petrificados en el baúl de un auto estadounidense. Se trata de un sueño, hipernítido, que introduce a la realidad del análisis y del inconsciente. ¿Cómo situar allí el rechazo? En su texto “La cabeza de Medusa”, Freud afirma lo siguiente: “La visión de la cabeza de Medusa petrifica de horror, trasforma en piedra a quien la mira. ¡El mismo origen en el complejo de castración y el mismo cambio del afecto! El petrificarse significa la erección, y en la situación originaria es, por tanto, el consuelo del que mira. Es que él posee, no obstante, un pene, y se lo asegura por su petrificación”2.
Como hemos dicho anteriormente, la experiencia analítica pone en juego –actualizándolo– un tipo particular de rechazo, que involucra la toma de posición frente a lo que produce horror, es decir, la castración. En el caso del sueño mencionado, es evidente que algo se da a ver al mismo tiempo en que todo otro sector de la realidad permanece en sombras, fuera de vista, “escotomizado”. Visión de horror, visión de castración, que hacen suponer una toma de posición inicial del soñante confrontado en la puerta del análisis a la interrogación primera: ¿Deseas saber? ¡Mira, se trata de esto! ¿Aceptas o rechazas?

Freud solía expresar este rechazo en términos del horror que genera la visión de los genitales femeninos en una realidad sexual simbolizada a partir de un único elemento, el falo, y es lo que en parte muestra el sueño que tomamos como modelo. Sin embargo, la realidad (sexual) allí expresada, demuestra –aunque sin mostrar– que en la puerta de entrada del análisis algo queda entrevisto por aquel que, hasta el momento neurótico, accede a la posición analizante. En este sentido, Lacan precisó que se trata del horror al saber acerca de una castración que no es realidad sino real, y que tiene su asiento en un objeto incognoscible. Digamos, para este caso, la mirada. Y llegó a formular que el deseo de saber es aquello que puede hacer frente a esa castración real, pero que dicho deseo no existe en el estado natural del ser humano. Por el contrario, es el genuino e inédito producto de un análisis llevado a término, es decir, hasta su puerta de salida.
En el caso citado, el recorrido entero del análisis pudo plantearse como una rectificación de la posición inicial, operación que condujo de la visión horrorosa de una castración invisible hasta una imagen de castración asumida sin signos de horror, aspecto que un último sueño ponía en evidencia: la imagen nítida de una mano a la cual se le derretían dos o tres de sus dedos. Un recorrido de muchos años y de varias vueltas, pero con una topología común: en la puerta de entrada tanto como en la de salida el que será o habrá sido analizante se confronta con una imagen de aquello que causa rechazo.

Ahora bien, en esta oportunidad nos interesa plantear la siguiente pregunta: ¿Dónde está ubicado allí el analista y cuál es su situación respecto del rechazo que se pone en juego?
Para poder localizarlo, distingamos en las coordenadas de la entrada en análisis tres momentos o instancias diferentes, y adjudiquémosles números que identifiquen la temporalidad de la experiencia.
1º) En el tercer momento encontramos –como sugiere la cita de Freud– el recurso al falo como defensa frente a lo que fugazmente queda entrevisto. Es el punto de inicio del recorrido analítico. En este sentido, el desarrollo del análisis consistió en descifrar la significación fálica presente en los diferentes elementos del sueño (madre, hijos-hermanos, auto, etc.), hasta llegar a la versión extremadamente reducida de una castración que ya no esconde ni produce rechazo.
2º) En el primer momento, la realidad neurótica que precedía al sueño, totalmente determinada por el Ideal del amor sublime de un hombre hacia una mujer. En este caso, una realidad –que perfectamente puede calificarse de alucinatoria– emparchaba el oscuro agujero del sexo, fusionando hasta el delirio la serie de mujeres deseadas. Siguiendo la psicopatología freudiana, una suerte de “psicosis alucinatoria de deseo” (de ficción que esconde la realidad) precedía el análisis en las entrevistas preliminares.

Ahora bien, toda la clave se encuentra en el segundo momento, cuya temporalidad es más bien la del “golpe”, la del “instante”, es decir, la que involucra la dimensión real de la realidad humana. ¿Cómo es que se pasa de una realidad cerrada, de una visión clausurada por un ideal, a una representación del falo que sin embargo incluye, sin terminar de ocultar del todo, una visión de angustia? Sin lugar a dudas –en este caso y en tantos otros– por la interpretación del analista, pero sobre todo por su situación, por su localización en el diálogo. Esto es lo que pretendemos resaltar. El psicoanalista mira, pero lo hace desde un punto de vista determinado por su escucha y por el ejercicio de la palabra analizante. Por eso, no se trata de prestar la suficiente atención para que nada escape a la vista, no se pretende del analista una omnividencia que lo preserve del riesgo de rechazar la porción de la realidad que importa en lo que su paciente expone. Más bien se espera de él, que se haga objeto de ese rechazo, que lo encarne con los semblantes de su propio ser, que se convierta él mismo en una cabeza de medusa para su analizante y que desde allí mismo le grite en la cara ¡castraciooóoon!
En el caso que nos ocupa, esto lo produjo una voz tan suave como cortante. De allí el tiempo intermedio.

3º) En el segundo momento, entonces, la intervención del analista, que pulsa sobre el término filoso, el significante fusión, elegido entre el material del discurso de su paciente. Tras la versión de la fusión como género musical predilecto –expuesta concientemente por el analizante– resuena la versión de una fusión de los dos tipos de mujeres idealizadas, revelando así una realidad sostenida por la versión ideal de la mujer musical o la versión musical de la mujer ideal. De este modo, la intervención interpretativa toma su apoyo en el discurso paterno, en el nombre del padre, pero al mismo tiempo va más allá de él. No amenaza con el corte (con la castración), directamente ¡corta!, en acto, la realidad alucinatoria de su paciente. Introduce un saber enigmático que hace lugar a la verdad sin rostro ni sonoridad: la castración.

Como dijo Jaques Lacan en alguna oportunidad, “la realidad es el análisis”. Y en esa realidad, auditiva y visual, pero esencialmente “lenguajera”, el analista encuentra su lugar. La posición del analista, y la condición de posibilidad de su intervención, dependen de un deseo que haga frente al horror al saber sobre la castración y sobre la falla del sexo. Deseo que sólo un análisis llevado hasta su conclusión puede producir.
Por esa razón, el análisis del analista no consiste tanto en eliminar los “puntos ciegos” (de su percepción, para poder así admitir la realidad visible de su analizante sin rechazarla), sino de ubicarse en esos mismos puntos. Dicho en otros términos, encarnar esos mismos puntos de mira –esos puntos de fuga–, es

____________
1. Freud, S (1912): “Consejos al médico sobre el tratamiento analítico”, AE, tomo XXII, página .138.
2. Freud, S (1922): “La cabeza de Medusa”, AE, Buenos Aires, 1993.
 
 
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