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Estrago
  Por Lionel Klimkiewicz
   
 
Susana pide una consulta porque se encuentra preocupada, angustiada y ansiosa por la salud de su única hija de 21 años, quien desde niña viene realizando tratamientos psicológicos de todo tipo y haciéndose estudios médicos. Esos tratamientos que se iniciaron por problemas de atención en la escuela, “no sirvieron”, porque Elena está peor. Elena no pudo terminar todavía el secundario que cursó en una escuela de Danzas, donde debe algunas materias. Susana manifiesta que quiere que la hija siga con Danza porque es lo único que puede hacer ya que no está capacitada para trabajar.

Manifiesta que el motivo de esta nueva consulta es que Elena tiene ataques de furia, gritos, y fundamentalmente celos con su novio, motivo por el cual, poco tiempo atrás la llevó a un psiquiatra quien le dijo que su hija sufría de “histeria” (relata esto horrorizada y pregunta si es curable o la tiene que internar) y le indicó una gotitas de halopidol que ella se encarga de meterle a escondidas en alguna bebida. Dice también que quiere saber si su hija “es tonta o se hace, o es discapacitada”. Me pregunta qué tiene que hacer, ya que no sabe y su marido (que está “ausente con aviso”, relata) no la ayuda. A lo que se suma el problema de que Elena no quiere hacer más tratamientos de ningún tipo.

Le digo que para darle mi opinión necesitaba conversar con su hija, así que indico que le diga que podía venir a hablar conmigo para hacer una consulta, no un tratamiento. A los pocos días logro una entrevista con Elena, que se presenta tranquila, vestida acorde a su edad, bien dispuesta a hablar, aunque evidentemente sedada por los efectos de una medicación que no sabía que tomaba. En una larga entrevista, habló de las peleas con su madre quien le insiste que siga Danzas y que no trabaje. Habla de su novio con cierta admiración ya que él trabaja en una empresa de comidas rápidas con un cargo de supervisor y además estudia en la universidad. Cuenta que el mayor problema que tiene con él es que no puede controlar sus ataques de celos y las escenas y llamados, controles, reclamos y reproches que le hace ella constantemente. Al punto que luego de dos años de relación se da cuenta que él se está cansando de la situación.
En esa primera entrevista Elena presenta un discurso bastante empobrecido, con sentidos muy fijos y evidentemente difíciles de conmover, y sin implicación subjetiva para con su sufrimiento. Sin embargo no se manifestaba ningún elemento claro que pudiera indicar un cuadro de psicosis.

La intervención en ese momento se centró en simplemente indicarle que sus celos eran algo que evidenciaban que a ella le pasaba algo que tal vez no tenía que ver con su novio sino con alguna cosa que sentía y pensaba, y que si quería en algún momento tener un espacio para hablar me podía llamar… pero ella, no su madre.
A la semana siguiente se realiza una nueva entrevista con la madre a quien se le indica tratamiento y se le da la recomendación de suspender la medicación de la hija.
Días después, Elena llama por teléfono para pedir una entrevista, en donde relatará nuevamente los conflictos con su novio, las peleas que mantienen por los celos que admite no poder controlar pero que justifica con argumentos bastante pobres, desplegando sus perpetuas demandas de excepción sin límites y vanos intentos de salvar la menor particularidad con una terquedad concentrada (parafraseando a J. C. Milner1). Al mismo tiempo señala que el novio mantiene largas conversaciones con su madre donde hablan sobre la preocupación mutua respecto a los “ataques” de celos de ella. Se suceden así algunas entrevistas, que solicita vía telefónica ya que al terminar cada una de ellas, se le señalaba que podía llamar para poder hablar de estas cosas cuando quisiera.

En esas entrevistas, que luego comenzaron a programarse a pedido de ella semanalmente, resultó muy dificultoso lograr que desplegara su historia. Sin embargo además de contar sus periplos en distintos tratamientos desde chica porque “no le iba bien en la escuela” por sus problemas de atención, dice que su padre trabaja todo el día y “como dice mi mamá es el gran ausente”; cuenta también que la madre perdió tres embarazos antes de que naciera ella y uno más cuando ella tenía diez años, que no trabaja desde hace más de quince años y que ahora no encuentra trabajo.

Con respecto a su novio, dice que él no la entiende porque trabaja y está ocupado, que él es “de otro planeta” como dicen todos (no se droga, es serio, etc.), y que no puede tener relaciones sexuales vaginales con él porque él no quiere ya que tiene temor de repetir su historia familiar en donde su madre tiene hijos de diferentes padres.

En medio de esa primera serie de entrevistas donde se buscó que Elena pudiera desplegar su discurso e implicarse en él y se la incentivó para comenzar a trabajar, la madre continúa llamando manifestando su preocupación por los ataques de furia de su hija contra ella y llega a preguntar incluso si a Elena no le puede estar pasando lo mismo “que al asesino de Belgrano que se volvió loco y mató a un montón de gente”.

Una entrevista resulta clave en la transferencia: ante la inminencia de una charla con su novio en donde Elena entiende que él “la va a dejar porque se cansó” de sus celos, pregunta desesperadamente qué hacer, trasladando la pregunta que siempre era dirigida a la madre, al dispositivo analítico. Se le indica que la única forma de que ella pueda hacer algo es que reconozca que sus celos tienen que ver con algo que le pasa a ella y que no son culpa de su novio. Contará aliviada la siguiente entrevista, que le pidió a su novio que le diera tiempo para pensar en lo que le pasaba y en las causas de sus celos, a lo que él accede a pesar de haberle llevado una carta de despedida.

A los pocos días, Elena consigue su primer trabajo a pesar de no tener la aprobación de la madre, aunque sí del padre, y una pregunta de su parte aparece en el dispositivo: “¿Qué hacemos con mamá?”
La palabra estrago utilizada por Lacan para caracterizar el vínculo madre hija (aunque no hay por qué reducirla a él) es muy pertinente en este caso. Estrago que quiere decir destrozo o daño en la subjetividad, con las consecuencias afectivas (dolor y angustia) ineludibles.

La pobreza subjetiva de Elena se manifiesta en las entrevistas de diferentes modos: en sus creencias inconmovibles y sus sentidos fijos, en su poca riqueza dialéctica, presa de lo que Lacan en el Seminario XIX llama “un discurso ingenuo”, en su incapacidad para realizar actos, en sus grandes montos de angustia, en su vínculo alienante con la madre, en su dificultad para historizar y para responsabilizarse subjetivamente en su padecer.
Como refiere Colette Soler2, un estrago implica una abolición subjetiva, al mismo tiempo que una absolutización del Otro, que en este caso encarna una madre imperativa, posesiva, demasiado atenta, demasiado preocupada, atiborrando de amor y privando de posibilidad de despliegue subjetivo a su hija. La carencia en la operatoria paterna se vislumbra allí donde la falta de referencias y de puntos de localización de un goce Otro se traducen como exigencia y celos hacia el hombre amado que le permita mediante el amor nombrar algo de ese goce, llevarlo al campo del falo. La aflicción sufrida es el nombre de la imposibilidad de compensar el estrago con el amor.

_____________
1. Cf. Milner, J. C., Los nombres indistintos, Ed. Manantial.
2. Cf. Soler, C. Qué se espera del psicoanálisis y del psicoanalista, Ed. Letra Viva.
 
 
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