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   Colaboración

Entrevistas con padres
  Qué hay para escuchar; qué hay para perder
   
  Por Sergio Zabalza
   
 
Cada vez que un papá y/o una mamá se acercan a un analista para consultar por su hijo, se pone sobre el tapete la misma cuestión: ¿qué hay para escuchar? Porque, por lo general, en una entrevista con padres se habla o más bien, se verborrea bastante; en principio, debido a que es tanto más sencillo hablar de otro que de uno mismo. Así, los padres suelen explayarse con fruición acerca de las características de su hijo, de sus gustos, sus problemas, de los amigos, sus hábitos, conductas, del colegio, etc. Pero, aún sin saberlo, al hacerlo hablan de sí mismos, porque tal como nos recuerda Lacan al citar Aristóteles, “el hombre piensa con su objeto”, en este caso un hijo.
Entonces, si algo hay para escuchar del discurso de un papá o de una mamá son las palabras que dan cuenta del lugar que ese hijo tiene para esa pareja. No se trata del valor de verdad que guardan una anamnesis o una historia familiar, estructuras ambas indispensables para conformar un discurso más o menos coherente, sino antes bien de la posición enunciativa de quienes han traído una criatura al mundo, cuya inasible singularidad les resulta –según los casos– problemática, insoportable, traumática o lisa y llanamente los sume en la perplejidad.

Nótese entonces que la perspectiva propuesta para encarar una entrevista de estas características, estimula, invita y convoca a los consultantes al duro trabajo de implicarse como sujetos de deseo en esta problemática que atribuyen a sus hijos. En criollo: lo que hay para escuchar son las palabras que viabilizan los sentimientos, las decepciones, el odio, el amor, las expectativas, es decir: la suma de los afectos encontrados que la problemática del hijo despierta en los adultos a cargo.
Se trata de una orientación que no da tregua al narcisismo, toda vez que –lejos de apoyarse en la comprensión, el alivio, o las buenas intenciones– apunta a delinear los ideales que la particularidad del hijo desafía bajo la forma –en el mejor de los casos– de un síntoma.

Después de afirmar que “el niño puede creer que es amado por él mismo”, Lacan concluye: “… el niño como real ocupa para la madre la función simbólica de su necesidad imaginaria”*. Es decir, el niño –en el mejor de los casos– viene a sustituir algo irremplazable por estructura; con suerte, el recién llegado no será más que el representante de un imposible. La decepción es inevitable.

Así, a desmentidas de la idealizada armonía familiar, el hijo resulta ser una suerte de fallido, un lapsus que irrumpe en la trama conformada por las expectativas de los padres. De allí que sea tan habitual asistir a una larga letanía de lamentos, culpas y autorreproches formulados en el afán de encontrar la causa, los motivos, en fin, algo que explique las razones por las cuales un hijo… es como es.
Resulta curioso, pero esta posición enunciativa coincide con la propia de cualquier neurótico que llega a la consulta con la queja, el reclamo y la necesidad de explicaciones acerca de por qué justo a él le tocó ser de esta manera. Este supuesto acarrea consecuencias trascendentes para el tratamiento con niños.

Por empezar: no es posible ni viable ningún proceso terapéutico con menores si no se cuenta con la transferencia del adulto a cargo. Es más, si bien no pocas veces sugerimos un tratamiento a más de una mamá o papá, cualquier terapia más o menos exitosa con niños supone un cambio en la posición subjetiva de, por lo menos, alguno de los padres o adultos a cargo, con separaciones incluidas, claro está.
Porque, a fin de cuentas, se trata de qué está dispuesto a ceder, entregar y perder el adulto que, para decirlo en la manera brutal que algunos adoptan, se siente traicionado por la “anormalidad” propia de la singularidad del sujeto, en este caso un niño.
___________
*. Jacques Lacan, El Seminario, Libro 4, La relación de objeto, página 73.
 
 
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