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   Elegir un analista

Hacerse elegir o hacer de médico
  Por Masu Sebastián
   
 
Fue en el hospital donde se presentó con una derivación a mi nombre diciendo necesitar atención. Un sufrimiento intenso no lo dejaba dormir tras haberse separado por cuarta vez. No obstante esa recomendación que lo orientaba hacia mí, quiso atenderse, al mismo tiempo, con otro profesional –un hombre–, en otro centro de salud. Ante mi pregunta de por qué ese doble y simultáneo movimiento me dice que “comparando podría decidir”. Así, bajo esa rareza, no obstante más frecuente de lo que suele pensarse, y de la mano de asociar su sufrimiento al “fracaso” amoroso, transcurre un tiempo considerable de entrevistas: “los lunes aquí, los jueves allá”; “los lunes con usted, los jueves con él”. Pasado un tiempo de trabajo vuelvo a preguntar por ese “allá” y me dice que dejó de ir porque quien lo atendía le había dicho que él no podía tratarse en dos lugares a la vez. Entonces, no fue más.

Dos instituciones, dos profesionales, dos sexos. Son los significantes por los que se abre camino el grito de esta demanda y la duplicación de lugares con que se presenta, hace a lo singular de su modalidad. Nos encontramos con alguien que para poder dar el paso precisa hacerse de una preinterpretación: “comparando podría decidir”. Recién entonces, el sujeto se atreve. Preinterpretación que abre y cierra, no es otra cosa que una interpretación con la que, de antemano, se responde a la vez que se pregunta. Porque, ¿ante qué se precisaría dar respuesta, y con tanto apremio, sino en función de una pregunta? Pero dado que, en un primer tiempo, la pregunta no puede formularse todavía, se la actúa: la duplicación de los espacios institucionales, está al servicio de una pregunta que, en palabras, aparecerá dicha recién más tarde: “no sé elegir una mujer”.

Bajo el manto de esa ilusión comparativa que dice de la impotencia sintomática sostenida en la duplicación de las escenas, ingresa la relación a la semejanza, a la medida, a la vez que a la diferencia. Así, de entrada, se pone sobre la mesa que lo que determina el dolor de este hombre hace a la cuestión de la elección. Es decir, a la pérdida en juego a la que toda elección confronta. Si se lo deja hablar, en vez de enmudecerlo con una prescripción –“no puede tratarse en dos lugares a la vez”– aflora una pregunta por el “no hay relación”. Es claro que no saber elegir (“una mujer”) habla también del rechazo a renunciar tan propio de la neurosis, porque elegir es renunciar a uno de los términos en juego y el sujeto retrocede frente a la alternativa. Quiere la chancha y los veinte como solemos decir, pero a la vez, y ésta es la puerta de entrada que nos interesa, ya no puede más de quererlos. Es así que, con esta condición que lo atraviesa –no sólo goza, también sufre– lleva el conflicto ante quien supone pueda saber escucharlo. En este caso, actuando la dificultad, se dirige a dos lugares, no sabiendo con cuál quedarse. Hasta que se desploma la simultaneidad cuando, entre otros factores, la prescripción entra al campo, perdiéndose para siempre la oportunidad de que sea el consultante el que deje caer lo que haga falta para dar así respuesta a esta encrucijada de comienzo. Porque está claro que probar y analizarse no van juntos, de lo que se trata es de atravesar la prueba de la experiencia, que es algo muy distinto. Pero cuando al que demanda se lo espera desde el tiempo congelado del saber que se supone ya fundado, que estaría allí, de antemano, es decir identificado a la práctica como técnica, se lo desoye. No se le da tiempo y, entonces, en vez de dejarlo resolver, se lo deja a él. El “no se puede dos a la vez” –que fácilmente le franquearía el paso al no se debe– se vuelve equivalente, para nosotros, a la pretensión de dirigir el goce en vez de trabajar dejándose dirigir en función de su transformación. Ahí la prescripción, como diría Lacan en relación a tantos desaciertos, “hace de médico”.

Aunque es cierto que el modo propio de la demanda, en el caso de este paciente, puede desconcertar (“los lunes con usted, los jueves con él”), en cierto sentido, sin embargo, es exacto: pide justo lo que el análisis otorgaría. Porque lo que el psicoanalista ofrece es precisamente la oportunidad de rectificar una elección. Rehacerla, dice Freud en “Análisis terminable e interminable”. Hay un punto de verdad en esta rareza y es que con la consulta, lejos de concluir el proceso de elegir un analista, este proceso recién se pone en marcha. Es que el sujeto no es el agente de la elección. Más bien, al momento de optar por alguien que esté allí para escucharlo, está tomado desde una trama de la que no sabe casi nada cuando da el paso. Hay, entonces, una paradoja inicial a la hora de elegir un analista: la entrada pone al sujeto, desde el vamos, frente a un punto clave de la salida. Porque la cuestión de la elección, aunque no exclusivamente, es una operación propia del final de un análisis: al sujeto le corresponde elegir, allí donde al analista sólo le compete echar luz, nos dice también Freud en el mismo texto.

Al que angustiado consulta no le queda, entonces, más remedio que tener que optar. Pero optar no es todavía decidir. Consulta y elección no son tiempos homogéneos. La elección se construirá atravesando distintos pasajes. Y precisamente si a algo está llamado el analista en primera instancia, es a dar un tiempo abierto a ese trabajo del análisis que está enmarcado entre buscar y encontrar. O entre no buscar o no saber qué se busca y encontrar, como puede darse, por ejemplo, cuando alguien tropieza con otro cuyas palabras ofician para él de supuesto y este encuentro lo conmociona. A tal punto de pedir una consulta aún cuando no se le había ocurrido antes. De igual modo, cuando alguien llega “mandado”, empujado por otro, no consideramos de antemano, como podría presuponerse, que no esté buscando. Ser mandado puede constituirse en el modo que encuentre un sujeto para iniciar el camino de la pregunta que dé alivio al sufrimiento de ese mandato.

Como se ve, las razones que aparecen en primer plano en ese intento de llamado al Otro, no siempre son las determinantes. Son sentidos, a los que se acude para dar el paso: búsquedas imaginarias, ligadas a ideales, en los que se juegan parecidos, pertenencias, etc. A veces se trata del tono de una voz, o simplemente de un color de cutis, o como diría Borges, “de lo que se cifra en un nombre”. Rasgos que facilitan que alguien abra la puerta de un consultorio, llave inicial que nos resulta importante respetar porque es por ahí por donde ese sujeto pudo llamar. Ya que cada singularidad de goce tiene su llave también singular.
Por qué motivos alguien busca a un analista y no a otro –o, como en el caso de nuestro hombre “bi-institucional”, a dos analistas a la vez–, de igual manera que por qué lo hace en un marco u otro institucional, es algo que nos importa. Se trata de la vía de entrada para quien se inicia en el camino posible del análisis. El que busca –esto hace a la asimetría de la relación entre los partenaires que conforman la experiencia– echa mano a lo que puede: hospital, obra social, consultorio privado. Son terrenos diferentes, pero ninguno eximido de la misma operación: la que concierne al deseo de analista.

Es en este sentido que nosotros supeditamos las instituciones a la posición, ya que el analista, al decir, enuncia en palabras la relación que él establece con cada Otro institucional, cada vez. Así, a veces, “instala un diván en el marco del hospital”, como señaló un paciente arquitecto alguna vez. Es que se formula en palabras, palabras y silencios, la relación a la institución que regla la experiencia. Por eso es en vano que el analista se preocupe demasiado en expedirse respecto de su ser lacaniano, freudiano, de ésta o de la otra institución. Sus actos dirán por él. Hasta podrá, si lo decidiera, leerse –entonces siempre en retroacción– y situar en qué momentos adscribió al campo y en cuáles resistió. Porque tampoco está asegurada su posición, la traiciona –a la vez que la convoca–, la propia división. El analista advertido de esa división incurable de “sujeto pretendiente” al ejercicio de la función, en el momento de aceptar una demanda, estará en condiciones, si su deseo es analizar, de dejar abierto el tiempo necesario que habrá de transcurrir para que ese determinado consultante pueda engendrar un analizante. Así, la elección no queda solamente del lado del paciente. Se trata de un movimiento que conforma el envés con otro: ese que hace que el analista se haga elegir.

Y con este analista que cuenta con que sujeto supuesto no es, se le da ocasión al analizante para iniciarse en las distintas y sucesivas vueltas que requerirá volver a hacer su elección. Echar luz, como quería Freud, sobre la apertura de caminos que el análisis va produciendo, deja al sujeto analizante la responsabilidad de una elección. Entonces, entre el primer movimiento iniciado por un sujeto que ya no se arregla solo con su alienación y un analista que lo recibe, hay el campo de una oportunidad. La hay cuando el analista no se rinde ante la tentación de hacer de médico desconociendo que relación sexual no hay.
 
 
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