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   Elegir un analista

Elegir psicoanalista
  Por Élida E Fernández
   
 
“Lo que quería decir era que en el análisis, la que trabaja es la persona que llega verdaderamente a dar forma a una demanda de análisis. A condición de que ustedes no la hayan colocado de inmediato en el diván, caso en el cual la cosa está ya arruinada. Es indispensable que esa demanda verdaderamente haya adquirido forma antes de que la acuesten”.1

Este encuentro tan particular pergeñado por Freud, entre un sujeto que sufre por razones que no puede situar en algo que no funciona en su organismo, o sólo por su mala suerte, que en algún lugar sospecha que este sufrimiento le pertenece, y por otro lado, un desconocido al que se le supone saber: ¿cómo se elige?
Ese extraño al que se acude dispuesto, en general, a contarle intimidades ¿puede elegirse “antes”? Digo “antes” de tener experiencia de cómo seremos escuchados por él/ella?
Esta elección: ¿Es un instante de fascinación? ¿Es un resultado del entendimiento? ¿Cómo llegamos a la conclusión de que sí, es ese el analista?
Podemos averiguar sobre el prestigio de un psicoanalista, pero todo podría correr al fin por el imaginario del círculo en que este profesional se mueve. Podemos optar por el de la Obra Social, la prepaga o por el que se acerca más a lo que podemos pagar, o por el que ayudó a nuestra vecina/o o por el que nos queda más cerca. ¿Elegimos? ¿O es puro azar?

La literatura de Shakespeare toma de una recopilación medieval de relatos anónimos el tema de la elección: en El Mercader de Venecia y en El Rey Lear se juegan elecciones fundamentales. Una certera y alegre, la otra equivocada y por lo tanto desgraciada. La mitología, los cuentos infantiles y las creaciones poéticas tienen por contenido la misma situación.2
La elección implica siempre un antes y un después en la vida del sujeto que, avisado o ciego, elige.
¿Es posible elegir un psicoanalista porque escuchamos una disertación o leímos un artículo que nos gustó? Pienso que en ese primer momento de la consulta, del llamado telefónico, del mensaje dejado en el contestador, sólo apostamos.
Freud nos alerta: “La siguiente pregunta que se nos planteará es de principio. Hela aquí: ¿Cuándo debemos empezar a hacer comunicaciones al analizado? ¿Cuándo es oportuno revelarle el significado secreto de sus ocurrencias, iniciarlo en las premisas y procedimientos técnicos del análisis?

La respuesta sólo puede ser esta: “No antes de que se haya establecido una transferencia operativa, un rapport en regla”.3
Los analistas esperamos el arribo de la transferencia como “autorización” para ejercer la dura tarea de poner el oído en las grietas del decir del paciente. Los consultantes apuestan a suponerle a ese analista “algo” (saber sobre el propio inconsciente, honorarios accesibles, cercanía) que haga posible un encuentro en general muy temido, casi siempre postergado.
Muchas veces ni siquiera hay apuesta, sino que se pide o se acepta una derivación de alguien confiable.

¿Cómo saber antes de este encuentro tan peculiar y privado que será un buen encuentro: un acontecimiento… un hecho único e irrepetible?
Un análisis que se precie debe ser para la vida de ese alguien un acontecimiento, que generalmente se inicia ante alguna supuesta imposibilidad de decidir sobre algo importante .
Dice Julia Kristeva definiendo el discurso transferencial como una nueva “historia de amor”4: “… el sujeto recurre al análisis a causa de una falta de amor. Y es mediante la restitución de la confianza y la capacidad amorosa en el vínculo transferencial –antes de tomar distancia respecto del mismo– como conduce su experiencia analítica.”
“El espacio analítico es el único lugar explícitamente designado por el contrato social en donde hay derecho a hablar de las heridas, y de buscar nuevas posibilidades de recibir nuevas personas, nuevos discursos.”
Ulloa, no creo que repitiéndola a ella, insistía en la reescritura de la historia vía la transferencia.
Elegir analista es elegir con quién vamos a escribir nuestra –otra– historia.
Los larguísimos análisis de la época kleiniana en nuestro país, que generaban dependencias tales que hacían que el analizante no tomara la más nimia decisión sin antes consultarlo en sesión, no producían acontecimientos sino acompañamientos.
El trabajo del análisis tal como lo plantea Lacan, yendo y viniendo con y desde Freud, es coser y cortar, cortar y coser. Implica otro lugar para el working through: atravesar.
El análisis no tiene como efecto esperado permanecer igual pero con un tutor o encargado que haga de guía o comande la acción: es otra cosa.
También es cierto que no siempre el analista puede psicoanalizar. A veces dirige tratamientos posibles. Pero a veces dirige un psicoanálisis.
¿De qué depende? De historias, fantasmas, agujeros y límites…
Elegir acontece, es producto. ¿De qué? De una intervención en la que el que acude con su pregunta, su demanda, su llamado, se siente atravesado por la palabra de ese desconocido.
No importa si se entiende, no importa si se sabe qué dijo el profesional en cuestión, importa que eso que fue dicho diera en el blanco del sujeto, se dirige a él, le habla a él, lo nombra. Inaugura la transferencia. Esa intervención no vale para todos, ni para muchos, sólo le pertenece al que la recibe.

No apunto a lo original, ni a lo sorprendente, ni a los muchos artilugios para descolocar al analizante: eso es contingente. Me refiero a la construcción de un camino hacia una verdad que ese sujeto puede reconocer y en la que puede reconocerse, porque siempre la supo sin atreverse a saberla.
Elegir analista pasa por otro camino que el de la fascinación. Muchos pacientes llegan contando agudas intervenciones de sus analistas anteriores, intervenciones brillantes que los llenan de admiración. Pero la pregunta es ¿y eso qué efecto le hizo? ¿Qué le pasó con esa intervención?
¿Es por ahí el camino de acceso a la verdad del sujeto?

“Lo que se le pide al psicoanalista, ya lo indiqué en mi discurso la última vez, no es lo que concierne a ese sujeto supuesto saber, en el que han creído hallar el fundamento de la transferencia, entendiéndolo como es habitual de manera un poco sesgada. A menudo he insistido en que no se supone que sepamos gran cosa. El analista instaura algo que es todo lo contrario. El analista le dice al que se dispone a empezar: ¡Vamos, diga cualquier cosa!, será maravilloso. Es a él a quien el analista instituye como sujeto supuesto al saber.
Después de todo no hay en ello tanta mala fe, porque en este caso el analista no puede fiarse de nadie más. Y la transferencia se funda en esto, en que hay un tipo que me dice a mí, pobre estúpido, que me comporte como si supiera de qué se trata. Puedo decir lo que sea y siempre resultará. Esto no le pasa a uno todos los días. Hay causa de sobra para la transferencia.”5

Entonces, lo que se espera de un psicoanalista es que haga funcionar su saber como término de verdad.6 Creo que esto que Lacan ridiculiza con el “vamos diga cualquier cosa, será maravilloso” tiene un correlato clínico en la escucha atenta, en la pregunta pertinente, en no dejar pasar “lo obvio”, en no armar un “nosotros nos entendemos”. Justamente el poner como sujeto supuesto saber al que concurre muestra el juego del analista de interrogar a ese que cree que dice y no sabe lo que dice para que se escuche en aquello que no sabía que sabía.

Recuerdo las primeras entrevistas con una mujer que transcurrían con su llanto y su imposibilidad de hablar. Me interrogaba muchas cosas sobre esos encuentros, para mí enigmáticos. Un día pide que le cambie el horario siguiente ya que coincidía con el cumpleaños de su hija. Miro mi agenda y no encuentro ningún horario libre para ofrecerle en la siguiente semana. Se lo digo, agregando que si se me desocupaba algún horario la llamaría. Esto ocurrió y la llamé, le ofrezco una alternativa para encontrarnos en otro horario. Vino muy conmovida, dijo que yo había cumplido con mi palabra y me había acordado de ella. Me sorprendí, le pregunté por qué pensaba ella que hacer lo que le había prometido como posible, había sido tan importante. Dejó de llorar y comenzó a hablar. Estos dos temas que ella había creído encontrar en mi llamado abarcaban como rieles toda su historia. Allí surgió su transferencia. Recién allí pudo elegirme como analista.
La importancia de las primeras entrevistas –vaya uno a saber cuántas– es poner en juego cómo puede escuchar el analista, cómo y qué escucha. Esto se muestra en su pregunta, en su señalamiento, en su subrayado. Aún no estamos autorizados a interpretar, será el comienzo de la transferencia la que nos habilite. El comienzo de la transferencia la que nos elige, en principio. Luego vendrán los senderos que se bifurcan, los encuentros y desencuentros, los amores y los odios.
Tan sólo al final del recorrido se puede afirmar que fulano de tal fue el analista de uno, que no es lo mismo que decir “yo me analicé con…” y ahí desgranar una larga lista de nombres. A veces ni siquiera aparecen los nombres, tan sólo los años, algún vago recuerdo, tal vez alguna anécdota, o la imagen de la tela descolorida de un diván.

Cuando uno puede referirse al analista con el adjetivo posesivo y decir “mi” analista, algo de esa elección está en juego, no sólo quizás como pertenencia imaginaria sino también como: fue él y no otro.
Esto me escribió una paciente al terminar su análisis conmigo: “Debe haber mejores y peores analistas, debe haber mejores y peores pacientes, pero fue usted y no otra, y fui yo y no otra; y ese fue el encuentro único e irrepetible.”
Volviendo a Kristeva, retomo sus palabras, aunque parezcan anticuadas, en desuso, las sostengo en la clínica que portan: “El fin del análisis señala una disolución de algunos fantasmas, así como también la del analista, cuya omnipotencia desaparece. La depresión de fin de análisis, antes de que resurjan –cuando se trata de un análisis exitoso– las ilusiones provisorias, lúdicas, marca con claridad una etapa. El fantasma se inscribe entonces en la vida psíquica, pero deja de ser fuente de quejas o dogmas. Aparece como resorte de un artificio: el arte de vivir.”7

¿Elegimos al analizante?
El analista también elige y cuando no lo hace sabiéndolo, hace actings, odia, rechaza, expulsa, hace maternajes o adopta desvalidos. Winnicott a su manera lo sabía y escribió sobre el odio en la contratransferencia.8
Un analista tampoco es “para todos”, pret a porter, Y es bueno saber que sí se elige. Cuando esto se desconoce el inconsciente se apresura a golpear la puerta, hacerle zancadillas al paciente o a resistirse a analizarlo. Las resistencias no son sólo del analista pero también.

Elegir a los pacientes desde la propia noción del límite de cada cual, de la propia falta, del propio deseo augura el posible acontecimiento.
No acuerdo con las recomendaciones de que para formarse hay que atender niños, o psicóticos o… Tampoco acuerdo con que en las instituciones los pacientes se repartan por lista “a quien le toca”. Se podría pensar que ésta es la única manera de que en los hospitales se atiendan democráticamente “los caños”. Pero hete aquí que hasta los supuestos caños encuentran escuchas de profesionales que pueden descubrir en el barro algún brillo, algo diferente, algo que despierta.9 O tener también la sabiduría en determinados casos, de retirarse en silencio.

Los residentes de los hospitales que tienen que dejar de atender a sus pacientes porque rotan en tercer año, o porque terminan su residencia, saben de los vericuetos y desasosiegos que atraviesan porque, muchas veces, se resisten a las normas y no quieren dejar de atender a determinado paciente con el cual han hecho una transferencia de trabajo fecunda. También es cierto que muchos pacientes psicóticos internados respondan ante la invitación de seguir trabajando con el mismo residente: yo soy del Borda, o del Tobar o de la institución que los aloja en ese momento.
Por todo esto el encuentro analista-analizante, mediante el duro camino de la transferencia, como dice Lacan, no le pasa a uno todos los días: es un acontecimiento.
_________________
1. Lacan, J. “Conferencia en Ginebra sobre el Sintoma” en elpsicoanalistalector.blogspot.com, 7/9/2011.
2. Freud, S. “El motivo de la elección del cofre” en Obras Completas, Tomo XII, Amorrortu, Buenos Aires, 1986, pág. 309.
3. Freud, S. “Sobre la iniciación del tratamiento” [el subrayado me pertenece], en Obras Completas, Tomo XII, pág. 140. Amorrortu, Buenos Aires, 1986.
4. Kristeva, J. Al comienzo era el amor. Psicoanálisis y fe, Gedisa. Buenos Aires, 1986.
5. Lacan, J. El seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis. Paidós, pág 55. Buenos Aires, 1992.
6. Idem, pág 56, subrayado mío.
7. Kristeva, Op. cit.
8. Winnicott, D.W. Escritos de pediatría y psicoanalisis. Editorial Laia. Vol. III, Cap 5.
9. Golluscio, Diana, “Escenografía”, trabajo escrito en el espacio de investigación en psicoanálisis del Centro Ameghino, 2/8/93.
 
 
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