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   Niñez y desamparo

Niñez, entre lo social y lo subjetivo
  Por Patricio  Krotsch
   
 

Trabajo como analista en mi consultorio y como operador de calle (entre otras cosas) en una institución pública (Secretaria Nacional de Niñez Adolescencia y Familia). ¿Cómo encarar el relato de mi experiencia como operador? ¿En dónde poner el acento? Lo que me interesa destacar es el papel que mi formación psicoanalítica tiene para el trabajo con niños que se encuentran por circunstancias muy diversas en situación de “calle”. Esta formación fue fundamental para ampliar y profundizar mi tarea de operador, junto con el desafío de pensar al psicoanálisis más allá del consultorio.

La dicotomía entre individuo-sociedad, consultorio-calle lleva a visiones simplistas de los fenómenos en los que en algunos casos no se escucha el texto y en otros el contexto. Podemos pensar que lo social se hace carne en lo subjetivo. Nacemos en una familia que pertenece no solo a un linaje sino a un sector social y a un momento histórico determinado. El sujeto nace inmerso en un lenguaje que lo precede, brindándole posibilidades o limitándolo. Estos factores son esenciales a la hora de pensar en el niño desamparado, o en cualquier niño que hace lo que puede con lo que se le brinda. Con esto es con lo que trabajamos. El lenguaje produce sus marcas no solo por el ingreso y la incorporación al mundo simbólico sino también por las posibilidades de inserción social con su consiguiente acceso a los bienes de consumo que determinan al sujeto en términos reales.

Es importante entender el lenguaje y su significación dentro de un contexto. El “salir a trabajar” puede ser “robar”, que es también una manera, un esfuerzo para acceder a objetos estandarizados del deseo, a modelos de identificación, que los medios con sus mensajes y propagandas proveen.

Se producen nuevos agrupamientos, sectores con códigos propios, otras formas de supervivencia que generan formas de violencia y expulsión. No se es por el conocimiento, por la capacidad de debatir, sino por ser más “pillo”. Pertenecer, ser exitoso, es tener tales llantas “calzados” o portar tales marcas. Ya no importa el lugar de origen, sino si se cumple con los requisitos. Las cumbias villeras ilustran más claramente este fenómeno. ¿Lo simbólico qué valor tiene, dónde está? Se prioriza lo imaginario, lo que se desvanece en un espejismo, lo que en cuanto se obtiene no es, lo que no tiene vigencia a largo plazo. La temporalidad en la que se vive, la historia, los proyectos, inclusive las drogas que se consumen hoy, son fugaces. Es necesario un continuo relanzamiento para ser incluido, pertenecer es poder… mostrar.

En este punto podríamos aseverar que el desamparo en estos chicos es primario. En el trabajo en calle, solemos encontrarnos con familias que viven en condiciones de extrema precariedad, que no pueden aspirar al beneficio de los derechos básicos que un Estado debería garantizar, en términos de salud, vivienda y educación. Estado que debería contenerlas ofreciéndose como garante, resguardo y contexto. Vemos un desprestigio creciente de la educación, de las instituciones, que se ve profundizado en los sectores más humildes, donde la escuela funciona como una última barrera de contención y también de expulsión. En muchos casos se desvirtúan los objetivos de socialización, enseñanza y aprendizaje. Puede funcionar como proveedora de alimentación en detrimento de su función primordial: la transmisión de conocimientos y elementos simbólicos. Herramientas fundamentales para brindar a los niños la posibilidad de construir, pensar y proyectarse más allá de lo inmediato.

La preocupación en torno a la niñez promueve nuevas maneras de encarar este desamparo, miradas que intentan poner freno y proteger al niño/a en situación de riesgo. Ya no se lo toma como menor e incapaz, sino como Sujeto de derecho. Se promulgan leyes que le sacan poder a algunos jueces “caprichosos” que determinan el destino de los niños sin tenerlos en cuenta, sin una visión que abarque su subjetividad, su historia, sus posibilidades de crecimiento. Esta mirada más compleja posibilita la inscripción de marcas que lo subjetivan y que acompañan un crecimiento sostenido sobre bases más sólidas, en la medida en que lo inscriben como sujeto social.

Surge la pregunta ¿Y el padre dónde esta? El Estado se corre, no se hace cargo, las familias tienen modalidades que se alejan de las tradicionales, bajo un mismo techo pueden convivir personas con vínculos que reflejan diferentes y múltiples modalidades de parentesco: madres solas, relaciones ocasionales, hermanos, hermanastros, madres-abuelas con nietos más chicos que sus otros hijos. Se labilizan las relaciones y también la posibilidad de contener a los miembros más “frágiles”.

Los Jueces del patronato representantes en algunos casos del padre real no están y en su lugar los adultos que trabajan en las problemáticas de la niñez suelen escuchar a los niños sin hacerse cargo de lo que escuchan. No se responsabilizan, ni funcionan como garantes de sus derechos. No contienen ni pueden limitar su accionar. Frente a la vulneración de un derecho no intervienen, permiten que la situación continúe con el simple argumento “el chico quiso continuar”, que solo muestra una ceguera cómplice.

Como operador de “calle”, dentro de este contexto, me vuelvo a plantear cómo trabajar con cada niño dentro de su contexto, con su singularidad. Cómo acompañarlo en la resolución de una situación vital complicada: “su” permanencia en calle. La respuesta que encuentro es muy compleja en su sencillez: escuchándolo como sujeto, estableciendo un vínculo intersubjetivo que nos permita transformarnos en un otro significativo y como tal factible de dejar marca. La posibilidad de acompañarlo en un proceso de subjetivación, significación y resignificación solo puede darse si se apuntala en el deseo del que realiza el trabajo, deseo que permite vincularse con un chico en particular con características subjetivas propias.

R es contactado en una calle céntrica donde obtiene recursos de los turistas, para su subsistencia y para llevar esporádicamente alguna ofrenda a su madre. Voy acercándome de manera paulatina, hasta llegar a la presentación “formal”, momento en donde se le explicitan y trabajan las referencias institucionales (es de resaltar que de la institución a la cual pertenezco dependen tanto los institutos de menores como, por ejemplo, las colonias de vacaciones y los subsidios familiares).

R tiene 15 años y a pesar del intenso olor a pegamento escucha interesado pero cauteloso. Le propongo que nos vayamos conociendo. El proceso de vinculación, plagado de demandas, es largo. Comienza a responder a las citas, en la medida en que confía en el operador que está y cumple con los pactos. Poco a poco cuenta su historia familiar. Es el mayor de siete hermanos y su madre vive en una villa del Gran Buenos Aires. Comenzó a ir a la calle para ayudarla a alimentar a sus hermanitos, gradualmente se fue quedando con un grupo de chicos. En otra ocasión cuenta con preocupación que un hermano menor se encuentra en calle en otra zona de la Capital pidiéndonos nuestra intervención debido a que él no podía verlo “vardear” (realizar todo tipo de transgresiones). Lo acompaño a contactarlo y comienzo a trabajar también con él.

R insiste en presentarnos a su madre y acordamos un día para realizar una visita a su domicilio. Nos encontramos allí con una mujer afectuosa, llena de recursos subjetivos, que estaba atravesando una situación muy precaria, dentro de un contexto social de grandes carencias. La vivienda de material, con un techo de chapa reparada y vuelta a reparar con chicles era un caos. Entre las bolsas de ropa sucia, ollas de fideos y platos sin lavar, colchones apilados con restos o pedazos de sábanas... había niños. A pesar de este caos habitacional la mujer nos recibe cálidamente ofreciéndonos mate y tortas fritas. Se muestra sumamente complacida por la visita. Nos dice que su hijo habla bien de nosotros, que lo estábamos ayudando, y puede hablar de la situación insostenible con sus otros hijos. Una hija murió y otra vive con una vecina “con plata” del barrio. R y uno de sus hermanos se van y no vuelven. Con el tiempo ella también va relatando su historia y en este contar y ser mirada van apareciendo los recursos. Gracias a la ayuda de un vecino arma un horno que calienta con trozos de maderas traídas por sus hijos y comienza a hacer pan. Se la acompaña para obtener la documentación de los hijos y se gestiona un subsidio para la compra de unos anteojos para una de sus hijas entre otras cosas. Se la nota cada vez mas arreglada. En este interín R cuenta que su padre, cuando deja a su madre, le pide que la cuide “para que no se siga llenando de hijos”. Es ese momento que podemos ubicar como el comienzo de las idas a calle. En el verano del mismo año surge la posibilidad de comprar unas bolsas de cemento para arreglar la carpeta del piso de la vivienda y se plantea colaborar en la realización del trabajo en conjunto con la familia. Ya que sobra material surge la idea de los chicos de mejorar o realizar un camino de entrada a la vivienda, que era un lodazal. Espontáneamente uno de los hermanos trae conchillas de mar juntadas en un viaje realizado con uno de los Hogares de Tránsito y todos colaboran en la confección del sendero. Cerramos en ese momento el trabajo con la familia, aunque sabemos que siguen existiendo diversas problemáticas. Creemos que el posicionamiento de esta madre con respecto a sí misma y sus hijos se había transformado permitiéndole establecer ordenamientos y límites. R pudo distanciarse del mandato del padre y alejarse de su casa para formar una pareja, ingresar en otro tipo de problemáticas.

Todo relato es un recorte en el que se pierden hechos y matices, el objetivo principal de este trabajo es poder trasmitir y resaltar el valor que la palabra y la mirada sostenidas en la construcción de un vínculo de confianza, tuvieron en mi relación con R, su madre y su familia.

R, como otros casos, nos muestra como “la Calle” actúa como un lugar que permite al niño escapar de situaciones conflictivas. Este sitio puede funcionar o ser tomado conceptualmente a modo de síntoma y como tal permitirse trabajar en y con el mismo. Se puede abordar o trabajar sobre este tema a partir de la función que cumple en la estructura de cada sujeto.

 
 
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