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   ¿Qué hay de nuevo viejo?

El color del dinero
  Por Mario Pujó
   
 
El equivalente general de las mercancías tiene, como tal, un valor de mercado. El que le confiere precisamente su intercambiabilidad con los diversos valores de uso, aquellos bienes de consumo que se ofrecen a nuestro apetito como objetos de satisfacción libidinal. En ese sentido, el dinero ocupa un lugar extremadamente privilegiado, el de un significante singular, único, el del significante del goce. Por esa razón, hay quienes en su momento creyeron poder identificarlo con Φ (Phi mayúscula), un símbolo que Lacan emplea durante dos años en su enseñanza, poco antes de forjar la escritura del objeto a. Una letra que, en calidad de semblante, intenta situar la articulación del registro simbólico con lo real. Pero, lo sabemos, el dinero posee también un valor propiamente simbólico, al que aludimos en psicoanálisis, por ejemplo, bajo la figura del “pago simbólico”. No me refiero a las piedritas con las que Françoise Dolto pretendía hacer pagar sus sesiones a los niñitos, lo que, pese a su imposición, a lo sumo pondríamos a cuenta de las reglas de un juego. Me refiero especialmente al reconocimiento de que el pago implica una cesión de goce, una privación consentida, confiriendo al pago un valor subjetivo singular. Los honorarios de un analista pueden ser cotizados como el precio razonable de un servicio profesional, pero sólo asumen carácter analítico al articularse a la referencia subjetiva de quien efectúa efectivamente el pago. Lo que delimita un rango de honorarios necesariamente variable en los distintos casos, y también, en cada caso, a lo largo del tiempo. Algo que, desde una lógica puramente mercantil, podría ser percibido como un gesto de arbitrariedad, aunque no se trate sino de apreciar las coordenadas que regulan su valor de don.

Una reflexión similar resulta aplicable a nuestra actualidad, plasmada recientemente con el triunfo electoral por la mitad más uno de la actual gestión de gobierno, y el desvanecimiento deshilvanado de una opción creíble de recambio presidencial. Perplejos, los militantes del antioficialismo han procurado desmerecer la contundencia del sufragio. Descartado el asco hacia los electores por su incorrección política, se ha apelado a una inverosímil acusación de fraude, creyendo poder invalidar el triunfo por la virtual ausencia de un rival acorde. Nos interesa aquí cierto mensaje que pretende imponerse como una tentativa de desvirtuación: la gente habría votado con el bolsillo, parangonando así la masividad de la decisión popular con el “voto licuadora” de las clases medias en los años ‘90. Ello implica, por cierto, la revaloración de un menoscabado mérito gubernamental: viento de cola mediante, la gente no habría querido arriesgar el transitorio –¡e ilusorio!– bienestar económico adquirido. Desde luego, podríamos argumentar que el dinero es un medio y no un fin en todo proceso de dignificación, entendido como un proyecto de inclusión y de construcción de ciudadanía. O que las políticas de memoria, verdad y justicia, o de matrimonio igualitario –entre las más aborrecidas por ellos–, suponen un reconocimiento de derechos que no atañe en lo más mínimo al ahora aparentemente despreciado registro económico. Pero además, y en ese mismo plano, el dinero evidencia tener también aquí, más acá de su valor de mercado, una incidencia simbólica subjetivante. La asignación universal por hijo –entre las mejor recibidas– no solo supone el acceso de los indigentes a un consumo indispensable para su supervivencia; implica al mismo tiempo su introducción en un intercambio de derechos y deberes, entre los cuales la vacunación y la escolaridad obligatorias auguran la perspectiva de un futuro posible. Cierto monto de recursos dinerarios demuestra acotar el goce más deleznable que hayamos visto proliferar en la sociedad liberal contemporánea: el que condena a la miseria simbólica a inmensas multitudes de desposeídos.
 
 
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