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¿Quién dijo que los locos no sufren?
  Por Andrea Homene
   
 
Los mitos populares suelen sostener que quien está loco no padece por lo que le sucede. Lejos de ser así, el vulgarmente llamado “loco”, no sólo sufre por las mismas cosas que sufrimos los que, creemos, no estar locos, sino que además, sufre y mucho por las manifestaciones de su locura.
Tal era el caso de Azucena, mujer de avanzada aunque indeterminable edad, de aspecto desalineado, con sus cabellos totalmente blancos caprichosamente esparcidos por su cabeza, que hacía años esperaba impaciente el final de su perturbada existencia, en una lúgubre habitación de una no menos lúgubre clínica psiquiátrica del conurbano bonaerense. Permanecía todo el día acostada, silenciosa y ajena al griterío reinante en el ambiente, espeso por los olores a abandono. Estar loco y ser pobre es una combinación para nada recomendable.

Azucena no interactuaba más que con su compañera de cuarto, una mujer que padecía de una psicosis erotomaníaca, y que se sentaba durante horas en un sucio patio a mirar una ventana del edificio de enfrente, donde moraba su enamorado, quien le enviaba señales codificadas mediante la apertura y el cierre de la persiana. Si estaba abierta, la amaba, si la cerraba, estaba enojado con ella y la sumía en una profunda tristeza.
Volviendo a Azucena, era una de esas pacientes olvidadas, “crónica” a la que nadie visitaba, y de la que poco se ocupaban quienes estaban a cargo de su cuidado y tratamiento.
Cuando la conocí, pasó algo curioso: por una de esas extrañas razones que no son fáciles de explicar, simpatizamos. Azucena esperaba ansiosa que pasara por su cuarto, me sentara junto a ella, y escuchara lo que tenía para decir. La respetaba, y además, me sentía atraída por sus palabras, las que me fueron introduciendo en su magnífico e inconmovible delirio.

Desde chica Azucena, cuya madre había fallecido tempranamente, vivió con su padre. Sus recuerdos de él eran cálidos, cariñosos. Compartían la pasión por San Lorenzo, e iban juntos al viejo gasómetro, escenario de grandes gestas futboleras y de los más populares carnavales. Las historias estaban llenas de color y de calor. Los carasucias, los matadores, el Bambi, el loco Doval y el Nene Areán se sucedían en el recuerdo de los triunfos inolvidables.
Me encantaba escucharla. Y a Azucena le gustaba recordar conmigo aquellos momentos felices. Pero, invariablemente, en algún momento llegaba la referencia a su padecer: Azucena juraba no tener estómago, los extraterrestres, enojados con ella no sabía bien por qué, se lo habían arrancado. Si bien ingería algunos alimentos, decía no comer, y acusaba dolores que vinculaba con tan desgraciada condición. Sólo disfrutaba cuando, de tanto en tanto, le acercaba un café con un alfajor que me pedía que le comprara en el kiosco de la esquina. Era su banquete semanal, el lujo que los pesos que le quedaban de su magra pensión le permitían darse.

Entonces, compartíamos el café, mientras ella intentaba demostrarme la veracidad de sus dichos. En una ocasión, le pedí que me lo dibujara: yo necesitaba saber, ya que no podía verlo, cómo era su “aparato digestivo”, después de la acción criminal de los extraterrestres. Y Azucena, que confiaba en mí como en nadie, accedió. Empezó por la boca, a la que le siguió un tubo largo, que se conectaba directamente con su intestino. Así me explicó, que no podía comer, porque la ausencia de estómago hacía que los alimentos fueran a parar directamente al intestino, y de ahí, al baño.

Le pregunté entonces cómo hacía para mantenerse con vida. Azucena sonrió piadosamente: lo que yo no sabía, es que esta tragedia, la había vuelto inmortal, por lo que, a pesar de ella, estaba condenada a vivir eternamente.
Se configuraba así lo que se denomina Síndrome de negación de Cotard. Este síndrome recibe su nombre de Jules Cotard, neurólogo francés, quien describió este cuadro en 1880 durante un encuentro en la sociedad Médico – Psicológica en París. Presentó allí un caso de una mujer de 43 años, que creía que no tenía cerebro, ni tórax, ni nervios. Además, negaba la existencia de Dios y del Diablo ( en esa época parece que este dato confirmaba que se trataba de una delirante) y afirmaba que era eterna y viviría por siempre. Cotard en 1882, utilizó el término de delirio de negación para describir esta condición y amplió la descripción del caso en el libro de las Maladies Cérebrales et Mentales.
Por su pares, Charles Bonnet, médico francés, había reportado, en 1788 a una paciente que creía encontrarse muerta. Se trataba de una anciana que insistía en que fuera vestida e introducida dentro de un ataúd. En 1893, Regis registró el epónimo de delirio de Cotard y es finalmente Seglas, en 1897, quien consolida y difunde de manera amplia el término Síndrome de Cotard.

Azucena tenía la certeza que sólo puede tener una idea delirante. En una ocasión, probablemente harto de escucharla decir que no tenía estómago, el médico clínico le indicó un estudio para demostrarle lo contrario, y le llevó la placa que mostraba la presencia del estómago. Azucena la miró, y se la entregó en silencio. Cuando el joven médico se retiró triunfante, Azucena me guiñó un ojo y me dijo: “esa no es mi placa, éste se piensa que me puede engañar”.
Seguimos trabajando durante un tiempo más. Un cambio de empleo (no se puede eternamente trabajar en lugares tan sórdidos sin sufrir las consecuencias) hizo que no la volviera a ver. En mi despedida, me abrazó y me deseó suerte. Se volteó en su cama mirando hacia la pared, y creo que lloró. Aún guardo su dibujo.
__________________
Andrea Homene es autora de Psicoanálisis en las Trincheras. Práctica Analítica y Derecho Penal, Ed. Letra Viva.
 
 
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