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   Psicoanálisis y Cine

OBSESIÓN: comedia y drama
  Por Claudia Zaiczik
   
 
La neurosis suele aparecer en las películas formando parte del entramado subjetivo de los personajes; pero a veces, pueden subrayarse inhibiciones, síntomas o rasgos de carácter de manera de llevar al espectador a identificarse y reírse de sus propias miserias neuróticas o aliviarse cuando es el personaje y no él quien muestra la hilacha; sentado del otro lado de la pantalla queda protegido por la oscuridad de la sala resguardando púdicamente su intimidad.
Mejor imposible1 , en tono de comedia, no deja de desplegar el nudo y la trampa del obsesivo.

Melvin es un escritor exitoso que va por la vida intentando que el prójimo no se le acerque demasiado, actuando el papel de una persona desagradable, agresiva y cínica, pero de manera que el personaje que él representa, un tanto impostado, deja entrever cierta ternura, como si se le adivinara otra cosa detrás de sus “ladridos”. Tiene todos los síntomas caricaturescos del obsesivo: cierra varias veces con llave cada una de las muchas cerraduras de la puerta, usa guantes para protegerse de los gérmenes, tira los jabones después de usarlos una vez, no toca las rayas donde se juntan las baldosas. Va siempre al mismo restaurant, a la misma hora, se sienta en la misma mesa y usa sus propios cubiertos.
Dos personajes logran ablandar sus defensas. Carol, la camarera del restaurant y un vecino gay, que tiene un accidente y él se ve obligado a hacerse cargo de su perro. Ambos sin proponérselo lo llevan a encontrarse con su costado cariñoso, que antes sólo podía desplegar en las historias de sus libros. Carol tiene un hijo enfermo, esto le demanda a veces tener que ausentarse del trabajo, entonces él le ofrece pagarle el tratamiento “sólo porque no le gusta que lo atienda otra persona”. Cuidar al perrito, tener que preocuparse por otro que no sea él, lo convoca también a un lugar inesperado: empieza a gustarle ese en el que se está convirtiendo. En una escena Carol le agradece lo mucho que hace por su hijo pero le aclara que eso no significa que pueda haber algo entre ellos, le dice: “nunca, nunca, nunca seré tuya” y esto, como todos podrán imaginarse, despierta de manera inmediata su deseo, se enamora de ella e intenta conquistarla. El final es feliz como en casi toda comedia.

Lo único que sabemos de su historia es que el padre le pegaba cuando se equivocaba tocando el piano. Nos da una pista respecto a su entramado fantasmático: supone que se espera de él que no falle, que haga bien las cosas, que controle sus movimientos. El obsesivo está muy cómodo siendo esclavo de un Amo, sólo se trata de tenerlo contento para que su pellejo esté a salvo. Con el Amo que se inventa le resulta más sencillo, porque el Amo Absoluto, la muerte, con ése es más difícil la partida.

Todos los rituales del personaje están al servicio de mantener las cosas separadas, controladas y libres de un afuera que se le puede ir de las manos. Su modo no es de aquél que pide permiso para todo, sino, de aquél que destruye sus objetos, por ser un nene malo que no los merece.

Es interesante el esfuerzo que hace por demostrar que el pagarle el tratamiento al hijo de Carol tiene una razón objetiva: quiere que ella no se quede cuidando al niño y que lo atienda. No puede encontrarse con su deseo, como si lo expresara en negativo: no se trata de hacer el bien para que lo quieran, ni de tratar al prójimo como le gustaría que lo traten, ni de cuidar y ser cuidado.

A lo que más le teme el obsesivo es a la libertad de sus actos, a romper la muralla en la que se recluye. Por eso, cuando el vecino le “enchufa” al perrito y no es él quien elige cuidarlo, algo le posibilita, se entrega sin darse cuenta. Por último ¿Qué le permite caer en las redes del amor? No podemos dejar de ver un clásico en la dialéctica masculina: de alguna manera salva a la dama, y ella redobla la apuesta y le regala un “nunca jamás” para que él se sintiera dueño de la conquista. Pero lo esencial y esto es sabiduría platónica, ella ve en él algo que nadie veía, algo amable; esa mirada boqueteó su fortaleza yoica y Melvin pudo al fin conmoverse.

Otra película, de la mano de una magistral actuación de Al Pacino, nos muestra el empecinamiento del obsesivo en creer y hacer creer que no es él quien goza haciendo lo que hace. Se trata de Tarde de perros2 .
El protagonista: Sonny, junto a otros dos inexpertos como él, asaltan un Banco en Brooklyn, después de asegurarse que se habían retirado todos los clientes. Desde un primer momento las cosas no les salen bien: uno de los tres asaltantes entra en pánico y se va; alguien avisa a la policía que no tarda en llegar y rodear la manzana, por lo que se ven obligados a tomar a los empleados como rehenes; para colmo de males, acaban de recoger los valores de las cajas de seguridad y sólo queda el dinero de los cajeros. Sonny les aclara que no quiere lastimar a nadie, los deja hablar por teléfono, ir al baño y juega con ellos para matar el aburrimiento. Los empleados lejos de temer a los asaltantes, comparten con ellos la tarde como si estuvieran juntos en la misma desgracia: soportar el intenso calor, producto del corte del aire acondicionado. ¿Qué esperan? Que la policía cumpla con lo que se pidió para liberar a los rehenes: un avión que los lleve a otro país y empezar de nuevo.

El eterno sueño con “lo otro”: otro lugar, otro idioma, otra vida.
Cada vez que Sonny sale a la calle para negociar con la policía, la muchedumbre allí reunida lo aviva aplaudiendo su valor: él hace bajar las armas a todos estando desarmado y portando sólo un pañuelo blanco. Pide pizza y Coca para los rehenes y no sólo quiere pagar la cuenta (aunque le dicen que está paga) sino que le da buena propina al chico del delivery, ganando así más fans entre el público; como agradecimiento de sus aplausos, les tira billetes para que recojan en el aire.
Pide ver a su esposa. Pero no es Ángela, madre de sus dos hijos, sino León, su amor, un travesti al que no le alcanzaba el dinero para hacerse la operación de cambio de sexo; él asalta el banco para darle la plata. A León lo van a buscar al hospital, estaba internado porque había intentado suicidarse. La policía lo interroga y él llorando les dice: ¡Yo no le pedí que haga esto, no le pedí nada, en realidad traté de huir de él porque su amor me ahogaba! Es un buen tipo, nos casamos en secreto, pero quiero que me deje en paz.

El obsesivo cree que todo lo que intenta conseguir no es para él, se consagra en satisfacer al otro a punto de cegarse en su abnegación, sobre su propio sacrificio y sufrimiento. En la mayoría de las veces se encuentra con que el otro no le ha pedido eso. Se propone dar cosas, grandes o chiquitas, “caquita de oro” para no entregarse él. Teme que lo pesquen, que se adelanten a su jugada, entonces nunca acude a la cita, no está allí donde se lo busca, está en otro lado. Pero ofrece el espectáculo a un Otro que aplauda su acto heroico, para poder, creyendo ser aprobado dormir tranquilo.

Ángela no puede creer que Sonny sea el que ella está viendo por la tele. Dice que su cuerpo es el que tiene encerrados a los rehenes, él sería incapaz, nunca haría nada malo.
Cuando les avisan que ya los vienen a buscar para que una combi los lleve hasta el avión, le dicta una carta a una de las rehenes en la que deja constancia de cómo reparte el dinero de la póliza de seguro entre Ángela, sus hijos y León, por si algo le pasa.

En una de sus últimas salidas de negociación, sigue buscando como su fuera una estrella de rock con brazos alzados el apoyo de la gente, quienes lo vivan de manera apasionada, cuando obliga a un agente del FBI a bajar el arma diciéndole: si me mata, hágalo porque me odia, no por deber.

Vienen a buscarlos, cuando están por bajar de la combi hieren a su socio, liberan a los rehenes, lo apresan. Él se entrega casi resignado, no se resiste. Hay un plano final que muestra el rostro de Sonny desencajado, cuando mira a los rehenes abrazar a sus familiares y ya nadie se acuerda de él, que está completamente solo, habiendo arriesgado su vida por algo que nadie le había pedido.
Por último, quiero referirme a otra película en la que el protagonista se obsesiona de tal manera con su Ideal, que no puede detenerse para evaluar los costos, lo que pierde en el camino, insistiendo y arrastrando a toda su familia, a una empresa imposible. Se trata de La costa mosquito3 . Allie, (Harrison Ford) se cansa de la sociedad de consumo y decide emprender un viaje para instalarse con su mujer y sus hijos lejos de la civilización, en plena jungla: la Costa Mosquito, un lugar en Centro América.

Quiere defender sus Ideales, y permanecer fiel a sus principios, desatendiendo el bienestar de su familia, que lo acompaña hasta que la cosa se torna imposible. El pantano a orillas del cual quiere instalarse es una buena metáfora de lo que le sucede a Allie: cuanto más se empecina, más se hunde y más solo se queda, a pesar de soñar con un mundo que sea mejor para todos.

zaiczik@hotmail.com

 [1] James Brooks. 1997. USA

[2] Sidney Lumet. USA. 1975

[3] Peter Weir. USA. 1986

 
 
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