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   El nombre propio

El nombre propio en la encrucijada transgeneracional
  Por Juan Eduardo Tesone
   
 
What’s in a name?” se pregunta Shakespeare por intermedio de Julieta, en la tragedia que lleva por título los nombres de pila de Romeo y Julieta, resumiendo de esta manera una incógnita que ha interrogado tanto a lingüistas como a filósofos, etnólogos y psicoanalistas. Nuestro nombre propio es inseparable de nosotros mismos, es la esencia de la persona y sirve para individualizarla.
Sería vano intentar establecer un origen de los nombres propios. Tan vano como abrir una discusión sobre la creación del lenguaje. Pienso sin embargo que nominación y palabra están indisolublemente ligadas. Nadie escapa al nombre propio. El nombre es a la vez un derecho del niño y una institución, que a diferencia de otras, no representa una realidad social anónima. Es la única institución que individualiza en un acto de reconocimiento, relacionada con las funciones simbólicas de la maternidad y paternidad.

Nombrar es hacer entrar al niño en el orden de las relaciones humanas, de ahí la importancia que cobra el nombre que se otorga. Elegir, dar un nombre a un niño, es hacerle una donación de una historia imaginaria y simbólica familiar. Esa donación lo inserta en la continuidad de una filiación, lo inscribe en los linajes materno y paterno, hilo de Ariadna transgeneracional que le indica un camino pero no lo traza de antemano, dado que el nombre hace de ese sujeto un ser irremplazable, que no se confunde con ninguno de los otros miembros de los linajes.

Esa donación incluye algo de sagrado, dado que no es un bien que se da o se vende, es dado para ser guardado. En la elección del nombre del niño –primera inscripción simbólica del ser humano– aparece en filigrana, el deseo de los padres. Cuando nace, el niño no es una tábula rasa, no está virgen de toda inscripción. Un ante-texto lo precede, que es también inter-texto parental. El nombre deviene la traza escrita de la encrucijada del deseo de los padres. Sobre dicho pre-texto, el niño vendrá a inscribir su propio texto, a apropiarse por la singularidad de sus trazas su propio nombre (Tesone, 1988).
Conviene entonces recorrer ese libro familiar, seguir sus movimientos, revelar sus caracteres, reconocer ese manuscrito de letras cursivas ligadas por lazos que atraviesan varias generaciones, para permitir al niño hacer suyo su nombre propio. Revitalizar nuestro propio nombre es siempre una tarea inacabada.

La elección del nombre marca la distancia entre la procreación biológica y la filiación. La asignación al niño de un nombre sanciona que la filiación no es un hecho biológico sino simbólico. Se trata de una elección que lo sitúa en un dispositivo institucional en el cual cada uno tiene su lugar en la estructura familiar. La familia le ofrece al niño un espacio, una estructura significante que opera como preforma. El niño recibe así, aún antes de nacer, un mensaje emitido por los significantes parentales. Se atribuye un nombre a un niño pero a veces se atribuye un niño a un nombre.

En el pensamiento griego, tres aspectos de la figura compuesta del destino pueden ser remarcados:
a) Moira, inflexible predeterminación de una existencia, palabras pronunciadas de antemano, a las cuales deberá plegarse toda la historia;
b) Tukhé, el encuentro (bueno o malo), el azar;
c) Daîmon, la instancia, es decir el personaje interno al sujeto, ignorado de él mismo y guiando sus pasos independientemente de su voluntad.

El nombre reúne los tres aspectos, hace una condensación de la necesidad y del azar, dejando al sujeto la posibilidad de reapropiarse de su nombre de pila, que será siempre su nombre, pero enriquecido por las incertidumbres del azar en una reescritura permanente. En la elección del nombre de pila hay siempre una poiética, es decir, un acto de creación poético que se recrea constantemente, a medida que el niño podrá hacer suyo su nombre. Sólo en el curso de ese proceso el nombre se convertirá realmente en nombre propio.
Si en algún momento el niño hiciera un síntoma, el nombre de pila podría ser tomado como un criptograma, cuyo desciframiento se puede revelar útil para liberar al niño de un punto de anclaje necesario, sin duda, para su filiación, pero que a veces puede amarrarlo a una patología.

Algunas consideraciones históricas y culturales sobre la nominación.
Los dos elementos del sistema onomástico moderno, común a toda Europa, son el apellido y el nombre de pila. Que el apellido haya podido adquirir una importancia mayor en nuestro sistema actual, no debe hacernos olvidar que, en realidad, es de aparición reciente. La utilización del nombre comienza a aparecer a principios del Siglo XI, y es tan sólo durante el Renacimiento que su uso se extenderá a toda Europa. Recién entonces prevalece la fórmula: nombre de pila más apellido. Sin extendernos demasiado sobre la aparición y evolución en la antroponimia moderna del uso del nombre de familia, conviene destacar que hasta dicha época (con excepción del sistema de nominación romano) había tan sólo un nombre. Ese nombre único correspondía, en líneas generales, a nuestro nombre de pila actual y no era transmisible de generación en generación.

En el origen de la humanidad cada niño se veía atribuir un nombre diferente y creado libremente por sus genitores. Las motivaciones podían estar influidas por un acontecimiento histórico de la comunidad, las características del parto o los rasgos del niño, la relación a los ancestros o, prevalentemente, por la expresión de los deseos que concernían al niño. Muy a menudo el nombre era inédito (los homónimos, en efecto, eran poco frecuentes) de modo que la creación simbólica de ese nombre dotaba al niño de una originalidad comparable al patrimonio genético.
El nombre sella de manera indeleble el derecho de cada uno a ser reconocido por los otros en su identidad inalienable. Si el nombre es de propiedad exclusiva de un determinado sujeto, su sentido no se agota con esta cualidad: le confiere un título que hace de él alguien irremplazable.

Dar un nombre. Nombrar para los antiguos habitantes de la Mesopotamia es llamar a la vida; un ser no existe antes de haber recibido un nombre (André-Leickman, 1983). Nadie puede llevar un nombre si no ha sido nombrado por otro. Tener, poseer, llevar un nombre, significa haber adquirido un lugar en un sistema simbólico. Nadie escapa a la asignación de un nombre propio. El nombre sella de manera indeleble el cuerpo del niño, le brinda el derecho a ser reconocido en su identidad singular. Le confiere un título que hace de ese niño un ser irremplazable.
Nombrar es un acto cuya propiedad es hacer un agujero en el Uno (Clerget, 1990) del narcisismo omnipotente. Es decir que la nominación pone un límite a la expansión narcisística, confrontando al sujeto a la partición (conciente/inconsciente), a los límites de la castración simbólica y a la falta que significa, para todo ser, hacer el duelo de la completud. Ante el llamado de la ninfa Eco, enamorada, Narciso permanece indiferente, haciendo caso omiso a sus gemidos. Ser llamado no hace agujero en Narciso, que prefiere morir ahogado antes que responder al llamado de su nombre.

El nombre designa a la persona en su singular e inalterable trascendencia, la consagra en su originalidad. El nombre de pila, como una segunda piel, envuelve al niño, le sirve de límite entre su cuerpo y el cuerpo del otro. Cuando un niño nace, su llegada al mundo no le garantiza, por sí misma, su inscripción en un universo simbólico. Esta posibilidad le tiene que estar ofrecida por el Otro, por el lenguaje de su ascendencia, linaje que lo precede.
Según Ouaknin et Rotnemer (1993) el nombre tiene esencialmente tres funciones: de identificación, de filiación y de proyecto.

En las sociedades occidentales, el sentido de los nombres de pila se ha opacado, en la medida en que son elegidos a partir de una lista previamente existente. No es el caso en la mayoría de los pueblos de la Antigüedad o en el África tribal, donde el sentido de los nombres es relativamente transparente, ya que son una libre creación de quienes lo aplican, generalmente los padres, a veces con la contribución de su entorno familiar y social.
Me parece sin embargo, y es la tesis de mi trabajo, que en nuestras sociedades el sentido no ha desaparecido. No me refiero al sentido literal de los nombres de pila del cual hablan los diccionarios. Hablo de las motivaciones personales de los padres y de las condiciones mitopoiéticas de la elección del nombre de pila, que a mi juicio han pasado al registro inconsciente. En su mitopoiesis, el nombre de pila contiene esos “otros” en el “nosotros” que nos reenvía a quienes nos preceden. Así, antes de nuestra llegada al mundo, una compleja red de relaciones familiares nos precede y determina en parte, en tanto varias generaciones confluyen, de manera inconsciente, en la elección del nombre de pila del niño.
La función princeps de la familia es darle un lugar al niño generador de alteridad. Es por intermedio de la interpelación de su nombre de pila que el niño se va reconociendo como ser-separado-de sus padres. Responde a su nombre de pila aún antes de lograr decir “yo”, anterioridad ontológica que lo confirma en su identidad propia y precede su posibilidad de anunciarse con su pronombre personal separado del “tú”.
El nombre de pila admite ser vivido como una morada heredada que hay que hacer propia, que se reconstruye y se reapropia al mismo tiempo que se habita. Ocupar un lugar es darle movimiento y vitalidad en el encadenamiento de los lugares familiares. Y por esa vía, aceptar, admitir en sí-mismo esos otros que nos han constituido, hacerlos paradójicamente familiares, en el sentido de acompañantes continentes de nuestras angustias, en vez de sombras que actúan a pesar nuestro. Recibir un nombre de pila y ser con posterioridad dador a su vez, he aquí un atributo, una donación simbólica, que ocupa el centro de gravedad del acto inaugural que abre a la humanización.

De la fuerza determinante a la fuerza significante del nombre:

“Si (como afirma el griego en el Cratilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo”
Borges, J.L. “El Golem”, en El otro, el mismo (1964)

El nombre de pila posee una fuerza significante, es el punto de articulación entre el ante-texto (mito familiar) y el texto (el sujeto). Cuando hablamos de fuerza significante del nombre de pila, queremos decir que el niño estará influido por la fuerza de los significantes parentales inconscientemente relacionados con ese nombre. Nos alejamos así de otros autores, como Abraham (1965) y Steckel (citado por Abraham), que hablan de la fuerza determinante del nombre desde el punto de vista semántico. Para estos autores, lo que incidiría en el destino del individuo sería el significado, el valor semántico del apellido.

Si bien admitimos que el nombre de una persona no es indiferente, a tal punto que la persona pueda identificarse con su valor semántico, pensamos que actualmente conviene relativizar el valor semántico del apellido que, en nuestra cultura, no tiene la misma carga que en la antigüedad y al que no se le puede atribuir un peso semejante.
La transmisión patri o matrilineal del apellido, que se ha vuelto más o menos automática, le quita, en nuestra opinión, esa fuerza determinante de la que habla Abraham. Su transmisión obedece en todo caso a mecanismos de organización social y su regulación depende exclusivamente de reglas comunitarias.

Si el acto de nombrar puede desdoblarse en transmisión del apellido y elección del nombre de pila ¿no sería fundamentalmente a través de este último que se expresa el deseo parental? Si hay una fuerza “determinante” (nosotros diríamos significante), ¿acaso no se expresa en las razones inconscientes de dicha elección?
Un nombre nunca es indiferente, implica una serie de relaciones entre el que lo lleva y la fuente de la cual procede. En ese sentido, el nombre de pila sólo es un nombre “propio” si se inserta en una historia simbólica familiar y social. Que el nombre de pila esté desprovisto de significado (de sentido explícito) no quiere decir que carezca de efecto significante. En la elección del nombre de pila hay una inscripción del deseo parental y en el mismo acto hay una transcripción. El nombre es el sedimento móvil de un mito familiar en suspensión que compromete al niño. Es el armazón, el cimiento, el zócalo de su futura identidad.

En el nombre de pila, sobredeterminado, se condensan y entrecruzan las cadenas asociativas de los sueños de los padres respecto del niño que quisieran tener. El significante de nuestro nombre contiene, en una alquimia fundadora, el deseo de nuestros padres. Sobre el ante-texto, que es también inter-texto, el niño imprimirá con su cuño su propio texto, y hará suyo su nombre propio. El nombre de pila es el punto de articulación entre los textos de ese palimpsesto familiar que recubre varias generaciones.

Acerca del funcionamiento y la presencia de las huellas en la vida psíquica, J. Derrida (1967) sugiere pensar la vida como una huella con fuerza determinante, que opera antes de que el ser exista como presencia. Si se acepta esta propuesta, se puede concebir el ante-texto que es el nombre de pila, ya no como una estatua inmóvil, tallada en la piedra una vez y para siempre, sino como una escultura cinética, que admitirá nuevas orientaciones en su movimiento, asumiendo diferentes formas en incesantes reformulaciones. La escritura que hará el sujeto de su propio texto no se suma al ante-texto que lo precede como la hoja de una agenda. En efecto, lo reescribe permanentemente, modificando su sentido inicial.
La historia mítica familiar permanece anclada, al menos parcialmente, en el nombre de nacimiento. Pero las capas de inscripciones no constituyen capas geológicas fácilmente reconocibles en una estratificación detectable, donde la secuencia del tiempo se proyecta verticalmente en el espacio. Son capas dotadas de su propio dinamismo y en constante interacción.
Desde el momento en que los fantasmas de los padres encuentran anclaje en el o los nombres del niño, aún antes de su nacimiento, dibujan con tinta indeleble un bosquejo de subjetividad del mismo. El nombre tiene un efecto preformador e inductor de esta identidad desde el afuera del niño. Es el principio de una significancia, es decir de una búsqueda de sentido que nunca quedará obturada, en la medida en que el niño la retome como propia más adelante en una búsqueda incesante.
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Nota: El presente escrito se corresponde con los desarrollos que podrá encontrar en el libro En las huellas del nombre propio que el autor ha publicado en Letra Viva y que ha recibido el segundo Premio Nacional 2011 de la Secretaría de Cultura de Nación, en la categoría Ensayo Psicológico.
 
 
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