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   El nombre propio

Lo que se cifra en el nombre
  Por Eduardo Said
   
 
Sólo Dios puede saber
la laya fiel de aquel hombre;
señores, yo estoy cantando
lo que se cifra en el nombre
”.1
Jorge Luis Borges

La tematización del nombre propio admite diversas formas. Algunas de suma densidad ya tramitadas por el campo de la lógica, la lingüística, el psicoanálisis. Y desde ya que por raigambres religiosas, baste decir que una de las designaciones de la deidad en hebreo es “hashem”, no otra cosa que “el nombre”. Y qué decir del Nombre del Padre y sus formas trinitarias devenidas borromeas, ellas.
A partir de los hallazgos de la lingüística y la antropología estructural es indiscutible que una de las funciones del nombre propio es operar como sistema clasificatorio. La función clasificatoria primaria discernida por Levis-Strauss es apuntada por Lacan. Esta función opera para los habitantes de lalangue, más allá del orden en que se perciben sus efectos.

Pero el nombre propio trasciende el puro sistema clasificatorio. Un tal sistema suficientemente complejo y ordenado podría generarse por la adjudicación de una numeración. De hecho es lo que acontece con los números de los documentos de identidad. Por suerte éstos no imponen su monotonía en los diversos contextos en la vida cotidiana, salvo para ciertas regulaciones. Resulta extraño ser convocado por un número. Acontece entre otros en los sistemas carcelarios y en la historia marcada por la segregación y criminalidad del nazismo, como inscripción en los cuerpos de las víctimas segregadas y condenadas al exterminio.
Vuelvo de esa densidad a lo cotidiano. Un sistema puramente clasificatorio es el de las chapas patentes de los automóviles, que combinan letras y números en una clasificación que en principio se pretende sin sentido, pero que para el hablante, casi cualquiera de nosotros, no deja de producir evocaciones semánticas. Escribí una nota a ese respecto2 en la que me refiero a esa particular “enfermedad” irremediable del hablante, de dar sentido a “casi” todo. Me permito agregar un ejemplo de orden personal: un amigo tiene en su coche la chapa patente EDU 007, y no pudimos no ironizar con que ese coche vincularía mi nombre propio con las hazañas de un héroe de película (intuyo que me sentiría algo ridículo con esa “chapa”).

Me decido a tomar una vertiente cotidiana, la de apuntar el nombre propio acentuando el nombre de pila. Nombre diferenciador en el seno de las familias con igual apellido, más allá de su precisa referencia de raigambre cristiana a la pila bautismal (licencia ecuménica ampliada que me permito). Enfoco entonces el nombre propio en el decurso del “viaje de la vida” misma del hablante ser. La poética alusión al “viaje de la vida”, parte de la aceptación que no se trata sino de un viaje, nada más ni nada menos. Y ya lo dijo Lacan, recurso más que valioso para soportarse un poquitito en su nombre.3 Se trata de un viaje que ya había empezado antes que cada uno arribase al mundo y por ahí se continúa un tiempo. O no.
El nombre de cada quien, es pensado antes por el Otro (¡vaya novedad!). A veces le está destinado al sujeto con mucha antelación a su venida al mundo, aún antes del embarazo. Con lo cual esa partícula de lenguaje así sin vida, casi diríamos muerta (con la cautela de no asustar al lector), se anticipa a la llamada vida de los cuerpos. Cobra valor considerar así el campo pertinente al sujeto como excediendo, en el inicio y en el fin, a la biología misma.
El embarazo suele ser el tiempo, siempre algo agitado por su trascendencia, de decisión del nombre de aquel a venir. Agitación que provoca una embriología maravillosa que requiere ser aceptada y en parte, a su vez, velada en imaginarizaciones de completudes.

Y antes de que los posibles estudios genéticos digan del sexo del feto (¡término duro e insensible, si los hay!) se suelen elegir diferentes alternativas sexuadas de nombre. Y allí se acude al encuentro de determinaciones que marcan tradiciones o rupturas.

En un tiempo se elegían con mayor frecuencia nombres de antecesores en las líneas de filiación, abuelos/as, padres. De allí los nombres bíblicos judeocristianos que más de uno se vio llevado o forzado a ocultar.
Es probable que en estos tiempos (me disculpo por la imprecisión) se busque una mayor originalidad, tal vez sea también por eso que creemos en cierto debilitamiento de lo tradicional de la función paterna. Suele acontecer que lo original se copia y termina deviniendo moda, así se suceden cortes etarios que permiten inferir edades: uno escucha Graciela, Susana o Roberto, Osvaldo e intuye que es muy probable que no sean coetáneos de Vanina, Roxana o Lucas, Santiago, por solo jugar con algún ejemplo. Insiste: “el deseo es el deseo del O/otro”.

La inventiva a veces acude a prestigios, así una generación marcada por férreas convicciones pudo incrustar a algún hijo/a el nombre Vladimir o María Eva. Debo confesar que mi hija menor se llama Gina por la referencia insistida de Gina Lollobrigida (más de un joven desconocerá quién es esa señora)
A falta de inspiración suficiente las listas de nombres pueden googlearse (verbo reciente) como para la búsqueda de aquello que resuene al oído deseante de los progenitores. Otra evidencia (como si hiciese falta) que el deseo es el deseo del Otro. Y vale escribir hoy la Web como pretendido Otro con mayúscula.
La fenomenología de la adjudicación del nombre durante el embarazo, muestra al mismo tiempo su valía como para amar nombrando. Operación casi indispensable. Es extraño un embarazo avanzado sin nombre propio. Aunque puede que haya cierta cautela en el uso del nombre propio a la espera que no haya contratiempos.
Me parece detectar una tendencia a la búsqueda de resonancias sonoras más que al sentido de la palabra que nombra. Se suele decir de una combinación de nombre y apellido, que suena o no suena bien. Apertura a la estética de la voz y sus sonidos.
Desde ya que hay registros extremos de búsquedas de eficacias semánticas dirigidas. Con la cautela del respeto a la privacidad de los llamados pacientes, me eximo de dar ejemplos conocidos por la vía de la clínica, y recuerdo alguno que otro de situaciones vitales: me sorprendió la tarjeta de un señor de apellido Gil, al que le pusieron de nombre Perfecto. Casi una maldad de sus papás. A un querido amigo que me permite contarlo, sus padres le eligieron Ángel Máximo, para que se escuche el lugar al que era esperado. Vaya ejemplo de “¡su majestad el bebé!”

Me aflora un recuerdo maravilloso, al que puedo dar como ejemplo sin pudores ya que sus intérpretes no están más en este mundo (como si hubiera otro…). Siendo pibe me sorprendí por el segundo nombre de una señora vecina: Orutra, ¡vaya que sonaba raro! Luego supe que su hermana menor tenía por segundo nombre ¡Otrebla! El enigma del designio del Otro parental se develó al ser advertido de que eran los nombres invertidos de sus hermanos varones: Arturo y Alberto. Para esos papás las mujeres deben haber representado, en el mejor de los casos, una especie de guante del varón. Rescato sin embargo que el propio Lacan hermoseó, digamos, el genital femenino designándolo como “la funda encantadora”.4
Llevado a la vida, el infans va a escuchar su nombre con la insistencia de una repetición que irá detectando e instalando, no sin un extenso proceso. Suele ser un tiempo de adjudicación de sobrenombres. Es difícil nombrar a un chiquito/a (¡hoy no se puede usar el genérico masculino sin cuidado! –¿el lenguaje perderá ese punto de pregnancia fálica?–) con un nombre “de grande”. Suele acontecer que aparezcan algunas repeticiones de fonemas simples o de balbuceos luego insostenibles.

Es toda una adquisición en la infancia que el niñito/a enuncie su nombre y apellido. No me extenderé más aquí sobre la infancia sino para marcar un tiempo ulterior princeps en que el niño pasa de representarse por el dibujo de la figura humana como re-presentación yoica, a hacerlo por su nombre en su firma. Suele pasar que los primeros documentos que se expiden en los primeros tiempos de la escolaridad, convoquen a inventar una firma. Habitualmente un trazo deformante que en eso imprime su singularidad. En otro texto me detuve en las complejas determinantes del tema de la firma como operación de tachadura, rasgo que imprime la posición sujeto.5
La adolescencia suele ser un tiempo en que se renuevan las formas de nombrar, en el marco de un creacionismo lexical diferenciador. Más allá de que en nuestra parroquia casi todos los jóvenes llevan el apodo genérico de “bolú”. Tiempo también en que suelen hacerse desaparecer apodos evocativos de una infancia que bien se pretende pasada.

Tiempo de hacerse un nombre que suele estar frecuentado por mandatos filiatorios que anticipan titulaciones. “Mi hijo el Doctor” es un clásico que hoy admite variables diversas.
El encuentro con el partenaire recrea también una pueril inventiva de formas privadas de nombrar, difícilmente repetibles en la escena con otros sin resonar a sonseras. Tal vez sea tan íntima la cosa que se podrían relatar aspectos de las prácticas sexuales, pero conservar en lo privado esas onomatopeyas.
La vida adulta está indefectiblemente transitada por ocasiones en que el nombre propio adquiere relevancia: juramentos, ceremoniales, titulaciones, curriculum vitae, contratos varios, por solo citar algunas instancias que trascienden lo cotidiano en que el nombre repite.

“Hacerse un nombre” no es poca cosa. No abriendo aquí los efectos de dicho hacerse un nombre en el contexto de los tipos clínicos, particularmente en las psicosis.
Y hacer del nombre propio nombre común, suele exceder a lo “común” del trayecto de cada hablante. Baste nombrar a las escuelas de psicoanálisis como “freudiana” o “lacaniana” para constatarlo. Un ejemplo más barrial es la interpelación: “¿te creés Gardel?”, que como nombre común trascendió generaciones.

El destino del nombre podrá encontrar en la sepultura una forma en que la muerte del cuerpo viviente, no implica la desaparición u olvido del sujeto portador del nombre. De allí lo horrendo de la desaparición sin sepultura u otros rituales funerarios. Trascender una primer muerte podrá o no estar abierto a la pervivencia del nombre hasta el ocaso en la borradura de los tiempos; segunda muerte inevitable e inmedible.
El apellido que pasa de generación en generación, verifica una permanencia que traspasa la individuación. Admite mucho menos juego electivo que el nombre de pila. Tiene algo de divertido que a los futbolistas brasileros se los conozca prevalentemente por el nombre y no por el apellido. Parece ser marca idiosincrática de un lazo social más abierto al juego y a la diversión.

El nombre transitando entonces el recorrido de la vida del caminante y del sujeto que a aquél se entrama a veces anticipándose y otras “sobreviviendo”. Vaya paradoja que sobreviva algo tan poco vivo como el significante del nombre. Evocación primera de su levedad de ser de lenguaje. Recurso mayor al Otro como lugar de donación y sitio de extracción-apropiación en acto.
Volviendo sobre Borges: no se sabe qué dice un nombre y aún así, de eso hay que apropiarse. De eso se trata, de valerse de “lo que se cifra en el nombre” que en su cálida extrañeza nos representa siempre para otro…
______________
1. Milonga de Jacinto Chiclana.
2. “Chapa Patente”, en De fantasmas, ancestros, espectros y otras inexistencias más o menos amenazantes, Editorial EFBA, Bs. As., 2010.
3. Jacques Lacan, Seminario XXI, clase 1, inédito “A saber, que para todo lo que tiene que ver con la vida y al mismo tiempo con la muerte, hay una imaginación que no pueden soportar todos aquellos que, de la estructura, se quieren no incautos (non dupes), y es esto: QUE SU VIDA NO ES MAS QUE UN VIAJE. La vida es la del viator”.
4. Tomado de una frase de Lacan en L’etourdit (inédito).
5. “Filiación. Los nombres del padre: de la biología a la ley”, de libro citado en 2.
 
 
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