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   El nombre propio

“Si hasta el nombre te han cambiado”. Dichos del nombre propio
  Por Cynthia Eva Szewach
   
 
“Por primera vez mi nombre pronunciado no nombra”
Marguerite Duras

Cuenta el escritor Georges Perec en su libro Ellis Island, una anécdota, enlazada al escenario del exilio, a la inmigración (en especial entre 1892 y 1924), a una forma de segregación y al pasaje de lenguas junto a cambios en los apellidos: “Aconsejaron a un viejo judío ruso elegirse un apellido muy americano para que las autoridades no tuvieran dificultades en la transcripción. Pidió consejo a un empleado de la sala de equipamiento, quien le propuso Rockefeller. El viejo judío repitió varias veces: Rockefeller, Rockefeller para estar seguro de no olvidarlo. Pero cuando, muchas horas mas tarde, un oficial le pregunto su nombre, lo había olvidado y respondió, en yiddish, Ij hob farguesn (lo he olvidado), y fue así inscripto con el nombre muy americano de John Ferguson.”

Una verdad en el olvido como acontecimiento inconsciente, crea un nombre nuevo, en la homofonía y en su transcripción. Exilio e incomprensión de lenguas, como cuña de ingreso.
El nombre propio, transmisión de una marca, marca abierta a la lectura.
El Propio nombre supone una pertenencia heredada, un linaje y una donación singular, la de un padre en su función nombrante. El nombre figura en los papeles para a su vez ser readquirido y quizá para poder ser arrendado quizá en otro barrio, en algún nuevo lugar. Huella de la inquilinidad inherente al sujeto. Huella que no rehúye la ajenidad en lo llamado propio. Pero ¿de quién es el nombre propio cuyo dueño no es natural? –pregunta en términos de comicidad Felisberto Hernández–.
Lo que permanece como innombrable, la zona de lo intransferible o intransferido, incluso en un sesgo lo impronunciable, y su particular intraducibilidad de una lengua a otra, están en convivencia con la operatoria que plantea el nombre. La firma muestra en su garabato, la herida cicatrizada, de la hiancia, de una ausencia en el origen, de su impropiedad. El nombre oficia de “falsa apariencia de sutura”, dirá Lacan. ¿Es falsa apariencia el adjetivo que más acerca a aquello que pliega con hilos el agujero irreductible?

Las costuras y pespuntes, retomando la metáfora costureril, no están hechos con las mismas puntadas, ni con la misma tela en cada historia, de cada genealogía, de cada novela familiar. Hay desgarrones o deshilaches producidos tempranamente cuyo zurcido es más difícil de tejerse. Bruno Bethelheim relata que en el trabajo con niños muy perturbados, internados un gran tiempo de sus vidas, les ofrece al ingresar la posibilidad de ponerse un nuevo nombre, fundarse un nuevo inicio en su historia.

El nombre propio es letra a ser leída, que se enlaza una emisión nominante. La voz en la tinta.
“Anote mi nombre señor”, dice en una parábola borgeana, un hombre intrépido al guardián del castillo. Luego, saca la espada y se arroja sobre los guerreros, recibe y devuelve heridas sangrientas, hasta abrirse camino entre el fragor y de ese modo acceder a entrar. No es el mismo guardián, ni el mismo hombre, el campesino kafkiano, que espera hasta desfallecer ante la puerta cuyo nombre nunca fue solicitado, y que aguardando se cierra. Entonces ¿sólo a él correspondía la puerta? O ¿qué importa quién entra? Se trata acaso ¿de la intrepidez o la quietud? ¿de la anotación o el anonimato?

Retomando lo anterior, hay nombres que han sufrido algunos cambios a los largo de desarraigos, exilios, apropiaciones, ocultamientos o en su extremidad, sustituidos por un número sellado: “Nos quitarán hasta el nombre” dice Primo Levi. “Simulan un parto, cambian las fechas, falsifican una partida de nacimiento, pero ella logra retener su nombre” escribe Alicia Lo Giúdice en el trabajo con una niña apropiada durante la dictadura argentina y luego restituida.
Hay búsquedas o cambios de nombre en tanto acto como efecto de una decisión a veces usurpada, para encontrar el nombre en aquello que atañe a una primera traza. Cuando Herder hizo un juego de palabras con el apellido de Goethe, (Got, Gôtter, Gothen), éste replica: “Pues el nombre de un hombre no es algo así como un abrigo que cae en torno a él y se puede deshilachar y estirar sino como un traje del todo ajustado pegado como la piel misma, que no se puede raer, vejar, sin que uno mismo se hiera”. El nombre y el cuerpo. No se trata del documento de identidad.

En el otro polo seudónimos, apodos, motes, alias, nombres del amor o del insulto, sobrenombres, heterónimos, nombres falsos, son algunas de las diversas figuras del nombre propio, mostrando, en distintas circunstancias y coyunturas, la verdad de su enmascaramiento, que en su “función volante”, desplazable, puede incluso fragmentarse, deformarse, sufrir un proceso de demolición, hacerse letras, que abarrancan y erosionan, como parte de la operatoria. analítica.
Es Gómez de la Serna quien en su Automoribundia, interesante manera de nombrar una autobiografía, el acto de adoptar un seudónimo tiene algo del suicidio, o tal vez de una porción asesinada, para fundar uno nuevo como nombre de autor.
Hay distintos tiempos y estados, y es lo que en especial nos importa, por los que el nombre propio transcurre en el texto un análisis.
Podemos subrayar también el valor transferencial en la elección de un nombre de ficción a veces bajo la forma de una inicial, que se utiliza en el relato de nuestra práctica, “buscando un nombre para una persona que no debía conservar el suyo propio”, dice Freud al relatar sus asociaciones que determinaron de manera contingente ponerle Dora a Dora.
Cambios de nombre que en ocasiones articulan cambios de destino, cambios de fortuna, cambios de elección de objeto. Volviendo al título, “Si hasta el nombre te has cambiado como has cambiado de suerte, ya no sos mi Margarita ahora te llaman Margot” en letra de Celedonio Flores.

Son varios los ejemplos de Freud en Psicopatología de la vida cotidiana que acentúan la equivocidad en las letras del nombre propio, para no sólo subrayar la especial disponibilidad al olvido que éste porta donde se ubican otra privilegiada vía regia del deseo inconsciente y de una nominación que se agita.
Hay algo que el sujeto no puede saber, acentúa Lacan: el nombre de lo que él es en tanto sujeto de la enunciación.
Enunciación y nominación parecen ubicarse en lugares divergentes. Con lo cual la experiencia del inconsciente en términos de alguna pérdida de consistencia, juega de contrapartida con la pegatina del nombre al enunciado o a instancias necesarias a la identificación.

Hay nombres propios que cargan con un sobrepeso ubicado en el sentido que portan, hay nombres que soportan un efecto Real de angustia, o en tanto aquello que no cesa de no inscribirse. El resaltado de la dimensión Simbólica o su falla, puede ser escuchado en el síntoma u otras veces en el chiste, cuando la risa es posible. Allí se hace uno, caído entre otros, en el decir.
Hay contextos donde la ruptura del anonimato hace acudir al analista para interrogar, subvertir hechos y lenguajes cotidianos, donde en el decir queda elidido el nombre propio que singulariza.
Un analista por su posición y su escucha se supone propicia el despliegue de los avatares por los que el nombre propio va transitando en un discurso. Un analista por el lugar que es llevado a ocupar, también pierde el suyo, lo deja a disponible, lo presta para su máxima descomposición.

El nombre propio entonces en tanto significante distinguido de otros, en tanto función estructural del trazo unario del Ideal se puede deslizar a un significante cualquiera.
Es cualquiera y al mismo tiempo no lo es. A veces Lacan dice “volver a hacer entrar el nombre propio en lo que es el nombre común”. ¿Un retorno?
Llamar a alguien aún durmiente o sonámbulo por su nombre, dice Freud, es el mejor recurso para despertarlo. Es el nombre al que respondemos al ser llamados hasta que la ausencia de respuesta remita a una escritura, a veces con humor, como en la conocida gracia grouchiana: “Disculpe que no me levante”.
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* cszewach@gmail.com
 
 
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