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   Saber de la historia

La seducción del origen (segunda entrega)
  De la política de las nodrizas a la sangre del padre
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Hay una evidencia incómoda. Sobre todo porque ella no se condice con el relato canónico que el propio Freud quiso construir sobre el pasado de su pensamiento. Ese descuidado relato reza: “en un comienzo mis pacientes histéricas me contaban recuerdos de traumas sexuales de la infancia, en los cuales sus padres abusaban de ellas; cometí el error de tomarlos por ciertos; luego entendí que se trataba de fantasías, y así pude descubrir la operatoria del Complejo de Edipo”. Ya lo hemos adelantado en la primera entrega: ninguno de los elementos de esa proposición sale bien parado de una confrontación con las fuentes históricas. Ni las pacientes traían espontáneamente esos supuestos recuerdos, ni el padre era el protagonista central de esas escenas.

DOS. En esta oportunidad nos ocuparemos esencialmente del último tópico. Y lo haremos bajo la guía de una tesis: al menos desde el punto de vista de una genética textual, la primera noción freudiana de familia aludía al conglomerado político del hogar1. Se trata, es cierto, de una primera concepción sobre el poder determinante de lo familiar, pero en ella los vínculos capitales no son los sanguíneos, sino los que vertebran una economía de convivencia política. En tal sentido, habría que entender el pasaje desde la teoría de la seducción a la conjetura sobre el Edipo, no tanto como el movimiento desde la fantasía tomada como real al otorgamiento de realidad a las fantasías, sino esencialmente como el deslizamiento de un retrato familiar a otro: en el primero, el personaje protagónico es la nodriza o niñera, ubicada como atacante de un cuerpo infantil asexuado; en el Edipo, por el contrario, se produce una doble introyección de la familia: primero, porque ella se reduce a la tríada biológica o sanguínea que todos conocen; segundo, porque ella de alguna forma se muda al interior del cuerpo: desde ahora los recién estrenados impulsos del hijo se dirigen misteriosa y naturalmente hacia los padres. En síntesis, en el período 1896-1898 está en juego el reemplazo del hogar por la sangre.

TRES. Cualquiera que haya leído los tres trabajos de Freud de 1896, sabe que allí el padre jamás es explícitamente señalado como autor de los abusos sexuales. En esas páginas, así como en las cartas enviadas a Fließ, las más de las veces la culpa recae sobre el personal doméstico: niñeras, educadores, etc. Pues bien, la serie de permutaciones que desembocan en la acuñación del Edipo, conllevó necesariamente una reubicación de aquellos viejos personajes. Sobre todo la decisión de Freud de elevar al padre al estatuto de seductor universal, produjo inmediatamente un reordenamiento de las viejas interacciones.
A nivel textual, la secuencia es más que elocuente. El 6 de diciembre de 1896 Freud le envía a su amigo Fließ la primera carta en la cual el padre aparece como abusador. En esa misiva leemos una frase que devela como ninguna otra que el verdadero rol de la teoría de la seducción –y ello, a nuestro entender, no ha sido suficientemente subrayado por los historiadores– era mantener inalterado el aserto de las teorías hereditaristas (la causa única está en el hogar), pero cambiando el mecanismo: “La histeria se me revela cada vez más como consecuencia de perversión del seductor; la herencia, cada vez más, como seducción por el padre”2. Sea como fuere, inmediatamente después de esa frase sale a nuestro encuentro el primer padre seductor en la obra de Freud: “Una de mis pacientes, en cuya historia el padre en extremo perverso desempeña el papel principal, tiene un hermano menor que es considerado un vulgar crápula. (…) el hermano había referido que su quehacer sexual consistía, cuando tenía doce años, en besar (lamer) los pies a sus hermanas cuando se desvestían por la noche. Ante esto, le había sacudido el recuerdo, en lo inconsciente, de una escena en la que ella mira (tenía cuatro años) cómo papá en medio del deliquio sexual lame los pies a una nodriza. Así había colegido que el berretín del hijo varón provenía del padre. Y que, en consecuencia, éste había sido también el seductor de él”3. La aparición del padre, llamado desde entonces a regir la economía libidinal de la familia freudiana, obligatoriamente reduce la posición de la niñera: de ser la figura princeps de toda la escena, ella ha descendido varios escalones, y ahora cuenta solamente como mero objeto de la perversión paterna.

El progresivo borramiento del rol de esos personajes del hogar político se produce merced a sucesivas intervenciones textuales. El 2 de mayo de 1897 Freud envía a Fliess el Manuscrito L. En el mismo, Freud aborda varios asuntos, entre ellos las fantasías respecto de las cuales da más precisiones en su Manuscrito M, del 25 de mayo. Empero, nos importa sobremanera el pequeño fragmento titulado “Papel de las sirvientas”: “Por la identificación con estas personas de moral inferior, que como material femenino despreciable son recordadas tan a menudo en relaciones sexuales con padre y hermano, se vuelve posible un sinnúmero de imputaciones con reproches (hurto, aborto), y a consecuencia de la sublimación de estas muchachas en las fantasías se incluyen después en estas fantasías acusaciones muy inverosímiles contra otras personas”4. Se trata, una vez más, de la misma estrategia: la sirvienta solamente cuenta como objeto de un escenario que se ordena en verdad en función de la intervención activa de los miembros de la familia que importan: los sanguíneos. El 20 de junio de 1898 Freud le envía a su amigo berlinés el análisis de un cuento de Meyer: “Todos los neuróticos forman la denominada novela familiar (…), que por una parte sirve al afán de grandeza, por otra parte, a la defensa contra el incesto. Si la hermana no es hija de la madre, se está exento del reproche. (Lo mismo vale si se es hijo de otras personas). Ahora bien, ¿de dónde se toma el material de infidelidad, hijo ilegítimo, etc., para formar esta novela? Comúnmente, del círculo social inferior de las muchachas de servicio. Ahí suceden con tanta frecuencia cosas de esa índole que nunca se está escaso de material, y se tiene particular ocasión para ello cuando la seductora misma fue una persona de servicio. Por eso en todos los análisis se llega a oír la misma historia dos veces, una vez como fantasía sobre la madre, la segunda como recuerdo efectivo de la sirvienta”5.

La biologización del Edipo se produjo mediante la denegación de lo político en varios sentidos: el hacer de las niñeras meros recuerdos que alimentan un libreto escrito de antemano, fue la denegación menos estridente, pero la más sintomática acerca de la metamorfosis de la familia freudiana.
________________
1. En la próxima entrega nos ocuparemos de un segundo elemento de la genética argumentativa de Freud: la primera ligazón al padre fue de odio, e independiente de todo deseo amoroso dirigido a cualquiera de los progenitores.
2. Masson, J. (ed.) (1985) Sigmund Freud. Cartas a Wilhelm Fließ (1887-1904). Buenos Aires: Amorrortu; p. 224.
3. Op. Cit., p. 225.
4. Op. Cit., p. 256.
5. Op. Cit., p. 347.
 
 
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