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   El porvenir del Psicoanálisis

Antropotropismo
  Por Jean  Allouch
   
 

Antropotropismo": este neologismo (bien formado) tartamudea. Troptrop. En efecto, es demasiado [trop]. Al tomar hoy la dirección que él designa, cierta corriente del análisis balbucea y se extravía, a pesar de que aquellos que actualmente intentan realizar este giro y –especialmente cuando no son psicoanalistas– que no desean ser adversarios del análisis, pretenden nada menos que renovarlo. Tropismo: del griego tropos "giro, dirección", de trepein "girar". Que no se busque aquí un tropo inédito; más bien se encuentra una tendencia actual más peligrosa, por estar viciada, que los recientes ataques al análisis que conmocionaron a algunos de sus partidarios y movilizaron a los medios. Particularmente, la enseñanza de Jacques Lacan allí es anegada simple y silenciosamente. Tampoco anegada, por lo demás, pues no se tiene ninguna idea, en esta vena que mezcla antropología y psicoanálisis, de que, durante muchos decenios a partir de 1953, el análisis fue revisado por Lacan sobre una base imprevista y novedosa, llamada por él su triaca, el ternario simbólico imaginario real, que lo condujo a considerar con nuevos bríos el conjunto de problemas descubierto por Freud y quienes lo siguieron en el campo freudiano.abusivo, infundado, el paso que dio al no quedarse pensando a partir de sus pacientes y decidir consagrarse a un nuevo objeto –con Tótem y tabú, y luego, más aún, con El malestar en la cultura (y otros textos). ¡Ah, qué éxito tuvo el "malestar"! Yo pregunto: ¿en qué civilización no hay malestar? Vista desde la tendencia actual a hacer del sujeto un ser antropológico, pareciera que esta tentativa de conquista corre el riesgo de volverse contra aquello buscado por el conquistador.1 Se aislarán las líneas de fuerza de esta empresa falsamente amistosa en uno de sus partidarios más afilados, a saber, Marcel Gauchet.2 Su "psicología contemporánea" (cuyo título señala hasta qué punto se separa de la crítica foucaultiana de la "función psi", y por ende, igualmente, de las observaciones convergentes de Canguilhem, Heidegger y Lacan sobre este mismo punto), al interesarse por el individuo y no por el sujeto –dividido–, hace estallar la noción lacaniana de "campo freudiano". La antropología es voraz, hace fuego con cualquier madera: filosofía, literatura, psicología, sociología, etnología, historia y, por ende, también psicoanálisis, pueden ser convocados cuando el discurso antropológico toma al individuo como referencia común al conjunto de estas disciplinas.limitaciones relativas, particularmente, a la disciplina psicoanalítica. Sin su respeto, ningún enunciado "psicoanalítico" es admisible, lo cual en absoluto implica que el análisis no pueda ser tomado como objeto de estudio por otro discurso. Con un pase de manos, la antropología desecha esas limitaciones cuando se apodera del psicoanálisis, lo cual es su derecho más estricto, excepto cuando en ese mismo movimiento pretende modificarlo de algún modo desde el interior. Es verdad que todavía hoy ciertos escritos parecen acreditar ese gesto. Así es como un psicoanalista explica, en Le Monde, que conviene no votar a Ségolène Royal porque es una mamá y se necesita un papá. Zinedine Zidane se comportaba mejor cuando, interrogado sobre un tema que no era futbolístico, se negaba a responder. Se admitirá que el asunto tratado en ese artículo de Le Monde no atañe al campo freudiano. anthropos, de hombre. Este rasgo, que comparte con Foucault y algunos otros, ¿ha de atribuirse a un "espíritu del tiempo" ya pasado? Este espíritu –se asegura– hoy ya no es el mismo y –nuevo imperativo categórico– se trata de ser actual. Además, se dice "de moda". Para el analista, se trata más bien de estar presente, lo cual puede implicar ser inactual, en el sentido que Nietzsche lo decía. ¿Presente a qué? No al hombre, sino –si es necesario conservar este término forzosamente– a lo inhumano. Se trata de la locura, que Erasmo debió dividir en dos para humanizar una parte y rechazar la otra. No se acaba tan fácilmente con la segregación del loco. répression] respecto de la represión [refoulement] y los síntomas que ésta produce? Nada. Excepto cuando se confunden ambos términos, represión [répression] y represión [refoulement], como lo hacía Herbert Marcuse. Y hablar de florecimiento sexual, ¿implica que lo erótico ya no tendría ningún anclaje en la pulsión de muerte? Gauchet no lo afirma, a pesar de que parece sugerirlo. Además, al hacer suceder a una época de la evitación la del enfrentamiento, da cuenta, de todas maneras, de la persistencia de un problema. Por ende, ¿por qué hablar de florecimiento? ¿No daría la cultura también testimonio de conflictos, de impasses, de lo erótico? Se "negocia –escribe– con los síntomas en lugar resolverlos" (I, p. 167). Por un instante, admitamos esta bella generalidad, porque permitirá objetarle que la entrada en análisis tiene lugar en el momento en que se advierte que no se llega precisamente, o ya no, a negociar con el síntoma. El punto de vista antropológico considera los problemas tan de arriba y tan de lejos que llega a descuidar semejantes hechos.Cinco psicoanálisis como "clásicos". Pero, justamente, basta con estar informado de la variedad de interpretaciones a que han dado lugar, y de los desacuerdos persistentes sobre los diagnósticos propuestos (cuando se los considera), para estar seguro de que ninguno de ellos ofrece la menor posibilidad de ser elevado al rango de una neurosis, una psicosis o una perversión… "clásica". En el análisis, esta calificación simplemente no tiene ningún sentido.

¿Nuevos objetos para el análisis?

 

No llegaremos a decir, con Gauchet, que la solución al problema de las psicosis por medio de la forclusión del Nombre-del-Padre "ha fracasado" (II, p. 191), porque, ¿cómo se sabría que no tiene ni tendrá más ningún alcance para nadie? Sin embargo, con gusto se admitirá su insuficiencia. Pero no es menos cierto que, puesto que aquí él remite a Lacan, era exigible a Gauchet que tomara nota y estudiase el hecho de que el propio Lacan, en sus últimos seminarios, había "retomado el problema con nuevos bríos". De esto último, ni una palabra. Semejante

Más radicalmente, es la formulación del problema planteado lo que no es admisible por y en el análisis. El supuesto "problema de las psicosis" supone como identificable, sino identificada, una entidad clínica, de por sí reunida y opuesta a otras que antaño fueran denominadas "neurosis" y "perversión". El análisis, ¿tiene necesidad de semejante nosografía? No hay nada en ella que vaya de suyo, algo que muchas afirmaciones de Lacan indican claramente, algo que Stein admitía, una posición sostenida hoy en día por muchos analistas que ven en la identificación de un caso con una entidad uno de los modos de impedir que tenga lugar un análisis.

 

"Es indispensable reunir afección y cognición", escribe Gauchet, no sin ofrecer a la teoría psicoanalítica el reconocimiento de haber "representado un paso importante en dirección a esta unificación del pensamiento y el afecto, pero un paso insuficiente" (II, p. 192). Con la pulsión, Freud habría unido el afecto y la representación, aunque su inconsciente "en el fondo sigue siendo afectivo" (II, p. 193). Sólo quedaría poner el pensamiento bajo el signo del inconsciente, y conquistar un "inconsciente cognitivo". Si aquí se trata de una propuesta hecha al análisis, ella es inconsistente, puesto que, en el campo freudiano, los conceptos de "afección" y "cognición" no poseen referencia ni sentido. La operación proyectada primero debe reducir el inconsciente freudiano a un inconsciente afectivo, para luego añadirle mejor un inconsciente cognitivo. Esto es un error, porque en Freud, si bien hay un juego de afectos y representaciones (reconocible cuando hay represión, es decir, retorno de lo reprimido en el síntoma), lo afectivo como tal no es designado ni aislado. Ni tampoco lo cognitivo, como observa Gauchet para deplorarlo, pero sin preguntarse por la razón legítima de esa supuesta ausencia. Aquí, una vez más, es el lenguaje lo se descuida, instancia fuera de la cual ninguna cognición podría considerarse ni por un instante.

 

A propósito del ser de infancia, la "revisión profunda" (II, p. 193) que invoca Gauchet en este punto, no es otra que la de las aserciones que imputa a la teoría psicoanalítica, especialmente a ese cierre original del niño mónada que, con Lacan y en otros, ha fracasado. Y, al igual que con la noción de cognición, el análisis sólo tiene que retomar la propuesta de Gauchet de un aprendizaje para dar cuenta de la entrada del niño en el lenguaje. Aunque la matiza, Gauchet mantiene la idea de una mónada original, de "fronteras personales" (II, p. 194), mediante lo cual el niño debería hacer su entrada en el lenguaje (y se trata del aprendizaje) cuando, en realidad, de entrada se encuentra capturado en él.

La concepción según la cual "siempre habremos de alcanzar por el interior lo que se da del exterior", al apoyarse en el par interior/exterior, es del orden de la esfera; y descuida otras figuras topológicas que permiten considerar de otro modo la cuestión no del aprendizaje del lenguaje por el niño, sino de su subjetivación en el lenguaje que habita. Además, llama a una concepción de lo sexual que quedaría "en lo esencial, en el orden fantasmático", en cuanto el sujeto, irremediablemente condenado a no salir nunca de su interior, no puede sino asistir a la escena sexual, "incluido cuando allí se es uno mismo". ¿Contiene el orgasmo ese inquebrantable punto de exterioridad? ¿No implica más bien una puntual pérdida de sí mismo?

Según Gauchet, son al menos tres: "el loco, el ser de afecto, el ser de infancia".impasse, ¿será una pura circunstancia? Puede dudarse de ello cuando se lee, en la misma página donde se menciona a Lacan, la afirmación, presentada como una novedad, de que el sujeto "no es del orden de lo adquirido o de un dato". No es sólo el último Lacan quien habría podido poner la firma a semejante afirmación. Para Lacan, diferente en este punto a Freud, la alteridad es primera, tanto es así que si se admite que la enseñanza de Lacan atañe al campo freudiano, es un error escribir –como lo hace Gauchet– que la teoría psicoanalítica "postula el pasaje de un cierre original de la mónada psíquica a su apertura a la realidad" (II, p. 194, itálicas del autor). ¿La teoría psicoanalítica? ¿Habría sólo una? ¿No subrayó perfectamente Jacques Derrida que, en adelante, el análisis era plural? Por lo demás, la teoría psicoanalítica sólo existe en las afirmaciones de Gauchet, y si existiese no sería más que lo que él dice que ella es. Precisamente, la virtud del concepto de campo freudiano reside en dar lugar a diversas escuelas. Por ende, a nadie puede sorprender que, al descuidar el campo, Gauchet desconozca igualmente la pluralidad de escuelas.

 

Un nuevo inconsciente.

Sin embargo, no es necesario ir a buscar tan lejos en Lacan, porque las publicaciones de sus escritos y seminarios a la fecha en que escribe Gauchet bastan para recusar las definiciones del inconsciente que él propone modificar. Cuando se las lee, se tiene la impresión de que descubre la pólvora. Tal es el caso cuando, al recordar que Lacan definió el inconsciente como "discurso del Otro" (una vez más, el lenguaje), se encuentra, en la pluma de Gauchet –que se pretende crítico–, la afirmación según la cual "el inconsciente no es una experiencia de orden puramente personal". ¡Como si no lo supiésemos desde hace más de medio siglo!

Si hubiese estado un poco más informado de la obra de Lacan, Gauchet se habría ahorrado la tontería de escribir que, en esa alteridad de sí mismo que designa el término inconsciente, "sólo se trata de sí mismo" (II, p. 201). Querer que persista un sí mismo, inamovible, hasta en la experiencia de la alteridad, conduce a Gauchet –no sin lógica– a hacer del inconsciente freudiano un "otro de

Al comenzar estas observaciones, hice mención a una corriente que pretende renovar el psicoanálisis a partir de la antropología. Ahora bien, sólo fueron tratados dos artículos de Marcel Gauchet, quien no se presenta como psicoanalista. Sin embargo, en este antropotropismo –que, como decía, no le pertenece sólo a él, ni mucho menos–, algunos analistas se comprometen, y dejo a mi lector la tarea de identificar, aquí y allí, en tal o cual publicación reciente, su incidencia perniciosa.

Estos nuevos objetos que Gauchet endosa a los psicoanalistas, al insistir (¿hay modo de tranquilizarlos?) en el hecho de que la "reformulación de gran amplitud" que propone sigue estando en la línea del análisis, "sin ruptura con su inspiración" (II, p. 195), deberían, según él, permitir redefinir el inconsciente. Si se le cree, un "nuevo modo de experiencia de la alteridad" habría desestabilizado "la figura acreditada del inconsciente". La observación hecha más arriba, relativa a la teoría psicoanalítica, se aplica igualmente aquí: ya no hay la figura del inconsciente así como no hay la teoría psicoanalítica. Para Lacan, esa "figura" (si se conserva este término que no es apropiado) varió. Para terminar, el inconsciente fue rebautizado "Unebévue" [une bévue, una metedura de pata] como trasliteración –y ya no traducción– del Unbewusste freudiano. La apuesta no es menor. Aquí es descuidada, porque el seminario donde tuvo lugar este rebautizo sigue estando publicado marginalmente; admitir, no disculpar, dada la ambición anunciada por Gauchet desde su título: "El inconsciente en redefinición". Nadie podría embarcarse en semejante aventura sin mostrarse a la altura de la cuestión que se pretende revisitar.sí mismo" (itálicas del autor) cuyo carácter teratológico es manifiesto, en cuanto ese otro es presentado igualmente como un doble de sí mismo: "Nos revelamos como dobles". En Freud, la experiencia del doble atañe a otras coordenadas, indicadas por el término Unheimlich. Gauchet no habría podido cometer este error de lectura de Freud si hubiese tomado nota del hecho de que, en Lacan, aparecen varios registros de la alteridad –en lo imaginario, el pequeño otro; en lo simbólico, el gran Otro; en lo real, el objeto a–. Hacer del inconsciente un doble de sí mismo es confundir esos registros, es descuidar el análisis, en el sentido de que analizar es distinguir. Gauchet crea una confusión prefreudiana allí donde Lacan proporcionó la distinción.

 

Traducción de Agustín Kripper y Luciano Lutereau (Directores de la Colección Filosofía y Psicoanálisis de Letra Viva Editorial).

_________________

1. ["Conquistador" en castellano en el original. N. de los T.]

2. Hace muy poco, Gauchet ofrecía unas páginas de la revista de la que es el redactor jefe a uno de sus alumnos: Sébastien Dupont, "L’autodestruction du mouvement psychanalytique",

Le Débat, núm. 166, septiembre-octubre de 2011. Véase igualmente, de Marcel Gauchet: "Essai de psychologie contemporaine. I. Un nouvel âge de la personnalité", Le Débat, núm. 99, marzo-abril de 1998 –en adelante denominado I; "Essai de psychologie contemporaine. II. L’Inconscient en redéfinition", Le Débat, núm. 100, mayo-agosto de 1998 –en adelante denominado II; la intervención en la apertura del coloquio "Psychanalyse et transmission. Hommage à Conrad Stein", el 30 de septiembre de 2011.

 

Por lo demás, la idea tan seductora de renovar el análisis, ¿acaso no es falaz? En otras disciplinas, ¿se pasa el tiempo realizando cambios radicales, de arriba abajo (como fue el caso, para el análisis, con Lacan)?

El antropotropismo aplicado al análisis se remonta lejos, a Freud que abrió la posibilidad. Por desgracia, no encuentro la referencia, quizá proveniente de una carta, donde el propio Freud denominaba

Un campo, ¿qué quiere decir? Un campo se define por la elección de algunos objetos de estudio y la exclusión de otros, por una metodología que se supone que le es apropiada, por un conjunto de dispositivos que validan o invalidan los enunciados producidos, por procedimientos de habilitación de quienes producen esos enunciados, por la continuidad de ciertos problemas y, a veces, por la invención de nuevos paradigmas que, en cuanto son recibidos, conducen a considerar de otro modo el conjunto de problemas en marcha hasta entonces, y a admitir otros nuevos.

Se habrán reconocido algunas

Ahora bien, la "psicología contemporánea" de Gauchet ofrece generosamente al análisis tratar objetos que, como el que acaba de evocarse, no son precisamente de su incumbencia. ¿Existe mejor modo de descuidar, sino destruir, el campo freudiano, haciendo estallar sus límites, que ofrecer al análisis semejantes regalos, que son como granadas sin seguro? Así es como al diagnosticar, junto con su alumno Sébastien Dupont, una supuesta "autodestrucción del movimiento psicoanalítico", es más bien el propio Gauchet quien se empeña en poner fin a este movimiento bajo la apariencia de renovarlo.

Individuo, individualismo, individuación, principio de individualidad, figuran entre las palabras clave del antropotropismo. Se deja de lado el hecho de que Lacan haya desechado la noción de individuo, no menos claramente que la de

Gauchet toma el análisis con pinzas. Por un lado, se empeña en destacar que muchas tesis que considera admitidas están superadas, por otro lado, se dirige al análisis sugiriéndole tratar ciertos problemas contemporáneos que propone generosamente como de su incumbencia.

 

¿Antiguallas analíticas?

A propósito de una "reducción del ambiente conflictivo" y una "desdramatización de la vida social" (por no ser antropólogo, no comentaré en detalle estas afirmaciones que pretenden ser descriptivas), la sexualidad habría conocido un "fin de la época represiva"; habría advenido el tiempo de un "florecimiento sexual" (I, p. 166). Es verdad que Gauchet presenta ese florecimiento como una "promoción cultural", lo cual quizá le permite descuidar que cada vez más "delincuentes sexuales" son detenidos en Francia anualmente y, luego, maltratados. Pero, ¿qué aporta este fin de la represión [

 

Otra constatación de una supuesta antigualla del análisis: como el revolucionario, la "neurosis clásica" habría desaparecido (I, p. 166). Un psicoanalista, aunque sea uno solo, ¿habrá recibido alguna vez, aunque sea una sola, una "neurosis clásica"? Puede imaginarse la sorpresa de Conrad Stein, por sólo mencionarlo a él, si alguna vez se le hubiese presentado semejante figura. En el análisis, se trata de los casos de Freud reunidos en los

 

Gauchet constata un "cambio en la socialización": al poner como punto de partida lo singular, dicho de otro modo "una dinámica individualista" (I, p. 168), o incluso una "adherencia a sí mismo" (I, p. 172), se habría largado las amarras de la tradición (y se tiene el derecho, a propósito de este punto, al motivo –ya presente en Lacan en 1938– de un padre que ya no sería para nada el representante de la ley) y así puesto en jaque "la inscripción psíquica de la precedencia de lo social" (I, p. 174). Si parece ya no hacerle ningún lugar, el registro antropológico donde se sitúa semejante constatación no concierne al análisis; al menos, no al que toma en cuenta que el niño nace en baño de lenguaje que lo precede y lo determina. El lenguaje es el gran ausente en las afirmaciones de Gauchet; lo evacúan en cuanto se plantea la cuestión de la precedencia según la alternativa social/psíquico. Por lo menos en el análisis, el sujeto no es el individuo, en el sentido de que, sujetado al lenguaje, "no está organizado en lo más profundo de su ser por la precedencia de lo social" (I, p. 177). La alteridad, según Gauchet, no es propia del lenguaje, lo cual le permite no ver en la "relación con el otro" más que una relación "con otros" (se permanece así en la precedencia de lo social – I, p. 180) o bien notar que la identificación no poseería "validez antropológica". Pero, ¿qué identificación? Una identificación con "situaciones", con "modelos culturales" (I, p. 179). Esto nunca se dice, pero se trata de una psicología social, no del análisis. Así es que no advierte que su identificación con situaciones, lejos de ser simplemente algo ya no actual, es precisamente lo que se encuentra en algunos, a quienes se tilda de paranoicos, en el defecto y como sustituto precario de la identificación imaginaria del estadio del espejo.

 

 
 
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