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   El porvenir del Psicoanálisis

El Psicoanálisis, por venir
  Por Néstor Braunstein
   
 
Todos sabemos de la importancia de una coma en un sintagma. Sigamos el ejemplo de Lacan cuando escribió: “El psicoanálisis, didáctico”. La ruptura, comatosa diría, en la continuidad de la frase ponía de manifiesto que si el psicoanálisis no es didáctico, ni psicoanálisis es. En la concepción de Lacan el psicoanálisis es la práctica que habilita para el ejercicio del oficio y es la cátedra donde la disciplina se enseña. Por eso un psicoanálisis, el psicoanálisis, no puede ser otra cosa que didáctico.

Ahora, aquí, hic et nunc, México, 2011, decimos “El psicoanálisis, por venir”. No escamoteamos un dejo de provocación: el psicoanálisis no ha llegado, el psicoanálisis está siempre “por venir”, como Maurice Blanchot cuando hablaba del libro o Jacques Derrida cuando se refería a la justicia o a la democracia: son siempre “por venir”. El psicoanálisis es, literalmente, un programa, está por escribirse. Pero, tal vez, aquello que resulta más banal y también más llamativo en este “psicoanálisis, por venir” se vincula con la llamada “crisis del psicoanálisis” que se proclama desde hace décadas y cada vez de manera más estrepitosa en los medios de difusión de masas y que hace estragos en las propias filas de nuestra disciplina llevando a algunos a la búsqueda de compromisos y de transacciones con el saber dominante, a querer hacerse reconocer en los términos mismos planteados por quienes no aceptan nuestras tesis fundamentales que siguen siendo las del inconsciente y las de la sexualidad, es decir, las del goce pulsional. ¿Tiene aun “por venir” el psicoanálisis o es –según muchas evidencias parecen exhibirlo, según tantos se empeñan en cacarearlo– un modo declinante de pensar, un residuo de viejos tiempos, una disciplina salida de ciertos sabios maestros del siglo XX a los que sólo cabe repetir, y de manera empobrecida, a modo de catecismo, en el siglo XXI?

Es común que se nos acuse de ser anacrónicos y de no tener alternativas válidas que ofrecer ante el empuje de las nuevas formas de organización de la vida política y de la subjetividad en estos tiempos en que la cultura está dominada por la técnica. ¿Es así? ¿Se mantienen nuestro pensamiento, nuestra práctica, nuestra doctrina, al ritmo de la historia? Y si así no fuese, ¿no deberíamos preguntarnos por las oportunidades perdidas, por los signos que dejamos pasar inadvertidos, por nuestra propia responsabilidad frente a la crisis que se nos enrostra?

Es verdad que, junto a los altavoces del apocalipsis y la declinación del psicoanálisis, abundan también las denegaciones de colegas que nos dicen que no pasa nada nuevo, que el psicoanálisis estuvo siempre amenazado de disolución y de liquidación, que nada hay que cambiar en nuestras posiciones cuando constatamos el desarrollo histórico de las sociedades gobernadas por la técnica, etc. ¿Nada distinto tenemos que elaborar cuando un Foucault nos advierte del pasaje de las sociedades de soberanía, obedientes al amo clásico a las sociedades de disciplina que responden al amo capitalista y cuando un Deleuze nos advierte que también esas sociedades de disciplina son las que están dejando de ser por el advenimiento de un nuevo tipo de sociedad, la sociedad de control, que obedece a los requerimientos anónimos de una organización tecnocrática, de lo que he llamado el “hombriguero” que parece ser nuestro destino?
Es verdad que hay quienes insisten en decir que nada hay de nuevo: “Business as usual”. Nos adormecen con la cantinela de que esta “ideología de la declinación” es tan vieja como el psicoanálisis mismo al que siempre acompañó en su ya no corta historia, que las estructuras son perennes, indiferentes a los cambios empíricos y a la lista de situaciones “nuevas” que crece y se expande. Rechazan –yo creo que con razón– que exista un “nuevo sujeto” o una “nueva economía psíquica” o “nuevas enfermedades del alma”, vinculadas a los cambios y a las nuevas formas del malestar en la cultura. Pero es necesario aclarar: nada hay de nuevo… a la vez que todo cambia; todo cambia, quizás, para que todo siga igual. Scott Fitzgerald dio la definición, a mi modo de ver más interesante de la inteligencia, cuando afirmó que consistía en mantener al mismo tiempo dos líneas de pensamiento contradictorias. Creo que “entender”, inteligir, es apreciar lo permanente en lo nuevo y lo nuevo en lo que subsiste del pasado. Criticar a la vez la tesis de que todo es novedoso y la contraria de que nada hay de nuevo y que sólo cambian las formas.

Otros nos advertirán que la crisis es una manifestación del progreso y no tenemos por qué preocuparnos. Veamos los datos y tratemos de configurar un expediente. Lacan, en una entrevista dada a la periodista italiana Emilia Granzotto en 1974 –que no fue publicada sino 30 años después–, descalificaba como “historias” estas advertencias sobre la crisis. Sostuvo entonces que para hablar de un agotamiento del paradigma psicoanalítico debiera haberse llegado hasta los bordes, hasta los límites, y que él veía mucho por hacer y por descubrir tanto en la práctica como en la doctrina. Era cierto, pero, al igual que Freud y que cualquier otro, no podía prever lo que sucedería después de su muerte. Pongámonos en situación: 1974, noviembre. Lacan impartía las clases de su seminario XXII, R.S.I., aun inédito, y estaba impulsado, como siempre, por la prisa para dar lugar a nuevas formalizaciones de su pensamiento. En ese momento, hoy podemos verlo, estaba cerrando la vía que había inaugurado unos años antes, la del matema expresado en grafos. Para él se anunciaba una era inagotable de descubrimientos por la vía que había iniciado hacía ya cinco años: la de la topología. Al cerrar su seminario 1974-1975 exclamaba, lleno de esperanzas, que hasta entonces se había limitado al 1-2-3 de lo R.S.I., pero que en el año siguiente se dedicaría al 4-5-6. Conocemos la continuación. Confesó que el 4-5-6 era de una complejidad que lo excedía y que no hubiera podido colmar su ambición así que se dedicaría solamente al 4, al síntoma. No discutiremos aquí el valor de sus avances en el seminario XXIII: ya lo hicimos y por extenso en otros textos. Planteamos que, aun cuando ni él mismo se diese cuenta, había desarrollado ese 4-5-6 en los años, justamente, 1974, 1975 y 1976, 4, 5 y 6.

En esos tiempos hubo un cambio en la guardia de quienes lo acompañaban en el trabajo teórico: pasó de los matemas y sus colaboradores (Miller, Allouch, Milner, Regnault, Badiou, el valioso grupo de Cahiers pour l’analyse) a los topólogos, en una carrera en pos de la abolición del sentido, en una búsqueda de una formalización que resistiría al tiempo y a las traducciones, en una transmisibilidad del psicoanálisis que encontraría su garantía en la experiencia del pase elevado a la categoría de principio organizador de la institución analítica. Sabemos del naufragio de la empresa. Aunque haya aun amigos empeñados en la vía topológica (René Lew, J.-M. Vappereau), ésta ha demostrado su esterilidad clínica, filosófica y doctrinaria. Coincidimos con Jean Allouch en señalar esta perplejidad frente al extravío de Lacan cuando se acercaba a los 80 y –aunque él no lo confiese con claridad–, con el propio J.-A. Miller. Debemos confesar que la topología no ha representado un progreso en nuestro discurso y en nuestra práctica fuera de los modelos, planteados ya en 1960, de la banda de Moebius y la botella de Klein. En cuanto a los matemas, los famosos matemas: ¿sabe alguien de un adelanto visible habido por esa vía en los últimos 40 años?

Para que un partido político tenga representación en el Reichstag, el parlamento alemán, es necesario que tenga un 5 % de votos en su favor. ¿Puede alguien decirme, en los 30 años que conmemoramos de la muerte de Lacan, puede alguien mencionar una propuesta clínica o teórica que concite la aprobación del 5 % de los analistas, no digamos en general, sino entre los mismos lacanianos, para reducir el marco de la investigación? ¿Podemos decir que los lacanianos leemos lo que proponen los colegas en nuestro propio campo? (salvo excepciones entre las que espero contarme). Creo que no; hablamos de la escucha analítica pero no nos escuchamos a nosotros mismos. Si leemos lo que se publica, ¿encontramos otra cosa que citas de los dos grandes maestros y, en el mejor de los casos, las de nuestros amigos y correligionarios institucionales?

Lacan decía en la citada entrevista que Freud no podría pasar de moda pues aun no se lo había terminado de entender ¿Se ha progresado desde 1974 en la comprensión de lo que Freud dijo y quiso decir? Lamentablemente a Lacan los años lo alcanzaron y no tuvo tiempo para seguir empalmando sus contribuciones. Por fortuna, sin embargo, algo nuevo surgió en nuestro terreno pero eso no vino de los practicantes del psicoanálisis encerrados en sus instituciones endogámicas sino de los “amigos” del psicoanálisis: los literatos, filósofos, pensadores en general desde una perspectiva que llamaré postlacaniana, muchas veces discrepante, y daré sus nombres sin que ello implique adhesión acrítica a sus postulados: Derrida (primero y antes que ninguno), también Milner, Badiou, iek, Copjec y Butler, Blanchot y Agamben, Foucault, Deleuze y Barthes mientras pudieron.

¿Crisis del psicoanálisis? Sí, pero no de las que indican una mayor riqueza. De una disciplina en crecimiento cabe esperar que viva en crisis, en medio de agrias polémicas sobre los avances que se proclaman, en una expansión (¡ojo! no masificación) de su presencia en la cultura, en una profundización rigurosa de su práctica experimental, en el hecho de ser buscada como interlocutora por los animadores de los campos vecinos. Pero la crisis del psicoanálisis ¿no se traduce por el contrario en una retracción, en un constante rumiar mascullador de citas que hacen las veces más de passwords que de portadoras de información. ¡Cuántas veces hemos sentido que quien las formula lo hace más para ser identificado como miembro de la comunidad que para promover un nuevo camino al pensamiento!

Lacan en 1974 podía decir que no se estaba lejos aun de encontrar el límite de las comarcas abiertas a la exploración. ¿Cómo podía él –cargado de proyectos como estaba– saber que justamente estaba llegando a su apogeo y que era labor de sus sucesores la de establecer nuevos límites y ampliar las fronteras del discurso analítico? Sin embargo, él tenía la premonición de que algo nuevo se perfilaba en el mundo y que ese algo conspiraba contra el discurso del psicoanálisis. También en Italia, poco antes, en 1972, había dicho en una conferencia pública: “En verdad, creo que no se hablará del psicoanalista en la descendencia, si puedo decir, de mi discurso… de mi discurso analítico. Algo diferente aparecerá que, desde luego, deberá mantener la posición del semblante, pero de todos modos será… se llamará quizás el discurso PS. Un PS y después una T, eso estará por otra parte, totalmente de acuerdo al modo en que se enuncia lo que Freud veía de la importación del discurso psicoanalítico a los Estados Unidos… eso será el discurso PST. Agreguen una E, eso da PESTE. Un discurso que sería por fin verdaderamente apestoso, totalmente consagrado, en fin, al servicio del discurso capitalista. Eso podrá, quizás, un día, servir para algo si, por cierto, no se desbarata antes todo el tinglado”.

Es con ese discurso PS o PST (¿post? - postcapitalista, postmoderno, postindustrial) o PESTE, apestoso, que hoy nos encontramos confrontados y de él depende nuestra posibilidad de soñar, no con el porvenir del psicoanálsis, sino con ese psicoanálisis, siempre por venir, que tomará en cuenta que las estructuras son impermeables a los caprichos del tiempo pero que la historia cambia los términos y los modos de presentación.

El psicoanálisis, no el de ahora que, según dijimos, no existe fuera de la promesa, el que está por venir, no depende del decir de Lacan o de Freud sino de nuestra manera de enfrentar los cambios que se producen en la sociedad tecnocientífica en la que nos toca vivir. Esta época no es la de las sociedades de soberanía a las que respondía el análisis freudiano ni la época de las sociedades disciplinarias que encontraban su contrapartida subversiva en el análisis que surge de la enseñanza de Lacan. Estamos en los albores de una nueva organización, de lo que Deleuze, con toda exactitud, llamó “sociedades de control”. No hay tiempo para los largos desarrollos que exige este planteo. En el plano del saber, la ciencia tiende a reconocer como válido aquello que puede registrarse digitalmente y a excluir lo que procede del pensamiento, creando una dicotomía fatal para la humanidad entera: o el cálculo o el pensamiento. Lacan y, antes que él, Heidegger, eran concientes de este chantaje tecnológico. Heidegger ponía sus esperanzas evocando un verso de Hölderlin acerca de lo que redime (das Rettende) en medio del peligro. Lacan sostenía su propio discurso, el del psicoanálisis, pero avizoraba los tiempos por venir, los de una radicalización del capitalismo, los de un nuevo discurso pestilente.

El obstáculo epistemológico con el que tropezamos en este momento de la historia del psicoanálisis, lo que bloquea al psicoanálisis por venir, está en nosotros mismos y se relaciona con un modo de pensar las estructuras como invariables históricas. Parecemos olvidar que Lacan mismo nos enseñó que, como en 1968, “las estructuras bajan por las calles”, como si no hubiera sido sensible a la marcha de la historia, como si no hubiese señalado la diferencia que hay entre el amo clásico y el amo capitalista, como si no hubiera indicado que el discurso analítico es “el último en aparecer” y el que permite la puesta en su sitio de los otros tres, como si no hubiese insistido en la emergencia de una nueva manera de organización discursiva a la que llamó “discurso de la ciencia”, como si no hubiese previsto incluso la transitoriedad de su propio discurso amenazado tanto por la religión como por la ciencia y que daría lugar a una esta forma discursiva, hoy en vías de concreción, que es el discurso que llamó PS, PST, PESTE y que nosotros proponemos llamar “discurso de los mercados”. Es la tercera vicisitud del amo después del amo clásico (con su pareja, el esclavo) y del amo capitalista (con su pareja, el proletario).

Mi tesis, que hubiera querido poder trabajar detalladamente pero que debo resumir dadas las constricciones temporales que he aceptado, es que en los tiempos actuales el discurso del psicoanálisis, el por venir, depende de reconocer que este discurso nuestro es la alternativa válida, la única, a ese discurso de los mercados, cuyo agente son los semblantes del objeto a, el que fundamenta y se extiende en las sociedades de control. Este argumento ya fue desarrollado en mis seminarios en la UNAM y pude exponerlo extensamente en un libro que aparecerá este mismo año con el título de El inconsciente, los servomecanismos y el discurso capitalista (en México, Siglo Veintiuno).
Creo que ha llegado el momento de concluir o, en otras palabras, el momento de comenzar. De seguir comenzando el psicoanálisis que falta, el por venir.

Nota: este escrito se corresponde con la Conferencia presentada en la Casa Museo León Trotsky, México D. F., agosto de 2011. En www.imagoagenda.com se publicará una versión ampliada del presente material.
 
 
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