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   El porvenir del Psicoanálisis

El porvenir del goce
  Por Liliana Donzis
   
 
Hace un tiempo un lúcido estudiante de medicina argumentó algunas ideas sobre el psicoanálisis y me desafío a responderle. Él sostenía que en un futuro no muy lejano la importancia terapéutica que le concedemos a la asociación libre y a la palabra perderá peso ante las nuevas técnicas conductuales destinadas a corregir las atipias del individuo mediante entrenamientos conductuales, cognitivos y concientes. Según su razonamiento estas técnicas sepultarán al psicoanálisis como práctica, y nuestros maestros Freud y Lacan se convertirían en nombres olvidados.

Agradezco el desafío al que me sometió, pues aún con un cierto matiz de ingenuidad, y por esa misma razón, sus inquietudes no dejaron de suscitar mis reflexiones.
Comenzamos a dialogar con mi interlocutor sobre los infortunados destinos del psicoanálisis según lo presagiaban sus agoreras predicciones.
¿Podrá llegar la ocasión en que la escritura que el inconsciente escribe en su decir no encuentre lector? ¿Qué acontecería si solo restara para hombres, mujeres y niños un mañana robótico?
Pudimos respondernos, en aquel momento, que lo real sacudiría de todos modos la completud imaginaria de ese sueño infantil, carente al mismo tiempo de angustia.

Alguien, en ese mundo feliz, deseará tomar la palabra para decir algo de un sufrimiento, querrá salir de la prisión del consumo, le dolerá la vida sin amor, la angustia aflorará entre toma y toma del fármaco. En un solo instante advertimos que el goce particular del inconsciente volverá a sacudir al individuo demarcando su valor de sujeto.

“¿Para qué sirve un psicoanálisis? si alguien ‘se mete’, se va a producir algo más, que tendrá que ver con un movimiento en relación con un sufrimiento… Podrá servir, en todo caso, para situarse de otro modo, para que se sufra de otra manera, para que se tome nota de que allí, donde se sufre, sucede algo más…”1
Como corolario de esa breve conversación surgió que la existencia del goce, de los goces indicarán y balizarán el porvenir. No se trata que la disciplina a secas perdure, de eso no hay dudas, sino lo que importa es que el inconsciente como dimensión ética esté en juego.
No hay modo de imaginar un mundo humano sin lenguaje, sin sexo y sin los enigmas de la muerte. No hay modo de asimilar el síntoma a las tecnologías del yo y la conducta.

Nuestro joven interlocutor, aunque no muy convencido, comentó finalmente que aunque nadie recuerde a los maestros del psicoanálisis, cada uno de ellos retornará en sus enseñanzas y en los pliegues de la práctica clínica y reflexiva, y tal vez a partir de ella, reinventemos el psicoanálisis.
Extraigo de este breve comentario que los destinos de nuestra práctica están en la piel que habitamos, en cómo nach con el sufrimiento, el goce, el cuerpo y el síntoma.

El abuso del consumo de mercancías que tratan de taponar la falta que el objeto a propone, los cambios que las nuevas coordenadas tecnológicas conllevan, las implicancias sociales y subjetivas de los diferentes modos de asunción sexual, así como también las neoparentalidades, entre otros impactos epocales, acentúan la importancia del discurso que aporta el psicoanálisis ya que puede destrabar la universalización del problema subrayando lo particular y lo singular del sujeto frente a estas cuestiones.

La pregunta por el porvenir fue formulada por Freud y no cesa de interrogarnos en estos más de cien años de práctica analítica siendo tratada según lo acuciante de cada tiempo. Por ejemplo, la ideología y las variantes sociales alcanzaron en Argentina el rango de índices conceptuales en el intento de dar sentido al porvenir al incluirse conceptualmente en la teoría y la clínica incidiendo tanto en la cura como en la vida institucional, recordaremos que estas ideas fueron determinantes para los grupos denominados “Plataforma” y “Documento”, que estaban constituidos por analistas que se desprendieron de la IPA argentina en la década del setenta, y que entre sus expositores deseo destacar a nuestros brillantes colegas Marie Langer, Fernando Ulloa y Tato Pavlovsky entre otros.

También podemos recordar otras corrientes de diversa raigambre teórica que incidieron en la historia del psicoanálisis.
Como corolario de un porvenir que ya es pasado podemos observar que cada Escuela e institución marcó a fuego la dirección de la cura, así como también la hipótesis del final del análisis y la formación del analista.
El analista y sus instituciones están inmersos en la cultura y es válido cernir en el malestar de la civilización algo de lo real. Precisamente no fueron pocos los psicoanalistas argentinos comprometidos con la atención en instancias hospitalarias, en organismos de Derechos Humanos, etc. Al mismo tiempo que leemos lo legible del síntoma tanto en sus avances como en sus tropiezos.

Volver al futuro no es sin el nachtraglich freudiano, en el a posteriori se sitúa y esclarece la anterioridad.
Volvemos a un futuro que no está asegurado ni garantizado y que si va más allá de la ilusión dependerá de lo real, “este advenimiento –de lo real– no depende para nada del psicoanalista”.2

No obstante, nos cabe a los psicoanalistas la responsabilidad por la política como cuestión crucial de la clínica y la transmisión. Decir que el analista se funda en un análisis, implica que éste pasó éticamente por la experiencia del inconsciente. El porvenir del psicoanálisis se realiza en el acto del analista que lo caracteriza e instituye.
Quien ocupa el lugar del analista, quien tiene ese deseo de autorizarse a ocupar el lugar del objeto a, no está exento de los efectos del cuerpo, del sexo y del fantasma.

No hay garantías de la suspensión y la abstención de goce. El analista no siempre es santo hombre, sinthome, su lugar también concierne al resto y a la escoria. Ahora bien, no es del mismo tenor estar advertido del fantasma permitiendo al analista instituirse en la transferencia que el acontecimiento real de su emergencia como consistencia que resiste. En esta paradojal tensión entre cuerpo y fantasma, entre síntoma, cuerpo y goce se sitúa la fuente de los efectos del análisis del analista. Pagar con el ser es una de las caras de la abstención de goce en las que se soporta el acto analítico. Acto que no es sin cuerpo pero se trata de otro cuerpo. Por estas razones, a las que se pueden agregar algunas otras, la práctica del psicoanálisis es ajena a las denominadas políticas del cuerpo en las que el trazo unario como marca hace fraternidad en la masa, en los que el cuerpo está colectivizado y al mismo tiempo segregado de otros colectivos. Cada uno es para esas posiciones uno más de un conjunto anónimo y concentracionario. Por ejemplo, cada niño singular se transforma en uno más de los ADD, Asperger, Tourette.

Es esa perspectiva que el cuerpo resulta más apto para su desaparición subjetiva y puede estar destinado a la regulación y control social, esa mirada del cuerpo se opone a la singularidad del sujeto que interesa a nuestra praxis. El analista no hace juego con ese sistema sino que hace juego con el significante.
Volver al futuro en psicoanálisis concierne a la responsabilidad, en el sentido del respondere, tanto en la formación del analista como en su política.
La autorización del analista es un tema de difícil resolución, requiere situar la diferencia, que no es sutil, entre la suficiencia anticipada y aquello que entendemos por la autorización, de lui meme y ante algunos otros. Campo complejo ya que la formación no obedece a estándares institucionales y en este punto Lacan partió aguas. En la práctica cotidiana nos enfrentamos con más de una dificultad en relación al mercado del saber en el que la enseñanza se ofrece como un saber completo, o como siendo portada por un padre idealizado dueño del saber que impide u obstaculiza que en la transmisión opere la castración. El ideal del discurso único y los consejos para ser un buen analista están a la orden del día.

Enseñanza y transmisión no son sinónimos, por ende no contamos con respuestas únicas sobre el porvenir del psicoanálisis ni contamos con fórmulas únicas sobre la formación y los finales de análisis, estos recorren caminos singulares.
En un sentido amplio la enseñanza del psicoanálisis y la formación del analista requieren de políticas que estén atravesadas por la castración. En consecuencia, no hay política sin ética si de psicoanálisis se trata. En este caso efectivamente tomamos la razón del síntoma, en el tropiezo del decir, en el malentendido estructural por la cual la transferencia se sitúa como el único poder pero poder agujereado.

El poder de la regulación social es de otra estofa y de otra esfera así como también es otro orden discursivo.
No hay relación entre la política entendida como la interacción entre los hombres y la política del psicoanálisis: política del síntoma.
No se trata de entender la política como una vía para alcanzar las metas diseñadas y definidas por el Estado, asociación y otros conjuntos o colectivos, ni de estrategias y modos de acción coherentes para alcanzar los fines propuestos.

No todo entra en lo simbólico, lo real se pone en cruz, hace obstáculo y nos embarra los pies.
El psicoanálisis encuentra entre sus razones que la palabra es poderosa y tiene consecuencias, tal vez por esa misma razón es resistida. La resistencia es al discurso, en el discurso y en ocasiones conlleva también la resistencia del analista.
Es deseable que la política del psicoanálisis tenga como horizonte el acto analítico y la transmisión. Estamos comprometidos en ello, ese es el por-venir y depende de que lo real insista.

Asimismo la transmisión de su discurso se especifica en una ética de la que surge también su política y la artesanía que anuda el savoir y faire del analista con la pulsión, también cuando esta recae en el tejido del lazo social.
El relanzamiento en la estructura de las lógicas colectivas depende, cada vez, de la transformación de goce que irrumpe en el fantasma.
Según mi criterio el psicoanálisis sigue siendo subversivo en la cultura de nuestro tiempo, se enfrenta a los imperativos de las nuevas modalidades del discurso del amo y del consumo, aporta un saber que no es cuantificable, que no es universal, es un saber de lo particular que apunta a lo singular. El psicoanálisis no es una concepción del mundo, por el contrario escribe en la falla estructural, contingentemente en lo real, las marcas del encuentro y en las lógicas colectivas conlleva enlaces que pueden propiciar la diversidad y la rotación de los discursos.

Es así que el saber en el lugar de la verdad que el discurso del analista sitúa está lejos de sostener una estrategia de poder social ya que el poder de la transferencia está sustentado por un poder agujereado, tal como lo exprese anteriormente. La política entendida como medio para un fin se encuentra también subvertida.

El psicoanálisis aporta a la cultura la subversión del sujeto cartesiano, conlleva asimismo distinciones con la dialéctica del amo y el esclavo y se diferencia con cualquier otra posición que defina al sujeto como una esfera. Acordamos con Lacan que el discurso del analista es un despertar, un relámpago de lo real que ha repercutido en la cultura y la perfora produciendo nuevas escrituras en lo real. Su porvenir se enraíza en el acto del analista.
Hoy no caben dudas de su incidencia y efectos.
Fulgor del despertar que acota el goce, instante fugaz que deviene ocaso reorientándose nuevamente al sentido.
El psicoanálisis nos enseña que la castración comporta un límite que toca al conjunto de los parletres, de su política surge la chance de que se escriba el acto entre jirones, huecos y letras.

Notas
1. Jorge Fukelman, extraído de Conversaciones con Jorge Fukelman. Libro de P. de Gainza y M.J. Lares. Lúmen, Serie Roja.
2. Jacques Lacan. “La tercera”, en Intervenciones y Textos 2. Manantial, Pág. 73.
 
 
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