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   El porvenir del Psicoanálisis

Psicoanálisis futuro: ¿inutilidad esencial o magia modesta?
  Por Rubén Zukerfeld
   
 
“Bartleby […] nos muestra esa inutilidad esencial que es una de las cotidianas ironías del universo”.
J. L. Borges

Bartleby o “preferiría no hacerlo”. La breve novela de Herman Melville (1853) Bartleby, el escribiente, plantea la historia de un rehusamiento que se expresa en una fórmula reiterada: “preferiría no hacerlo”, forma con la que el copista Bartleby responde a los pedidos del abogado de Wall Street que lo contrata en su despacho. Esta novela ha sido analizada por diversos autores y disciplinas. Deleuze (2000) plantea que Bartleby copia sin cesar y rechaza siete veces las distintas demandas de cambio de actitud generando –con su fórmula agramatical limitante y paradojal– perplejidad en el abogado, pero también cierta imitación en los otros copistas. La historia continúa con el amanuense instalado en la oficina, la exasperación que produce y finalmente con Bartleby rehusando cualquier ayuda, dejándose morir de hambre en soledad y en la cárcel. Hay, en esta historia, un primer momento de subversión, de cambio en las reglas del copiar maquinalmente, que, luego, deviene en una rutina entre necia y extraña con un profundo aislamiento y deterioro final. Julio Moreno (2010:117) afirma que “[…] lo que hace el escribiente Bartleby con su fórmula reiterada, ¿no es una fina ironía de Melville al mundo maquinal copiador que puede matar el valor de lo auténtico y de lo original?” Borges (1979:5) –en el prólogo de la obra que él mismo tradujo– señala la soledad que transmite el personaje quien además de obrar contra toda lógica “obliga a los demás a ser sus cómplices” y nos muestra la existencia de “una inutilidad esencial”. Este oxímoron borgeano, resulta –a mi modo de ver– una metáfora fecunda para pensar cómo un descubrimiento y un método derivado que revolucionó a la ciencia –el psicoanálisis– podría quedar reducido a un aporte más a la historia de la filosofía o de la literatura, con un valor esencial indudable para la cultura, pero con una inutilidad preocupante en su valor terapéutico.

Psicoanálisis y preferencias. La pregunta sobre el psicoanálisis futuro, obliga a pensar cómo una teoría y una práctica subversivas en su origen, con un apogeo en el Río de la Plata en los ’60 y ’70, han perdido, hoy en día, parte de su valor terapéutico y de interpelador de la cultura. Existen –según creo– dos grandes problemas que provienen de “preferencias” que conviene estudiar para reflexionar acerca del porvenir del psicoanálisis:

a) Problemas del pluralismo y la identidad o “preferiría no traducir”.
El psicoanálisis ha influido notablemente sobre la cultura y la subjetividad contemporáneas: todas las producciones culturales han sido durante cien años conmovidas por sus descubrimientos. Pero como señala André Green (2005:100) con precisión:
“[…] la vocación universalista del psicoanálisis freudiano no lo dispensa de prestar atención a lo que ocurre puertas adentro, antes de lanzar un mensaje general que termine jaqueado por las diferencias culturales registradas en el seno de la comunidad psicoanalítica”.

Esto quiere decir que existe una comunidad y una cultura psicoanalíticas que entendemos como las producciones diversas de los psicoanalistas de distintas regiones e ideologías, sus vínculos, sus costumbres y sus instituciones, gran parte de las cuales devinieron en lo que se conoce como “movimiento psicoanalítico”. Hoy en día se observa cierto detrimento del poder transformador del psicoanálisis y es sorprendente que cien años después se siga utilizando exhortativamente la noción de movimiento, que en su inicio ya era criticada por uno de sus fundadores. Así es que Ernest Jones (1954) en su famosa biografía de Freud, refiriéndose al nacimiento de la Asociación Psicoanalítica Internacional, de la cual participó, escribe que: “[…] en esos años [1910] se inició lo que se dio en llamar el ‘movimiento psicoanalítico’, nombre este no muy feliz, pero empleado a la vez por amigos y enemigos” (Jones, 1954:79, la cursiva es mía).
Por otra parte, es conocido que el momento fundacional estuvo plagado de rencillas entre los primeros grupos de psicoanalistas como queda expresado en la carta que Freud envía a Ferenczi el 10 de Agosto de 1910, después del Congreso de Nüremberg de Marzo de 1910, que Jones (1954: 82) transcribe:
“Las relaciones personales entre la gente de Zurich son más satisfactorias que la de aquí en Viena, donde se hace forzoso preguntarse a menudo qué se ha hecho de la influencia ennoblecedora que el psicoanálisis ejerce sobre sus partidarios Con el reichstag de Nüremberg se cierra la infancia de nuestro movimiento; esa es mi impresión. Ahora tengo la esperanza de una juventud esplendorosa y feliz.”
Esta expectativa de juventud “esplendorosa y feliz” atravesó muchas vicisitudes hasta instalarse en la cultura del siglo XX y en su madurez debe enfrentarse con los desafíos del siglo XXI. Pero, como marca de nacimiento de su propia constitución, la cultura psicoanalítica se desarrolló plena de rupturas y fragmentaciones que en las últimas décadas fueron caracterizadas como pluralismo. Su aspecto loable es la valoración de la diversidad, pero el rasgo preocupante del llamado pluralismo es devenir en una suerte de racionalización benévola para aludir a una fragmentación abarcada por una “causa” común y vehiculizada a través de un “movimiento” (Zukerfeld & Zonis Zukerfeld, 2010).

Según la investigación histórica de Baños Orellana (2001), Max Eitingon –quien presidió dieciocho años la Comisión Didáctica Internacional, fijando los standards de todas las asociaciones– no tenía suficiente práctica clínica. Su importante influencia en el círculo alrededor de Freud provenía de su actividad económica-administrativa y de su actitud reverencial hacia el maestro, y no de sus aportes científicos. Sin embargo a partir de aquí se desarrolla la “causa” que al tener un sesgo evangelizante en realidad favoreció las rupturas y le hizo perder algo de su “influencia ennoblecedora” y poder revolucionario dentro de la cultura contemporánea. Esta es una situación que ha evolucionado, pero ha quedado un remanente de fragmentación babélica que se intenta resolver, a veces, con hegemonías que se atribuyen ser el “verdadero” psicoanálisis. Creo que el problema consiste en la dificultad de traducir el pensamiento propio y el de los otros en el sentido de Ricoeur y de Steiner quienes revisitando el mito de Babel, plantean que no hay allí un castigo divino sino una apuesta ética en el sentido de una obligación de traducir para comprender. Bajo el lema “comprender es traducir”, Ricoeur (2004) señala que “[…] ninguna lengua universal puede lograr la reconstrucción de la diversidad indefinible”. La diversidad existe al punto tal que en realidad “hay algo extranjero en todo otro” y además con “[…] otras definiciones, reformulamos, explicamos, buscamos decir lo mismo de otra manera”. Esto implica un proceso de traducción intrínseco a la comunicación humana, cuyo efecto es comprender el pensamiento del otro. Pero si los psicoanalistas y sus instituciones prefieren no hacerlo y, de hecho, aplastar la diversidad con la fragmentación sin traducción o con el dogma del “verdadero psicoanálisis”, el porvenir del mismo se torna oscuro.

b) Problemas de la interdisciplina y la investigación o “preferiría no investigar”.
La formación en los institutos psicoanalíticos se supone que está destinada a entrenar a los analistas para responder a lo que la clínica les plantea y para ello es necesario desarrollar otras convicciones además de la de la existencia de lo inconsciente. Es sabido que para la actividad asistencial se necesita aquella convicción que se obtendría, en principio, del propio análisis, pero también de encontrar la relación satisfactoria entre lo propuesto por el método y la actividad clínica real. Ricardo Bernardi (1993:70) señala que: “[…] tal vez uno de los cambios más sutiles pero penetrantes qué están teniendo lugar en el psicoanálisis actual, es que la teoría está abandonando su preocupación por lo que el psicoanálisis debe ser, para investigar y describir como realmente es”. (La cursiva es mía)

Y lo que “realmente es” sucede en los consultorios y en las instituciones. Es aquí donde se plantea un punto crucial cuando lo que se hace está muy lejos de lo que dicen los textos que debería hacerse. Es sabido que hoy en día un analista se encuentra con demandas y procesos que son producto de traumas sociales, crisis globales, nuevas formas cibernéticas de comunicación, diversidades sexuales, neo parentalidades y, en general, de las nuevas formas de presentación clínica. ¿Qué grado de seguridad otorgan los textos psicoanalíticos clásicos para la comprensión de estas condiciones epocales y las del futuro próximo? En una carta del 7 de Octubre de 1917 dirigida a Lou Andreas Salomé, Freud (1917:82) escribe: “[…] Como usted sabe, en mi trabajo he sacrificado, sin el menor reparo y tanto como he podido, la unidad, la integridad y el sentimiento de satisfacción intelectual exclusivamente por la seguridad”. (La cursiva es mía)
¿Qué significa ésto en el Freud que, para esta época, ya había desarrollado un sólido cuerpo teórico y que ya había fundado la Asociación Psicoanalítica Internacional? Se trata, a mi modo de ver, de lo que todo investigador busca más temprano o más tarde: seguridad sobre lo descubierto, sobre el grado de verdad de lo hallado. Estas son las condiciones necesarias para la legitimación de una práctica en su pasaje del contexto de descubrimiento al de justificación. Es sabido que el propio análisis, la experiencia clínica, las supervisiones, las lecturas y los intercambios generan convicciones que se recrean permanentemente y brindan seguridad identitaria, es decir, el bienestar propio del que siente que está realizando un buen trabajo. Pero la seguridad sobre lo descubierto implica contrastación y recién allí se obtiene seguridad epistémica y apertura a nuevos interrogantes. La seguridad identitaria se refiere a una persuasión interior sobre el conocimiento adquirido, que brinda sensación de pertenencia y sostiene la autoestima.

Pero sentir seguridad identitaria no es lo mismo que alcanzar seguridad epistémica, imprescindible en el ámbito donde la práctica psicoanalítica está pensada como una actividad terapéutica y se expone a la evaluación de sus procesos y resultados. Es decir que no basta con afirmar que lo que se hace es en esencia psicoanalítico y por lo tanto es terapéuticamente útil. Aquí es necesaria la investigación sistemática e interdiscipinaria con sus reglas y limitaciones y con la posibilidad de dialogar con otras disciplinas y encontrar otras miradas a los problemas que se plantean. Se trata, en realidad, de sostener una actitud científica que significa sencillamente un pensamiento crítico en un campo particularmente complejo. Pero si los psicoanalistas y sus instituciones prefieren no hacerlo y de hecho preservar identidades con certezas autovalidadas o que provienen de la palabra de algún Maestro, el porvenir del psicoanálisis se torna nuevamente oscuro.


Reflexiones finales: sobre una magia modesta

Mi hermano Pedro es mujeriego; yo milito en las Brigadas pro Moralidad y Familia […] Él se considera mago […] Un día apareció con una cabrita blanca […] y lo ví con la cabrita en brazos […] me aseguró que su cabra no era un animal, sino una persona, una señorita hecha y derecha […] me dije que tenía que velar por la salud mental de mi hermano […] y lo encontré sentado al borde de la cama abrazando a una señorita que por las facciones de su rostro recordaba una cabra.
Adolfo Bioy Casares, Una Magia modesta, 1997

El psicoanálisis nace de/en la moral victoriana y varios de sus efectos en historias singulares de mujeres a las que se les paralizaban misteriosamente las piernas, de hombres que no podían detener pensamientos absurdos o de niños que padecían temores inexplicables. Consecuencias conocidas hoy en día como producciones del inconsciente reprimido, que en su época eran extrañas o enigmáticas. Freud prefirió investigar e intentar traducir aquellas manifestaciones y crea el psicoanálisis, es decir un método de investigación y terapéutico cuya acción por la palabra produjo en aquellos sufrientes efectos mágicos, de una magia que no poseía la espectacularidad de la hipnosis y su efímera duración, sino que iba acompañada de un proceso en un vínculo particular. Y más tarde prefirió modificar aspectos de la teoría y del método a partir de los nuevos desafíos clínicos, donde se encontraban otros pacientes y otros enigmas. Ese proceso implicó nuevas traducciones con la intención científica y ética de comprender al otro y hacerse comprender por el otro, núcleo duro de toda disciplina que se sustente sobre una mínima base racional. Por otra parte, si no se investiga no hay producción de conocimiento sino repeticiones más o menos sofisticadas, y el psicoanálisis no debería quedar en manos de amanuenses investidos del poder de definir y conducir su práctica. Necesita de esa combinación particular de poesía y ciencia que entiendo como –magia modesta–. Magia, porque implica creatividad y transformación por fuera de cierta racionalidad; modesta, porque requiere trabajo y hacerse inteligible. Se trata de una combinación íntima de invención y disciplina, de alejarse de la realidad y, a la vez, ser realista. Luis Verés (1998) en su comentario sobre el cuento de Bioy Casares –que lleva ese título– señala: “[…] la preocupación metafísica sirve al personaje para situarse ante un interrogante. Lo fantástico sitúa a los personajes frente a cuestionamientos que sirven para demostrar sus personalidades […] Bioy nos descubre el absurdo de la vida cotidiana mediante una ruptura de la ley causal de la acción y el mimetismo de la realidad, y a su vez, una técnica realista que sucumbe ante lo inverosímil nos sume en un estado de inquietud que suena a magia”.

El psicoanálisis se ha ocupado constantemente de los “absurdos de la vida cotidiana”. Hoy en día se debe ocupar de interrogantes epocales, diferentes a los de la era victoriana y a los de las posguerras europeas. Si se prefiere ensimismarse en sus esencias corre el riesgo de autoinutilizarse; si prefiere la modestia de nutrirse y nutrir a otras disciplinas puede construir otro siglo de desarrollos. Se trata, entonces, de elegir entre la patética tenacidad mortífera de Bartleby y su inutilidad esencial, o la erótica convicción del mago Pedro que transformaba –modestamente– cabras en señoritas.

Bibliografía
Baños Orellana, J. (2001) “Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis”. Imago Agenda Nº 49, Mayo, www.imagoagenda.com.
Bernardi, R. [1993] “La focalización en Psicoanálisis”. En Psicoterapia Focal Montevideo: Roca Viva, 1995.
Bioy Casares, A. (1997) Una magia modesta. Buenos Aires: Temas Grupo Editorial, pp.111-112.
Borges, J. L. (1979) Prólogo de Bartleby, el escribiente. Buenos Aires: La Biblioteca de Babel. Ediciones Librería La Ciudad, 1979.
Deleuze, G. (2000) Bartleby o la fórmula. En Preferiría no hacerlo. Bartleby el escribiente, Barcelona: Editorial Pre-Textos.
Freud, S. [1887-1902] “Correspondencia con Fliess”. Los orígenes del psicoanálisis, AE, I , 1950.
— — [1917]. Carta del 7 de Octubre de 1917. En Freud Andreas Salomé Correspondencia (p.82). México DF: Siglo XXI Editores. 1968.
Green, A. (2005) La causalidad psíquica. Entre naturaleza y cultura. Buenos Aires: Amorrortu, p.100.
Jones, E. [1954] Vida y obra de Sigmund Freud, Tomo II, Buenos Aires: Editorial Nova-APA, 1960, pp. 89-72.
Melville, H. [1853] Bartleby, el escribiente.(traducción de Jorge Luis Borges). Buenos Aires: La Biblioteca de Babel. Ediciones Librería La Ciudad, 1979.
Moreno, J. (2010)Tiempo y trauma: continuidades rotas. Buenos Aires: Lugar Editorial. p.117.
Ricoeur, P. [2004] Sobre la traducción. Buenos Aires: Paidós, 2005.
Veres, L. (1998) Comentario sobre Una magia modesta. Psikeba, Revista de psicoanálisis y estudios culturales. http://www.ucm.es/info/especulo/numero10/bioy.html.
Zukerfeld, R. y Zonis Zukerfeld, R. (2010) Sobre la cultura psicoanalítica: alegato por un pluralismo riguroso. Premio Especial Creación de la IPA (1919-2010) “Cien Años de Psicoanálisis: Subjetivación y Cultura” APA-Octubre 2010. Revista de Psicoanálisis, LXVIII, 2/3,257-282
 
 
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