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   Saber de la historia

La seducción del origen - Tercera entrega
  Karl Abraham y la filosofía política
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. En esta tercera entrega se trata, una vez más, de un ensayo de genética textual: esto es, iluminar según qué leyes y mecanismos los elementos de un discurso se suceden y se generan unos a otros. Proceder de ese modo implica ciertamente echar por la borda una epistemología realista. La historiografía oficial del psicoanálisis –y no hago aquí distingos entre freudianos y lacanianos– ha utilizado, sobre todo para relatar los inicios del pensamiento de Freud, la peor forma de realismo: una que no se reconoce como tal. El episodio de la teoría de la seducción supone para ese realismo un escollo embarazoso: decir que en el inicio Freud tomaba por verdaderos los relatos de seducciones es, cuando menos, una ingenuidad, sobre todo si esa afirmación no se acompaña de la explicación de por qué misterioso motivo a partir de 1897 los pacientes dejaron de lado su obstinación por ubicar en atentados sexuales infantiles el origen de su malestar. Es hora de que muchos psicoanalistas dejen de creer en su Neurótica.

DOS. En la segunda entrega vimos que en un comienzo la teoría de la seducción ubicaba a las nodrizas y niñeras como las responsables de los atentados sexuales. Luego, a fines de 1896, y de manera abrupta, Freud afirma que en realidad el padre debe ser el seductor en todos los casos, y emite tal proposición incluso cuando en los ejemplos que cita en sus cartas ello no se demuestra… En tal sentido, sería necesario explicar, primero, el motivo por el cual ese progenitor ingresa con esa función en el decir freudiano, y segundo, qué estatuto adquiere el padre en ese razonamiento. Respecto del primer punto, esperamos poner a prueba en otra ocasión una hipótesis que se lleva bien con las fuentes: la teoría de la seducción –y también el Edipo– fue antes que nada una conjetura que, recalando en la determinación familiar de toda enfermedad, quería hacer las veces de reemplazo del determinismo hereditario que Freud acaba de abandonar. Su nueva noción le servía para explicar con otro lenguaje una fenomenología que permanecía incuestionada: las afecciones “son un asunto de familia”. En este breve escrito quisiéramos ocuparnos rápidamente del segundo elemento. Sobre todo para subrayar un punto que se suele pasar por alto. La teoría de la seducción descansó en sus inicios en la premisa del carácter asexuado del cuerpo infantil: la sexualidad le venía de afuera, bajo la forma de un ataque traumático. De a poco, el niño es portador de impulsos y fantasías, pero ambos son aún efectos o productos de los recuerdos de atentados (carta del 2 de mayo de 1897). El paso decisivo parece darse en el manuscrito N, que acompaña la carta del 31 de mayo de ese mismo año. Aquí Freud se pregunta por la posibilidad de que los impulsos surjan de fantasías, pero esa posibilidad sería en realidad posterior a un primer momento, en el cual tanto los impulsos como las fantasías son ramificaciones de recuerdos. Empero, lo esencial está en el comienzo de ese manuscrito, en el apartado “Impulsos”. Se trata de la primera ocasión en que, bajo la pluma de Freud, hace su emergencia un impulso del niño dirigido a sus progenitores: “Los impulsos hostiles hacia los padres (deseo de que mueran) son también un elemento integrante de la neurosis. (…) Parece como si este deseo de muerte en los hijos varones se volviera contra el padre, y en las hijas mujeres, contra la madre” (p. 268)1. Esa última aclaración alcanza para que los editores de la correspondencia estampen sobre ese fragmento el título más honorífico: se trataría de la primera referencia al Edipo. Ello es falso: la primera referencia se ubica en la carta del 15 de octubre de ese año. De hecho, más que leer el fragmento del 31 de mayo por el lado de cuanto le falta para nombrar directamente al Edipo, es menestar tomarlo por el sesgo de su literalidad: en ese entonces no se trata de Edipo, por la sencilla razón de que no hay atisbo aún de amor por algún progenitor. Y se me concederá que ese amor no es un detalle menor de la escena edípica. El primer impulso a los padres que el texto de Freud atribuye al niño es de muerte. El primer padre fantasmático freudiano –si es que dejamos de lado al padre seductor, que era estrictamente de la realidad– es un padre odiado. Aquí echamos mano a la genética textual: dado que los padres eran hasta entonces culpables de varias cosas (de no proteger a los niños de las seducciones de las nodrizas, o de abusar directamente de ellos), ¿sorprenderá que apenas se conceda al niño el derecho de poseer un impulso, éste sea de muerte hacia sus progenitores? ¿Primera referencia a las fantasías retaliativas?

TRES. Por una vez demos la razón a Freud. En su escrito histórico de 1914, dice: “La última palabra en cuanto a la etiología traumática la dijo después Abraham, cuando señaló que precisamente la especificidad de la constitución sexual del niño es propicia para provocar vivencias sexuales de un tipo determinado, vale decir, traumas”. Alude a uno de los primeros escritos del psicoanalista berlinés: “La experimentación de traumas sexuales como una forma de actividad sexual”2. Luego de los trabajos freudianos de 1896, ese paper de Abraham es sin lugar a dudas la fuente más importante del archivo de la seducción. Pone un cierre definitivo a la redistribución de la responsabilidad que había operado el Edipo, pues afirma: no es que los neuróticos estén enfermos porque en su infancia experimentaron traumas sexuales, sino que padecieron esos ataques porque eran neuróticos; dada su constitución sexual anormal, estaban apremiados a satisfacer impulsos sexuales y masoquistas imperiosos, y por ello incitaban tales traumas, o se exponían con facilidad a ellos. Pero sobre todo vuelve a disolver el protagonismo de los padres: reintroduce aparentemente la dimensión política de la interacción, pues se trata una vez más de cuerpos infantiles –esta vez los reales responsables– que quedan sometidos a los ataques de adultos que no pertenecen a la familia sanguínea (vecinos, obreros, vagabundos). Al igual que en la primera seducción freudiana, los padres brillan por su ausencia. Pero la sangre reingresa con más fuerza aún: Freud lo había hecho vía la paternización y edipización de la escena; Abraham, mediante un mecanismo retrógrado: ese “deseo de trauma” responde a una “constitución”, incluso a lo que él llama una diatesis trauamatofílica.
________________
1. La cita prosigue de la siguiente forma: “Una muchacha de servicio hace desde ahí la trasferencia de desear la muerte de su patrona para que el señor pueda casarse con ella (Observador sueño de Lisel [niñera en casa de Freud] con relación a Martha y a mí)”. No podemos más que reenviar a la segunda entrega: cada vez que la “escena familiar” sufre alguna alteración, cada vez que se mueven sus piezas, ese discurso se ve en la obligación de re-localizar a esas figuras domésticas que poco antes regían todo el entramado. Por otro lado, el propio Freud nos recuerda que los impulsos mortíferos entre domésticos y patrones eran de ida y vuelta… Recordemos una de las cadenas asociativas del análisis del sueño de la “inyección a Irma”, de La interpretación de los sueños: “Este licor despedía tal olor a aguardiente barato, amílico, que me negué a probarlo. Mi mujer opinó que se lo obsequiásemos al personal de servicio, pero yo, más precavido, se lo prohibí con la observación humanitaria de que tampoco ellos tenían por qué envenenarse”.
2. Aparecido en 1907 en alemán, y recopilado luego en los Selected Papers of Karl Abraham (London, Hogarth Press, 1927); hemos trabajado a partir de esta última versión.
 
 
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