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   Psicoanálisis y Filosofía

«Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» 1 (Segunda parte)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
“La objeción, la travesura, la desconfianza jovial, el gusto por la burla son indicios de salud: todo lo incondicional pertenece a la patología.”
(Nietzsche, “Más allá del Bien y del Mal”).

Introducción

“Todo principiante en psicoanálisis – indicaba Freud en 1914 – teme principalmente las dificultades que han de suscitarle la interpretación de las ocurrencias del paciente y la reproducción de lo reprimido. Pero no tarda en comprobar que tales dificultades significaban muy poco en comparación de las que surgen luego en el manejo de la transferencia.”2 (subrayado mío). ¿Cómo pensar esta aseveración freudiana si, acaso, nos atrevemos a realizar una lectura de la misma que no dé por sentado que ya sabemos de qué se trata, en el sentido de una “obviedad”? Estimo que aquello que Freud introduce aquí está lejos de serlo y, podríamos decir que, tanto lo que sigue como la Primera parte de esta colaboración, pueden tomarse como un desarrollo de esta contundente afirmación.

1
En nuestra entrega anterior, veníamos situando determinada cuestiones tendientes a discriminar algo de lo atinente a la posición de nos los lectores-pensadores, para quienes la práctica analítica reviste algún interés. En este sentido, precisábamos cierto distingo en el que ubicábamos, por un lado, una posición ligada a la creencia en un Otro-que-sabe de modo irrevocable, posición de supeditación a la verdad del Otro cuyas consecuencias no son sino las de generar parálisis e inhibición en lo tocante a cierta producción subjetiva. Por otro lado, hubimos de situar, en cuanto que alejada de este modalidad, otra distinta: una modalidad singularizante y excéntrica, referida más bien al orden de la lectura como una lectura (y no como LA lectura). Esta segunda posición, plantea la cuestión del resto que se sustrae al Saber y es una aportación a la crítica del sentido común, es decir, de lo consensuado en el orden de cierto discurso. Plantea Jacques Lacan, en su Seminario destinado a la cuestión de Las Psicosis: “La comunicación desinteresada, en última instancia, no es sino un testimonio fallido, o sea, algo sobre lo cual todo el mundo está de acuerdo. Todos saben que ese el ideal de la transmisión de conocimiento. Todo el pensar de la comunidad científica está basado en la posibilidad de una comunicación cuyo término se zanja en una experiencia respecto a la cual todo el mundo puede estar de acuerdo.” 3

El psicoanálisis es una Institución, es decir algo que tiene que ver con el Hombre en tanto que, el Hombre, habla. Los efectos de sentido como sentido compartido y alienante - significación común: s(A) - están implicados en el uso del lenguaje, que tiene justamente como una de sus aristas introducir cierta comunidad imaginaria: “Yo soy el otro”. Esta faceta del lenguaje es lo que el análisis devela como anulando la posibilidad de oír un poco más allá, es decir, como la inercia objetivante que obstaculiza la dimensión de la palabra verdadera (“plena”, “libre”), o sea, esa palabra que subjetiva en el punto en el que introduce una hiancia en la “exhaustividad” de la trama de enunciados que hacen del Otro una totalidad coherente y sin fisuras.

Tal como lo afirma Irene Friedenthal, en su clásico Descubrir el psicoanálisis: “Freud concibió el psicoanálisis como una disciplina (…) que desata los lazos que encadenan a un ser hablante a un discurso compartido que le provoca sufrimiento.”4 No obstante, el psicoanálisis, como Institución del Hombre, también está involucrado en esa fantasmagoría que conlleva el significante en sus efectos imaginarios. Aquí es donde se introduce un punto más que interesante ya que nos lleva a pensar en la cuestión de la “transmisión”, de la “grupalidad” y de la “formación” analíticas. Estamos metiéndonos – el lector y yo - en temas que, estimo, son harto complejos y probablemente muchas cosas hayan sido dichas a éste respecto. Pero esto no creo que sea condición suficiente como para amedrentarnos y detener nuestra indagación: todo lo contrario. Se trata de esbozar un abordaje crítico de este campo que nos interesa (el analítico), revalorizando – como ya fue dicho en la entrega anterior – la subversión freudiana y el espíritu de su creación.

2
Recuerdo una anécdota interesante de cuando asistía a un grupo de estudio que organizaba un “Magister en psicoanálisis”. Una vez, luego de salir de una de nuestras un poco silentes reuniones, cierta asistente al grupo, también estudiante de los últimos años de la Licenciatura en Psicología (al igual que yo en esa época), me comentaba su preocupación en relación a la formación en psicoanálisis, nostálgico intercambio de palabras cuya semejanza con el que Freud nos cuenta en “Lo perecedero” (1915) amerita ser subrayada. Su sensación estaba estrictamente referida a lo siguiente: que ya estaba todo dicho. Insatisfacción, disconformidad, etc., pasiones interesantes, indicativas, desde luego. Siempre y cuando se las ponga a trabajar, considero. La cuestión es que, posteriormente, durante uno de los encuentros, hube de compartirle mi primer nota publicada, la cual versaba sobre justamente psicoanálisis. A las semanas, recuerdo haberle preguntado si había podido leerla y qué le había parecido. Su respuesta, acompañada de una risita ingenua, fue que… “no”. La lente a cuyo través esta jovencita veía el campo analítico no daba lugar a lo nuevo y esto tenía efectos concretos, constatables. Ella no leía sino a “autores con-sagrados”. Por lo demás, creo que esta pequeña historieta resulta de interés para señalar la complicidad – la satisfacción - del sujeto en aquello respecto de lo que se queja.

No es casual, pensando las cosas en estos términos, que por ejemplo en el ambiente universitario (aunque no sólo en este ámbito, desde ya) comiencen a proliferar personajes infernales, malignos, “soberbios”, “hijos de…”, etc., que vengan a fortalecer estas versiones propias de los creyentes. Lo que siempre se destaca en la confesión del “estudiante” promedio es que estos tipos, no obstante… saben. Bien.

3

“Intento establecer el más difícil ideal del filósofo. El saber, no importa nada. El sabio es el animal de rebaño del conocimiento, que investiga porque se lo ordenan y se lo enseñan.”
(Nietzsche, “La voluntad de poder”)

¿O será quizá que lo infernal es el Saber? “There is something rotten in Denmark” – sospechaba Hamlet ¿Se tratará menos de suponerle saber al otro que de suponerle un otro al Saber, poniéndose el énfasis, de esta manera, en la “autonomía de la dimensión dialéctica”6 ? Dice Friedenthal, en la obra ya citada: “Podremos decir retroactivamente que hubo un pronunciamiento del superyó cuando lo que alguien dijo fue escuchado como mandato, o como saber que incita, que intima a acercarse a un ideal de perfección. No conocemos las intenciones de quien emitió una palabra que se transformó en orden. El poder de ordenar es poder atribuido al otro, independientemente de que el otro haya deseado o no emitir un mandato. La palabra no es referencial, no designa a un otro necesariamente autoritario, sino que fabrica seres a los que se enviste de autoridad.” 7

Nosotros, los incomprensibles… ¿No habrá acaso, para nosotros, otro modo de pensar, de leer, de investigar, de producir, que no necesariamente sea agotador, trillado, reiterativo, objetivante; en definitiva, que no nos empequeñezca? ¿No habrá acaso, para nosotros, otras melodías menos mortuorias, menos cansinas, menos tristes, débiles y empobrecidas; en suma, menos garantidas y por eso, más vitales, crueles, fuertes, inclusive despiadadas con respecto a lo común, a lo admitido, a lo ya-dicho? Ésta es la apuesta y el pensamiento de Nietzsche, considero, se inscribe precisamente en esta dirección «intempestiva». Intempestiva, irreverente, incómoda, etc., no tanto en el sentido ideológico que muchas veces suele dársele al decir de los pensadores críticos, pauperizando la potencia de sus enunciados, haciendo una escuelita de “criticones” o de “maestros de la sospecha” – prestos siempre a señalar en el jardín del otro aquello que jamás estarían dispuestos a reconocer en sus propias flores. No. Orientación polémica, ante todo, con uno mismo y, precisamente por esta salvedad, no tanto ideológica, moral, etc., como ética.

¿Cuál sería, entonces, ese otro modo de hacer “ciencia” – en un sentido amplio, desde luego -, de articular cierto “saber”, de construir “conocimiento”, de producir una “verdad”, etc.? Este interrogante nos lleva a pensar en la categoría nietzscheana de «espíritu libre» [Freigeister]. ¿De qué se trata, pues? El «espíritu libre», tal como lo señala Enrique López Castellón, es “un ser que se desprende de todo lo que le es ajeno para descubrir y conquistar con decisión la más radical autonomía.”8 Es decir, el «espíritu libre» se vincula con la cuestión de la renuncia, de la prescindencia en relación al saber del Otro - o al Otro del saber, como quiera llamárselo.

Desde luego, esta “libertad” no debe concebirse como “autonomía del ego”. Nada más alejado. Sabemos que la presunta concreción de la autonomía del ego respecto de los diferentes “vasallajes”, en clave lacaniana, no significa más que la alienación al otro, ya que el yo no es real (una luna) sino una construcción imaginaria hecha precisamente en función de esa imagen especular con la cual el sujeto se identifica (cautivación). Cuando hablamos de “libertad” del “espíritu”, está en juego, más bien, un proceso de des-identificación. ¿En qué sentido? En el sentido en el que, el «espíritu libre», es aquel que se sustrae de los ideales del Otro y atenta, en cierto modo, contra el sostenimiento mismo de su ontología (que es una ontología alienada y alienante). De allí, por lo demás, la ineluctable emergencia de la angustia [Angst], ya que la misma no es sino el «vértigo» que emerge en el punto en el cual el Hombre se confronta con la liviandad de su ego y con la profundidad incalculable de su vitalidad, que se abre más allá de los espejos.

Dice el autor recién citado: “Su dolor [el dolor del «espíritu libre»] es tanto más intenso cuanto que aquello sobre lo que lanza sus sospechas no es sólo lo que otros admiran y veneran, sino lo que él ha venido hasta entonces amando y respetando. Ello hace que el desprendimiento de Nietzsche sea extremadamente doloroso.” «Desprendimiento»: caen las rocas que conformaban el ingente Palacio del Saber Ajeno. Caen del cuerpo: a él sujetaban. El cuerpo, ahora «vivo», camina perplejo, aturdido, inundado por un «vértigo» sin igual. Es el afecto efecto del «quizá…» [Vielleicht]

Los «alegres sapientes» son aquellos que se abstienen de consumir nefastamente fórmulas prefabricadas y lenitivas, mitos tonificantes, ficciones somníferas, ilusiones analgésicas; en última instancia, todo lo que constituye y/o que viene a sostener en su consistencia al Otro de la demanda. Elucubraciones sicalípticas diversas que atentan contra la Vida, por cuanto, ennegrecen, nublan, atrofian el corazón del Hombre que busca superarse a sí-mismo. Paralizan la transformación subjetiva seduciendo astutamente el deseo, en tanto este está comprometido en cierta forma con el goce (a nivel del fantasma).

La vertiente más imaginarizada del deseo, en el campo psicoanalítico, nos introduce a la cuestión del deseo como deseo del otro (así, con minúscula), plano de la rivalidad especular en donde lo fundamental está dado por el “objeto del deseo”. Pero los desarrollos posteriores de Lacan, nos permiten ir más allá de esta versión del deseo y, de este modo, nos ponen de cara a la cuestión del deseo como deseo del Otro, con mayúsculas. Lo interesante aquí se produce, principalmente, a nivel del objeto: es allí a donde se introduce una variación importantísima. ¿Por qué? Anteriormente hablábamos de «desprendimiento» para referirnos al corte del «espíritu libre» con lo admitido por él mismo como valioso, incuestionable, verdadero, intocable. Pues bien, en efecto, «desprendimiento» es una posible traducción del término francés “détachement” (“desasimiento”) que Lacan utiliza para referirse a lo que él llama lo “absoluto” de la condición del deseo - y que opone a lo “incondicional” de la demanda (en tanto demanda de amor)11. Se trata de un pasaje, podríamos decir, del poder del Otro a la potencia del objeto en cuanto que singularizante.

El objeto singularizante implica la separación del Otro completo en la medida en que es, precisamente, lo que le falta, lo que se sustrae al Saber. Esta apertura a la in-calculabilidad, estimo, es fundamental en lo atinente a la posición del analista y la misma es impensable en términos de lo que podría ser una “transmisión desinteresada” (ideal cientista, académico, universitario). La ciencia jovial se inscribe precisamente en el sentido de una lectura original que posibilite a cada cual no tener que adecuarse irrestrictamente a lo ya enunciado: no todo está nombrado - ésta es la posición de Lacan su “retorno a Freud”.
Estas últimas puntuaciones nos llevarán, por un lado, a ahondar en la Spaltung entre deseo y demanda y, por otro, a seguir indagando en la cuestión de “lo jovial” nietzscheano en términos psicoanalíticos. Nos aproximaremos, de este modo, tanto a la temática del “Humor” así como a una de las máscaras más letales de la pulsión de muerte: el superyó.

1- “Una incomprensibilidad fundamental”.
2- Freud, S. (1914); “Observaciones sobre ´el amor de transferencia´”.
3- Lacan, J.; “El Otro y La Psicosis” en El Seminario, Libro 3, Las psicosis (1955-56). Paidós, Buenos Aires, 2007. Clase III, Punto 3, Pág. 60.
4- Friedenthal, I.; Descubrir el psicoanálisis, Ed. Grama, Buenos Aires, 2004. Pág. 14.
5- Dice Freud en “Las resistencias contra el psicoanálisis” (1924): “El lactante sostenido por el brazo de su nodriza que se aparta sollozando de una cara extraña; el creyente que inicia el nuevo año con una oración, y que saluda, bendiciéndolos, los primeros frutos del estío; el aldeano que se niega a comprar una guadaña si no lleva la marca de fábrica familiar a sus antecesores: he aquí tres situaciones cuya discrepancia es manifiesta y que parecería acertado reducir a motivos particulares para cada una. Sin embargo, sería injusto ignorar, lo que tienen de común. En los tres casos se trata de un mismo displacer, que en el niño halla expresión elemental y primitiva, en el creyente aparece artificiosamente elaborado, para el aldeano se convierte en motivo de una decisión. Pero la fuente de este displacer es el esfuerzo que lo nuevo exige a la vida anímica, el desgaste psíquico que le impone, su concomitante inseguridad exacerbada hasta la angustiosa expectativa.” (subrayado mío).
6- Lacan, J.; Op. cit., Pág. 38.
7- Friedenthal, I.; op. cit. El subrayado es nuestro, exceptuando la palabra “atribuido”, que se haya destacada en el original.
8- López Castellón, E.; “La alegría de saber” en López Castellón, E. y Quesada, J. [Eds.] Nietzsche bifronte, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid, 2005. Pág. 52.
9- Lacan, J.; “Introducción del Gran Otro” en El Seminario, Libro 2, El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Paidós, Buenos Aires, 2007. Clase XIX.
10- López Castellón, E.; op. cit.
 
 
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