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   Psicoanálisis y Cine

Lo Unheimlich
  Por Claudia Zaiczik
   
 

"La belleza no es sino el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar”1
El primer plano de una oreja no nos produce el más mínimo sobresalto, pero si esa misma  oreja la vemos separada de la cabeza y tirada en el pasto, nos resulta escalofriante; lo intolerable es que haya sido capaz de ser cortada.
Los cinéfilos saben a qué película pertenece esta memorable escena; sí, se trata de Terciopelo azul2 , una de las mejores obras del incomparable David Lynch.                                                                                                  
Nunca lo siniestro alcanza tanto brillo como en los sueños de angustia, las alucinaciones visuales y el cine; lo oculto se de-vela y aparece en pantalla gigante. ¿Cuál es el placer que sentimos con las películas donde lo ominoso nos envuelve y en la oscuridad de la sala lo inesperado nos hace saltar del asiento? Es simple: nada mejor para olvidarnos de nuestros propios monstruos, que ver a otros luchando con los suyos; aunque por otro lado percibimos que son todos muy parecidos entre sí.
Las películas de terror de todas las épocas no se han privado de servirse de muñecos de cera, muertos que se levantan,  manos que salen de pronto de abajo de la tierra. Locos, sonámbulos y zombies invadieron las pantallas.

Difícil olvidar a las dos hermanas vestidas igual sonriendo en las escaleras del Gran Hotel deshabitado de El resplandor3 y al niñito recorriendo con su triciclo a toda velocidad los pasillos alfombrados. La habitación 237 (en la que no se sabía qué había dentro) el laberinto de ligustrina y la cara de Jack Nicholson pegándole hachazos a la puerta del lugar donde se refugiaban su mujer y su hijo, pasarán a la historia. El genio de Kubrick creó esta película inquietante que muestra, como en todo cuento de terror, que lo siniestro es lo familiar volviéndose extraño, el mal no viniendo de afuera sino encarnado por aquel que tanto conocemos.

El silencio, la quietud y la calma son utilizados como el momento que sólo nos anticipa la inminencia de lo terrible. La música hace lo suyo acompañando esos instantes donde todo está por suceder.
Nada más aterrador que un ente invisible, una mancha que repta, una habitación oscura, una puerta que se entreabre.

Freud decía que en el corazón de todo aquello que nos resulta siniestro reposan miedos infantiles. Los cuentos tradicionales apuntan siempre a aquellos temas que atraen a los chicos a la vez que les produce repulsión y terror. ¿No pensamos la infancia como el momento de máximo desamparo y mínimo recurso frente a la demanda del Otro? Es por eso no nos resulta difícil entender porqué en esa etapa de la vida se necesitan bordes claros, límites definidos que dibujen una realidad asimilable. Comprendemos por qué a los chicos no les gusta lo ambiguo y nos preguntan: ¿está vivo o muerto, es bueno o es malo, pasó de verdad o lo imaginó? Pero también es cierto que gozan de ese instante de terror donde la pregunta aún sigue abierta. ¿Cómo no pensar que en la infancia se originó el miedo de ser abandonado? o de perderse y no encontrar la salida, que es peor aún, es  ser abandonado en un lugar del que quizá no podamos salir. Lo que no se explica con la razón, lo que no entendemos, lo que nos conecta con la finitud y la castración, nos resulta siniestro. Pero también puede ser unheimlich la inmediata realización de los deseos, esa casualidad que nos remite a la creencia infantil de que nos pueden leer los pensamientos.

Todo aquello que no sabemos de dónde viene nos asusta: una voz, una luz, una ráfaga de viento.
Volver. El miedo a volver atrás encierra a mi entender, el núcleo de toda experiencia aterradora: volver a la casita de los viejos, volver a ser dependiente, olvidarnos de lo que alguna vez supimos, perder lo que tuvimos. Como si el regreso al vientre materno o a lo inanimado fuera una metáfora de una tentación prohibida, la pulsión de muerte ganando la batalla. La muerte encierra una idea de regreso “del polvo venimos y hacia el polvo vamos”; de una nada hacia otra nada. Por eso queremos ir para adelante, seguir, seguir, no mirar  atrás, que no nos suceda como a Orfeo, que se tentó en mirar el infierno y volvió a perder lo que había recuperado.
El comienzo de Terciopelo azul nos muestra un pueblo tranquilo, seguro, los niños yendo a la escuela, los hombres regando las plantas en jardines repletos de bellas flores, las mujeres en sus hogares. Parece una publicidad de galletitas,  pero tratándose de Lynch, sabemos que ese mundo  plácido está por estallar.
Un señor sufre un ataque y es internado, su hijo Jeffrey tiene que volver de la Universidad para cuidarlo y ocuparse del negocio. Es Jeffrey quien encuentra la oreja tirada, la envuelve y se la lleva al inspector de policía para que investigue. La curiosidad del muchacho lo lleva a involucrarse con el caso, y sin esperar que la policía haga lo suyo, "juega al detective". Nace una relación entre él y Sandy, la hija del inspector, quien le dice que escuchó que la cantante Dorothy tenía algo que ver en el asunto.

Se hace pasar por un fumigador, entra en el departamento de Dorothy y es allí que descubre un mundo oscuro. Escondido en el placard la ve en una relación sadomasoquista con un hombre; Supone, uniendo algunos cabos, que este ser detestable la somete y la soborna porque tiene cautivos al marido y al hijo de ella ¿Y qué ocurre con esto? Lo horroriza y a la vez lo atrae.
Las escenas que mira escondido, no son fáciles de ver, pero no podríamos retirar la mirada de allí ni un solo segundo. El villano, de pronto llora y balbucea como un niño, se narcotiza respirando dentro de una máscara.  La mujer,  la  supuesta víctima, también deja entrever esa malicia femenina de ostentar lo que sabe, que en un punto, es ella de quien él depende para gozar.
Va a escucharla cantar al night club. La belleza de Dorothy (Isabella Rossellini) cantando el tema musical de la película "blue velvet", vistiendo ese hermoso vestido de terciopelo azúl, lo cautiva y hace pasar inadvertido el ambiente sórdido que la rodea.

Hay dos relaciones paralelas: lo oscuro y lo claro se unen. Sandy, chica de barrio con la que puede soñar casarse y tener hijitos y Dorothy, con quien se involucra en una relación erótica de altísimo voltaje. Pero tampoco la cosa es lineal; la chica buena está tan aburrida de la monotonía, que lo ayuda a él con su jueguito, aunque incluya a "otra". Y está la chica oscura que le pide que le pegue y aunque él se resiste, en soledad se excita con esa fantasía. Ella le muestra que no es sólo objeto de un partenaire perverso, es ella la que ahora “lleva su enfermedad dentro”. Y a pesar de eso se derrite con las demostraciones de ternura que él le brinda.
 Cuando Sandy le pregunta a Jeffrey qué quiere, a donde quiere llegar, le responde que no sabe, que simplemente está viendo algo que siempre estuvo oculto. Resuelve el caso, asistimos al feliz reencuentro de Dorothy con su hijito y a la romántica unión de Jeffrey y Sandy, quien le perdona todo.

Lynch tiene una tensión perfecta entre  lo tenebroso y lo sutil. En una de las últimas escenas, que comienza con un plano de la oreja de Jeffrey, pero bien puesta en su lugar, lo vemos despertarse y comenzar un domingo en familia. La tía y Sandy miran por la ventana a un pajarito, la tía se horroriza cuando lo ve con una lombriz en el pico, y se pregunta ¿Cómo puede comer insectos? Sí, acota Sandy, este es  un mundo muy extraño….
Lo extraño debe permanecer bien separado de lo familiar para que no nos resulte siniestro. Cuando lo terrible está  velado podemos soportarlo, ésta es la función de la belleza, hacer del horror un objeto sublimado.

zaiczik@hotmail.com


1     Rainer María Rilke. Elegías del Duino. 1922
2     David Lynch.USA. 1986
3     Stanley Kubrick. Reino Unido. 1980
 
 
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