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   Violencia de género

Violencia de género, una expresión colonizada y rumiante
  Por Eva Giberti
   
 

Género. Si se menciona el género, en el imaginario social, automáticamente se asocia con alguna forma de violencia, como si la idea de violencia necesariamente debiera continuar a la conceptualización del género1. Como si se tratase de un encadenamiento inevitable, definitivamente engranado en su manera de instalarse social y psíquicamente. Lo que sugiere una concepción homogénea de este tema que polariza al género (hombres, mujeres y transgéneros) y lo ata a las violencias múltiples que enhebra víctimas y victimarios.

Parecería prudente pensar en una resignificación o reconstitución de categorías destinadas al análisis de los diversos procedimientos que las violencias implican, así como al análisis de sus efectos en sus protagonistas. Si continuamos manteniendo la antedicha asociación con distintas semantizaciones, pero con el mismo significado, se arriesga vaciar de contenido aquello que pretendemos describir, explicar y modificar. Esta advertencia no invalida el uso actual de la oposición Género y Violencia, solamente reclamo revisión critica, desde un pensamiento actual, descolonizador. Cuestiono el marco teórico que utilizamos puesto que contamos con varios posibles, cambiantes, que no han sido determinados definitivamente. La dimensión política como unidad de análisis para rastrear novedades y tradiciones en el inagotable y fecundo campo de la violencia de género –contra las mujeres– es la perspectiva y el posicionamiento que el tema reclama.
Sería operativo incluir una mediación perceptual nueva, una interfase entre género y violencia que permitiese el registro del campo víctima/ victimario, (inserta en las múltiples vertientes de la colonización) en oportunidades opacado por la sobreabundancia inclasificable de las violencias.

Interfase que podría recurrir a los aportes de la descolonización del feminismo (inicial y aun el de la segunda ola) conjuntamente con los procesos emancipatorios del pensamiento que los estudios postcoloniales proponen.
Al respecto, estimo que la posición de estas víctimas habitualmente pasivizadas por tratamientos psicológicos o por la indicación familiar/policial de resignadas sumisiones o por parámetros religiosos que instan a la obediencia como identidad de género, debería revisarse.

Historias. La rutina “Violencia de Género” se ha instalado no solo como carta de ciudadanía y performatividad, también como venturosa y prometedora modalidad: cuando en alguna institución se deciden evaluar, mediante comentarios o estadísticas, los temas asociados con el tema en el primer párrafo se postula la advertencia: es imprescindible una perspectiva interdisciplinaria así como respetar los principios de los Derechos Humanos.
Hasta la década del ’80 no se hablaba de violencia de género (en realidad violencias de géneros) exceptuando en los nodos del feminismo. Haber incorporado la idea, globalizada e institucionalizada, constituye una apertura (sin que resulte evidente hacia dónde se abre, quiénes abren y qué escenario miraremos en lo abierto). La perspectiva proyecta un horizonte nuevo que se mueve y se desplaza. Desplazamiento no necesariamente advertido en el nivel de análisis que las teorías proponen, sobre todo porque las violencias entre los géneros acumulan necesidades impostergables, una de ellas el reconocimiento de las víctimas (que la disciplina de la Victimología anunció en décadas anteriores), así como su atención-reparación sumadas a alguna explicación asociada con los motivos que desencadenan los ataques y las victimizaciones. El arranque de tales explicaciones en el mundo de los y las psicoanalistas se ceñía a masoquismo femenino y diversas psicopatologías masculinas.

Junto con las Violencias de Géneros se fueron institucionalizando, progresivamente, los módulos llamados “Asistencia a las Víctimas” –con distintos esquemas según quien aplicara dicha asistencia, pero siempre en una misma dirección: la piedad, o la consideración o el derecho de las victimas– garantizados por la inclusión estatal y la privada de la interdisciplina y los Derechos Humanos garantes de la asistencia mencionada.
Hasta aquí, el beneficio de las víctimas –si se pudiera hablar de “beneficio” para alguien victimizado– ha sido indiscutible. Si se trata de mujeres no quedan solamente a merced del criterio del juez –siempre y cuando se instale una denuncia– sino también de intervenciones de equipos interdisciplinarios de juzgados y hospitales. En sus informes, las citas de los Derechos Humanos sostienen los diagnósticos y avalan la solicitud de intervenciones en favor de la víctima.

Hace treinta años no sucedía de este modo. Si se trataba de violencia familiar también denominada doméstica, acompañábamos a las mujeres como se podía. Solamente se contaba con una guardia hospitalaria sensibilizada o no, y con algún juez conmovido. A pesar de existir una legislación que desde 1994 hablaba de violencia familiar el tema no se enraizaba en las políticas y en las convicciones netamente patriarcales que regulaban las intervenciones clínicas y judiciales. Si se requería la ayuda de la policía, el oficial de turno tenía a su cargo evaluar si esa mujer decía la verdad y, en todo caso, si hubiera sido golpeada, “Bueno, ya sabemos… esas cosas pasan en las parejas. Mejor vuelva a su casa y quédese tranquila, no lo provoque”. En caso de consulta a un juzgado frente a una víctima notoriamente lastimada recibía la orden de caratular “lesiones leves”.
En la década del ’80 las incipientes ONG, convocadas por mujeres que habían sido víctimas ensayaban sus primeros grupos de autoayuda. Hoy en día, el horizonte ilumina un espectro polivalente y multicolor.

Asistencia y supervisiones. La Asistencia a la Víctima se convirtió en un título que puede cobijar profesionales atentos, pero no necesariamente entrenados en los matices de las violencias de géneros y entre los géneros, con frecuencia carentes de una formación que les permita pensar en un punto de partida para intervenir ante una víctima de violencia familiar, (exceptuando los cuadros que han sido preparados mediante alguna carrera de especialización y aquellos que adhirieron a alguna pasantía en hospital)2. Poco probable que dispongan de información referida a la exigencia que actualmente propone la ética de las víctimas.
Los nuevos modelos que se utilizan en las instituciones que se ocupan de violencias de géneros recalan en supervisiones que se caracterizan por su constitución inter y transdisciplinaria. Sería preciso ahondar en la crítica que este modelo a la luz de la actual ecología de los saberes,3 superadora de tales inter y transdisciplinas, cuyas angosturas y cerramientos ensayan atenuarse mediante reuniones que arriesgan cerrar el circuito de lo monocultural; a pesar de la teoría, cada disciplina continúa manteniendo su posición aunque escuche el aporte de un colega de otra área. Es improbable que el equipo trabaje preguntándole a los líderes villeros o barriales cuáles son sus puntos de vista frente al “caso” con el que hay que trabajar. Y es improbable porque en general –con excepción del Programa las Víctimas contra las Violencias–4 la denominada asistencia a la victima es intervención de escritorio. (En una institución está previsto el patrocinio de la víctima en tribunales o sea, en terreno).

Los Equipos –cualquiera sea su pertenencia– se supervisan a partir del criterio de inter o transdiciplina al margen de la ecología de los saberes5, de sus propuestas y sus complejas alternativas. Boaventura Sousa Santos lo define así: “La ecología de saberes es un conjunto de prácticas que promueven una nueva convivencia activa de saberes con el supuesto de que todos ellos, incluyendo el saber científico, se pueden enriquecer en ese diálogo. Implica una amplia gama de acciones de valoración, tanto del conocimiento científico como de otros conocimientos prácticos considerados útiles, compartidos por investigadores, estudiantes y grupos de ciudadanos, sirve de base para la creación de comunidades epistémicas más amplias que convierten a la Universidad en un espacio público de Inter-conocimiento donde los ciudadanos y los grupos sociales pueden intervenir […]”.
Quedan pendientes las angosturas y cerramientos en los que tales inter y trans pueden desembocar.6

Los Derechos Humanos. Las intervenciones en violencias de género apelan a ellos reiteradamente. No sabemos si se recuerda que fueron necesarias décadas de lucha para obtener Derechos Humanos de las mujeres, y sin advertir que a la luz de los estudios postcoloniales han sido consagrados a partir de una idea eurocentrista de “lo humano”7 en busca de un anhelado univesalismo. Fueron consignados de acuerdo con un ethos europeo8 que disoció al mundo en un “nosotros” de donde provenían los conocimientos y las verdades, y los “otros” entre quienes se encontraban los bárbaros y los nativos. (Olvidándose, al mismo tiempo, de sus propias raíces parmenideas y semíticas). No se trata de oponerse a los Derechos Humanos, sino saber de qué estamos hablando cuando los mencionamos como estandarte garantista de lo que se llama Asistencia a las Víctimas. El reconocimiento de identidades locales y el multiculturalismo quizás morigeren la impregnación del ethos europeo, sin ser suficientes y además, instituyentes –como el multiculturalismo– de teorías discutibles.

Desde el cuidado de las víctimas, otro camino autoriza recurrir a la esfera pública9 para reconstruir un universal que atienda al derecho de las víctimas incluyendo la figura determinante del agresor10. De lo contrario sucumbimos en la identidad de LA víctima a la que hay que Asistir, borrando la diferencia entre ella y el atacante. Uno de los problemas más significativos que encontramos quienes trabajamos con este tema reside en la perspectiva “reparatoria” de LA víctima, obviando o postegando las acciones que las víctimas tienen derecho de reclamar al Estado, al ingresar en la esfera pública11. La cual conduce a acompañar a la víctima que lleva impresa la marca del victimario, no es LA víctima sino un sujeto victimizado, que equivale a la existencia de un agresor.

Sumergirse exclusivamente en los artículos de los Derechos Humanos, (sin matizar las diversas perspectivas posibles de cada historial) arriesga desplazarse de una lectura que revisa la concepción matricial universalista desde el ethos europeo de la cual partieron, sin implicar por ello una lectura antiimperialista de su historia.

El universalismo que las declaraciones que estos Derechos convocan reclama el cuidado de las subjetivaciones –y su estatuto relacional– que encontramos en cada historial y que deben ser rescatadas en el informe al juez. Citando a Appadurai12 cuando pensaba en “dos conceptos gemelos hijos del iluminismo, lo universal triunfante y lo particular irreductible”.
La Violencia de Género, enunciada entre nosotros mediante la ley 26485 (2010) nos enfrenta con la colisión que se produce entre quienes acceden al acompañamiento de las víctimas13 ya sea en terreno o detrás de un escritorio de acuerdo a la canónica habitual de otras instituciones. Porque la idea de víctima remite a un ethos que si bien coincide con el europeo cuando asistimos a sus descendientes que habitan las clases altas y medias tiene poco que ver con las culturas barriales y populares pobladas por inmigrantes latinoamericanos y aún con descendientes de europeos culturizados en pobrezas extremas.

En nuestras prácticas creamos un Programa cuyo título –para desesperación del personal administrativo de los ministerios– es Las Víctimas contra las Violencias. En esa proposición, contra, cuya historia desde el Medioevo ocuparía un par de páginas, se concentra la necesaria demanda que esas mujeres deben plantear al Estado reclamando, activamente –pueden hacerlo si se las acompaña a partir de una ética de las víctimas– la sanción del agresor. Así como la estabilización de sus derechos incluidos en los humanos, con una perspectiva política que reoriente a los operadores en la dirección de saber escuchar los discursos que provienen de esas “otras”, lo cual no equivale a “asistirlas” sino a reflexionar ¿con qué cuento para pensar en esta violencia? Conociendo la propia impregnación colonial y las limitaciones de los conocimientos universitarios.
En ese punto de inflexión, ejercicio mayor de modestia académica, se entrecruzan los estudios postcoloniales –dejando a la vista todo aquello que nos enseñaron parcialmente– y las políticas de emancipación intelectual que de ellos derivan. Precisamos una ecología de los saberes capaz de abrir los diques que contienen las culturas del sometimiento, el engaño y el abuso de poder de las que provienen esas “otras”, las víctimas. Paradojal espejo de quienes podríamos estar sometidas, engañadas y victimizadas por el abuso de poder que los claustros universitarios ensayaron en nosotros/as.

Nota de la autora: Coordino un Programa: Las Victimas contra las Violencias, en el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos constituido por 250 profesionales (5 administrativos). Uno de sus equipos, (Violencia Familiar) formado por psicólogos/as trabajadoras/as sociales y un par de policías recibe el llamado telefónico de la víctima solicitando auxilio, al numero 137 (call center los 365 días del año, durante las 24 horas). De acuerdo con la evaluación de las operadoras/es telefónicos (profesionales) se envía el equipo al domicilio de la víctima o persona amenazada (o al hospital si han llamado desde allí). Ingresamos entonces en la escena misma de la violencia y nos hacemos cargo de la víctima a la cual acompañamos a hacer la denuncia y continuamos con su atención hasta dejarla en un lugar seguro, habitualmente con sus hijos/as. Es el único equipo que, en Occidente, funciona con este modelo. El equipo (100 personas con sede en distintas zonas en la Ciudad de Bs. As.) solamente interviene en urgencias y emergencias. Procedemos de este modo desde octubre 2006 y disponemos de las estadísticas correspondientes (11.868 intervenciones domiciliarias hasta noviembre 2011). No queda garantizada la seguridad definitiva de las víctimas que habitualmente regresan con el agresor. Exceptuando aquellas situaciones en las que la causa se judicializa y finaliza en divorcio. Este tema excede las actividades del Programa que solo intervienen para interrumpir el circuito de la violencia, posicionar la denuncia y acompañar a la víctima durante varias semanas mediante el Equipo de Seguimiento.


http://www.facebook.com/Programa Las Víctimas contra las Violencias
Victimascontralasviolencias.blogspot.com
_________________
1. GIBERTI E. “Género y violencia”- Conferencia en el Colegio de Psicólogos de La Plata. Publicado en Página 12 marzo 2008.
2. Esta afirmación está avalada por la convocatoria que durante seis años (marzo 2006 hasta la fecha) realizamos –desde el Ministerio del Interior primero y el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos después– para contratar psicólogos, trabajadores sociales y abogados destinados a formar parte del Programa las Víctimas contra las Violencias que interviene en situaciones de emergencia y urgencia con víctimas de delitos contra la integridad sexual y también violencia familiar.
3. Cada época define una episteme del saber –Foucault mediante–. No es preciso repetir que no existe unidad lograda por un sujeto trascendente o por criterios ordenadores indiscutibles acordes con las pautas teológicas o por declaraciones princeps de cualquier teoría psicológica. Son las prácticas discursivas y las no-discursivas las que conducen a los saberes de una época.
4. En alguna provincia, ciudad y localidad donde las Comisarías de la Mujer disponen de personal policial que concurre al domicilio de la víctima. Podría existir alguna zona donde los psicólogos concurran al domicilio de la víctima para trasladarla, sin que nosotros tengamos conocimiento de ello.
5. SOUSA SANTOS BOAVENTURA (2004): La Universidad en el siglo XXI. Para una reforma democrática y emancipadora de la Universidad. Corporación Viva la Democracia, Bogotá.
6. Me refiero a los que conozco.
7. Resultaría extenso describir la idea de “lo humano” desde esa posición colonialista. Es útil recordar a los pueblos originarios, las personas transgénero y las etnias no-blancas.
8. Revisado en la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea (Niza 2000), pero que aún no modifica los efectos del eurocentrismo en los países emergentes.
9. GIBERTI, E. (2008) “Psicólogos y psicólogas en la esfera pública; circulación y tropiezos”. Página/12, julio.
10. GIBERTI, E.(2011):Conferencia Inaugural, Cátedra Violencia de Género, Universidad Nacional de Misiones, Facultad de Ciencias Humanas y Sociales.
11. Ver pie de página .
12. APPADURAI, A: (2001).La modernidad desbordada. FCE. Ed. Trilce. Bs. As.
13. Programa Las Víctimas contra las Violencias (Ministerio de Justicia y Derechos Humanos).

 
 
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