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   El héroe trágico

Maradona:
  ¿un héroe trágico?
   
  Por Roberto  Harari
   
 
“Ahí” [en la clínica psiquiátrica donde estuvo internado en 2004, en la Provincia de Buenos Aires] “uno se cree Napoleón, otro se cree que es un rey, y yo les digo que soy Diego Maradona y nadie me cree”.
D. A. Maradona,
Página/12, 17/8/2004

“[…] conviene remarcar que si un hombre cualquiera que se cree rey está loco, no lo está menos un rey que se cree rey”.
J. Lacan, Acerca de la causalidad psíquica

I. - Por el hecho de tener psiquismo, todos nos sentimos autorizados a erigirnos en sus árbitros, y todos somos potenciales psicólogos silvestres, cuando no salvajes. Todos, por consecuencia, “estamos en condiciones de opinar”, “estamos en condiciones de creer o de no creer”.
Freud aseveró que la disciplina inventada por su genio hería de muerte, y de modo irremediable, la infatuada soberbia de los humanos, por cuanto cuestiona, en cada uno de nosotros, y en cualquier etapa de la vida, su capacidad de autoconocimiento y de autodeterminación. Lacan, años más tarde, coronaba esa apreciación con una provocación quizás aún mayor: afirmó que la creencia en la libertad constituye el delirio del hombre normal.1 ¡Injurioso, sin ninguna duda! ¿Quién habrá de decirme que me encuentro condicionado y, más aún, “causado” en mi conducta por la acción efectiva de fuerzas ignoradas, si yo me siento libre para pensar y para decidir? ¿No se encuentra allí mismo, con base en esa creencia indubitable, la fuente de la ideología liberal, tan entronizada por la globalización acuñada por Occidente, la cual, para sustentarse, afirma nocionalmente la susodicha autodeterminación electiva del omnisciente “yo fuerte”?
Nuestra clínica psicoanalítica cotidiana nos muestra, de manera sistemática, cómo y cuánto las buenas intenciones siembran, con efectiva y demarcable minuciosidad, el camino del infierno, el camino de la tanática compulsión gozosa a la repetición sufrida.

II. - Valga este pequeño recordatorio para contextuar la tragedia de Diego Maradona. Se trata de un héroe cuya trayectoria vital lo ha ido acercando paulatinamente al encuadramiento característico propio de un héroe trágico. Véase, en ese sentido, cómo coincide la siguiente semblanza inicial postulada por Lacan con la trayectoria personal del ex futbolista: “el héroe de la tragedia participa siempre del aislamiento, está siempre fuera de los límites, siempre a la vanguardia (en flèche) y, en consecuencia, arrancado de la estructura en algún punto”2.
Puntuemos algunas notas referidas a la conformación mítica del héroe. Así, Freud destaca cómo el heroísmo desacredita la muerte, en función de que nada pulsional nos conduce a creer en ella.3 Cabe articular otra precisión freudiana: un héroe “se eleva en el curso de su vida sobre sus bajos comienzos”4 hasta lograr alcanzar la condición de “gran hombre”. Han de destacarse, al respecto, su “autonomía e independencia, […] su divina desprevención, que puede extremarse hasta la falta de miramientos”.5 Es por ello que, a consecuencia de su dificultad atinente a la postergación pulsional, el héroe tenderá a situarse como outlaw, como fuera de la ley, toda vez que surjan impedimentos para llevar adelante los actos congruentes con su mencionada condición de gran hombre.6 Enfrentará, por ende, los poderes constituidos, se someterá a lo que Matamoro denomina “estructura probática”, esto es, el tener que superar pruebas extremadamente complejas, temerarias y excepcionales para lograr –y para revalidar de continuo– su condición a los fines de legitimarse en el rango de elegido. Elegido en cuanto a ser capaz de salir airoso ante las mayores dificultades de la vida. Elegido, también, en tanto hazañoso ser único, apto para desechar las bajezas, las ruindades y las miserabilidades de la vida en pro de dirigir sus especiales energías hacia la obtención de logros socialmente aceptables y, más aún, deseables por todos y para todos los integrantes de su polis.7 Sin duda se trata, en lo probático, de una serie periodizada de rituales de iniciación tendientes a la procura de la obtención del anhelado emblema fálico (siempre precario, siempre amenazado por las reacciones de los poderosos a quienes pone en aprietos el accionar del héroe). Por cierto, en ese emblema habrán de reconocerse y de “amasarse” sus seguidores. Además, asevera Freud que el héroe tiende a ser un sujeto emparentado con el sesgo paranoide reconocible y diagnosticable como “novela de linaje”,8 esto es, la entroncada con el fantema de la novela familiar.9 Pero a tal efecto no se trata, simplemente, de creerse hijo de otros padres, siempre nobles y/o maravillosos, sino también –es de Matamoro la salvedad–10 de acreditar en la circunstancia de considerarse hijo de sí mismo, padre de sí mismo. A nuestro entender este autor logra cernir, de tal forma, el operador conceptual en juego en la respectiva psicologización escrita por O. Rank en 1909, donde todo el afán del héroe radicaría en el destrono del padre, según el estereotipo dictado por el texto del mito edípico.11 También cabe articular al perfil en construcción –siempre al decir de Matamoro– la existencia sistemática de lo que denomina “estructura de viaje”. En efecto el viaje, efectivo o simbólico, constituye un avatar inexorable del héroe, quien lo emprende en procura de obtener una alteridad de sí, de “ser profeta” en otra tierra por cuanto pareciese no alcanzar a poder serlo en la propia. El contacto con él, además, entremezcla lo sagrado y lo tabú, la fascinación y la temerosa y reverencial toma de distancia.

Como conclusión: si se accede con estas claves primordiales –en tanto organizadores de lectura– al libro dictado por Maradona a los periodistas E. Cherquis Bialo y D. Arcucci, y que lleva por título Yo soy El Diego12, podrá verificarse la pertinencia de sindicarlo como un cabal héroe mítico. Ahora bien, ¿por qué, además de héroe, decimos que es un héroe “prometido” a la condición de trágico? Para avanzar otros pasos en el cernimiento de marras articulemos, con Freud, la siguiente dimensión definitoria: el héroe de la tragedia “debe padecer”, debe portar sobre sí la “culpa trágica”.13 ¿Por qué? Porque porta y descarga –cual sucede en la representación teatral “estándar” de la tragedia– la culpa del coro (coro que, es claro, simboliza la polis en su conjunto). Diríamos entonces: es un chivo expiatorio, situándose ante dicha polis como un vector sacrificial. Hasta allí, Freud.

¿Se trata entonces, ya que enfocamos la cuestión de la culpa, de un héroe desgraciado, con talante de tipo depresivo, cuando no melancólico, visto que es en esas constelaciones donde la mencionada culpa dice su inequívoco, su abrumador presente manifiesto? En 1988 publiqué, en el matutino Clarín, de esta ciudad, el artículo “El psicoanálisis en dos balcones”,14 donde reflexionaba acerca de las muertes de Alberto Olmedo y de Alicia Muñiz, la mujer de Carlos Monzón. Allí recordaba que, según Freud, “[…] junto al suicidio deliberado consciente existe también una autoaniquilación semideliberada, con propósito inconsciente, que sabe explotar hábilmente un riesgo mortal y enmascararlo como azaroso infortunio”. 15 Cabe agregar que, por supuesto, dicho tipo de suicidio no requiere de la sumersión en ningún estado depresivo o melancólico. Se trata de suicidios a los que propongo nominar suicidios maníacos.

III. - Existe un tipo de suicidas cuya conducta fenoménica raya con la euforia, con la elación, con una hiperactividad al límite de la hiperkinesia, con un frenesí triunfal imparable en lo referente a la busca incesante de nuevas estimulaciones y de consumos de diverso tipo y calibre que prometen siempre una cuota más de recuperación de goce. Tienen esos hablantes un hambre insaciable, una “heroica” bulimia de estímulos, mas tal circunstancia los lleva –de acuerdo con Lacan, siguiendo a Esopo– a ser como un sapo que se infla de manera desmedida porque quiere transformarse en buey. Y, es claro, el anfibio muere en aras de obtener ese emprendimiento utópico, imposible de realizar, pues se aparta por completo de los límites marcantes de los goces adheridos a la probática heroica.

Entonces, ¿todo se reducirá, en el caso de Maradona, a tratar de impedirle su ingesta de drogas, o a tratarlo de, y por, ese “trastorno adictivo”? ¿Por qué alguien llega a ser un drogadicto, más allá de sus reivindicadas racionalizaciones defensivas en orden al “gusto” o a “la libertad de hacer lo que quiero, porque soy una persona adulta”? O, en las proclamadas palabras del reconocido ex futbolista: “[…] en mi vida, las decisiones las tomo yo, ningún entorno ni clan las toma por mí. Si me equivoco, me equivoco yo. […] Lo que no lograron fue cambiar mi vida. Que por ahí la hice bien o por ahí la hice mal, pero la hice yo”.16
Es en ese punto que Freud nos enseñaba, con su habitual solvencia y perspicacia, que el melancólico –quien, es claro, puede llegar al suicidio– lucha contra el mismo “complejo” que el maníaco.17 Mientras que el melancólico nos echa en cara permanentemente, y con sorprendente impudicia exhibicionista en el autorreproche, su amargura, su desazón, su desinterés resentido por el mundo, en suma, su desgano para vivir y amar, el maníaco –en medio de su excitada exaltación frenética– habla verborrágicamente con centenares de personas, come de todo y de manera incesante, hace de todo, confía de manera ilimitada en las posibilidades de su cuerpo vivido como si fuese invulnerable. Por ende, ¿no se alcanza a percibir una continuidad entre el fabuloso futbolista que “sacaba pecho” e iba al frente, sin “achicarse” ante los más pintados, y este Maradona?

IV - Se sabe que el abandono de una actividad de gran reconocimiento público, el pasaje hacia una “vida tranquila”, no puede realizarse sin lo conocido por el psicoanálisis como “elaboración del duelo” por lo perdido (con su consiguiente invención).18 Y esto, desde ya, relanza la eficiencia operatoria de la tramitación de los duelos previos. Tal como lo dice G. Cabrejas, Maradona no habría podido“[…] vivir sin el aplauso y la adulación permanentes. No aceptó el fracaso recurrente de los emprendimientos sociales, el esfuerzo de empezar de nuevo en otro rubro luego de que se le consintieran las mieles de la perfección. Prefiere y prefirió ser apenas él”.19
“Maradona” –mencionándose en tercera persona–, para muchos “Dios”, está apresado en la realización del fantasma. Sus palabras son reveladoras: “A mí siempre me fascinaron los personajes, los protagonistas, y muchas veces, por ser Maradona, tuve oportunidad de conocerlos.[…] Pero otras veces, también por ser Maradona, no me creyeron que eran ídolos míos, o que yo los admiraba…”.20 Sin duda cuando ese fantasma comienza a vacilar, cuando trepida la continuidad garantizada de sus reaseguros “nutridos” por la realidad, tan sólo transitando dicho camino elaborativo e inventivo del duelo la vida de nuestro héroe podría proseguir en una etapa donde la sanción simbólica mayor consistiría –ni más ni menos– en la posibilidad de tolerar su eventual anonimato parcial. Esto es, en el volver a hacer entrar el nombre propio en lo que tiene de común.21 Si no accede a ello, ha de padecer una restricción insoportable en lo referente a la difusión de su hipervalorizada y gratificante imagen social así falicizada. Se sabe que la inviabilidad del duelo ante esta injuria narcísica genera un despeñadero donde entran a jugar los complejos mecanismos de la melancolía y de su reverso suplementario, la manía. La manía, y sus infinitos consumos; la manía, y su creencia en las metamorfosis del cuerpo, en su reversibilidad, en su posibilidad de transformarlo permanente sin que ello arroje como consecuencia secuelas nocivas y, una vez más, la manía y su falaz apelación a los “esfuerzos de la voluntad” por encima de cualquier otra cosa. Cada “clásica recuperación” adquiere un sesgo harto más comprometido con la divinidad, en cuanto a especie de resurrección.

V - Hacia comienzos de marzo de 2005 Maradona fue intervenido quirúrgicamente en Colombia, a los efectos de combatir su “obesidad mórbida” mediante la implementación de un by-pass gástrico. Correlativamente con esta nueva “resurrección” surgieron notorias participaciones públicas y masivas tendientes a la introducción del “Pelusa” en “una vida sana” –alto rating mediante y bajo la advocación de “Dios”–. Pero entonces ¿la cirugía será resolutiva de un trastorno cuya obvia determinación constrictiva radica en otras fuentes? Al ser remontada quirúrgicamente la referida “morbidez” voraz ¿no dejará ésta su lugar, acaso, a alguna/s otra/s morbidez/ces? ¿O por ventura la cirugía corta de raíz los retornos sea de lo reprimido, sea de lo renegado, sea de lo forcluido? En suma: siendo consecuentes con el hilo argumental de nuestras hipótesis cabe suponer, de modo obviamente tentativo, cómo esta previsible y quizás lograda –en lo manifiesto– vuelta de tuerca probática de la actualidad puede erigirse como anticipo de la – ¿inexorable?– fase siguiente.

El inefable médico personal de nuestro héroe reconoció el estado de éste en la actualidad, anunciando un viaje a una “clínica de recuperación” suiza “para bajar de peso”. El exceso se debería al consumo desorbitado de habanos y de alcohol. Desde ya la medicina –esa medicina– intentará, una vez más, poner remedio ¿a qué? El galeno, con la precisión científica y ética que lo caracteriza, lo anuncia así: “[…] Lo teníamos muy controlado, pero tuvo algunos desarreglos con la comida y por eso se lo ve a veces algo hinchado, lo cual no quiere decir que esté gordo”. (!) Está claro: mera hinchazón, no gordura, por un lado; por otro lado, lo habitual: modificamos el medio ambiente exterior, y la persona muda…
Hacia el final del mes de marzo, Maradona es internado de urgencia en Buenos Aires por una “descompensación aguda” sufrida cuando estaba a punto de iniciar, aparentemente, el referido viaje. El médico aceptó el marcado “estado depresivo” de la actualidad de su paciente, desencadenado, a su entender, por cuestiones afectivas. Ello lo condujo a cometer los descontroles mencionados. Informes posteriores mencionan una “hepatitis tóxica aguda” –no de índole cirrótica, según intentan precisar– y un síndrome de abstinencia desencadenado por el cese del consumo a partir de la internación no vinculado con la ingesta de drogas “duras”. Ha descubierto novedosamente lo siguiente: “[…] Diego es también adicto al alcohol”. Agregó luego que “tiene un comportamiento adictivo que reemplazó una droga, la cocaína, por el alcohol”. En sintonía con este tipo de concepción nosológico-organicista-comportamentalista, el director de la clínica donde se encontraba internado, aseveró: “Acá lo que hubo es un desarreglo más en forma compulsiva, en este caso por el alcohol; esto no es un intento de suicidio”.

Síntomas, síndromes, compensaciones hemodinámicas, comportamientos manifiestos, desarreglos, ¿y el sujeto en juego? ¿Y su posibilidad de hablar? Entonces, esta nueva “crisis” ¿dará lugar a una nueva “resurrección”? Su “alta” ¿será una nueva incitación al desafío probático y hazañoso rayano con la proeza del sobreviviente? ¿Habrá que incrementar los riesgos para acceder, por fin, al fatum trágico, al destino fatalmente escrito que tantísimos se empeñan en no leer, obnubilados por el eficientismo del discurso médico-psiquiátrico?
Comienzo de respuesta: dos días después de ser dado de alta, es internado de urgencia nuevamente.

VI - Estamos presenciando y cronicando los capítulos siniestros de la muerte anunciada, y por propia mano –que no es la de Dios–, del ídolo nacional más querido por los argentinos. De ahí se desprende otra nota apta para continuar brindándonos la semblanza del héroe prometido a lo trágico: “[…] la dimensión trágica se sitúa, se ejerce, en el sentido, digamos en una primera aproximación, de un triunfo de la muerte”.22 Mas ¿cómo se va construyendo colectiva y gradualmente este triunfo trágico en el específico caso de Maradona? Por medio de una sostenida refutación del mito liberal en cuanto a la determinación del destino de la “persona” misma. Hace diecinueve años escribí sobre las muertes efectivizadas. Ahora, creo, estamos todavía en el tiempo de la anticipación posible. Entonces, si el derecho a la “libertad de opinión” antipsicoanalítica ha de seguir rigiendo, con sus seductoras y devastadoras trampas, traiciones e hipocresías, advertiremos que estamos siendo cómplices –tanto activos como pasivos– de la secuencia gradativa del suicidio maníaco de nuestro héroe. ¿No le estamos dando curso a una de las más terribles notas del héroe trágico, la cual consiste en el hecho de ser traicionado el pacto social donde se halla implicado? El “coro” argentino encontrará y entonará, de tal forma, el reverso del “destino” reservado a los héroes trágicos, así tematizable en su férrea constricción: muere más bien joven, así permaneces al margen de las limitaciones inherentes a la vejez y a la decadencia. Muere si es posible ya mismo, sin más dilaciones, para ser entonces inmortal en el Olimpo, e ingiere para ello una definitiva “sobredosis de divinidad”.23
Comprobemos, para ir concluyendo, cómo desde la lejana –y a la vez cercana– Italia nos llega, de manera coincidente, esta apreciación cincelada por el periodista A. De Calo: “[…] Maradona fue un pésimo ejemplo de vida, pero también un dios del fútbol. Como todos los héroes ‘malditos’ que supieron generar emociones fuertes. De Evita a Gardel, del Che Guevara a Monzón, los argentinos son maestros en esa materia”, concluye.24 Todos héroes muertos de modo prematuro.

Notas
1. J. Lacan, Séminaire  “Les structures freudiennes dans les psychoses”, 3, clase del 8/2/1956, versión J. Lacan, inédita.
2. J. Lacan, Séminaire “L’éthique de la psychanalyse”, 7, clase del 8/6/1960, versión Association Freudienne Internationale, inédita.
3. S. Freud, “De guerra y muerte. Temas de actualidad”, en Obras Completas (O.C.), Amorrortu, Buenos Aires, 1979, t. XIV, p.298.
4. S. Freud, Moisés y la religión monoteísta, en O.C.(cit.), t. XXIII, p. 14.
5. S. Freud, Moisés… (cit.), p. 106.
6. S. Freud, “La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna”, en O.C. (cit.), t.IX, p.168.
7. B. Matamoro, “Una teoría del héroe”, en AA.VV., El lenguaje y el inconsciente freudiano, Siglo XXI, México, 1982, p. 305/307.
8. S. Freud, “Carta a W. Fliess del 15/10/1897”, en O.C. (cit.), t I, p. 307.
9. R. Harari, Fantasma: ¿fin del análisis?, Nueva Visión, Colección Freud ◊ Lacan, Buenos Aires, 1990, p. 15/32 y 336/356.
10. B. Matamoro, op. cit., p. 308.
11. O. Rank, El mito del nacimiento del héroe, Paidós, Buenos Aires, 1961, p. 112/114.
12. D. A. Maradona, Yo soy El Diego, Planeta, Barcelona, 2001, passim.
13. S. Freud, Tótem y tabú, en O.C. (cit.), t. XIII, p. 157.
14. R. Harari, “El psicoanálisis en dos balcones”, en Clarín, Buenos Aires, 15/3/1988, p. 13; Psicoanálisis in-mundo, Kargieman, Buenos Aires, 1994, p. 67/72.
15. S. Freud, Psicopatología de la vida cotidiana, en O.C. (cit.), t. VI, p. 177/178.
16. D. A. Maradona, Yo soy… (cit.), p. 203 y 303.
17. S. Freud, “Duelo y melancolía”, en O.C. (cit.), t. XIV, p. 251.
18. R. Harari, “La invención del duelo”, en Palabra, violencia, segregación y otros impromptus psicoanalíticos, Catálogos, Buenos Aires, en prensa.
19. G. Cabrejas, “En el medio de nosotros. (Miradas sobre Maradona)”, en El pasajero: 26, Buenos Aires, mayo de 2004, p. 10.
20. D. A. Maradona, Yo soy… (cit,), p. 295.
21. J. Lacan, Séminaire “Le Sinthome”, 23, clase del 10/2/1976, versión Association Freudienne Internationale, inédita.
22. J. Lacan, Séminaire “L’éthique…” (cit.), clase del 6/7/1960, versión citada, inédita.
23. P. J. Fedyna, “El tótem bastardo. (Miradas sobre Maradona)”, en El Pasajero (cit.), p. 8.
24. A. De Calo, “Por qué hace falta Maradona”, Gazzetta dello Sport, Roma, p.1, apud “El video que hace furor”, Clarín, Buenos Aires, 30/4/2005, p. 55.
 
 
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