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   Violencia de género

Filicidio: niños liquidados
  Por Sergio Zabalza
   
 
Desde Herodes hasta nuestros días, y desde mucho antes también, el hábito de matar a los niños no es novedad. Por otra parte, el filicidio es una práctica que, según las circunstancias y las épocas, ha sabido adoptar distintos ropajes para disfrazar el mortífero impulso que lo agita. Desde pelear por la patria, hasta los escarmientos que las dictaduras suelen implementar para sembrar el terror, pasando por la apropiación sistemática de bebés, el segmento joven ha sido el blanco preferido de los desvaríos con que un oscuro malestar social intenta aliviarse.

El filicidio encubierto. Lo sorprendente es que en el siglo en que los discursos sobre el niño –y los cuidados que se merece– han alcanzado su apogeo, asistamos a la macabra serie de asesinatos que hoy ocupan los titulares de los periódicos semana tras semana. Al indagar las razones de este dislate, se hace oportuno hablar del velado desamparo por el cual se deposita en los niños responsabilidades para las cuales no están capacitados.
Quizás la nota señera de este desencuentro entre el niño sujeto de derecho y su natural vulnerabilidad, la brinda aquella nena de dos años que resultó seriamente lesionada (fractura expuesta y casi pierde tres dedos) en un ascensor1. Pese a que en ese entonces ya estaba vigente la prohibición de puertas tijera en la ciudad, los camarista sostuvieron que se debía valorar “la decisión de la nena de dos años de estirar su pierna hacia la puerta tijera, para pasar el pie entre los barrotes y permitir con ello que su pie se vea atrapado entre el piso de la cabina y la pared frontal del hueco del ascensor”.

Por otra parte, en este oscuro empuje a depositar en los niños desmedidas responsabilidades, se hace oportuno considerar el saber que los chicos poseen en todo el campo de objetos e información relacionado con el ciberespacio. Se trata de todo un capítulo de nuestra actualidad que subvierte por completo los cánones que hasta ahora gobernaban la relación entre adultos y chicos. Porque no sólo se hace difícil poner un límite a quien nos acaba de bajar un programa indispensable para concretar un trabajo o buscar una información, sino que, lo que es mucho peor, tal habilidad genera la ilusión –no sólo en el menor– de que los chicos saben más que el adulto.

Lo cierto es que, por más sapiencia en las herramientas que dominan el mundo informático, un niño es un ser extremadamente vulnerable que necesita la presencia y el compromiso del adulto a cargo.
A esta enumeración, bien podemos agregar la fascinación que el mundo adulto demuestra por todo aquello relacionado con la estética juvenil. Un hábito creciente que a veces toma la forma de una lisa y llana intromisión en la vida de los púberes y pre púberes. (Madres que se van a comprar una minifalda junto a su hija, por ejemplo…)
No en vano, Lacan supo hablar de la época del “niño generalizado”2, al situar las coordenadas de una subjetividad en la que nadie se hace cargo de su condición de adulto.

El amor liquidado. Sigmund Freud nunca habló de filicidio porque, desde la perspectiva psicoanalítica, matar a los hijos no es más que una metáfora del odio parricida: la rebelión –más o menos institucionalizada, más o menos caótica– contra el orden que impone la figura del padre. No olvidemos que, de acuerdo a la tesis que sostiene en “Totem y Tabú”, el pacto a partir del cual se constituye la sociedad se funda en el crimen del padre primordial. Poco importa, entonces, si tal asesinato cuenta o se apoya en una verdad histórica, de lo que se trata es la materialidad que pesa sobre la realidad psíquica de las personas. Para ser claros: el temor que toda mamá experimenta, por ejemplo, al asomarse con su bebé en brazos a una ventana se nutre de un oscuro y arcaico impulso.
Ahora bien, los recientes y diversos casos de asesinatos de criaturas acontecidos en el seno de nuestra sociedad llevan un sello de época que reclama, al menos, la formulación de algunas conjeturas capaces de orientarnos en medio del horror que nos provocan.

Se suele citar al caso Candela como el episodio insignia de una triste serie de asesinatos de niños. Sin embargo, pocas semanas antes del secuestro de la niña, un crimen atroz se dio cita en la provincia de Santa Fe3: un hombre, padre de varios hijos, mató a golpes a su pequeño vástago de tres años por comer mermelada sin permiso. A mi juicio, el hecho no está por fuera de la trágica secuencia criminal que nos convoca: revela una desmesura que no se reduce a un hecho puntual y contingente protagonizado por un ocasional energúmeno. Antes bien, da cuenta de un límite que tambalea, un código que vacila, un freno que pareciera no bastar a la hora de sentar las bases de una convivencia civilizada.
Un Zigmunt, que esta vez no es Freud, sino Bauman, destaca en sus tesis sobre el Amor líquido, el perentorio impulso de satisfacción inmediata que distingue a nuestra época. Si bien su tesis pone el énfasis en el carácter precario y efímero que distingue a las actuales relaciones amorosas, la propuesta nos es útil a la hora de abordar los casos de niños víctimas de la violencia criminal.

En efecto, una sociedad se mantiene cohesionada por el amor, por el impulso erótico que, metaforizado de infinitas maneras, hace que nos respetemos los unos a los otros de forma tal que el intento de sostener a una comunidad en el tiempo cuente con cierta dosis de éxito. Antes que la amenaza que supone el castigo de la cárcel –sin duda necesario–, las personas nos portamos bien por temor a la culpa.
¿Habrán meditado los asesinos de Tomás, Gastón o Candela acerca del castigo de la cárcel o más bien, hay un límite subjetivo del que carecen o simplemente, les flaquea? Me inclino por la segunda opción.
Es que, desde la perspectiva psicoanalítica, la inscripción de la conciencia moral que hace posible la vida en común es un fenómeno libidinal, es decir: amoroso. Un niño renuncia al autoerotismo (sea que éste adopte la forma de la masturbación o la incestuosa atracción por la madre) sólo por amor al padre. El indispensable respeto que debe reinar en una familia deviene como consecuencia de ese amor y no al revés.
La convivencia requiere de una gran dosis de tolerancia. Cuántas veces hemos escuchado (¡o experimentado!) “¡A este chico lo voy a matar!”, para referirnos al “loco bajito” –como dice Serrat– que nos saca de las casillas. Pero, si el amor se hace líquido, toda la red de equivalencias simbólicas que impiden llevar al acto o concretar semejante despropósito, flaquea, se debilita.

Por eso, cuando los pilares que la autoridad paterna tambalean, todo el armazón simbólico que mantiene los límites parece desmembrarse. En otros términos y para ser más precisos: cuando el amor se hace líquido, en lugar de un instrumento de referencia que regula y pauta la convivencia, la ley pasa a ser un fin en sí misma. Motivo por el cual la transgresión de comer un frasco de mermelada, una deuda impaga o un desengaño sentimental, terminan por justificar las más disparatadas venganzas. Por ejemplo: matar a un niño.
No sin razón, alguien bien podría objetar que el asesinato de niños para vengar una traición amorosa forma parte del trágico acervo de la humanidad. Basta apelar a la mitología griega para constatar que Medea mata a sus hijos con el solo fin de dañar a Jasón, su infiel marido.

Ocurre, sin embargo, que el rumbo adoptado por los recientes hechos difiere, entre otras cuestiones, en que los victimarios son hombres. Cuestión que convoca al espinoso del tema del machismo. “No hay menester de mucho cavilar para concluir que hoy los hombres lejos estamos de alcanzar el Ideal del macho proveedor que marcara el horizonte de una época no tan lejana”4. Y no sería un mal camino considerar que la serie horrible de femicidios y filicidios a la que hoy asistimos constituye una metáfora que bien representa la desorientación, cuando no la desesperación, del género macho. Hace largo rato ya, que, por ejemplo, Lacan afirmó que la nota esencial de lo propiamente masculino, está por verse.
Sucede que la figura del Padre –y cuando usamos la mayúscula es porque ponemos el acento en el valor simbólico más que en el señor de pantalones que camina por la casa– está sufriendo un lento pero persistente horadar que algunos remiten al inicio de la Edad Moderna y otros a la Revolución Francesa. Hay un cambio de paradigmas que las personas quizás apenas alcanzamos a entrever y cuyas consecuencias se hacen sentir en las zonas más vulnerables del entramado social.

La una mujer. Para terminar, durante su reciente visita Buenos Aires, Eric Laurent rescataba, por oposición a Margareth Thatcher, la figura de mujer que encarnan Cristina Kirchner o Dilma Rousseff . Y agregaba: “la idea del psicoanálisis es tratar de inventar una figura de mujer que no sea la virgen, la dama de hierro o la madre sino una mujer que ocupe un lugar en el fantasma del hombre {…} cada mujer quiere ser una mujer particular. La mujer quiere ser amada por lo que ella es. Ella no es todas las mujeres. El psicoanálisis intenta producir –lejos de las antiguas identificaciones– una nueva versión de la mujer. {…} El psicoanálisis puede ayudar a los hombres que piensan este cambio como una castración insoportable a su autoridad. Y evitar, de esa manera, las explosiones de agresividad contra las mujeres sobre las que leemos todos los días”5
_________________
1. “Responsabilizan a una nena por el accidente que tuvo en un ascensor”. http://edant.clarin.com/diario/2007/11/17/laciudad/h-06701.htm.
2. Jacques Lacan, “Discurso de clausura de las Jornadas sobre la psicosis en el niño”, (París, 21 y 22 de octubre de 1967) en El Analiticón, Barcelona, Fundación del Campo freudiano, 1987, pag. 13, trad. Antoni Vicens.
3. Sergio Zabalza “Todo filicidio es parricidio”. http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-171119-2011-06-30.html.
4. Sergio Zabalza, Clarín del 31 de diciembre del 2011, citado en Virginia Messi: “Chicos asesinados: la marca trágica del año que termina”. Ver http://www.clarin.com/policiales/crimenes/marca-tragica-ano-termina_0_619138264.html.
5. Eric Laurent: Revista Ñ. http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/psicologia/Entrevista_Eric_Laurent_0_608339382.html.
 
 
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