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   Violencia de género

Dar lugar a la pregunta
  Por Gabriela Insua
   
 
Dar lugar a la pregunta es dar lugar a cierta cantidad de muerte, de ausencia, de inquietud, allí donde tal vez nunca nos habíamos preguntado, o donde hemos dejado ya de preguntarnos.”1

Ciertas sombras errantes de la cultura suelen caer sobre las mujeres. Ya sea aplastándolas a través de químicos que llaman ferozmente patología a un modo de vérselas con lo real o por la dominación por un partenaire devenido en amo.
Este marco y el desamparo legal y social al que suele estar expuesta una mujer que está siendo víctima de violencia contribuye a que los abordajes del tema queden fuertemente tomados por la defensa ante la vulneración de sus derechos.
Defensa pertinente y necesaria.

Pero sí la cuestión queda subrayada en gran medida sobre ese sesgo, el de los derechos vulnerados… la historia volverá a repetirse al no propiciar el suficiente lugar para la propia pregunta en la mujer que fue objeto de violencia.
Indefectiblemente, la temática de la violencia sobre las mujeres parece estar destinada o a la publicidad escandalosa de lo mediático o al silencioso pero valiosísimo recodo del trabajo cotidiano de los servicios que del tema se ocupan.
Superviso desde hace 13 años un equipo, que audazmente sostiene un dispositivo cuyo marco teórico es el psicoanálisis y una posición frente a lo social, diría foucaultiana.
El Programa Vínculos2, destinado al abordaje y tratamiento de quienes han padecido violencia intrafamiliar, filial, o en el contexto de una relación de pareja, trabaja en díadas conformadas por un psicólogo y un trabajador social.
Teniendo como eje central la escucha de la subjetividad y el no encasillamiento de lo que se oye en ningún perfil ni ninguna categorización estandarizable.
No hay para este equipo ni víctima “tipo” ni perfil del “golpeador”. Hay una acción violenta, que en el contexto jurídico constituye un delito, y hay quien la padece y quien la ejecuta.
Más allá del actuar imprescindible de la urgencia que vincula con el escenario de un juzgado, de una fiscalía, de otros equipos ligados a protección de derechos, la función del programa es propiciar un lugar para que el padecer troque en pregunta.

Es llegar al corazón del conflicto que retorna en aquello que vaga entre los claroscuros de las historias familiares sin encontrar la posibilidad de una palabra. La mayoría de las veces una mujer llega porque otros, familiares, vecinos o sus propios hijos ven riesgo en lo que ocurre en su relación de pareja, pero para ella lo que se le plantea como de gravedad, no es tal.
“En cada relato de una víctima de violencia algo del desconocimiento es dicho para cubrir lo que se conoce”.3
Si ese desconocimiento se obtura con abroqueladas posiciones ideológicas o recetas standard que responden a perfiles que el Otro social le propone, el efecto sobre el sujeto es arrasador.
Los psicoanalistas, en su gran mayoría han tenido sobre esta temática una posición digamos, híbrida; cierto desdén hacia los equipos que trabajan la cuestión, o declarar que el psicoanálisis no tiene nada que hacer allí. Discrepo con esta opinión. La especificidad de la escucha psicoanalítica, es una herramienta fundamental en estos casos, pues de lo que se trata es de escuchar lo que insiste, lo que repite tanto dentro de las márgenes del fantasma, como eso que “más allá” vuelve siempre al mismo lugar, el retorno de lo idéntico, lo que no ha conseguido por su carácter traumático ni siquiera inscripción.

Hemos conocido hace poco tiempo la tragedia de una muchacha que luego de denunciar y lograr la prisión del hombre que la vejaba, no sólo vuelve con él sino que se casa para conseguir liberarlo, y pocos días después lo que consigue es la muerte. Nos enteramos por las crónicas de los días posteriores que su madre también había muerto asesinada por su padre siendo ella una niña.
Lo que vuelve siempre al mismo lugar, Tyché… el psicoanálisis a través de Lacan ha teorizado sobre esto. Partiendo de la repetición, preclaro concepto freudiano.
Por tanto, es la propia interrogación de la mujer acerca de su historia, la única que podrá sacarla de ese círculo, de esa encerrona esférica.
Desde las posturas más extremas del llamado abordaje de género, se sostiene que esta lectura que propone el psicoanálisis desliza hacia el “algo habrá hecho” enunciado tan funesto en la historia de nuestro país. Decir esto es un modo de invalidar un abordaje que por lo dicho anteriormente es el más pertinente aunque quizás no sea el más marquetinero.

No olvidemos que el psicoanálisis solo vende revistas de divulgación masiva cuando se trata de hablar de su archideclarada acta de defunción.
Desde la perspectiva de género, muchas veces a los equipos que trabajan en el marco que proponemos, se los señala como cómplices de quien inflinge violencia porque no recalan sus energías en el castigo de quien ha sido violento, como si se minimizara el delito.
De ningún modo es así, pero cada quien con su praxis para que el trabajo sea eficaz: los servicios de la urgencia reciben la denuncia y proceden a las primeras medidas de protección, la justicia para juzgar y sancionar el delito, si lo hay, los equipos de atención para trabajar en las causas de lo traumático y en el arrasamiento de sus efectos.

Hay un marco jurídico con que nuestro país cuenta, en el cual en el año 2009 se promulgó la Ley 26485 de Violencia de Género. Eso es indiscutible, y es sumamente importante ser efectores de divulgación de la existencia de estas leyes que tipifican el delito y que dan cuenta a su vez del sometimiento y la degradación de la que son víctimas miles de mujeres.
Pero la realidad cotidiana que estalla en la urgencia no debe hacernos olvidar que como equipo de abordaje nuestra competencia es otra que la de sancionar el delito, eso es campo de la justicia.
Nuestra tarea es trabajar sobre la enorme confusión e incertidumbre que inundan los universos singulares y familiares que abordamos.
Como lo enuncia la ley, para comenzar a trabajar, el Programa Vínculos, pone como condición la separación física de quién ha producido el hecho violento con respecto a quien ha sido víctima de ese hecho. Es en esa distancia en que se trabaja, pero sin que esto implique el borramiento de la necesaria pregunta sobre el camino recorrido hasta vivir semejante sufrimiento, ni la renegatoria idea que todo lo que ocurrió tiene que ver solamente con una historia de desvalorización social de la mujer.

Los abordajes que solo hacen una lectura macrocultural de la cuestión, y a la pregunta de por qué le pasó esto a esa mujer que ha sido víctima de violencia, contestan siempre desde la interpretación de la dominación del discurso hegemónico de una cultura todavía falocéntrica, deslizan hacia una “reparación” que es más una limpieza de los efectos que un ir hacia la causa… por lo tanto retorna lo que no se inscribe.
Valeria, una mujer de 40 años, llega al programa ante una denuncia realizada en un juzgado por una de sus hijas, por violencia por parte de su padre hacia su madre y hacia ellos, sus hijos. El equipo toma en entrevistas individuales por separado tanto a Valeria como a Juan, su esposo, quien recibe por parte de la justicia la orden de exclusión de hogar y la restricción perimetral.
Mientras tanto el Programa se ocupará de abordar el caso.

Lo que es leído por el equipo como violencia, es señalado por Juan como discusiones acaloradas. Y Valeria fluctúa entre no dimensionar como grave su nariz fisurada, a empezar a reconocer que ya no puede seguir así.
Los actos violentos cesan, se sigue trabajando con Valeria y sus hijos, dado que Juan no se implica en la responsabilidad de sus actos. En determinado momento empieza una manipulación evidente de Juan a través de la cuota alimentaria o de amenazas a sus hijos Y a medida que Valeria va cambiando de posición frente a él, esto se profundiza.
El equipo solicita intervención nuevamente al juzgado. Tomo esta situación porque es ilustrativa de lo que suele acontecer. Ahora bien, desde una lectura digamos esencialmente de género, Valeria tiene todas las condiciones culturales para ser objeto del violento: mujer, sin empleo, sin estudios, con varios hijos y habiéndose dedicado casi exclusivamente a la crianza de los mismos. Como suele decirse: sin herramientas, al parecer, para sostener una relación simétrica con su partenaire.

Esto es un hecho, pero lo nodal para nuestra lectura, es que Valeria proviene de una familia donde su padre golpeaba a sus hijos y a su mujer, a la que mató de un golpe, y que su vida ha estado cruzada por varias pérdidas que cierta naturalización familiar impidió duelar.
Hacia ese meollo, lo que de su historia clama por ser dicho es hacia dónde dirigimos nuestra mirada y lo que ubicamos en el lugar de la causa de su posición frente al Otro encarnado en otro, generalmente el partenaire.
Eso no inhabilita la realidad histórica de la dominación que a través de los tiempos ha sometido a millones de mujeres, justamente porque el tema está cruzado por una pluricausalidad sociocultural y subjetiva, por eso es que la díada está conformada por un psi y un social. Pero si se toma esa realidad histórica, como causa fundamental se produce un reduccionismo atroz.
El respeto por la singularidad implica acompañar a que Valeria averigüe que pasó con su historia en el horizonte de la gran Historia. Y, si quien cometió la acción violenta, arriba a alguna pregunta o implicación posible allí también habrá tal vez algún margen para impedir que el acontecimiento traumático como un eco inevitable se repita con otra mujer por parte de ese hombre o con la misma mujer si en el devenir de las vueltas de la vida, Valeria se pierde nuevamente en lo que el otro dice que ella es y lo que debe ser.

Para concluir, la posición en la que llegan las mujeres que son víctimas de violencia me hace recordar una frase de Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén, refiriéndose a que para poder exterminar a sus víctimas el nazismo previamente les hacía perder su nacionalidad, ella dijo: “… sólo con los apátridas puede uno hacer lo que quiera…”.4
Cuando las mujeres se pierden en un otro, no han podido reconocerse en la “patria” de su historia y las marcas que ésta imprimió en su subjetividad.
Si la pregunta sobre ese desconocimiento se abre para ellas y por ellas, habrá un largo duelo que realizar, que dé paso a una verdad que nadie puede quitarles.
Para ello la posición de quienes acompañen desde su praxis a tal tarea, no puede ser una posición moral, es decir “yo sé lo que te conviene”, con lo cual más allá de las buenas intenciones la mujer sigue siendo objeto de un amo, en este caso de una ideología.

Es necesaria una perspectiva ética: no sabemos lo que le conviene, ella lo averiguará, sólo sabemos que estamos dispuestos a acompañarla a encontrarse con la causa que en su parte de la historia, la ubicó a merced del horror, para poder cambiar la historia… la suya, que por ser semejante a la de millones, no deja de ser la suya, fundamentalmente… la de cada mujer.
______________
1. Derrida Jacques, La Hospitalidad, Ed. de la Flor, Bs. As, 2000, pág.8.
2. PROGRAMA VÍNCULOS, abordaje y asistencia en situaciones de violencia vincular y/o familiar y de abuso sexual infantil, del Municipio de Moreno, Provincia. de Bs. As.
3. Insua Gabriela, “La Historia sin Fin”, Psicoanálisis y el Hospital Nº 23, Bs. As., 2003, pág. 142.
4. Arendt Hanna, Eichmann en Jerusalén, Ed. Lumen, Barcelona, 1999.
 
 
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