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   El héroe trágico

La tragedia del héroe moderno
  Por Adriana Bauab
   
 

“Salgo a buscar por millonésima vez la realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza”
James Joyce


El mito del héroe trágico: sus antecedentes: De héros, traducido por el vocablo héroe al español, el Dictionnaire étymologique de la langue grecque, de P. Chantraine, refiere que es un término muy antiguo que se remonta a los orígenes de la civilización y que definía a personajes singulares, que poseían investidura de semidios o “dios local”. Esta carga semántica procede del culto a un ser humano al que tras su muerte se lo diviniza a causa de la nobleza de su proceder y, por lo cual, pasa a ser héroe de una región determinada.1
Este término que inspira respeto y veneración, recién en la Grecia del siglo V a.C. con las tragedias de Sófocles, adquiere propiedades que circunscriben el prototipo del llamado “héroe trágico”.
¿Y cuáles son esas características que definen al héroe trágico? Por más que hay multifacéticas peculiaridades en esos protagonistas de la tragedia sofocleana –como lo demuestran Ayax, Edipo, Antígona, Electra, Filoctetes–, todos ellos responden a un cierto canon que los identifica. Se trata de una criatura humana con ciertas cualidades que le hacen elevarse por encima de los demás y que funciona como modelo e ideal para el grupo al que pertenece, es alguien excepcional. La soledad en la decisión de su acto y el dolor moral, como resultado del castigo divino, son ingredientes indispensables en la identidad del héroe trágico.2
El concepto de hybris o desmesura refiere a un sentimiento de osadía que caracteriza al héroe trágico y que lo lleva a la hamartía (error trágico) que acarrea su caída. Desafiando con rebeldía el poder divino u oracular intenta ocupar un espacio que no le pertenece excediendo el límite de su propia condición y los dioses lo castigan por ello. Paga con su vida el desafiar los designios de un orden superior al cual debía indefectiblemente subordinarse. Até significa en griego desgracia, extravío. Designa el punto inexorable de fatalidad donde la vida se coarta por la muerte. La até signa la cadena generacional, por ejemplo a los Labdacidas, descendientes de Edipo, ya que ninguno de sus sucesores tal como lo dice Antígona, podrá liberarse del infortunio de pertenecer a la saga edipiana.

No nos proponemos efectuar un estudio exhaustivo de la figura del héroe trágico, pero sí analizar qué rasgos se conservan y cuáles se han modificado en el imaginario contemporáneo. Por otro lado nos interesa ubicar en la experiencia analítica el lugar del padre, prototipo del héroe para el niño, con las consecuencias que sus eficacias y falencias suscitan.

Héroes modernos, fugaces, del espectáculo: La figura del héroe pervive a través de las épocas, lo que evidencia que cada civilización necesita en su imaginario entronizar ídolos. Figuras emblemáticas cuyas acciones se dirigen a transformar la sociedad aspirando a un mundo mejor, haciendo del caos un cosmos. Como describimos previamente, la vida del héroe trágico o clásico encadena acciones en pos de ideales éticos que indefectiblemente hallan su desenlace en una muerte honrosa e ineludible.
A través de las épocas fue modificándose la figura del héroe, aunque algunos de sus rasgos perduren. De aquellos héroes de la tragedia que enfrentaban la ira divina, pasando por los legendarios que se imponían por su valentía en el campo de batalla, desembocamos en los que cotidianamente penetran a través de los mass-media en la escena hogareña. Ídolos de carne y hueso a los que la multitud de solitarios televidentes glorifican.
Algunos son carismáticos líderes de la política cuyas vidas son “de película”, incluido su desenlace trágico y que luego efectivamente son llevadas al guión cinematográfico como es el caso de Lady Di o de nuestros más cercanos Eva Duarte o Ernesto Che Guevara. Otros son héroes del mundo del espectáculo como Elvis Presley, John Lennon o Carlos Gardel cuyas vidas entran en el seno de lo popular y se convierten en leyenda.

Para los griegos, el morir joven implicaba el privilegio de haber sido elegido por los dioses. Estos héroes y heroínas de la modernidad se caracterizan por una muerte prematura, cuando aún sus méritos agalmáticos resplandecían, cuando aún las multitudes se agolpaban a su paso y se frenetizaban en sus recitales. El morir joven es una característica típica de aquéllas figuras heroicas que sobrevivieron a su tiempo obteniendo una dosis de inmortalidad.
Un capítulo aparte merece tal vez Diego A. Maradona, ídolo del fútbol que arrancó lágrimas de alegría a las multitudes y hasta llegó a meter un gol espectacular asistido por la mano de Dios. El público lo idolatró. Sin embargo recientemente –me refiero a mediados de mayo de 2007– le bajó el pulgar cuando apareció ante las cámaras un Maradona decaído y dopado, sin la chispa que lo caracterizaba e instantáneamente, con un click, cambió de canal.
Nos guste o no la emisión final de “Gran hermano”, y el voyerismo del espectador pudo más. Llegó a 50 puntos de rating y le adosó los laureles de la fama a uno de sus participantes.3 Estos se convierten en astros populares mostrándose con un exhibicionismo exacerbado ante las cámaras, rayando en lo más vulgar del lenguaje o pasando gran parte de la jornada, abúlicos recostados en un sofá.

Iconos de una sociedad en que lo efímero, lo fútil y lo superfluo congenian para aclamar a esos héroes fugaces del reality show en el escenario circense de la posmodernidad.
Tal vez como en tantas cosas podríamos decir “héroes eran los de antes”. En la actualidad parece que es sólo en el mundo de la fiction science, con personajes como Superman, Batman o Spiderman que se reencuentran los valores del héroe clásico. Así el gusto por la valentía en la aventura atravesando las fronteras del espacio, por la búsqueda de justicia y el amor a la verdad reaparece en sus hazañas que los sitúa como superhombres o de excepción.

La clínica psicoanalítica: cuando el padre no es un héroe o las dimensiones del sinthome: El tema de la declinación de la función paterna que caracteriza a la modernidad contemporánea, parece referir sin embargo, a un efecto estructural, que concierne a un punto donde el padre no llega –y tal vez nunca podría llegar– a estar a la altura de su función.4
Freud en la Interpretación de los sueños luego de subrayar que Aníbal había sido el héroe predilecto de su infancia, lo explica ofreciéndonos un recuerdo. Teniendo diez o doce años su padre, para demostrarle cuánto mejores eran los tiempos que le tocaban vivir a Sigi respecto a los de él, le contó, que siendo muchacho se paseaba por las calles del pueblo, un sábado con un lindo traje y con un gorro sobre la cabeza, cuando alguien de un golpe le quitó el gorro y lo arrojó al barro exclamando: “¡Judío, bájate de la acera!”. “¿Y tú qué hiciste?” le preguntó su hijo. “Me bajé a la calle y recogí el gorro”, fue la resignada respuesta. Esto no le pareció heroico de parte del hombre grande que le llevaba de la mano.
Comparó esa situación, que no lo contentaba, con otra que respondía mejor a sus sentimientos: la escena en que el padre de Aníbal, Amílcar Barca, hizo jurar a su hijo ante el altar doméstico que se vengaría de los romanos.
A posteriori sabremos que los tiempos que le tocaron vivir a Freud no fueron mejores que los que le tocaron a su padre, tal como éste intentó demostrarle. En horas aciagas para la humanidad, frente a la quema de libros en Berlín, irónicamente refiriéndose al progreso de la civilización exclamó: “En la Edad Media me hubieran tirado a la hoguera, hoy queman mis libros”. Aún no podía vaticinar el atroz genocidio que se acercaba.

Desde sus primeros años la relación de Freud con el padre estuvo marcada por ese triste recuerdo. Recuerdo que nos dice que precozmente el padre dejó de ser un héroe para el joven Sigi.
Freud adopta como héroes a Aníbal y varios años más tarde a Napoleón. Se identifica al general que fue coronado victorioso en Notre-Dame y que dijo a su hermano José: “¿Qué diría de esto monsieur notre père si ahora pudiera estar aquí?”, cuando visita a Atenas y lo vive cómo un acontecimiento.

Sigmund Freud, lo recuerda así: “Parecíame estar allende los límites de lo posible el que yo pudiera viajar tan lejos, que ‘llegara tan lejos’, lo cual estaba relacionado con las limitaciones y la pobreza de mis condiciones de vida juveniles… Cuando por vez primera se ve el mar, se cruza el océano y se experimenta la realidad de ciudades y países desconocidos, que durante tanto tiempo fueron objetos remotos e inalcanzables de nuestros deseos, siéntese uno como un héroe que ha realizado hazañas de grandeza inaudita… La satisfacción de haber ‘llegado tan lejos’ entraña seguramente un sentimiento de culpabilidad: hay en ello algo de malo, ancestralmente vedado. Trátase de algo vinculado con la crítica infantil contra el padre, con el menosprecio que sigue a la primera sobrevaloración infantil de su persona. Parecería que lo esencial del éxito consistiera en llegar más lejos que el propio padre y que tratar de superar al padre fuese aún algo prohibido.”
Freud, como Aníbal y como Napoleón también fue un conquistador: fundó una experiencia de discurso, el psicoanálisis y conquistó el territorio árido del inconsciente, a través del cual el sujeto accede a un trozo de su verdad.
“Una falla de rememoración en la Acrópolis”, escrito hacia el final de su existencia, habla en primer lugar de una falla ¿falla del padre?, y nos invita a una pregunta ¿Nos anuncia este texto que para Freud la rivalidad edípica con el padre reflejada por la tragedia sofocleana tiene en el horizonte a un padre que más que un rival, un héroe a vencer, es aquél que como el padre de Aníbal, señala lo inconcluso y transmite al hijo el legado de continuar con la tarea, de ir más lejos, de extender las fronteras civilizadoras descoagulando la mortífera endogamia?

El síntoma como formación del inconsciente es una creación que está estrechamente ligada a la ley del padre, al ejercicio de su función. Lacan enfatizó que el Nombre del Padre rescata al niño de la voracidad del goce materno pero no lo exime ni de su neurosis, ni de sus síntomas. Más adelante orientado por las vicisitudes de la clínica, primeramente multiplicó los nombres del padre, en ese seminario de una clase, del año 1963, contemporáneo a su exclusión de la IPA y luego desarrolló la teoría del sinthome5 –con la grafía antigua–, y la asoció a un nuevo concepto que excede lo desarrollado hasta entonces sobre la función paterna: la pèreversión. ¿Qué advierte esta homofonía en la que confluye un goce paterno no regulado por la ley con la versión del padre? ¿Es que la versión hacia el padre, la versión del padre que cada sujeto porta, no se exime de una dosis de perversión? ¿Es en ese lugar en que el padre no llega a ejercer su función reguladora que el sinthome opera reparando, suturando, el lugar del error?

Sinthome, una invención que espera al sujeto para que deje de guarecerse en el sufrimiento del síntoma y reconquiste las fuentes de un goce que no sea arrasador. Tal como sucede en la tragedia griega, lugar donde el padre comete su error trágico, hamartía –que encuentra su paralelo en el error del anudamiento borromeo– que en el extremo nos dice de la fatalidad, de ese destino insoslayable que no deja de ser trágico cuando la repetición sidera al sujeto.
Podemos extraer algunas consecuencias del concepto de sinthome que inciden en nuestra práctica analítica. En la neurosis permite reenlazar lo real, simbólico e imaginario de la estructura de otro modo, tal que el sujeto, por su destitución subjetiva de posiciones coaguladas fantasmáticamente, sustituya lo trágico del destino por otra dimensión donde la cuenta del padre cifra su goce. Cuenta del padre que en sus dos acepciones –la narrativa y la que hace al cálculo de su operación– dice de los alcances de la metáfora paterna sus eficacias y sus fallas. En la psicosis en cambio el sinthome es suplencia de la función paterna que ya ni brilla por su ausencia.
Si bien en la raíz de la teorización freudiana yace la tragedia de Edipo, la clínica psicoanalítica apunta al goce pero no al goce de lo trágico, sino al goce de la vida. Parafraseando la cita freudiana traducida y reinterpretada por Lacan, podríamos proponer: allí donde el padre no estuvo, el sinthome debe advenir.

1. Citado en El mito del héroe de Hugo F. Bauza, Fondo de Cultura Económica, pág. 11.
2. Para profundizar en el tema, el lector puede consultar El héroe de las mil caras de Joseph Campbell. Fondo de Cultura Económica
3. Diario La Nación, suplemento Enfoques,“Ese oscuro objeto del rating”, 13 de mayo de 2007
4. En la Revista Imago Agenda de marzo de 2006 se despliega un interesante debate sobre este tema y particularmente es tratado en el texto de Silvia Amigo
5. Lacan, J. Seminario 23 “L´Sinthome”, 1975-1976

 
 
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