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Las vacaciones del analista
  Por Martín. H Smud
   
 
Hablando de mandatos, el principal mandato de esta sociedad, el del disfrute, se le torna complicado al psicólogo/analista que está vacacionando en la costa argentina. Y ahí con el sol dándole en la cara, se angustia. Sabe distinguir los distintos tipos de angustia, está capacitado para hablar de angustia señal o angustia siniestra, angustia como retorno de viejas ruinas sintomáticas… pero frente a las olas siente un terrible ataque de hipocondría.
No iba a ir al médico ¡por nada del mundo! para que le dijera lo que él ya sabía, que estaba ante la inminencia de un ACV. Tanta era la angustia que aún arriesgándose a que se le llene de arena la pantalla de la netbook, la saca de su bolso y la prende.

Ese deseo de pantalla le resultó milagroso, por un momento se olvida de su casi segura hemiplejía. Y se pone a pensar en los avances de la tecnología que le permiten estar tirado frente al mar surfeando por el ciberespacio. “Estamos en una época donde nuestro deseo puede cumplirse, de eso se trata la ilusión de estos ingenios tecnológicos”, piensa. Esa fascinación por la pantalla lo hace olvidar por un momento de su trágica enfermedad. ¡Qué ingeniosos son estos bichos! Estaba por primera vez desde su llegada a la playa, contento. “Nos permiten perdernos a nosotros mismos, y tener la ilusión de que lo que queremos se puede cumplir”, pensaba como dando algún futuro seminario.
Era esa la clave que estuvo buscando todas estas semanas cuando intentaba saber qué representaba el “estar conectado a las redes sociales”. Hacía años que se negaba a participar en ellas pero unas semanas antes se había enganchado con todo y ahora posteaba textos, y agregaba “me gusta” a algunas historias que le llegaban. Y hoy frente a su seguro ataque cerebral, lo primero que hacía era conectarse a ellas. ¡Y cuánto le servía hoy esas redes que ayer las veía como una obscenidad y una exposición de la vida privada!

El analista se recuesta en la silla de playa, y reaparece todo su dolor en el occipital y en el ojo derecho, todo su ataque estaba localizado. Quizás con la compu prendida podría relatar cómo el ataque se iba comiendo su raciocinio y cómo junto a la desesperación, su cuerpo se iba fragmentando hasta quedar cortado en dos, o mejor dicho fragmentado en dos. Por un momento pensó que quizás todavía no habría ningún relato on line de un ataque cerebral, en el preciso momento que se estaba llevando a cabo, in situ. Frente a la originalidad del relato que tenía por delante, volvió a temer por su suerte.

El escepticismo. Nunca nadie le creería lo que le estaba pasando, él suplicando que le creyeran tendría que tirarse al piso y no levantarse, nadie le creería su ataque cerebral si permanecía estaqueado a la silla, sentado como si su figura estuviera disfrutando de una primeriza mañana de veraneo, tendría que tirarse a la arena, dejando caer la netbook que rodaría como milanesa harinada cubierta de arena, y su lengua debería correrse para un costado, y ese seguro desmayo. Sólo así alguien se daría cuenta de su ataque fulminante, del que hablarían todos en las redes sociales. Debería hacer notar no solamente esa imposibilidad de caminar sino la dificultad para hablar y más que eso la dificultad de pensar como antes, para siempre y, sobre todo, nunca más ser quién había sido.

El analista se asustó. Pensó que cuando otro analista leyera su texto, lo criticaría. “Siempre está el actor que quiere morir en escena, el escritor que quiere morir escribiendo, pero ¿cómo quiere morir el analista? ¿Cayéndose de la sillita del veraneo, perdiendo su lucidez una mañana de enero?”. Le criticarían su falta de delicadeza y miramiento por la profesión. Otros analistas habían muerto después de despedir a la última paciente del día, aflojándose en su sillón de analista y dejando de respirar, y sólo siendo descubiertos luego de varias horas de ausencia del hogar. Esa era la muerte representativa y no ésta, relatada por Facebook, y teniendo que convencer que detrás de ese gorrito de sol, había un ataque cerebral que no lo llegaría a matar sino a dejarlo mogólico.

“Así como no se puede analizar a sí mismo, tampoco se puede criticar la forma de muerte y decadencia, no debería haber enfermedades más respetables que otras”. La enfermedad de cada uno debe ser singular, y la de él estaba comenzando y ningún otro analista debería juzgarla aún cuando le pareciera poco digna, no deberían criticar su fragmentación, su caída en el dolor más punzante, esa desesperación de no poder volver atrás.
Lo tranquilizaba la pantalla prendida en la cual escribía como loco, era como su testamento. Escribía en esa superficie luminosa, ¡así quedaría su mente!, encerrada por siempre en ese marco de la luminosidad de un desear infinito.
El dolor en el ojo se hizo más intenso, no veía igual con los dos ojos. Uno de sus ojos se convertía en la superficie misma de la pantalla, ese ojo iba y venía, ojo luminoso, ojo agarrador y prensil.
Así se manifestaba el comienzo de su ataque. El ojo prensil se agarraba de la pantalla, soñaba poder dibujarse a sí mismo en el mismo momento del ataque. Era un ojo que se ponía a competir con el ingenio de la tecnología. Ahora ese ojo llevaba consigo al analista; ese ojo era quien ahora miraba y pensaba.

Escribía que se estaba muriendo, pero que se quedaran tranquilos porque no era la muerte total, les dedicaba su relato a todos aquellos que, como él no volverían a ser quienes habían sido después del fatídico primer día de vacaciones.
 
 
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