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   El Psicoanálisis en el ámbito judicial

Vicisitudes jurídicas del crimen parricida
  Por Marta Gerez Ambertín
   
 

Un parricidio dudoso. En el ambiente previo a la Segunda Guerra Mundial, cuando se desviaba hacia las comunidades judías el descontento popular provocado por la crisis económica y política, fue incoado el proceso contra Philipp Halsman (joven judío de 22 años) bajo la acusación de asesinato de su padre. Sobre él escribió Freud en 1931 “El dictamen de la Facultad en el proceso Halsman”.

Pese a que la investigación de la policía de Innsbruck y de un detective de Munich determinaron que el hijo no tenía nada que ver con el crimen, el joven fue llevado a un juicio que acabó en condena.
Figuras prominentes de la época abogaron por un “debido proceso”. La intercesión de Einstein, de los escritores Jakob Wassermann y Thomas Mann, de Freud, de la periodista francesa Berta Zuckerkandl (cuñada del estadista francés Clemenceau), del Ministro francés Painlevé, si no lograron revertir la sentencia consiguieron que Halsman pudiera abandonar Austria rumbo a París de donde, en 1940 (dado el avance nazi), viajó a Estados Unidos para lo cual intervino hasta Eleonor Roosevelt. Recién en 1973 se cancela la sentencia, permitiéndosele visitar Austria y la tumba de su padre.
La excelente investigación que sobre el tema realizó el Dr. Moisés Kijak en “Freud y el proceso Halsmann” puede leerse en la Revista de Derecho Penal I. “Delito contra las Personas”. Buenos Aires: Rubinzal Culzoni. 2003.

Un parricidio consumado. Contrastando al caso anterior, haré una breve referencia a un parricidio acontecido años atrás en una pequeña localidad argentina. Mi agradecimiento a la psicóloga Bibiana García por proporcionarme el expediente judicial y sus comentarios. Dada la contemporaneidad del suceso mantendré el anonimato de los intervinientes. Se trata de un hombre joven que asesinó a su padre. Lo descuartizó, quitó muchos de sus órganos internos, cortó su cabeza y fileteó y cocinó a la provenzal hígado y bazo que comió con pan (se encontraron residuos de la comida en una olla). Al resto del cuerpo intentó quemarlo en una salamandra.
Los padres del homicida habían vivido en concubinato y tuvieron 8 hijos (la primera hija nació a los 13 años de su madre y el homicida a los 14). Se habían separado 16 años antes del crimen por la violencia paterna con la familia. Los hijos quedaron con la madre hasta que fueron formando sus propios hogares.

El parricida, jornalero con precaria instrucción, habitaba en casa de su madre –aunque tenía 3 hijos con una concubina– y 7 años antes del crimen había sido imputado por una tentativa de robo y lesiones leves. Sus “rarezas” determinaron estudios psicológicos y psiquiátricos que dieron como diagnóstico “Debilidad mental leve y trastorno esquizofreniforme a forma paranoide”. El escueto informe que consta en el expediente. alude al “padecimiento de alucinaciones auditivas e intrapsíquicas, eran voces amenazadoras que movilizaban su conducta y permitían una estructura paranoide del pensamiento, con ideas de daño y perjuicio”. Se hace alusión a que hizo “algún” tratamiento “con notoria rectificación de la ideación delirante” y que se “adaptó pasivamente al medio internativo” (siempre en una Unidad Penitenciaria). Conviene resaltar que estaba medicado con Halopidol 10,1 com/día; Nozinan 25,1 com/día; Akinetón a y ½ 1 com/día; diazepan 10,2 com/día. Un chaleco químico imponente, aunque no consta en autos cuánto tiempo tomó esa medicación, tampoco si alguien controlaba su administración y efectos.

Le concedieron el alta a prueba y regresó a la casa de su madre. Tiempo después cometió una serie de delitos leves por lo que se revocó la medida y fue detenido en un penal. Nuevamente las pericias psiquiátricas lo consideraron inimputable. Pero no fue internado en un Hospital Psiquiátrico ni recibió tratamiento psicoterapéutico pese a las recomendaciones de los peritos. Una segunda oportunidad –desaprovechada– para lograr una estabilización. Dada su conducta intachable en el penal se le permitió una externación transitoria de 48 hs. por mes que luego se extendió a 72 hs. Su madre, como tutora, lo retiraba de la cárcel y lo alojaba en su casa. El joven visitaba periódicamente al padre pese a las pendencias que mantenía con él quien lo había denunciado años atrás por unos robos, razón por lo cual había sido apresado (lo que posiblemente potenció el odio que el hijo ya le tenía por sus maltratos).

Cuatro días antes del homicidio su madre lo retiró de la cárcel y lo alojó como siempre en su casa. Al tercer día debía regresar a la Unidad Carcelaria, pero no lo hizo. La madre ya estaba preocupada porque en esos días lo había encontrado “hablando solo”. Finalmente, localizado en casa del padre, se niega a regresar a la cárcel aduciendo que allí recibe “mal trato” y “le hacen brujerías”. El padre lo apoya en la negativa a volver al penal, aunque eso implicaba perder los permisos de salida. Extrañamente, se refugia con quien padeció el maltrato.

La madre y una hermana consiguen que se interesen por la situación integrantes de Patronato de Liberados quienes el día previo al homicidio lo convencen de ir a un médico del hospital quien manifiesta que el joven “presentaba un cuadro de alucinaciones y desorientación témporo-espacial”. Aún así, resistió volver al penal y regresó a casa del padre. Al tercer día de estar allí se presume que discutieron y el hijo lo asesinó.
El vecino que descubrió el hecho quedó estupefacto ante la escena de tanta sangre, órganos desparramados y… ¡olor a comida! El parricida tomaba tranquilamente mate y lo invitó a tomarse unos mientras decía: “Ahí lo tenés, se está quemando, me mandó preso de frente mar el gato, hice lo que tenía que hacer. Voy a matar también a mi vieja y a mi hermana”. El homicida pidió al vecino que lo ayudara a hacer desaparecer los restos del padre, pero aquel se ingenió para alejarse y avisar a la policía. El joven se entregó sin ofrecer resistencia.

El expediente fue caratulado Homicidio Calificado por el Vínculo. Pero se dejó en suspenso la pena y se ordenó la internación provisional en una Unidad Carcelaria. El perito psiquiatra que lo entrevistó consigna que el imputado “padece de severos trastornos psiquiátricos que lo tornan peligroso para sí y para terceros”. La inimputabilidad obedece a “presentar un cuadro de esquizofrenia paranoide que al momento del hecho le había impedido comprender la criminalidad del acto y dirigir sus acciones, siendo el pronóstico reservado. Se recomienda la supervisión psiquiátrica y tratamiento con farmacología específica”. Pero se lo internó en una Unidad Penitenciaria.
En el expediente judicial hay pericias forenses de todo tipo, alrededor de cien fotografías, aunque casi nada de la subjetividad del parricida o del padre asesinado. De éste apenas sabemos que vivía solo, que había maltratado a su mujer e hijos pero que era “buen vecino”. El dato más destacado es su tipo de sangre y ADN que coincidía con la del hijo.

La pericia psicológica es escueta: “Vigil. Orientación témporo espacial relativa, dubitativo, inexpresivo, memoria anterógrada y retrógrada disminuida, relata ciertos hechos con confusión, sueño aparentemente conservado, asocia los hechos acontecidos con delirios místicos, por lo cual considero que padece severos trastornos psiquiátricos”.
La pericia psiquiátrica es igualmente somera: “al momento de realizar el estudio pericial el imputado presentó un síndrome delirante de contenido autorreferencial (paranoide) producto de un juicio crítico de realidad desviado, su ideación delirante condiciona su conducta y se constituye en el eje de su existencia, su perturbación mental actual es significativa de demencia en sentido jurídico. El imputado presenta en la actualidad un índice de peligrosidad elevado, dadas las características de su perturbación mental (proceso psicótico) su permanencia en libertad resulta peligrosa, para sí y para terceros, el enfermo deberá recibir asistencia psiquiátrica. El imputado no se encuentra psíquicamente en la actualidad, en condiciones de prestar declaraciones ante la justicia”.

El procedimiento judicial deja en suspenso la pena y ordena la internación provisional que se efectúa en… ¡una Unidad Penitenciaria!
Poco sabemos de su destino, en el expediente se consigna que hasta 6 meses después del crimen no hubo ampliación de pericias psiquiátricas o psicológicas, tampoco recibió tratamiento psicoterapéutico como lo solicitó el juez. Sólo se menciona que 3 años después continuaba con prisión preventiva en un pabellón psiquiátrico de una unidad penitenciaria.

Un parricidio ¿freudiano? ¿Sorprende? que ni la pericia psicológica ni la psiquiátrica aludan a la modalidad del parricidio. No todo el que comete parricidio come los órganos internos del padre a la provenzal, ni lo despedaza o quema sus restos. ¿Es éste un parricidio “freudiano”? ¿Despejarían esa denominación los “motivos” del crimen?

El parricidio freudiano y sus aristas. Cuatro crímenes suscitan el máximo horror humano: matar al padre, comer carne humana, unirse a la madre y matar los hijos. Ellos implican abismarse en los bordes del malestar en la cultura.
El crimen apocalíptico del parricidio, según Freud, precisa ser reprimido; así, sólo subsiste a nivel fantasmático: eso que tiene un marco –un límite– y permite mirar lo que hay detrás de la puerta sin atravesarla. Fantasear el parricidio no es lo mismo que ejecutarlo. Y ejecutarlo tampoco implica devorar y quemar los restos del padre.
El sujeto se exilia de esa cicatriz del asesinato de lo real del padre –que no deja de asediarlo y tentarlo– gracias a la fantasía y el deseo inconsciente. Pero nunca se exilia del todo de la cicatriz parricida, el acoso pulsional y la tentación que insisten. Es lo que puede acaecer allí donde está forcluída la metáfora paterna –como en la psicosis– y la carne del padre alimenta el goce pulsional. La incorporación canibalística es procurada: identificación por incorporación de un trozo del híperpoder paterno; aquello que tenía que mantenerse sólo como identificación primaria, retorna.

Hemos reiterado varias veces que, con la instauración del Nombre-del-Padre como legalidad, no-todo-el-padre-terrible es sustituido. Queda un resto, un envés del padre fiador que amenaza retornar con su peor hostigamiento (v. Gerez Ambertín Entre deudas y culpas: sacrificios). El envés del Nombre-del-Padre puede convocar el retorno del padre maldito, imperativo superyoico que acorrala: “¡Mata al padre!”
¿Será que el parricida que comentamos necesitaba matar lo-peor-de-un-padre? Lo ocurrido permite conjeturar que, al asesinarlo, precisó hacer desaparecer el lado acosante del padre en un intento (obviamente malogrado) de construir un remedo de un padre legislante.
Llama la atención que sea la madre la tutora del reo, es ella quien lo busca en los permisos y se preocupa porque no retorna cuando debe a la prisión. Esa madre intenta cumplir la función paterna legislante… pero no alcanza.

Las voces que hostigan en la psicosis. Freud destaca las diferencias entre matar al padre o abstenerse, reprimir el parricidio. En el primer caso el padre puede no alcanzar el nivel simbólico del que legisla, y quedar reducido a un-padre que ordena gozar: imperativo superyoico que comanda al nivel de la voz, de ahí las “alucinaciones auditivas”, las “voces amenazadoras con ideas de daño y perjuicio” mencionadas por las pericias.
Las voces superyoicas impuestas suponen un peso insoportable dada la falta de mediación del padre simbólico. Esas voces pesan como “cosas” al psicótico que no logra un efecto de significación dada la forclusión de la Metáfora Paterna. En la psicosis, la invasión de voces, no permite la articulación de la demanda al Otro. Queda a merced de la vociferación del Otro gozador. El joven se instaló por 3 días en casa del brutal padre, en complicidad con él no acató la ley y quedó a merced del delirio persecutorio que ubicaba al padre como su máximo perseguidor. Pero, asesinándolo, éste se tornaba más amenazante de lo que era en vida. Tal el aforismo: “cuando se mata a un padre es un hijo el que muere”.
Invadido por alucinaciones auditivas que provocan certeza está a merced del padre maltratador que complota contra él. Necesitó asesinarlo, comerlo y quemarlo intentando escapar de un goce insufrible. ¿Escapaba? No, quedaba más apresado que nunca a ese padre maligno cuyo poder nuevamente incorporaba. De allí que, luego del crimen, dobla la apuesta y amenaza matar también a la madre y hermana. Descompensado, promete regresar a su pueblo a “comer un asado” cuyo menú incluye a aquellas.

Dije en Las voces del superyó que, el psicótico, en tanto desabonado del inconsciente, carece de recursos para tramitar la “máscara” que apacigüe el retorno de lo real y ponga coto al goce del padre maltratador. En el caso aludido quizás fuera preciso un declive de lo real del padre, de la bestialidad de un-padre para que el sujeto se apaciguara. Por eso el pasaje al acto parricida, su modalidad y su comentario: “se está quemando, me mandó preso de frente mar el gato, hice lo que tenía que hacer”. Necesitaba aniquilar al “gato”, devorarlo para incorporar su potencia, y quemarlo para reducirlo a nada. Cuando pide ayuda al vecino para hacer desaparecer los restos no lo hace –neuróticamente– para borrar las huellas del crimen, sino –psicóticamente– para borrar al padre real invasivo. ¿Cómo lograrlo por otra vía que no fuera el asesinato? Sacando réditos del delirio, valiéndose de él. Sólo los recursos de la estabilización apelando al trabajo del delirio abren el camino a un tratamiento posible.

Si el joven parricida pende abusivamente del goce del padre, un subterfugio posible para escapar del imperativo de las “voces” es apelar al trabajo del delirio. Falsa costura que, suturando lo simbólico y lo imaginario, supone un saber-hacer con esos fenómenos alucinatorios si pudiera producirse una significación (delirante) que los ordenara. Suplencia a la dimensión que se soltó, metáfora delirante que, como costura, es preciso reinventar como estabilización. Invento y creación que quedarán a cargo de aquel que pueda hacer un tratamiento psicoterapéutico, del procedimiento judicial que lo determine y del psicoterapeuta si lo hay.
Tal vez, un tratamiento psicoterapéutico –siete años antes del crimen– hubiera conseguido la estabilización del delirio psicótico. Pero, a diferencia del caso Halsmann, ninguna personalidad prominente de la cultura o la política pidió por él y, al igual que en caso Halsmann, los vecinos del pueblo quisieron lincharlo y los mass-media aprovecharon al que tildaron “caníbal” para vender mejor.
Las cárceles están llenas de psicóticos y aún aquellos reductos presentados como “pabellones psiquiátricos” no hacen sino devastar estas subjetividades frágiles ya que la impregnación carcelaria es tan fuerte que potencia frecuentemente la descompensación psicótica.

Foucault se burlaba del encierro de un hombre durante veinte años para “curar su mal”. Efectivamente, nunca el encierro per se ha curado nada, pero ¿lo hacen los “tratamientos” cuya única prescripción es un cóctel sobrecargado de químicos que nadie controla ni supervisa adecuadamente?, ¿alguien escucha a estos inimputables entre los cuales –suscribiendo a Anatole France– “no hay culpables, sino sólo desdichados”?
Los poderes públicos adeudan convertir en acciones, en hechos concretos, lo que hoy son sólo palabras: la garantía de respeto y salvaguarda de los derechos humanos de todos los humanos… incluyendo criminales y psicóticos. Porque –como afirma Ester Díaz en La sexualidad y el poder– “El estupor que produce el martirio de la víctima, suele hacer olvidar el infierno del matador”, ¿a dónde conduce desviar la mirada de tal infierno?

 
 
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