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   El Psicoanálisis en el ámbito judicial

Hacia otro orden de vulnerabilidad
  Psicoanálisis y Derechos Humanos
   
  Por Juan Dobón
   
 

Durante la experiencia de trabajo junto al Centro de Asistencia a Víctimas de Violaciones de Derechos Humanos “Dr. Fernando Ulloa”, dirigido por la Lic. F. Rousseaux, llevamos adelante una serie de dispositivos que van desde la constitución de Juntas de Evaluación, en el marco de las leyes de reparación, al de la asistencia directa a víctimas del Terrorismo de Estado, así como la supervisión clínica de dichos tratamientos.
Al llevar a la práctica estos dispositivos desde el psicoanálisis, nos encontramos con una extensión difusa y extraterritorial de la noción de “vulnerabilidad”. Es decir, que si en su empleo no se valoran las condiciones subjetivas de la misma al desoír las particularidades de la encrucijada traumática en cuestión, resulta en una generalización inconducente para el sujeto. Cabe recordar que en las víctimas del Terrorismo de Estado, la vulnerabilidad y desamparo subjetivo resultan de máxima valoración, en tanto lo estatal como organización del terror se transformó en el agente del trauma.

La generalización de una noción no solo banaliza su estudio, sino que es funcional a neutralizar sus consecuencias éticas. En este campo se extiende y generaliza el uso de términos tales como “vulnerabilidad”, “riesgo” y “peligrosidad”, siendo funcionales a ello el mal uso de las categorizaciones nosográficas estadísticas del DSM-CIE10: estrés postraumático. Por este motivo, es necesario diferenciar su uso conceptual en los dispositivos de evaluación (Juntas multidisciplinarias de evaluación) previstos y exigidos por las actuales disposiciones de las leyes de reparación que el Estado asume en relación a las víctimas del Terrorismo de Estado. De su uso en los dispositivos de asistencia, en este caso de orientación psicoanalítica y bajo transferencia, cuyo empleo requiere de algunas precisiones preeliminares.

Los dispositivos de evaluación. Los criterios de evaluación habituales en las Juntas “médicas”, sean estas periciales o forenses, cuando son solicitadas desde el Poder Judicial responden al modelo de evaluación generalizado de corte positivista, manteniendo la ilusión de posibilidad de establecer una técnica, un método general y generalizable capaz de dar cuenta del carácter del daño infligido a la víctima. Se parte del supuesto a priori de encuadrar toda situación de esta índole bajo la égida del estrés post-traumático. En acuerdo con el Centro Ulloa, consideramos apropiado modificar el criterio evaluatorio. Hemos sustituido el mismo por un criterio de “valoración subjetiva”, poniendo en cuestión la dimensión particular de la posición de cada sujeto frente a los hechos acontecidos.
En cuanto al agente, es necesario distinguir entre aquel convocado a título de “evaluador”, con todas las resonancias que esto conlleva, del que se posiciona dispuesto a alojar lo que allí se ha dicho como un acontecimiento en la vida de un sujeto.

Si el evaluador en cuestión se encuentra atravesado en algún orden por el psicoanálisis y su ética, mantendrá una forma de leer, escuchar o registrar lo hallado ante el testimonio de las víctimas al modo de la construcción de un texto. Diferenciándose así de la tradicional forma de mostrar protocolos de categorías clínicas previamente construidas bajo el criterio estadístico. Resultando en este caso una evaluación que conduce al diagnóstico de un conjunto de signos y síntomas al modo de los protocolos médicos, olvidando o desestimando aspectos cruciales en la vida del afectado por ser considerados ajenos a las categorías nosológicas existentes. Las preguntas por la percepción subjetiva del dolor, lo perdido, la existencia y un sentido posible como horizonte de vida más allá del horror y la mortificación no ingresan en ese universo, dado que no existen tests, cuestionarios o instrumentos válidos que permitan develar esta consecuencia dolorosa del hecho criminal acaecido1. Sin embargo, existe el Protocolo de Estambul como instrumento idóneo; ya que en su capítulo VI sobre signos psicológicos indicativos de tortura, se revela que solamente los efectos del horror hacen su aparición en el contexto del significado que personalmente el afectado les dé y de los factores sociales, políticos y culturales que lo condicionaron.

Por tanto, la importancia del relato que este tipo de dispositivos valorativos preserva, es su carácter de Testimonio. En él accedemos, por una parte a valorar el estado de vulnerabilidad subjetiva y, por otra, quizás a un lugar posible donde el hecho mismo de narrar permita acceder a un estatuto del ser de verdad diferente. Cuestión ésta que podrá ser alojada a posteriori en un dispositivo bajo transferencia.
Es por este motivo que el acceso a la palabra de las víctimas de delitos de lesa humanidad requiere no solo de una política estatal sino de una “política del síntoma”. Es decir, un dispositivo que finalmente ha lugar y aloje a ese afectado en el pasaje del dar testimonio al de ser un sujeto en la asunción de su decir. En tanto el que testimonia recupere una distancia desde donde enuncia lo dicho, cuando esto acontece el plus de significación permitirá tramitar el excedente de dolor, los restos del horror y la posibilidad de deslizar su fijeza.

Lo político del síntoma. Otro orden de vulnerabilidad. El hombre en tanto ser hablante, deseante y sexuado atraviesa en su constitución misma un estado de indefensión desde su origen2, que se reactualiza ante los diferentes avatares y pérdidas a lo largo de su vida. Sin embargo, es necesario discernir un estado de desamparo particular que acontece en los sujetos que enfrentan una “encrucijada de lo traumático”. Por ello, introducimos las condiciones subjetivas –del deseo y del goce– como coordenadas determinantes en dicha encrucijada, para arribar a otro orden de fragilidad no generalizable: el de la vulnerabilidad subjetiva por excedente y exceso. Las “condiciones de vulnerabilidad subjetiva”3 serán el resultado de evaluar las condiciones de vulnerabilidad social, histórica, educativa, sanitaria, etcétera; efectos directos de la segregación que determinan los discursos y procesos de exclusión.
Sin embargo, esto no agota el problema, debemos valorar el universo que se abre en el tiempo de su constitución subjetiva como deseante, así como el impacto de una situación que opera desde la eficacia del trauma y lo indeleble del estrago. La hilfloshkeit como carencia de amparo es estructural, en tanto consiste en un estado de carencia total de recursos, que ante determinadas situaciones podrá reeditarse dado lo extremo de la situación traumática, ya como angustia o como desestructuración4. La vulnerabilidad subjetiva anida y actúa por esa razón en la intimidad misma del sujeto, aún desconocida por él, como inconsciente5. Va mas allá de la dialéctica amparo-desamparo en tanto toca un punto real intramitable por esa vía, ya que no se trata bajo ningún aspecto del orden de la frustración, ni tampoco de alojarla por esa senda.

La oposición o exclusión recíproca entre ambos órdenes de vulnerabilidad –el general y el subjetivo– no es más que una distorsión de lectura. Podemos afirmar que una no es sin la otra. De este modo, la vulnerabilidad subjetiva mantiene una relación de extimidad por privación real ante la vulnerabilidad social, cultural, parental o histórica.
En los procesos de subjetivación, la valoración de la posición y constitución del sujeto ante la angustia y esta encrucijada traumática puede encontrar diferentes posiciones que van de la desorientación ante el deseo hasta el anonadamiento o arrasamiento. Podremos considerar como determinantes por lo menos a tres posiciones en términos de vulnerabilidad subjetiva o hilfloshkeit, que lejos de reforzar un lugar de víctima, que ya soporta en lo real, permiten abrir esta cuestión:

a. La de una desorientación del sujeto ante el deseo del Otro-parental, histórico.
b. La de estar alienado a una economía de goce, sin recursos de separación, habiendo encarnado una posición de “objeto” ante las vicisitudes de goce del otro parental, social o, en este caso, estatal.
c. La del retorno de la eficacia de lo traumático y el estrago de la identidad con el consecuente arrasamiento subjetivo.

Los dispositivos y artificios toman en cuenta estas diferentes posiciones de vulnerabilidad subjetiva determinantes como condiciones de la angustia a la hora de abordar un caso. Cuestión que no desestima el problema diagnóstico pero lo relativiza como una condición más a evaluar.
Lo que no debe conducirnos al error de arribar a un diagnóstico por caracterización y nivel de vulnerabilidad, hecho que pertenece a la idea positivista de una enunciación “por autor”, al modo del positivismo criminológico de principios del siglo XX. Sin embargo, el psicoanálisis aporta una dimensión diferente al reintroducir la atipía, como la particularidad de cada caso, y la vulnerabilidad como un estado subjetivo o situación solo evaluable bajo transferencia.

La vulnerabilidad subjetiva y la letra. En el caso de la aplicación terapéutica, si nos orientamos desde el psicoanálisis, no puede desconocerse la amputación psíquica que implica un delito “imprescriptible” ni valorarlo como un hecho tychico o accidental más en la vida del sujeto. En tanto afecta la genealogía, el linaje de los sentidos y la transmisión misma de la historia, el envés de lo imprescriptible del delito nos muestra lo indeleble de la marca y la pérdida en cuestión.
En ésta, como en otras tragedias subjetivas que conllevan la lógica de lo traumático y el excedente no tramitable, resultará clave el pasaje clínico que va del relato y el testimonio al asentimiento subjetivo. Asentimiento como implicación en el decir, con la consecuente se-paración del decir en los dichos.
En estos casos, las condiciones de la encrucijada traumática se enmarcan en las siguientes coordenadas:

1. El haber sido víctima del programa del terror estatal. Ese ha sido un programa destinado básicamente a vulnerar la dignidad y derechos humanos en todos sus planos.
2. En el caso de haber sido víctima directa de un programa que pretendió diseñar su destino impunemente escribiendo secuestro, entrega o muerte de hijos, tortura, desaparición forzada, traslado, liberación, etcétera.
3. En el caso de los niños, la apropiación de identidad escribe un estado de máxima vulnerabilidad subjetiva, si es que eso puede valorarse o cuantificarse. Lo que determina una desorientación básica acerca del deseo del Otro parental-histórico por ruptura de la genealogía o peor… El estrago en la identidad misma al haber sido instrumento, rehén, –objeto de goce y uso– y su efecto transgeneracional.
4. La desmentida social y la negación posterior de lo acontecido, con el subsecuente aislamiento social y subjetivo del dolor.
5. La mortificación y la crueldad en su impacto en el cuerpo psíquico, además de las secuelas en el cuerpo biológico.

Definimos, entonces, el estado de vulnerabilidad subjetiva en víctimas de violaciones de DD.HH. como desgarro en la existencia del orden de un agujero real en el Otro. Donde aquella pregunta acerca del deseo y el destino del Otro solo encuentra fragmentos, trazas, marcas que han impactado en el cuerpo (pulsional y fantasmático) y en su soporte material: el cuerpo viviente.
Un agujero no es el vacío; tampoco es la nada o la pregunta del ser sartreano. El agujero en cuestión, en tanto real, es desgarro traumático, es decir no punto vacío a ser re-significado, sino hiancia, corte y pérdida. Aquí pensamos un agujero que opera a pura pérdida, por exceso y fragmentación no tramitable, donde el sentido y el goce parecen desacoplarse. Esto hace borde en el cuerpo psíquico y deja una escritura-marca como letra, marca indeleble en la historia y la identidad. Dicha letra resiste a dialectizarse y opera como signo inconsciente de una ausencia. Escritura encriptada del Uno que ha hincado en la carne y hace borde entre el goce y el ser. El sujeto conoce y padece sus efectos, pero en ocasiones desconoce su presencia. Se localiza, horada cuerpo e historia, y trabaja contra el deseo mismo del sujeto. No se trata llanamente de hacer hablar de ella, eso puede simplemente deslizar el goce y padecimiento en cuestión, se tratará de bordear lo real en juego.

La letra es eficaz a la hora de pensar el duelo o el dolor, pero compleja e inasible a la hora de valorar el daño. Los fragmentos hallados como marca resisten la rememoración y tienden a borrar el tiempo en que fueron inscriptos. El máximo desamparo ha dejado su huella de un hecho de estructura, la de soportar una existencia sin Otro. La política del síntoma determina la orientación de la función F(a) hacia un orden nuevo, abierto, que equivoque el destino6. Por una parte, sujeto al des-ciframiento del inconsciente como saber; por otra, debe incorporarse el tono y las resonancias que puede despertar, como en el aprendizaje de las lenguas tonales, al equivocar el sentido en la lectura de su cadencia cada vez.
La función analista f(a) se pone a prueba allí, intentando conmover su certeza de repetición y la fijeza que retorna como destino. Es decir, el establecimiento bajo transferencia de la pregunta que permita leer la particularidad de esta condición trágica, conmoviendo los sentidos congelados y alienados que perpetúan el dolor de “ser víctima” y la eficacia de lo traumático.
_____________
1. Fernando Díaz Colorado- Peritaje forense en delitos de lesa humanidad- 19 de febrero de 2007.
2. Freud S. “Lo inconsciente”, 1915, O.C., B.N., Madrid.
3. Zafaronni-Dobón. Publicado en Bibl. de F. Psicología UBA. 217.126.81.33:501/psico/sesion/ficheros y “La mujer de mi vida” vol. N 36.
4. Lacan J. Seminario 6 El deseo y su interpretación - pág.416, (1958) (Inédito).
5. Freud S. Inhibición, síntoma y angustia. 1926 (1979), Amorrourtu, Bs. As.
6. Lacan, J. Seminario 24. L´insu…, Clase 10, Hacia un significante nuevo, 15 de Marzo de 1977. Versión inédita. EFBA.

 
 
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