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   El Psicoanálisis en el ámbito judicial

Psicoanálisis e in-imputabilidad
  Por Ana María  Gómez
   
 

“… la Psicología sería un arma de doble filo.”
Sigmund Freud, 1930

En primer lugar, agradezco la convocatoria de Imago Agenda y a Corina Alaniz –abogada– por su colaboración para la producción de estas reflexiones. Lo primero que me surgió en relación a Psicoanálisis y Legalidad, fue ¿cuál es el lugar que el mismo ocupa –y por ende los psicoanalistas– en cuanto a la misma? y específicamente ¿cuáles son los criterios de imputabilidad o inimputabilidad?
¿Por qué? Porque desde que Freud intervino al respecto, de nuestra labor pericial los jueces obtienen elementos para dictaminar acerca de la condición de culpabilidad o inocencia de alguien, o la cualificación del delito y de allí en más de la sanción, la pena o el castigo que esa persona deberá afrontar.

Al imputado se le atribuye o asigna la responsabilidad o autoría de un delito, una culpa o una falta. O sea se lo acusa, culpa, incrimina, inculpa. Entonces, el imputado es aquel a quien se atribuye autoría y responsabilidad sobre algo que no es sin consecuencias. Ahora bien, ¿en qué medida los actos humanos son sin consecuencias?
Los actos humanos no carecen de sentido ni son, nunca, sin consecuencias aunque alguna vez ello pareciera así ante un acto banal. Pero el solo hecho de ser banal o intrascendente ya es una consecuencia. De todos modos nos estamos refiriendo a acciones que implican consecuencias graves no solo para el o los semejantes, sino también, para el mismo autor de la acción.
Vayamos a dos historias concretas: la de Philipp Halsmann y la de Romina Tejerina.

Philipp Halsmann era un joven austríaco acusado de cometer parricidio. Es enjuiciado, considerado culpable y condenado a la cárcel. Por pedido de un eminente jurista de la Universidad de Viena –Joseph Hupka– quien asume la defensa del joven condenado por un crimen, que tal como se prueba luego, no solo no había cometido, sino por el cual, es juzgado y condenado sin pruebas suficientes y a expensas de un informe de la Facultad de Medicina de Insbruck, en el cual se apela a la teoría freudiana del Complejo de Edipo, el mismo Freud escribe su artículo “La peritación forense en el proceso Halsmann” en 1930 que luego es incorporado a sus Obras Completas.

Además de Freud intervinieron Albert Einstein y Thomas Mann, entre otros prohombres de la época, quienes se hicieron oír en lo que, por su trasfondo de antisemitismo, fue dado en llamarse “el Dreyfus austríaco”.
Cuando es absuelto pero obligado al exilio, la vida de Halsmann ya estaba marcada por los años pasados en la cárcel. Su biografía es sumamente interesante ya que llegó a ser uno de los fotógrafos más destacados de su tiempo.
Freud interviene con precisión diciendo, por ejemplo que “Precisamente por su existencia universal, el complejo de Edipo no se presta para derivar conclusiones sobre la culpabilidad. De hacerlo, se llegaría fácilmente a la situación admitida en una conocida anécdota: ha habido un robo con fractura; se condena a un hombre por haber hallado en su poder una ganzúa. Leída la sentencia, se le pregunta si tiene algo que alegar, y sin vacilar exige ser condenado además por adulterio, pues también tendría en su poder la herramienta para el mismo.” Se había cometido un exceso y un abuso con la teoría psicoanalítica y de ello se hizo depender el destino de un ser.

La relación del Psicoanálisis con el Derecho, y sobre todo con el Derecho Penal, atraviesa la historia del mismo desde que su iniciador, Sigmund Freud, se interesó por el tema no solo a través del examen de hechos literarios –como lo constata su estudio de los temas en Dostoievski– sino en cuestiones de la realidad, por ejemplo, con relación a la historia del joven Philipp Halsmann (o hasta en artículos específicos como el intitulado “Los que delinquen por sentimiento de culpabilidad”).
Freud relativiza en este caso la imputabilidad de alguien cuando se apela a la teoría psicoanalítica mal tramitada y entonces, ¿cómo se producirán estas instancias en el caso de la inimputabilidad? ¿Es igualmente grave declarar a alguien culpable –a través de las peritaciones basadas en la ciencia– que inocente?

En febrero del año 2003 una joven, argentina en este caso, tras haber parido a una niña de seis meses y medio de gestación, la encierra en una caja de cartón y la acuchilla. La niñita muere algunos días después en un hospital a consecuencia de las heridas recibidas. Romina Tejerina denuncia haber sido violada y a consecuencia de ello haber quedado embarazada, gestado y parido a la pequeña. El presumido violador, Eduardo Vargas, fue sobreseído. La violación nunca pudo ser probada.
La perito de parte María Teresa Fernández determinó que Romina no era conciente de sus actos porque padecía estrés postraumático, producto del ataque sexual, y que, al momento del nacimiento, estaba en estado de psicosis aguda; la fiscal Liliana Fernández de Montiel consideró que no había “prueba alguna que sostenga que la beba haya nacido producto de una violación”, sostuvo que Romina había actuado en pleno dominio de sus facultades y pidió 25 años de prisión. La defensa pidió la absolución.

“Lo único que me acuerdo es el llanto de la bebé, y después la imagen de la cara del violador que se me cruza. Ahí es cuando yo agarro ese cuchillo y empiezo… Totalmente ida.” dijo Tejerina.
La defensa pidió la nulidad del fallo objetando “la pericia psicológica realizada por los peritos oficiales” y porque no hubo argumentos sólidos “para descartar el brote psicótico, con lo que Romina debería haber sido absuelta”. “La Corte Suprema decidió que Romina Tejerina seguirá presa. Es por el rechazo al recurso de queja interpuesto por la defensa.”
¿Cuál fue el lugar, el rol, la participación del psicoanálisis y sus aportes teóricos en este caso? Ninguno.

La pericia se habría basado en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales y para esta dolencia, allí especificada, los tratamientos propuestos son: además del farmacológico, “… el entrenamiento en inoculación del estrés, la desensibilización y reprocesamiento por movimientos oculares (EMDR) y la terapia cognitivo-conductual centrada en el trauma”.
Philipp Halsmann fue expuesto a un mal uso de la teoría psicoanalítica; Romina Tejerina a ninguna apelación al mismo cuerpo teórico. Ergo: ninguno de ellos fue debidamente escuchado, que es lo fundamental de nuestra práctica. Halsmann fue indebidamente imputado; Tejerina fue indebidamente defendida para sostener su inimputabilidad.

Si la “imputabilidad” es la capacidad del ser humano para entender que su conducta lesiona los intereses de sus semejantes y para adecuar su actuación a esa comprensión, quien carece de estas capacidades, bien por no tener la madurez suficiente (menores de edad), bien por sufrir graves alteraciones psíquicas (enajenados mentales), no puede ser declarado culpable ni puede ser responsable penalmente de sus actos. Ergo: es inimputable.
Es “inimputable” quien actúa sin voluntad y conciencia, es decir no tiene la capacidad de entender ni querer al momento de cometer el acto punible.
Para el Derecho Penal argentino, ¿cuáles son las causas que pueden aducirse en tanto inimputabilidad que tienen directamente que ver con nuestra teoría y nuestra práctica? En nuestro Código Penal, el artículo 34 se refiere a quienes no son punibles y fundamenta: “El que no haya podido en el momento del hecho, ya sea por insuficiencia de sus facultades, por alteraciones morbosas de las mismas o por su estado de inconsciencia, error o ignorancia,… comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones.” Para estos seres se reservan los nombres de enajenado o alienado y su destino es el “manicomio”.

Las llamadas tres teorías sobre la inimputabilidad refieren que la misma se verifica a través de lo puramente psiquiátrico médico, lo puramente psicológico o lo que posee características mixtas. Lo que se destaca de lo estudiado e investigado es que el énfasis está puesto en la “comprensión”. De ello depende casi todo un destino; el individuo, ¿ha comprendido la dimensión del acto por cometer y/o cometido, o no? En caso afirmativo, será imputable; en caso negativo podrá llegar a no serlo. Y en este caso el verbo comprender, como percibimos, tiene sentidos muy amplios y poco precisos.
Todo ello, ¿es permanente, transitorio, marca una historia de allí en más, o qué probabilidades existen de que alguien, declarado imputable o inimputable, pueda revertir esa calificación que, como decíamos, sella un destino como ocurrió en el caso de Halsmann?

Hace falta mucho para llegar a cometer delitos más graves. Diríamos que nadie, en su “sano juicio”, acomete un crimen, un parricidio o filicidio, o sea un homicidio agravado por el vínculo. Y, nosotros, psicoanalistas, diríamos que, en relación a Tejerina, se habría producido una situación forclusiva.
Este término, acuñado por Jacques Lacan para el Psicoanálisis, pero que proviene del derecho, se refiere a la perención o caducidad y ello va, indiscutiblemente, ligado al transcurrir de los tiempos. Una situación forclusiva es aquella que se produce cuando habrían vencido los plazos para que la inscripción, el alojamiento, en lo simbólico se haya efectivizado y lo resignado a lo Real, desde allí, retorne. Pero retorne de modos peculiares: por ejemplo, en alucinaciones o delirios.
Juan David Nasio amplía, a su vez, el alcance de este concepto fundamental, que encuentra su traza en Freud, cuando se refiere al escotoma que se produce en la realidad en la situación psicótica; cuando el Yo rechaza la representación intolerable, su afecto, y por hallarse aquella unida a un trozo de realidad, escotomiza también esta última. Nasio, entonces, produce el concepto de forclusión local. Quisiéramos, a la vez, extender todo ello a la característica que consideramos más importante de las situaciones forclusivas: su carácter temporal.

Bajo el efecto de una forclusión local y temporal, alguien, cualquiera, aunque transite mayormente el territorio de la neurosis, puede producir un acto de graves consecuencias para su seguridad e integridad y la de terceros.
Ello nos llevaría a lo que se denomina imputabilidad o bien culpabilidad disminuida.
Ya desde el siglo XIX se reconocían sujetos que eran clasificados por el Derecho como transitando estados intermedios entre la imputabilidad y la inimputabilidad: los llamados, en ese momento, semi-responsables o semi-imputables. Ahora bien, si “La culpabilidad penal es el fundamento del derecho de castigar, que sirve como parámetro para determinar la magnitud de la pena”, lo que nos atañe es preguntarnos “¿cuál es el grado de capacidad psíquica del autor para que exista culpabilidad?” ¿Hay un “umbral” para determinar culpabilidad, imputabilidad, inimputabilidad o imputabilidad disminuida? Y hablamos de “umbral” porque así precisamente está nominado por el Derecho cuando éste se interroga sobre estos temas.
¿Cómo, en nuestro caso, especificaríamos ese “umbral” teniendo en cuenta –durante todo este decurso que planteamos– que, en gran medida de todo ello depende la prosecución de la historia de un ser? ¿En qué hipótesis queda excluida su culpabilidad?” Nosotros debemos poner el acento en la “hipótesis” porque retomando el caso de Halsmann la hipótesis fue la que se tomó de nuestros cuerpos teóricos en tanto el abusado, en este caso, Complejo de Edipo.
Debemos, también, reconocer los límites de nuestra eventual intervención: “… el enjuiciamiento de la capacidad de culpabilidad… es, exclusivamente jurídico”. No nos es pertinente abrir juicio; nuestra labor es ilustrativa para el dictamen de los jueces. Si de nuestra labor pericial “… resulta suprimida la capacidad de compresión y/o dirección, existirá inimputabilidad, el resto es tarea de los magistrados.

Todo indiciaría que desde la legalidad, desde el Derecho, el mundo estaría dividido, escindido, entre salud o enfermedad. De ello “… se deriva que, si el agente posee determinada aptitud, es sano y hay que tratarlo como tal, lo cual conduce a la plena imputabilidad y a la aplicación de pena; en cambio, si carece de capacidad, se etiqueta como “enfermo”, se lo exime de pena, y se le aplica una medida de seguridad si es que, además, resulta “peligroso”.
Recordando a Foucault en su obra La locura en la época clásica, diríamos que ese tiempo de la humanidad no parece mostrar más que semejanzas entre locura y falta, alineación y maldad. “No hay exclusión entre locura y crimen, sino una implicación que las anuda”. ¿Es actualmente muy diferente o siquiera distinto?

Para el Derecho Penal, además de imputabilidad, existen otras figuras como la citada imputabilidad disminuida o la emoción violenta. La imputabilidad disminuida es, según el Juez Zaffaroni, un caso particular de menor culpabilidad o una regla para la cuantificación de la pena; sigue estando dentro de la imputabilidad en tanto el sujeto es capaz de comprender lo injusto del hecho y de actuar conforme a esa comprensión. La pregunta sería qué debe hacerse cuando el que delinque es un “semialienado”.

Esto adquiere vigencia con el psiquiatra francés Grasset, en 1906, quien bajo ese nombre de semialienados, agrupó gran parte de los trastornos psíquicos de la época. Allí se incluían neurosis, alcoholismo crónico, debilidad mental, deterioros seniles y preseniles, defectos esquizofrenicos (esquizofrenias residuales), postconmociones de cráneo, postencefalitis, epilepsias, toxicomanías, encefalopatías, afasias. A esto se agregó efectos de la sordomudez, casos de perturbaciones de conciencia, como las depresiones durante la menstruación o el embarazo, arrebatos coléricos, etc.
Convengamos: era –¿es?– muy difícil pertenecer al mundo de la sanidad.

Inimputabilidad, imputabilidad disminuida, emoción violenta o, desde nuestra teoría forclusión local y temporal. Pero todo ello ¿qué valor tiene? El inconmensurable valor de determinar, decidir, definir destinos. Y esto apelando justamente a lo que se dice desde el derecho, en términos de comprensión y responsabilidad, nos exige en la máxima medida, porque si bien el fallo es jurisdicción de los jueces, ellos también se basan en nuestros aportes para calificar, sobre todo, la pena, la sanción, el castigo, que compete a cada quien.
Como es lema del psicoanálisis se trata de escuchar y de escuchar cada historia, cada constelación psíquica en su particularidad y peculiaridad con el máximo de las responsabilidades quizá más cuando a partir de allí se define un presente y desde el, un paso por el pasado hacia el futuro.

 
 
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