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   El Psicoanálisis en el ámbito judicial

Psicoanálisis y justicia. Una intersección posible
  Por Ana María Careaga
   
 
Uno de los abordajes posibles para pensar las coordenadas de los conceptos de psicoanálisis y justicia, es indagar en los juicios que están teniendo lugar en nuestro país y que juzgan delitos cometidos durante el Terrorismo de Estado.
La reconstrucción histórica de lo sucedido en la Argentina durante la última dictadura es un tema en pleno proceso, en el que en esos escenarios se está inscribiendo un hecho traumático que afectó profundamente a la sociedad y que empieza en esta etapa a develarse en su magnitud.
Considerar esta perspectiva nos invita también a preguntarnos cuál puede ser el aporte del psicoanálisis, no pensado como una “megadisciplina” omnisciente, sino como una posición ética de análisis que contribuya a la necesaria reflexión a la que el tenor de estas vivencias nos convoca.

El Terrorismo de Estado, que con su metodología aberrante dejó secuelas irreparables en miles de familias y en la sociedad en su conjunto, está hoy en el banquillo de los acusados. La Justicia, durante tantos años reclamada por organismos de derechos humanos y otros actores sociales, en una práctica sostenida y ejemplar, es hoy una realidad que comienza a palparse. El relato de la reconstrucción de los hechos, por parte de los afectados directos, de quienes durante años trabajaron en su investigación, está describiendo acontecimientos que requieren, para su tratamiento, de herramientas acordes con los delitos juzgados. Varias disciplinas contribuyen a pensar estos sucesos y enmarcarlos en un contexto. La historia, la sociología, las ciencias políticas y económicas, etc. Y esos análisis son profundamente necesarios para entender una práctica represiva que tuvo lugar en un momento histórico nacional, regional y mundial. Sus aportes son imprescindibles para esa lectura de la realidad.

Ahora bien, los casos narrados en esas audiencias judiciales, del orden de lo indecible, la reescritura de prácticas infrahumanas, el intento de explicar aquello que se torna inexplicable, sus efectos en las víctimas, nos convocan a echar mano de otro instrumento que contribuya a leer y releer esa etapa que hoy se está reponiendo en el texto del relato histórico, pensada en relación a sus consecuencias subjetivas.
Pareciera que el psicoanálisis, frente a esta pregunta sobre la condición humana, en una intervención innovadora, también puede hacer su aporte.

Los caminos de la justicia. Una de las características distintivas del fenómeno del Terrorismo de Estado es la vulnerabilidad a la que quedan sometidas las personas, tanto las víctimas directas como el conjunto de la sociedad, en la medida en que las instituciones, sus Fuerzas Armadas y de Seguridad, se constituyen en las principales autoras del delito. Si el rol del Estado puede pensarse como símbolo de regulación del control social y el orden establecido, adquiere aquí, en su faz terrorista, una posición extrema y absoluta de presentificación de la coerción en función de ese rol y en defensa no de los intereses sociales y de funcionamiento del sistema en su faz de estado de derecho, sino en representación de poderosos sectores minoritarios y en desmedro del conjunto. En el marco de sistemas profundamente injustos respecto de la distribución de la riqueza y la exclusión social, los efectos de estas prácticas represivas generan importantes secuelas que es necesario observar, y de cara a las cuales, la implementación de justicia adquiere un efecto reparador irrenunciable.
Frente a los crímenes de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura e incluso en los años previos a su instalación, numerosos fueron los intentos de que la impunidad primara por sobre la posibilidad de juzgamiento de esos delitos aberrantes.

Así, se utilizaron varias herramientas jurídicas con ese propósito. Las leyes conocidas como de “Punto Final” y “Obediencia Debida”, y luego los indultos, habrían de constituirse en los recursos técnicos por excelencia para impedir durante años esa justicia necesaria.
Diversas e innovadoras respuestas, producto de la lucha histórica del movimiento de derechos humanos y otros sectores de la sociedad, fueron inaugurando diferentes caminos de investigación y procesos judiciales que irían creando las condiciones para que hoy tuvieran lugar los juicios que se llevan adelante en distintos puntos del país.
Estos crímenes han sido tipificados por el derecho internacional como de lesa humanidad y por lo tanto son imprescriptibles y no indultables ni amnistiables. El intento de cerrar esta temática “por decreto” ha fracasado una y otra vez, irrumpiendo sin cesar ese “secreto a voces”, esa verdad silenciada. Y a través de la insistencia de un reclamo ejemplar de justicia, algo de lo siniestro se reconstruye hoy en numerosas salas de audiencia en varios puntos del país.
El psicoanálisis, como experiencia ética puede aportar, entre otros aspectos, una lectura de lo que hoy se despliega en el ámbito judicial como irrupción y construcción de una verdad que pugna por ser dicha desde el relato testimonial, singular y colectivo, de quienes portan esa verdad en el cuerpo que habla y que, en tanto sujetos, los habla.

Dice el juez Raúl Zaffaroni en su libro La cuestión criminal, “ignorar desde la criminología el campo psi es un gravísimo error prejuicioso que hace perder de vista al sujeto concreto, tan negativo como pretender traspasar las observaciones sobre éste del campo psi a las políticas sociales: son dos perspectivas que deben encontrarse sin (…) ignorarse ni neutralizarse, sino, simplemente, reconociendo que aportan visiones diferentes sobre la conducta humana, que es un objeto configurador de un extremo de complejidad”. A la hora de una lectura exhaustiva y en el abordaje del análisis de hechos de esta naturaleza, conceptos de una y otra disciplina -el psicoanálisis y el derecho- pueden complementarse.

El registro de la verdad. La particularidad de los métodos represivos implementados por el Terrorismo de Estado, que sometía a sus víctimas a los tratos más crueles e inhumanos, manteniéndolas en condiciones de clandestinidad, de anonimato, con los ojos vendados, engrilladas e inmovilizadas, imposibilitadas en su mayoría de acceder de manera directa a la información que circulaba en los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio que funcionaron como soporte material de esa represión, deriva necesariamente en el análisis del rol que en estos juicios cumplen estos testigos y el valor de esos testimonios.

La contundencia de la evidencia está dada en la repetición, más allá de los matices que resultan secundarios en relación al rigor de la prueba ofrecida respecto del accionar delictivo desplegado, de un solo relato colectivo que se constituye, desde la singularidad de cada sujeto testimoniante, en una reconstrucción de una etapa de la historia reciente de nuestro país, que se reescribe e inscribe en el mismo momento en que se da cuenta de ella.
Ahora bien, si el objeto en cuestión no puede ser totalmente recubierto con la palabra, si esa verdad velada se reconstruye rodeándola, cómo decirla allí en esa instancia donde “toda la verdad” adquiere el carácter de prueba. Si toda la verdad es imposible de ser dicha, por estructura, entonces esa apelación al testigo deviene en la exigencia superyoica de un imposible. Si el discurso único del amo aplasta, enmascara la verdad, ¿cómo dejar lugar a lo que de ella se pueda decir?
Pero además, el sujeto es convocado a hacerlo en relación al relato de lo traumático, que constituyen los testimonios del horror, ¿cómo pedirle a ese sujeto/víctima/testimoniante que él diga toda la verdad que a cualquier sujeto del lenguaje le está vedada en su totalidad, si además esa verdad alude a la desaparición misma, a aquello que se define por su ausencia, a su condición misma de desaparecido o, como planteó el profesor Osvaldo Delgado* en su artículo “La sonrisa de Videla”, retomando el concepto de Lacan, víctima de un “goce oscuro”?

¿Se puede someter a un testigo a esa exigencia que desde distintos planos es imposible de cumplir?
En los estrados de los procesos orales y públicos en que los testigos de estos delitos aberrantes intentan desplegar las huellas del horror que portan en cuerpo y alma, es precisamente en donde la división desgarradora del sujeto aflora en toda su dimensión y es donde el silencio de lo que no se puede decir, habla. Habla por sí mismo. El paradigma de la división subjetiva.

Muchos testigos dan cuenta en la narración de sus vivencias de “haber atravesado la muerte”, hablan del hecho traumático, de lo que no tiene inscripción psíquica. Dicen haber estado en el infierno, como aquello en donde habita la muerte. Refieren no poder expresar lo que significa la tortura: “nadie que no haya pasado por ello puede entender ese sufrimiento”. Dan cuenta del peso de los muertos que no salieron de ese abismo, de los padecimientos propios y ajenos. Se comprometen en el cumplimiento de un mandato de “ser la voz de los que no tienen voz” y en ese recorrido interpelan a ese Poder Judicial que los preferiría por su estructura “por fuera de las generales de la ley”. A través de esos testimonios, la voz de los desaparecidos que no sobrevivieron es traída a los estrados de la justicia. ¿Es posible mayor reconstrucción de los hechos? ¿Es posible mayor fidelidad a la verdad que escribir la historia trágica de los argentinos en un solo relato colectivo, atravesado por múltiples historias singulares, que por repetido y reiterado escribe un solo texto de una contundencia paradojal en el contexto de la historia de la represión ilegal y clandestina?

Perspectivas. Desde esa perspectiva, estamos en una etapa en la que profundos cambios pueden tener lugar, generando precedentes que apunten a optimizar los caminos de la justicia, creando nuevos paradigmas. En la historia de lucha y reclamo de los organismos de derechos humanos y respecto de la metodología utilizada por el Terrorismo de Estado, algunos de los logros trascendieron la historia de nuestro país y sentaron jurisprudencia en el derecho internacional. La figura de la desaparición forzada de personas es un ejemplo.
Los hechos que afectaron a las personas que hoy prestan declaración en estos juicios y que constituyen los “testigos necesarios”, víctimas y testigos a la vez, dan cuenta de sucesos que ocurrieron en el territorio argentino, en las calles, en los barrios, en las escuelas, universidades, trabajos. Nada de esto fue ajeno al conjunto de la sociedad, que también necesitaba de una restitución de sentido a una porción de la historia que la involucra, de la que debe empezar a hacerse cargo y cuyas secuelas aún hoy atraviesan su vida cotidiana.

La necesidad de acelerar los procesos judiciales que juzgan estos crímenes, el agrupamiento de las causas, la aceptación de parámetros ya establecidos, la calificación del tipo de delitos en cuestión y el reconocimiento de la existencia de un plan sistemático de exterminio son algunos de los aspectos actuales que se están considerando.
El postergado acto de reparación que en parte puede significar para el testigo el reconocimiento por el Poder Judicial, de que el Estado cometió un delito contra él, juzgando y condenando a los responsables del mismo, puede anularse si es sometido una y otra vez a la reconstrucción de hechos traumáticos por él vivenciados, que por otra parte están sobradamente probados. También en este sentido se está trabajando en la posibilidad de utilizar las declaraciones en actuaciones judiciales anteriores, escritas, grabadas y/o filmadas, preservándolo de potenciales revictimizaciones.

Hoy, los poderes del Estado, interpretando un reclamo histórico y justo, están haciéndose cargo de la responsabilidad que el mismo tuvo en la represión ejercida desde su propio aparato.
Se podría pensar en un des-encadenamiento. Pero en el sentido de que el detenido-desaparecido, sometido a condiciones infrahumanas de vida en los campos de concentración, puesto en la posición de puro objeto a expensas del Otro, dueño de su vida y de su muerte, fue arrancado de la cadena significante, excluido del orden simbólico, fuera de todo lazo social. Desaparecido. Los efectos de la justicia, que hoy lo trascienden y alcanzan a la sociedad, cumplen también la función de reestablecimiento entonces de esos lazos sociales desarticulados, que insertan lo traumático y su víctima en un contexto social sin el cual, no hubiera sido posible.??

* Presentación de El Libro de los Juicios, IEM, 2011.
 
 
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