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   Saber de la historia

El niño freudiano, Jones y la novela familiar del neurótico
  Epílogo de genética textual (primera entrega)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. En nuestra entrega de diciembre pasado, propusimos otorgar su justa relevancia a un dato cronológico que, a nuestro entender, las lecturas canónicas habían pasado por alto: cuando el 31 de mayo de 1897, en su Manuscrito N, Freud decide localizar por vez primera un impulso en el cuerpo infantil, el mismo tiene por contenido o meta la muerte del progenitor del mismo sexo. Por el momento, las mociones incestuosas del niño brillan por su ausencia. Por ese motivo, dijimos que era un error ver en ese fragmento la primera referencia al Edipo. Por el contrario, propusimos ver en él el corolario textual –pues para toda esta historia la apelación a la “clínica” no es, ¡y vaya que no lo es!, una buena garantía– del relato que hasta entonces delineaba el escenario psicoanalítico: el niño freudiano –y hablo en esos términos del mismo modo que se alude a la justicia kafkiana o una paradoja borgiana– odia en el origen a sus padres, pues éstos, por acción u omisión, son los responsables últimos de su calvario (léase violación y posterior enfermedad). Pues bien, he recibido varias objeciones, y de lectores que demostraron conocer bien las cartas a Fliess de ese período. Las dos principales fueron: primero, que en ese mismo manuscrito hay ya una mención al incesto, y que por ende es indudable que el Edipo ya anda dando vueltas, aun si se explicita recién en una misiva de octubre; segundo, la formulación del Edipo siempre conllevó una atención al componente hostil, y por ende carece de importancia que el mismo preceda al amoroso.

DOS. Respecto de la primera objeción, no veo su pertinencia. La temprana mención al incesto en el Manuscrito N se realiza en el apartado acerca de lo sagrado, y por fuera de toda alusión a deseos que provengan del niño. Se podría alegar que es precisamente en la carta que acompaña ese manuscrito, donde Freud relata haber soñado con “sentimientos hipertiernos” hacia su hija. Empero, el contenido de ese sueño no hace más que reforzar nuestra anterior lectura: hasta entonces el único incesto concebido bajo su pluma es el que, real o fantaseado, proviene de los mayores. Más aún, a nuestra anterior argumentación podríamos haber agregado las tempranas indicaciones de los elementos que luego conformarán la “novela familiar”. De hecho, el 24 de enero de 1897 atribuye a la paranoia la fantasía de “enajenación respecto del linaje”. En el manuscrito del 25 de mayo –una semana antes de hablar de los impulsos hostiles hacia los padres– reitera el argumento. ¿No será legítimo interpretar ese temprano deseo de no pertenecer a la familia, no tanto como una derivación del Edipo, sino como otro ingrediente, junto con el impulso a acabar con la vida de los padres, de la venganza que el niño freudiano pergeña contra los adultos que han determinado su padecimiento?

TRES. ¿Se ha reflexionado lo suficiente acerca del título y contenido del apartado de La interpretación de los sueños en el que Freud por fin vierte sobre el papel su conjetura sobre el deseo incestuoso de los niños? Una pregunta ingenua: ¿por qué se trata de sueños “de muerte de las personas queridas” y no de amor hacia ellas? ¿Acaso la prohibición no recae sobre sendos componentes? Una cosa es segura: Freud, sin saberlo, hizo bien en elegir la tragedia de Edipo para ilustrar –el bautismo llegaría unos diez años más tarde– las peripecias de su niño textual. Edipo primero mata a su padre, y recién luego ama a su madre. La misma secuencia había recorrido aquel niño freudiano.

A mi entender, es menester leer en ese surco la acuñación, en 1908, de la definitiva novela familiar del neurótico. Seamos precisos: ese concepto nace en el entrecruzamiento de la transformación de un síntoma y un hallazgo. El afán mortífero hacia los padres fue un síntoma –en el sentido de un efecto– de la teoría de la seducción, y el Edipo, incesto incluido, fue un síntoma –en el sentido de una satisfacción sustitutiva– de la caída de la certeza de que toda neurosis era causada por culpa de los padres. El hallazgo en cuestión es algo que ya conocemos: en 1907 Abraham –en lo que Freud llamará la “última palabra” respecto de la teoría traumática– dice: si los niños neuróticos cuentan escenas de seducción es porque ellos las provocaron; la anormalidad de su constitución sexual se manifiesta en la existencia de impulsos sexuales prematuros, que los empujan a incitar aquellos abusos1. Ello equivale a decir: la responsabilidad no era solo de los padres (por no haber cuidado a sus hijos), sino esencialmente del niño. Esa explicación maravilla a Freud, lo seduce. Ya que los padres al fin y al cabo no eran tan importantes, el niño freudiano –que hasta entonces no sabía bien por qué amar u odiar a sus progenitores– da riendas sueltas a sus más variadas imaginaciones. El primer guión lo establece Freud en 1908: los niños fantasean, dependiendo de su edad, con ser hijos adoptivos, hijos de padres más nobles, etc. Luego el mismo Abraham, en un ensayo de 1912, ubica, como fuente y centro de la fantasía de suplantar al padre por uno superior, el deseo del sujeto de haberse engendrado a sí mismo2. Dadas las conclusiones de su trabajo de 1907, ese deseo podía ser lógico. Este psicoanalista de Berlin publica un año más tarde un estudio sobre el papel de los abuelos, en el cual observa que algunos neuróticos, en su deseo de negar a sus padres o rebajarlos, apelan a una sobrevaloración de los abuelos3. Ese mismo año, Ernest Jones escribe dos trabajos, en los cuales postula eso que él llama una fantasía de la inversión [reversal] de las generaciones. Cuando en 1907 Abraham dio luz verde a la pieza clave del Edipo, el niño freudiano se entusiasmó en jugar, fantasías mediante, a que los padres no importaban tanto. El círculo se cierra con aquellos ensayos de Jones –que revisaremos en la próxima entrega–, pues aquel niño da el paso siguiente: si él es el responsable de todo, lo será también del destino de sus propios padres.
__________________
1. Abraham, K. (1907) “La experimentación de traumas sexuales como una forma de actividad sexual”. En Psicoanálisis clínico (pp. 35-47). Buenos Aires: Hormé.
2. Abraham, K. (1912) “Amenhotep IV: Una contribución psicoanalítica para la comprensión de su personalidad y del culto monoteísta de Atón”. En Estudios sobre psicoanálisis y psiquiatría (pp. 249-276). Buenos Aires: Hormé.
3. Abraham, K. (1913) “Algunas observaciones sobre el papel de los abuelos en la psicología de las neurosis”. En Estudios sobre psicoanálisis y psiquiatría (pp. 42-45). Buenos Aires: Hormé.
 
 
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