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   Colaboración

Epi-genética y conducta social cooperativa
  (En respuesta a la nota de Facundo Manes titulada “Somos solidarios por naturaleza”)
   
  Por Alfonso Luis Masotti
   
 
El sábado 28 de abril pasado, Facundo Manes, director del Instituto de Neurociencias de la Fundación Favaloro, publicó en la sección Opinión (Pág. 29) del diario La Nación una nota que denominó “Somos solidarios por naturaleza”. En ésta, Manes fundamenta la idea de una determinación natural y genética de los comportamientos sociales. Comienza su argumentación afirmando que “…Atravesamos nuestras vidas interactuando con otros miembros de la comunidad. Muchas veces requerimos su ayuda. Otras tantas, somos nosotros quienes se las facilitamos (…) La ciencia está indagando en esta característica muy humana de los lazos solidarios que establecemos unos con otros. Algo que nos distingue de animales primates no humanos es justamente nuestra compleja cooperación, incluso desde la infancia (…). Se cree que las conductas cooperativas jugaron evolutivamente un papel importante en el desarrollo de la cohesión de grupos sociales, lo que permitió que grupos con un número mayor de individuos no relacionados genéticamente se establecieran y rigieran por normas comunes. La cooperación como fenómeno conductual, no es desde ya, algo exclusivamente humano. Cientos de ejemplos en la naturaleza evidencian que el sistema nervioso de una gran parte del reino animal es propenso a la cooperación…”.

Cuando afirma que el sistema nervioso es propenso a la conducta de cooperación y que este rasgo social es compartido con numerosas especies, aunque luego admite que en el primate humano adquiere una complejidad “valorativa” distintiva, pero no explica los mecanismos por los cuales es propenso y competente para desarrollar estas conductas, limitándose a enunciar que las conductas cooperativas favorecen, promueven o mejoran las expectativas de sobrevivencia de los individuos, sean éstos vertebrados o invertebrados (los ejemplos que cita el autor de esta última clasificación son las abejas y las hormigas), asignándole de primera mano a la naturaleza (así reza inclusive el título de la nota) la competencia para tal cualidad, y sin más vuelta de página se omite de manera deliberada la explicación de la interacción entre los procesos internos del SNC, definidos en 1929 como Homeostasis1, con los cambiantes rasgos del medio externo, más modernamente definidos como las sustanciaciones que el medio externo impone al medio interno, conocidos como Alostasis, estados alostáticos y carga alostática; interacciones de las cuales hoy se dispone de una concreta identificación de los procesos de transducción génica y no génica, y de los cambios moleculares a nivel tisiológico como fisiológico que establecen la concreta diferenciación entre los dos niveles de funcionamiento de la genética, atañéndole al primero el estudio de la transmisión del material genético de una generación a otra (filogenia), y al segundo, específico de la Epi-genética, y que Holliday2 definió como el estado de expresión de los genes durante el desarrollo ontogénico, admitiendo que ese estado de expresión pudiese ser alterado por las condiciones ambientales, y que esa alteración pudiese influir sobre el fenotipo del espécimen y sobre su comportamiento, ampliando el promisorio campo de las interacciones entre fenotipo y genotipo, se incurre en una omisión de carácter gravoso. Actualmente se sabe que las modificaciones epi-genéticas participan de un importante número de procesos tales como, la adquisición de una memoria linfocitaria (inmunológica), en las bases neuro-químicas de la memoria y el aprendizaje, generando variaciones en la respuesta de procesamiento de los estímulos amenazantes, y alterando la respuesta de estrés mediada por el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HHA), e inclusive pudiendo generar procesos patológicos asociados a alteraciones crónicas de la respuesta autónoma en las enfermedades endocrinas y autoinmunes, además de generar procesos patológicos específicos que alteran la conducta. Resulta entonces desconcertante que el autor de la nota, por omisión de estos conceptos, pueda afirmar con levedad que las conductas sociales cooperativas tengan un estricto abolengo genético, y por lo tanto “Natural”. La conducta social cooperativa es el producto de la interacción constante entre fenotipo y genotipo. Interacción que sin la mediación de la acumulación de las experiencias previas, sea en vertebrados o invertebrados, no es posible concretar. En otro tramo de esta tan desacertada defensa, afirma: “…Todo esto evidencia el hecho que las bases biológicas que sustentan las conductas cooperativas son filogenéticamente muy antiguas…” Vuelve a afirmar que la conducta social cooperativa es un rasgo filogenético, lo cual es una verdad a medias, porque la adquisición de la conducta social cooperativa es en principio una alteración conductual exitosa que por ser exitosa, logró transmitirse de generación en generación, circunstancia que refuta o impugna al innatismo natural. Para peor de males, cuando intenta una explicación de la génesis del sujeto cognoscente y de sus “regularidades”, logra desconcertar aún más cuando afirma: “…Diversas investigaciones sugieren que la sociabilidad moderna no sería sólo el producto de una psicología innata, sino que reflejaría las normas o instituciones que han surgido a lo largo de la historia humana…”3, pues como ya he anticipado, recurre al innatismo para justificarlas. Además de haber omitido la explicación neurobiológica que posibilitó la aparición de la norma como regulación de la conducta humana, también omitió mencionar los prolegómenos de abordaje obligatorio que requiere una explicación genealógica de la cultura humana.

Luego de citar los trabajos de laboratorio del investigador Gilbert Roberts de la Universidad de Newcastle, quien afirma que la cooperación social es percibida como un valor social atractivo, sostiene que “…una serie de experimentos ha demostrado que los actos de cooperación humana activan áreas del cerebro asociadas a la recompensa y el placer…”. Asevero que es muy posible que dicha activación comprometa a los circuitos relacionados con la recompensa y el resarcimiento, pero su relación con el placer entendido como gozo, merece una explicitación aparte, que por cierto está ausente. También debiera haber afirmado que la incuestionable integración de los circuitos de recompensa y resarcimiento con los de la respuesta de alerta y miedo (respuesta de estrés), reconfirman la posibilidad de una vivencia irrepetible y subjetiva. Tampoco veo que este desarrollo le haya merecido su atención. Sin embargo, a párrafo siguiente reniega de la simplicidad de su propio enfoque: “…La multiplicidad de factores que influyen en nuestra conducta cooperativa no está limitada a aspectos biológicos y genéticamente pre-determinados. Se ha observado en estudios transculturales (…) que factores diversos como las creencias, o el grado de integración socio-económica impactan en la forma en que cooperamos. Miembros de poblaciones de menor tamaño están mucho más predispuestos a juzgar negativamente a alguien que realiza una oferta injusta que miembros de comunidades más grandes. Esto demuestra que la cooperación en seres humanos es una verdadera suma de genética, biología, ambiente y cultura…”, agregando luego que un estudio llevado a cabo por su equipo de investigadores4 demostró que el cerebro es competente para procesar la empatía entre diferentes grupos sociales sin que se tenga una clara conciencia de estos procesos mentales.

Los circuitos de recompensa y/o resarcimiento se relacionan con el afianzamiento de regulaciones somáticas que aseguran la recurrencia de conductas “beneficiosas” para la sobrevivencia o la continuidad de la progenie, devenidas éstas en “apetecibles, convenientes o provechosas”. Poner en pié de igualdad conductas y genes significa querer contrastar por ejemplo, el peso molecular con el “valor” o “jerarquía” referencial del mismo elemento. Uno es un valor cuántico, el otro referencial. Los procesos orgánicos que median “la conducta adaptativa o des-adaptativa” en función de las experiencias previas, no está mediada por los mecanismos de transducción génicos o no génicos, sino por los circuitos de reactividad asociados a las mismas experiencias. Inclusive la conducta cooperativa de las abejas o de las hormigas se debe justamente a la presencia de una memoria ontogénica que por ser exitosa, logra transmitirse filogenéticamente. Por lo tanto, no son los genes los que transmiten atributos psicológicos, sino los mecanismos de transducción génica que reproducen los circuitos en los que se preserva la memoria de las experiencias previas. Y el interlocutor o interfase entre los procesos psíquicos y somáticos es nada menos que la actividad mnemónica, y particularmente la evocativa, como ya he afirmado en La evocación mnemónica, paradigma de la integración somato-psíquica, de reciente aparición en la Editorial Letra Viva. ¡Vaya que hay diferencia!

*Nota de la Redacción: El autor ha publicado por la Editorial Letra Viva: Trauma psíquico y síntoma (2009), Reminiscencias, ¿un mecanismo restaurador o desestabilizador? (2010), y de reciente aparición: La evocación Mnemónica, paradigma de la integración somato-psíquica (2012). Actualmente se desempeña como asesor en el área de Epi-genética y Psicoanálisis de esta Editorial.


1 CANNON, W: “Organization for physiological homeostasis”, Physiological Review, Vol. IX, Nº 3:399-431, 1929.
2 HOLLIDAY, R., “The inheritance of epigenetic defects”, In Science, 238:163-170, 1987.
3 El destacado es del autor de la presente nota.
4 Aunque no se menciona el nombre con que fue publicado, sí se menciona la revista en que fue publicado: Frontiers in Humnan Neuroscience, tampoco se menciona el año.
 
 
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