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   Filosofía y Psicoanálisis

«Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Cuarta parte)
  Por Luis F. Langelotti
   
 

«Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Cuarta parte)

"Así, pues, a ningún hombre, por más estudioso que sea, le sobrevendrá nada más perfecto en la doctrina que saberse doctísimo en la ignorancia misma, la cual es propia de él. Y tanto más docto será cualquiera cuanto más se sepa Ignorante. Con vistas a este fin asumí los trabajos de escribir unas pocas cosas acerca de esta docta ignorancia."
(Nicolás de Cusa, La docta ignorancia, Libro Primero, Capítulo I: "De qué manera saber es ignorar")


Introducción

Friedrich W. Nietzsche es el pensador que nos acompaña en este recorrido. Su pensamiento es un pensamiento polémico, él es un transvalorador. Nos lleva a interrogarnos hasta el punto de no dejarnos confiar siquiera en nuestra propia sombra. En tanto Nietzsche aboga por una ruptura para con el Otro epocal, nos conduce hacia el cuestionamiento de aquello instituido que, en tanto sobredeterminación, conforma nuestro propio ser. En última instancia, nos confronta con la liviandad de nuestro propio ser. Su transvaloración [Umwertung] no es “revolución”, no es un simple “giro”, un cambio de mando. Implica «ocaso», caída, derrumbamiento, o bien, para utilizar un vocablo con el que los psicoanalistas estamos más familiarizados, «subversión». Estamos convencidos de que la perspectiva nietzscheana contribuye al psicoanálisis y, por eso, debe ser rescatada. Continuemos con nuestra propia contribución.


“Los sueños de Freud” versus el «deseo del analista»

En nuestra anterior entrega, prometimos realizar una articulación entre el punto axial lacaniano así denominado deseo del analista y la cuestión del manejo de la transferencia en Freud, el cual en lo tocante al tratamiento analítico, desde su perspectiva, es un factor más importante que la interpretación. Nos proponemos tratar de realizar esta vinculación.
Podríamos comenzar con algunos interrogantes: ¿Qué motiva a un analista a ejercer su acción? ¿Qué en el orden de esa acción permanece dentro de los límites de lo calculado y cuánto hay allí que escapa, se pierde para la razón, para el ego, para la conciencia? Dirá Jacques Lacan: “Una parte de esa acción permanece velada para él mismo”1. Se trata de los pagos que al analista se le exigen para poder ejercer dicha acción. El pago fundamental aparece claramente señalado por Freud en su Lección XIX, “Resistencia y represión”, donde asevera: “Creo (…) tener un pleno derecho a proclamar que el psicoanálisis propiamente dicho no data sino del momento en que renuncié a recurrir a la sugestión hipnótica.” Tanto Serge Cottet como el mismo Jacques Lacan nos orientan a un corrimiento respecto de cualquier “psicologismo” personalista en el intento de aprehensión del deseo del analista en Freud. Es en este tipo de indicaciones “técnicas” en donde debe leerse este concepto en Freud y no en su “biografía”.
Tal como lo planteaba Lacan de un modo sumamente claro en el Seminario III, dedicado a la cuestión de Las psicosis: “Tampoco encontraremos en la biografía de Freud la raíz de la subversión aportada por su descubrimiento.” (1955-56, p. 336).
Pero, ¿cuál es la “subversión aportada por su descubrimiento”? La subversión freudiana: darle estatuto a una Otra escena como causalidad psíquica, destronando la consagrada oposición normal – patológico propia del paradigma Médico, y destacando allí la preeminencia del orden del Eros en su irreductible conflicto para este animal mortal y parlante que somos: “… este inconsciente, cuya realidad se quiere negar, produce efectos de una realidad tan palpable…”2
Por otro lado, en su libro “Freud y el deseo del psicoanalista”, y en la misma línea que Jacques Lacan, Serge Cottet señala: “… se constata que los partidarios de una psicología de Freud y los más fieles guardianes de las ciencias psicológicas son los mismos. Por el contrario, sostenemos que el deseo del psicoanalista, es menos legible en sus sueños que en sus escritos técnicos.” (1988, p. 12, subrayado nuestro). ¿Cómo entender esta distinción? Pues bien, a lo que el autor apunta es a subrayar que no se trata de Freud sujeto del inconsciente aquello que debería interesarnos, sino de la técnica freudiana a partir de la cual una ética podría inferirse, formalizarse y desplegarse.
Si nos ubicamos en la óptica de “los sueños de Freud”, caeríamos tarde o temprano en la así llamada “contratransferencia”. “Contratransferencia” es el nombre dado a aquellos fenómenos que el paciente suscita en el analista y que remiten, en última instancia, a la dimensión subjetiva que está en juego en aquel que ocupa el lugar del analista. Pero aquí puede delimitarse, justamente y con precisión, esa distancia, esto es, aquella que sitúa al analista, por un lado, y lo “subjetivo” de aquel que ocupa el lugar del analista, por otro. En cambio, “lo subjetivo” del analista, no existe, es decir, el analista no es sujeto y es por ello que la transferencia debe ser concebida como una relación no inter-subjetiva sino dispar. En consecuencia, “contratransferencia” resulta ser una impropiedad conceptual, una noción de falsa consistencia, que esquiva la médula del asunto. La experiencia analítica no gira en torno sino a esa función, el deseo del analista. Descartado el orden de lo que el analista desea como sujeto, el deseo del analista introduce una óptica original en lo atinente a la posición clínica del mismo. Dicha originalidad estará dada por el lugar que Lacan le otorgará: ser objeto y no sujeto.
Pero: ¿qué clase de objeto es el analista en un psicoanálisis? El analista, más allá de encarnar, en tanto se le supone saber, el Superyó (el SSS lacaniano), viene a introducir, para un sujeto, la castración. La castración del Otro, es decir, en función del deseo del analista, la pregunta ¿Qué es lo mejor? queda respondida así: S (Ⱥ). No hay satisfacción universal ni Bien Supremo.


¿Qué elijo?

Una pequeña narración de la clínica puede resultar interesante a este respecto. Se trata de un paciente joven que consulta por dificultades laborales y con su pareja. Puntualmente, aparece algo que él llama “bronca”, “fastidio”. En el despliegue asociativo de las primeras entrevistas, más allá de los referentes admitidos a los cuales dichos significantes se articulan, comienza a producir un interesante efecto de apertura subjetiva en el sentido de una remitencia simbólica a otras cuestiones que, como él mismo dirá, no quedaron cerradas. Se trata de otro escenario, referido a sucesos familiares pasados que dejaron heridas: peleas, discusiones en cuyo reparo él decidió “cerrarlo todo en un cajón”. Luego de algunas entrevistas preliminares (un “análisis de ensayo”), se plantea un vínculo transferencial en el sentido de una suposición de Saber al analista. El paciente formula la pregunta en relación al conflicto, sin ambages ni hesitaciones: ¿Qué es lo mejor? Luego de finalizar una sesión con esta pregunta y un silencio, vuelve a retomarla la sesión posterior. El analista responde preguntando, quiere saber más, no sabe ni comprende, la pregunta no se entiende. El paciente asocia con temáticas supuestamente muy distintas hasta llegar a un punto en el cual afirma, casi al pasar: “Si uno no se ocupa, las cosas no se resuelven solas, por más que uno las deje.” Al puntuar esto el analista con un simple pero contundente “estoy completamente de acuerdo”, el paciente estalla en una extensa risotada que, no obstante, no llega a tapar la angustia ante la confrontación con la desavenencia de la palabra para con el yo. Esta frase se ordena como una excelente respuesta a la pregunta por él mismo planteada: ¿qué es lo mejor? Pero es él quien la responde, en tanto es él quien se analiza. El analista, contribuye a eso, oyendo más allá de lo meramente dicho en términos “vacíos”, como diría Lacan. La palabra se hace plena en tanto allí hay efecto de verdad. Esa es la función del analista en la dirección del tratamiento: no hacer un uso sugestivo de la transferencia sino valerse del recurso de la interpretación para que quede algo por decir.


La acumulación y ostentación del conocimiento como “suplencia” de la carencia de análisis

“… hay quienes se establecen en el campo del análisis como maestros pero no llegan a la forclusión del ser que implica posicionarse como analistas.”
(Daniel Paola)

¿Cómo podemos entender la cuestión del «deseo del analista» que Jacques Lacan busca hacer valer? Quiero leer la propuesta lacaniana de un modo simple pero no por ello menos riguroso. Lacan habla de la impureza del deseo del analista señalando que busca la diferencia absoluta entre el Ideal y el objeto a, causa del deseo. Ambas cuestiones se presentifican en la relación analítica, el analista opera como Ideal con el cual el analizante intentará pactar exhaustivamente en el sentido de la relación sexual que no existe y el analista, tolerando dicha dimensión pero no satisfaciéndola (por imposible en tanto no existe el Otro sexo), no obstante, abrirá al más allá de la demanda donde de lo que se trata es de que pueda emerger una voz propia. El análisis es un proceso de agenciamiento del saber inconsciente cuya meta reside en que el analizante construya más allá de los significantes de Otro su propia voz, es decir, tome la palabra. “Tomar la palabra”, definición lacaniana ultra simple, dejar de decir sí, sí, sí a la del vecino.
El rodeo que plantea el análisis en tanto disímil de la vertiente sugestiva implica la «convicción» [Überzeugung3] en la castración del Otro, por parte de quien pretende situarse como psicoanalista, es decir, la convicción de que la carencia de ser es real y que el atravesamiento del fantasma es posible. Algo de esto, desde luego, él como sujeto debió haber experienciado, ¿cómo podría haber accedido a tal «convecimiento» sino? El análisis puede pensar en cierto modo como un proceso que va de la creencia en el inconsciente (posición neurótica) a la convicción en la castración (condición sine qua non para la posibilidad de que haya posición del analista). Y lo que conduce de un punto al otro, es el deseo del analista. El «deseo del analista», podemos conjeturar, debe sancionarse en su operación, a posteriori del acto analítico de sustracción del sujeto de la versión fantasmática, donde permanece atrapado como objeto de la satisfacción supuesta del Otro y velando la inexistencia del objeto del deseo.
El manejo de la transferencia freudiano debe pensarse, en último término, como un concepto que hace alusión a lo que desborda lo simbólico, en el sentido de que Freud allí hace hincapié en la falta del significante, que no-todo en la experiencia psicoanalítica es palabra o, más precisamente, que la estructura de la palabra sobre la que la experiencia psicoanalítica se funda es no-toda. En este sentido, a la interesante frase de Daniel Paola, le agregaría esta otra: el ejercicio de una tarea exige necesariamente su desidealización. «Forclusión del ser», entonces, implica caída del EL de “el analista”. Esta desidealización sólo puede producirse a partir de un encuentro genuino con lo real de la clínica: la angustia, el deseo, el goce. No todo es Saber ya que el Saber es no-todo y eso es la clínica, “imposible de soportar”, en tanto algo siempre se escapa, permanentemente nos interroga, ya seamos analizantes o analistas. Aquí, estimo, es válida otra aclaración: una formación que haga lugar al hecho de “no estar a la altura” de la posición del analista se inscribe, políticamente hablando, en una sintonía mucho más afín con el planteo freudiano que cualquier otra cuya meta no sea sino el acceso a una identificación sin resto con un modelo consensuado de EL analista. Como dicen Lacan en el Seminario XI: “Toda concepción del análisis que se articule (…) definiendo el final del análisis como una identificación con el analista, delata así sus propios límites. Todo análisis cuya doctrina es terminar en la identificación con el analista revela que su verdadero motor está elidido. Hay un más allá de esta identificación, y está definido por la relación y la distancia existente entre el objeto a minúscula y la I mayúscula idealizante de la identificación.”4
Suplir la carencia de ser con el Saber del Otro es antinómico a la clínica del psicoanálisis, cuya eficacia se cifra precisamente en la convicción de que no hay sino falta-en-ser para todo sujeto hablante. En este sentido, más allá de la creencia en los dichos de la Teoría, ¿qué podemos decir nosotros en el marco de un agenciamiento crítico y original que nos posibilite sostener una práctica con consecuencias, siendo éstas realmente las que deci(di)mos buscar?


“Y entonces dicen - ¡Qué metafísico ese condenado Lacan!”

“No busco prosélitos para la filosofía; es necesario, resulta deseable que el filósofo se convierta en una planta rara.”
(Nietzsche)

“En otro tiempo también Zaratustra proyectó su ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. Obra de un dios sufriente y atormentado me parecía entonces el mundo”, así nos cuenta Nietzsche en De los transmundanos5. “Sueño me parecía entonces el mundo, e invención poética de un dios; humo coloreado ante los ojos de un ser divinamente insatisfecho.” Zaratustra al igual que los metafísicos en otro tiempo creyó que este mundo era aborrecible, denigrable copia de “un mundo más allá del mundo”, siendo este no más que apariencia y ficción, a diferencia de ese otro mundo, el verdadero, el mundo de las esencias y de las Ideas, del Ser: inmutable, perfecto, eterno.
“Este mundo, eternamente imperfecto, imagen, e imagen imperfecta, de una contradicción eterna - un ebrio placer para su imperfecto creador: - así me pareció en otro tiempo el mundo. Y así también yo proyecté en otro tiempo mi ilusión más allá del hombre, lo mismo que todos los trasmundanos. ¿Más allá del hombre, en verdad?” Pero Zaratustra concibió que su proyección a lo post-humano no era sino un humano remedo frente a la falla del humano mundo: “¡Ay, hermanos, ese dios que yo creé era obra humana y demencia humana, como todos los dioses!” De las propias miserias hizo un Paraíso, tal como la histérica hace de su práctica autoerótica bellas escenas y fantasías destinadas a enaltecerla6. Y continúa Zaratustra: “Hombre era, y nada más que un pobre fragmento de hombre y de yo: de mi propia ceniza y de mi propia brasa surgió ese fantasma, y ¡en verdad! ¡no vino a mí desde el más allá! ¿Qué ocurrió, hermanos míos? Yo me superé a mí mismo, al ser que sufría, yo llevé mi ceniza a la montaña, inventé para mí una llama más luminosa. ¡Y he aquí que el fantasma se me desvaneció!”
Acaeció que Zaratustra inventó “una llama más luminosa” que ese débil fantasma de mansedumbre y esclavitud, creyente en los poderes de un Otro Supremo, destinado a velar la inexistencia de una garantía última frente a lo real de la condición humana: el sin-sentido de la tierra. Empero, ¿cuál es esa nueva “llama más luminosa”? Se llama Superhombre y es la posición subjetiva que habla de la asunción de la falta en el Otro. Superhombre es fe en el Hombre y no construcción de un Otro absoluto, todopoderoso, más allá del Hombre. Es derrocamiento de ese SSS letal que paraliza e inhibe toda plausibilidad de acción, de transformar la realidad, de construir e inventar nuevas realidades, menos sufrientes, menos mortuorias, más vitales y acordes a la singularidad del hombre real, es decir, no del Hombre ideal, o sea, no del Yo. Superhombre es ir más allá de las identificaciones que hacen parroquia, en tanto la pertenencia a un Grupo tomada como garantía de acción no inscribe dicha acción sino en el plano metafísico platónico donde lo contingente debe avenirse a lo verdadero (“reminiscencia”), o sea, ya existe un Saber que oriente qué es lo que debe hacerse frente a una situación x eventual. Mas la acción analítica, por el contrario, debe ser situada en el marco de la repetición kierkegaardiana en tanto esta va en la línea del desencuentro con el objeto y es, en ese sentido, solidaria con la concepción freudiana de la relación de objeto.
Del mismo modo, estimo que no es por la vía de la creencia en el Poder irrevocable del Maestro de turno como podremos sostener una cura, sino más bien, y como lo enseña Zaratustra, llevando nuestra propia ceniza a la montaña.


1. Lacan, J.; El Seminario, Libro VII, La ética del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2007, Pág. 348.
2. Freud, S. (1915); “Lección XVIII. La fijación al trauma. Lo inconsciente.”
3. Ver al respecto: Carlos J. Escars “La convicción freudiana” en Escars, C. (comp.) Clínica de la transmisión, escrituras y lecturas en psicoanálisis. Ed. Imago Mundi, Buenos Aires. 2003. Capítulo 2.
4. Lacan, J.; El Seminario, Libro X: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Buenos Aires, Paidós, 2007. Pág. 279.
5. Así habló Zaratustra.
6. Dice Freud en “Historia del movimiento psicoanalítico” (1914): “Si los histéricos refieren sus síntomas a traumas por ellos inventados, habremos de tener en cuenta este nuevo hecho de su imaginación de escenas traumáticas, y conceder a la realidad psíquica un lugar al lado de la realidad práctica. No tardamos, pues, en descubrir que tales fantasías se hallaban destinadas a encubrir la actividad autoerótica de los primeros años infantiles, disimulándola y elevándola a una categoría superior.”
 
 
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