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   Psicoanálisis y Epigenética

Psicoanálisis, epigenética y conducta social y sexual
  Por Alfonso Luis Masotti
   
 
Psicoanálisis, epigenética y conducta social y sexual

Por Alfonso Luis Masotti*

Los genes no codifican conductas de forma directa, pero codifican productos moleculares que construyen y gobiernan el funcionamiento del cerebro a través del cual se expresa la conducta.


¿Puede la conducta social interactuar con el genoma y alterar los circuitos cerebrales? Históricamente, la interacción entre genes y conducta social han tenido una tempestuosa relación con la ciencia y con la sociedad, interponiendo cada una sus predicamentos a la otra. Esta confrontación fue resuelta sin más trámite que con un simple paso de manos kantiano, en el que se daba por aceptada la existencia de una mutua interacción e influencia entre natura-nurtura sin que se lograse progresar en la especificación de esta interacción, en términos de procesos de regulación celular, neuroquímica o molecular. Así se refleja en los desarrollos y enfoques de las ciencias humanas sociales y biológicas de principio del siglo pasado, como simple afirmación de la mutua convergencia o concomitancia de ambas, de los que el psicoanálisis de principio de 1900 no se diferenció. Las alusiones de Freud en los historiales clínicos a la mutua interacción entre el medio externo y el medio interno del sujeto, son pues consecuentes. Estos desarrollos son los que paradojalmente, fortalecieron la escisión del enfoque, y la justificación del prolegómeno en tres planos epistemológicos diferentes en función de las divergencias científicas en boga: el constreñido al aspecto fisiológico en sentido estricto, y que poco o nada aportó a la justificación de la interacción entre natura-nurtura, el que contemplaba los efectos de la interacción del entorno sobre el desarrollo (ontogénesis), y el que propuso que los procesos de la selección natural sobre la evolución (filogénesis) constituía suficiente justificación. El progreso actual de la epigenética, mediante la descripción de los procesos celulares y moleculares que participan de la interacción recíproca entre el genoma y el medio externo, ha finalmente determinado los procesos celulares y moleculares de esta interacción, y si bien los genes no codifican el comportamiento ni dan cuenta de éste, y mucho menos pudiesen expresar condiciones axiológicas y/o valorativas vinculadas a la conducta, sí contribuyen codificando productos moleculares que coadyuvan al gobierno de las funciones cerebrales, a través de las cuales se expresa la conducta, corroborando además que las condiciones impuestas por el entorno son competentes para modificar o alterar las funciones cerebrales y la propia conducta, e incluso transmitirlas a las generaciones posteriores; de modo que la variación en el comportamiento individual al interior de cada especie, debiese comprenderse como la consecuencia de la interacción entre los elementos genómicos y la influencia social.

Dada la diversidad y complejidad que el comportamiento social expresa, incluso en vertebrados e invertebrados, Robinson & Russell1 se han interrogado si no fuese verosímil y contingente, suponer que los mecanismos de conservación de las pautas de conducta social de cada especie y los principios operativos cerebrales sobre la coordinación biológica del comportamiento social, pudieran estabilizarse como marcas o señalamientos a nivel de los genes o del genoma2. Admiten, que a pesar de la variación individual que pudiera presentar el comportamiento al interior de cada especie, las necesidades biológicas que dirigen el mismo, son ampliamente compartidas para todas las especies, y aunque la organización social de cada una de éstas pudiese comprometer diferentes esquemas y/o sistemas, la necesidad de conservación de estos esquemas y/o sistemas de control son variablemente constantes. Los autores aseveran que es posible establecer las relaciones entre genes, función cerebral y comportamiento social, mediante un modelo de reciprocidad de influencias de la información social del entorno sobre la expresión génica, y viceversa, es decir, de la variación de la expresión génica sobre el control del comportamiento social. Este modelo de interacción les fue sugerido a partir de los estudios sobre las variaciones tonales que muestran las canciones de los pájaros. Éstas expresan una rica interacción social entre los individuos de cada especie, que permite no sólo la identificación de conductas rituales contingentes a los compases vocales, sino también la identificación de cada individuo. Los autores comentan por ejemplo, que en este complejo sistema de jerarquización vocal y ritual en que la conducta de apareamiento subsume a los machos en condiciones de aparearse, inducida a partir del despunte de la actividad neuroendocrina, se sucede una sincronía biológica que regula diferencialmente la conducta de cada individuo de acuerdo a sus posibilidades jerárquicas. Esta sincronía biológica, es responsable por ejemplo, por la disminución de la fertilidad de los machos que tienen reducidas, restringidas o limitadas sus posibilidades de apareamiento. Estas regulaciones endocrinas son mantenidas en función de la persistencia de las condiciones intrínsecas y extrínsecas al grupo, como el número de individuos machos dentro del mismo o por Ej., entre otras variantes, la disponibilidad alimentaria del entorno. Estas investigaciones han sugerido que la información social pudiera tener un efecto global sobre la expresión génica en el cerebro, y que estos cambios fuesen descriptos como estados neuro-genómicos, impulsados a partir de la activación de un gen particular en un circuito neuronal local. No obstante la importante comprensión que han aportado estos estudios sobre la complejidad celular y molecular del cerebro que describen los estados genómicos, por ahora representan un promisorio desafío para la epigenética, en tanto se hallan relativamente inconclusos. Estas investigaciones bidireccionales sobre las interacciones entre el entorno y el genoma, y entre el genoma y el entorno, comenzaron a ser exhaustivamente investigadas a partir del descubrimiento de que una neurona podía desempeñar diferentes funciones como consecuencia de la modulación de su sinapsis y de la activación de diferentes procesos de transducción proteicos, los que mediante el etiquetamiento de señales transitorias de membrana, alteraban la eficacia sináptica de los circuitos neuronales3, siendo luego codificadas como cambios sinápticos perdurables mediante procesos encabezados en la expresión del canal iónico de membrana y el despunte de los procesos de transducción celular y transducción génica ulterior, logrando modificar mediante nuevos contactos perdurables, la red de interconexiones4. Estos cambios, iniciados como procesos de transducción celular, luego reconvertidos en transducción génica a partir de la activación o encendido de un gen particular sobre un circuito neuronal local, resultan en la cabal constatación de la constante, necesaria y recíproca interacción entre genotipo y fenotipo, entre natura y nurtura, en la que la intermediación de las experiencias previas ejerce su influencia mediante la función de la evocación mnemónica comprendida como proceso desestabilizador o restaurador y/o de reforzamiento de las conductas aprendidas5.

El estudio de los factores epigenéticos comprometidos en la transducción de los cambiantes rasgos del entorno en cambios estables en la plasticidad neuronal, en pautas endocrinas permanentes y en el comportamiento, se nos presenta entonces como la concreta respuesta al interrogante de ¿Cuáles son los procesos orgánicos que median la respuesta adaptativa o des-adaptativa en función de las experiencias previas? y ¿Cómo pueden éstos cambios producir alteraciones cerebrales permanentes? Diversos factores de crecimiento en las primeras etapas del desarrollo, en la embriogénesis y luego con la ontogénesis con el acrecentamiento de la experiencia, la proliferación dendrítica y las interconexiones con los diversos circuitos, juegan un rol determinante en el desarrollo neuronal del cerebro que compromete a los sistemas de reactividad, a los sistemas cognitivos y a la conducta. La confirmación de esta premisa, que corrobora la incesante interacción entre el medio externo y el medio interno del individuo (homeostasis y carga alostática) con el genoma, ha logrado que se revea el principio darwinista que sostenía que los caracteres adquiridos no se heredan en tanto se conciba a la herencia como producto estrictamente genómico que opera sobre la base de la selección y variación de caracteres. Esta restricción conceptual del enfoque filogenético que defiende el innatismo y la genética de principios de 1900, es el disparador de la revisión conceptual propuesta por la actual epigenética. Pero aún hoy, la epigenética no ha sido aceptada de buen grado por los neurocientíficos. Un ejemplo de la persistencia del modo anterior de pensar la genética, la constituye el artículo de Facundo Manes titulado “Somos solidarios por naturaleza”, en el que asevera que la conducta social cooperativa es un rasgo innato y atávico que incluye a vertebrados e invertebrados6. Desde la perspectiva de Manes, la conducta social no sería la consecuencia de la interacción entre las condiciones impuestas por el entorno al genoma y viceversa, sino la consecuencia de una variación sobre la selección en función de la perpetuación de la especie. Sin embargo, las conductas sociales en vertebrados e invertebrados, ya sea que regulen conductas reproductivas, alimentarias o de defensa del territorio, asumen el carácter de un ritual, a los efectos de que sean identificadas (reconocidas) por los otros congéneres. Estos rituales o estereotipias conductuales, en el ser humano asumen una complejidad mayor, inexorablemente ligada a la producción cultural. Afirmar que la conducta social cooperativa fuese un rasgo que depende exclusivamente de un linaje genético, presente incluso en abejas y hormigas, tal como afirma Manes, es un razonamiento que responde al esquema del innatismo extremo que antes mencionáramos, pero además, asignarle a las abejas y a las hormigas un juicio de apreciación axiológica, como lo es el de establecer la condición de “cooperativo” resulta en un antropomorfismo equívoco, siendo tan sólo un comportamiento social exitoso que asegura la permanencia de la especie. Entre humanos, el comportamiento social asume las características de cada cultura, suscitando profundas investigaciones antropológicas y filosóficas sobre el origen de la misma. En estos términos, la regulación de los lazos de parentesco que establece la prohibición del incesto, se considera un producto cultural universal, que en la cultura occidental se lo identifica con las fábulas griegas de Edipo y Electra. El psicoanálisis ha demostrado que esta estructura cultural regula el comportamiento sexual al interior de cada grupo familiar y social, y ha teorizado sobre las consecuencias de lo que ha denominado la resolución del complejo edípico, vinculada a la identidad sexual y a la orientación sexual, asignándole a los avatares o vicisitudes de esta estructura, el carácter de determinante psíquico de la misma. Pero los aportes actuales de la epigenética han relativizado esta aseveración al evidenciar la compleja interacción entre genoma y medio ambiente. En la etapa embrionaria del desarrollo se define la determinación gonadal, la que tiene una repercusión global sobre la totalidad del organismo al influir sobre los sistemas endocrinos y consecuentemente, fenotípicos del individuo. Con el desarrollo posterior pos-natal, mediante el cual se completa el proceso de mutua reciprocidad operativa entre los procesos internos y condicionamientos externos al individuo, los avatares de las interacciones que se puedan suceder entre genoma y medio ambiente, imponen determinaciones funcionales vinculadas inexorablemente con las primeras experiencias de vida. Estas afirmaciones si bien no han sido refutadas por los psicoanalistas, quienes han aparentemente coincidido con estos presupuestos, la aseveración de que la resolución inversa del Complejo de Edipo sea la consecuencia de la conducta homosexual o de la conflictiva del trastorno de identidad de género, es la negación de las influencias epi-genotípicas sobre la conducta y el psiquismo, y la imposición de un criterio restringido y sesgado que pretende hacer prevalecer a lo cultural como único determinante de la problemática. Y si bien la identidad sexual y la orientación sexual son procesos de innegable raigambre psíquica, las alteraciones epi-genotípicas influenciadas por los procesos de transducción celular que sobre-determinan el funcionamiento cerebral a través del cual se expresa la conducta, contradicen de hecho dicha postura. La homosexualidad como el trastorno de identidad de género (éste último de expresión clínica diferente), deben comprenderse como la consecuencia de las recíprocas interrelaciones entre genoma y medio ambiente.




*Nota de la redacción: El Dr. Alfonso Luis Masotti se desempeña actualmente como Asesor científico en el Área de Psicoanálisis y Epigenética de esta Editorial.

1. ROBINSON, GE & RUSSELL, DF: “Genes and social behavior”, in Science 7; 322(5903):896-900, 2008.
2. cf. con DAY, J & SWEATT, JD: “DNA methylation and memory formation” Nature Neuroscience, Perspective Epigenetic, Vol. 13 nº 11:1319-1323, 2010; HOLLIDAY, R: “Epigenetic, a historical overview”, Epigenetic, Vol. 1, Issue nº 2: 76-80, 2006.
3. v. ABRAHAM, WC & BEAR, MF: “Meta-plasticity: the plasticity of synaptic plasticity”, Trends in neurosciences, 19:126-130, 1996, y cf. con CLAYTON, DF: “The genomic action potential”, Neurobiology of L & M, 74:185-216, 2000.
4. LIU, H; WU, MM & ZAKON, HH: “Individual variation and hormonal modulation of a sodium channel Beta-subunit in the Electric organ correlate with variation in a social signal”, Development in Neurobiology, 67:1289-1304, 2007
5. Sobre esta afirmación, V. en particular. MASOTTI, AL.: Reminiscencias, ¿un mecanismo restaurador o desestabilizador? y La evocación mnemónica, paradigma de la integración somato-psíquica, ambos editados por Letra Viva, Bs. As., en 2010 y 2012 respectivamente.
6. En ese artículo MANES, F afirma: “…Cientos de ejemplos en la naturaleza evidencian que el sistema nervioso de una gran parte del reino animal es propenso a la cooperación. De hecho somos testigos de esta cooperación al apreciar las organizaciones sociales (…) de abejas y hormigueros, entre otros. (…) todo esto evidencia el hecho de que las bases biológicas que sustentan la conductas cooperativas son filogenéticamente muy antiguas…” MANES, F.: “Somos solidarios por naturaleza”, en La Nación del 28/4/12, p. 29. Cf. con MASOTTI, AL: “Epigenética y conducta social cooperativa” en Imago contenidos exclusivos, mayo de 2012.
 
 
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