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   Transferencia y empatía

La opacidad de la Transferencia y el Acto Analítico: ese momento inconfundible
  Por Raúl Yafar
   
 
En la clínica psicoanalítica hay un momento inconfundible. Es el clima amenazante de la repetición que Freud ubica “más allá” del principio del placer. Esa es la zona más opaca del psicoanálisis. Se da en ella la siguiente paradoja: desde el punto de vista de la práctica cotidiana, es decir, del trabajo que hacemos día a día, tiene una importancia tremenda. Pero, por el contrario, desde el punto de vista estrictamente teórico-clínico no termina de encontrar una articulación lo suficientemente precisa, sino que se dispersa en variantes que parecen no relacionarse entre sí. Nuestro intento es dar una vuelta más sobre esa opacidad, arrojando un rayo de luz, al menos, intermitente. Pero bien espeso… y específicante.
Hemos aprendido de la experiencia que el analizante ha asociado y asociado, pero llega un momento en el que ya no rememora más. El saber tiene entonces sus límites. Hasta ese momento el saber surgente había producido una sensación de logro, reinaba una sensación de expansión y crecimiento, debida al recorrido positivo del trabajo. Este clima Freud lo resalta muy bien, inclusive llega a decir que, cuando hay un importante retoño in­consciente y aparece el nuevo material, la atmósfera de ganancia es tal que parecería que todo es posible. Hablamos entonces de transferencia positiva: ese amor por las palabras que une a dos parlantes durante el breve espacio de las sesiones. La atmósfera amorosa es decididamente tangible a los fines de la labor.
Pero tarde o temprano se produce otro clima. Lo primero a destacar es que esta suspensión no es como la de la emergencia de la formaciones del inconsciente. No es la repetición de esa primera ausencia de un significante que causa la producción de ese saber tan especial, tan novedoso y transformador a los fines de la reconstrucción histórica del anali­zan­te. No es el discurso fracturado que había permitido ­inicialmente que se produzca un saber. Ahora los disparos asociativos de esa fractura han terminado. Ni esquirlas quedan. Esta encrucijada, ínsita en el movimiento generativo del pulso inconsciente, este final de la secuencia discursiva, es una debacle que se produce cuando el saber se agota.
Recordemos esa descripción esquemática, pero muy fecunda, cuando dice que a partir de un punto-falla inicial se produce una especie de dibujo radiado de múltiples vectores que se abren desplegando la asociación libre, pero que después de esa apertura, llega un clímax en que todo comienza a contraerse. Allí se ha de precipitar un vacío de asociación.
Vayamos al punto. Cuando ante la mudez del analizante Freud piensa que ésta es transferencial, destaquemos que no se trataría de cualquier silencio, sino uno muy especial. Es un clima rarificado el que se presenta cuando hay una transferencia negativa. Pero hay una atmósfera de amenaza también. Algo “ominoso” estaría por precipitarse: siempre hay una tensión de alerta previa, que un analista debería, en cierto sentido, poder leer y anticipar.
Sabemos que la “Estética Trascendental” de Kant tiene que ver con las coordena­das espacio-temporales. El espacio y el tiempo son aquellas coordenadas con las que se constituye el imagi­nario humano, en el momento de la institución del Estadio del Espejo. Po­demos decir que en el área de la repetición se produce una especie de dislo­cación post-kantiana del espacio y del tiempo. Veámoslo más en detalle.
Parecería que todo se concen­trase y transfigurase allí mismo, pero también que se acelerase y desacelerase en la breve puntualidad de ese momento. Como si el espacio y el tiempo penetrasen en un embudo que, crecientemen­te “resistencial”, parece empezar a girar en un punto mudo, vórtice al que todo conduce, aspirante-impelente, doble imagen de lo centrípeto y centrífugo al mismo tiempo. Aunque “todo” va hacia allí, el efecto es de que “nada” es posible en los intentos para evitar lo que se avecina. Acontece algo indisoluble, totalizado, único, y eso mismo, quedando claro… que es una casi nada, que es algo inaprensible.
Hay algo sobrante, estorbante, pero que se acompaña al mismo tiempo de la sensación de que allí se juegan muchas cosas importantes en relación al análisis y que éstas dependen de lo que el analista conteste. Puede ser que haya habido muchas sesiones ricas en producción de saber, pero parecería que todo ha terminado en ese efecto-embudo, donde en una ligera “pregunta” se condensa dislocada y alocadamente algo que se avecina, que se precipita con un aura previa, algo que anuncia que está por sobrevenir algo especialmente “espeso”.
Todo el contenido represantivo-asociativo, todo el trabajo significativo va a condensarse allí y en un segundo. Al mismo tiempo descriptivamente parece no tener importancia: es un detalle, una tontería, algo efímero y lateral. Podemos decir que no pasa casi nada o que pasa muchísimo en esos momentos. Porque en esa pregunta que el analizante hace, se juega todo el mundo de la transferencia y de la repetición, de la relación de ese sujeto al fantasma que gobierna su mundo, pero no como un saber dialectiza­do, lleno de asociacio­nes, pleno de la combinatoria que funciona en base a condensa­ciones y desplaza­mientos, sino como un punto opaco, ominoso y densifica­do que, de pronto, se le/nos viene encima.
Todo el análisis ha ido a parar ahí, concentrado en un espacio, en un segundo de detención eternizada, hasta que un instante después aparece la urgencia de “disparar” centrífugamente hacia la actuación, se lanza el resorte del fantasma, se enciende la repetición, nadie sabe qué pasa, pero cuando quieren darse cuenta… es tarde. Todo se detiene y concentra en un segundo y después se desencadena totalmente. El silencio insoportable lo ha augurado, lo invisible ahora más pleno de relieves… ha acontecido.
Tras la anulación de la temporalidad del “habrá sido”, en la certeza anticipada de ese instante, de golpe se da… la escena. Pues lo que se desencadena siempre es muy escenográfico, es una vieja acción repetida. A veces se dice que la rememoración transcurre en la juntura de lo imagina­rio de lo simbólico, pues bien, esta escena es parte de lo real de lo imaginario.

Voy a proponer ahora un breve ejemplo clínico. Se trata de una situación ocurrida hace muchos años, en un análisis de tres años de duración, poco más o menos. Es una muchacha de veinticinco años de edad, bastante dependiente de su padre, en el sentido narci­sista y no deseante del término, es decir, ocupada en ser aquella que sostiene su Demanda de Amor.
Ella es la “compinche” perfecta, lo entiende mejor que nadie a nivel de sus necesidades y, a cambio de ello, es cuidaba por él, especialmente del aspecto “agresivo” de los hombres, en una coparticipación (identificatoria) cómplice y secreta. Juntos, de este modo, se comunican agradablemente, permaneciendo apartados del tercer personaje, la madre, un ama de casa bastante obsesio­nada por la limpieza. Vemos que no estamos demasiado lejos de Dora. Terminaré estos datos breves introductorios resaltan­do el valor del significante dinero en este análisis, ya que el padre es quien le “banca” todos los gustos.
Hete aquí que la joven era, entonces, mantenida por su padre, quien la daba mensualmente una suma fija, digamos, en aquel lejano momento, de cien pesos. Un padre que está “siem-pre”, como habíamos trabajado, sólo puede dar cien pesos.
Al no alcanzarle ese dinero, su novio, con quien tiene una relación de tipo fraterno-adolescente, agregaba una donación de diez pesos más. Tenemos ciento diez pesos mensuales.
Un día llega a sesión bastante retrasada, en una tarde terriblemente lluviosa. Llega además realmente empapada. Es el último día del mes. Ha salido de casa antes de que comience a llover, es decir, sin su paraguas y con poco dinero. Lo ha ido gastando en apuntes, su almuerzo y por supuesto en varios taxis. Y el último taxi le ha permitido llegar a sesión… gastando el último dinero que le quedaba, exactamente el último centavo que le restaba ese día.
En relación al dinero, llega, entonces, como llegó al mundo, es decir, sin un peso.
Por lo tanto, me dice al entrar que voy a tener que prestarle –obviamente dándose por sentado, además, que no ha de pagar su sesión ese día– dinero para el colectivo de retorno. Pensemos que la lluvia arrecia, los relámpagos y truenos son realmente infernales y que el pedido, después de todo, es bastante “razonable”, nos genera una empatía instantánea.
No cabe duda, por otro lado, que se trata de una transferencia amorosa y que soy colocado en el lugar de un complemento paterno: dándole un peso para el colectivo ella podría habría recibido ese mes… ciento once pesos.
Observemos, además, dos cosas que se concentran en ese instante, al mismo tiempo y superpuestas a toda la razonabilidad anecdótica que se explicaría fácilmente con el discurso intencional, ese sentido común que, por supuesto, emplearía cualquiera para poner en el acto la mano en el bolsillo y darle con toda educación lo que “simple­mente” pide.
Primeramente, claro, si ella no se sabe desenvolver sola en el mundo es porque tiene un padre idealizado al que sostiene para que la sostenga, y que, en casi una especie de rito de iniciación al estilo tribal, al estilo de aquellos que permiten el pasaje de la adolescen­cia a la adultez, ella, bajo la lluvia, se enfren­ta­ría al dolor y al misterio de lo que es la extinción potencial de ese padre. El no llega a todos lados en su vida.
Pero en segundo lugar, allí también está la calle, con sus peligros y fascinaciones, la calle… donde algunas mujeres, asocia, se ganan la vida, mujeres que compran con el goce de sus cuerpos el sustento, la manutención que el padre que esperan (eternamente) no les ha de brindar, la calle donde todo fantasma de prostitu­ción se hace escenografía, donde los misterios de la sexualidad femenina tratan de contestarse infructuosamente una y otra vez.
Aclaro que durante esa sesión el tema se “trabajó” perfectamente, con completo “entendimiento” de la situación, pero a la salida volvió a pedirme el dinero… como si el material trabajado no hubiera existido. ¿Es que un analista ha de arrojar a esta pobre muchacha sola y sin dinero, en ese atardecer cruel e inhóspito… a la calle? Pues bien, fue así. Tuvo que ser así.
Se va furiosa. Tras esta experiencia donde le negué el dinero ella faltó tres sesiones seguidas en las que no la llamé –ni pensaba hacerlo si no venía más–, luego regresó y continuó su análisis, confesando que casi abandona. Su análisis duró doce años más. Está claro que en la transferencia negativa el sujeto ataca el intervalo significante, donde se aloja el Deseo del Otro; es decir, la angustia, el “¿qué me quieres?” y el “¿puedes perderme?”… en fin, todos los temas de la separación se presentan allí.
Vemos allí, al calor de la transferencia, la repetición de un encuentro edípicamente fallido –en tanto que no-separador–, la respuesta fracasada de un padre a la sexuación de su hija, respuesta que la idealización, la exacerbación imaginaria, sustituye, negando el nombramiento posible de la castración.
A la angustia del momento se trataba de contestar con un “no”, siguiendo bien de cerca el juego de palabras de Lacan sobre el no del padre –que en francés, es homofónico de nom, nombre–. Un “no” que fuera marca de su destino mortal y sexuado, seguramente lo que su padre jamás hubiera hecho, un “no” que no fuese un castigo ni un desprecio, sino algo que recuerde un límite (una legalidad) y al mismo tiempo la posibilidad de una apertura a su deseo singular.
Porque a través de los relámpagos, al fin y al cabo, quizás sólo un poco más mojada que cuando llegó, buscando algún otro taxi que la espere en la puerta de su casa mientras sube a buscar cómo pagarle… o quizás caminando algunas pocas cuadras hasta casa de una amiga que le preste dinero… ella hubo de encontrar, al fin y al cabo, solitariamente su destino.
Algo tan pequeño, ínfimo, que le inaugure una marca que le abra el mundo, dejándola experimentar un sentimiento de soledad, quizás algo de orfan­dad, pues al fin y al cabo todos somos huérfanos en un punto en relación al Otro. Pero, bien, entonces libre y enfrentada al resplandor verdadero de las cosas, a la suerte que le tocara vivir, “ocupándose de su alma”, en un anticipo del Tú eres eso final, tan trágico como las lágrimas del cielo, tan cómico y humano como cualquier transeúnte empapado.
Es que al fin y al cabo todos somos héroes trágicos, pero ante el sexo y la muerte, solamente de pacotilla.
 
 
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