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   Niñez y desamparo

El desamparo de nuestras historietas
  Por Martín. H Smud
   
 

En mi niñez, como la de tantos, hemos leído por momentos con risa y luego con desazón, como la del padre de Mafalda1, acerca del rumbo del mundo y la pobreza.

Ha pasado el tiempo, vuelvo a leer la historieta para explicarles a mis hijos cuestiones que me son muy difíciles de enseñar: las bombas atómicas, la mitad de los niños del mundo pobres, otro quinto de los niños tipo Susanita (hoy la llamarías la Su), la mayoría de los padres absortos frente a las preguntas de sus hijos, cómo explicarles lo que es la inflación, la represión militar, nuestra historia al revés: Robin Hood robándoles a los que menos tienen, los bancos quedándose con los ahorros de sus clientes, la pobreza llegando a límites insoportables en un país donde no faltan ni vacas ni granos.

Mafalda nació en el ‘62, la volvemos a leer y ¡lo más increíble! es que siga teniendo seis años. El problema no es su detención temporal sino que a nosotros no nos pasó lo mismo. ¿Y al mundo? Tampoco. ¿Qué ha pasado con la pobreza y el desamparo de la niñez en estos cuarenta años?

Muchas cosas podemos decir: por un lado, la revolución cultural del ‘68, la revolución femenina de la mano de la píldora y la legitimación del conocimiento del propio cuerpo cambiaron la relación de hombres y mujeres con el otro y consigo mismo. Por otro lado, la revolución geopolítica del ‘89 con la caída del muro de Berlín que separaba al mundo en dos bandos y una lucha “fría”. El mundo ahora ha quedado con una sola cabeza ocupada por un cowboy borracho y paranoico por una guerra entre buenos y malos. Han pasado cambios culturales y geopolíticos incontrastables pero el perfil de la miseria, el desamparo de la niñez, sigue más presente hoy en día que hace cuarenta años. El mundo es otro, está más “homogeneizado” gracias al ciberespacio, se ha llegado a la luna y se pronostica “un encuentro cercano del tercer tipo” para dentro de pocas décadas. La miseria se ha multiplicado de la mano de una revolución increíble, si en 1968 éramos 3000 millones de personas, hoy superamos holgadamente los 6000 millones. Nunca el mundo ha vivido semejante duplicación demográfica en tan poco tiempo y esto, sumado a la estupidez del hombre, nos lleva a padecer nuevos problemas como el encarecimiento de los alimentos, la escasez de hidrocarburos, el calentamiento global.


Pero aquí no intento un fin escolástico ni descriptivo que por cierto nos llevaría un poco de espacio que estas pocas líneas, sino mostrar cómo cada desamparo se multiplica en otros niveles… de desamparo. El desamparo de un niño se multiplica en otros niveles que a primera vista poco tendrían que ver, como podría ser el desamparo en el medio ambiente. Y para atrás, hacia el pasado, también los desamparos se multiplican. Nuestro país es un ejemplo, como dirían en la escuela un mal ejemplo. El otro día leí una entrevista a Fernando Ulloa (cuyo fallecimiento hace muy poquito nos dejó un poco más solos) quien relacionaba a la pobreza con las desapariciones de personas de la década del ‘70. Las preguntas de Mafalda sobre la pobreza al padre que se hacía el dormido al no saber qué decir eran un anticipo del desfallecimiento de un ser humano en la mesa de torturas que debía tirar nombres para seguir el juego siniestro y macabro de la desaparición de personas que aún hoy no terminan de morir. De lo naif a lo siniestro en muy pocos años. (Quizás este pasaje haya sido uno de los motivos por los cuales Quino dejó de dibujar la historieta por el ‘73).
Sostiene Ulloa: “Los desaparecidos de ayer son estos excluidos de hoy, estos dueños de la más absoluta miseria, que además uno ve desnuda. Las desapariciones estaban, diríamos, marcadaspor el velamiento, y esta hambruna como forma de exclusión y de muerte, se nos muestra sin tapujos ante los ojos. Me gustaría encontrar una explicación de ese traspaso del velamiento perverso de la muerte a este, diría yo, desfile de la crueldad en la pasarela social. ¿Qué hay detrás de aquel ocultamiento atroz de la dictadura?, pero mucho más, ¿qué hay detrás de la desnudez sin estética ni ética que marca esta época?2”

El desamparo de la niñez argentina se multiplica en el desamparo de la ecología del mundo y en el desamparo de nuestra historia. Se trata ahora de una pasarela donde desfilan “los modelos más lindos” de la carencia y la crueldad. Lo ha escrito muy bien Bertolt Bretch como aquella pasarela donde desfilan al mismo tiempo: la pobreza, la exhibición, la crueldad y el mercado.

Y viene Freud a hablarnos del “beneficio secundario” de lo obsceno del desamparo. Siempre nuestro querido Sigmund produciendo inversiones, los términos del desamparo caen ahora del lado del que mira, del que intenta llevar adelante un tratamiento del desamparo. El problema no es entonces el desamparo de la pobreza sino el desamparo de la “salud mental” del que observa lo que ocurre. Desamparo y locura: una cuestión que no deja de aparecer todos los días a los trabajadores de la Salud Mental. Si el delirio es la reconstrucción, una forma de elaborar ese vacío donde el lenguaje se hace añicos, lo Real es el desamparo mismo. Y la poesía resulta, al final del largo y extenuante camino, el bálsamo donde el desamparo detiene su multiplicación dramática, sus puntos de fuga, su escenificación perversa. Y se muestra de una manera novedosa que nos permite reír de una manera franca, quizás un poco melancólica, al ver a Mafalda cuidar a nuestro mundo enfermo, desamparado. Y cerramos el libro de historietas sabiendo que siempre nos acompañará cuando queramos enseñarles a nuestros hijos lo que es la inflación o que nuestra existencia pende de un hombre con la llave para apagar la luz de la fiesta.

1. Quino, Todo Mafalda, Ediciones de la Flor, Buenos Aires.
2. Entrevista realizada por Vicente Zito Lema y Gregorio Kazi en Página 12, aparece en //www.pagina12.com.ar/2001/suple/Madres/01-09/01-09-14/index.htm. Nota llamada: “La obscenidad del poder, la ternura de los piqueteros”.

 
 
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