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   Transferencia y empatía

Del ruido mortal al eco musical: acontecimiento y transferencia
  Por Esteban  Levin
   
 
La otra voz, la que el silencio nos deja oír, se llama música.
Vladimir Yankelevich

Graciela es una niña de dos años. Presenta una enfermedad neurometabólica, lo que le ha ocasionado severas dificultades perceptivas y motoras. No camina, tiene escasa visibilidad, no habla ni puede tomar objetos. A nivel sensorio-motor, se presenta inquieta e inestable, realiza acciones sin gestualidad ni sentido. Se sienta y se mueve arrastrándose de un lado al otro sin detenerse frente a un objeto, una llamada, un gesto o una mirada. Es muy difícil relacionarse con ella. Sus manos llaman la atención, están lastimadas y constantemente se rasca el dorso de ellas hasta sangrar y sacarse la piel. ¿Cómo abrir una experiencia y un escenario diferente en la complejidad y el padecimiento en los cuales se encuentra Graciela?
Durante las primeras sesiones, intento relacionarme con ella. Le presento objetos, acompaño los movimientos, la ayudo a ubicar su postura, evito que se golpee contra la pared o algún objeto. Graciela babea, se mueve en forma inestable y permanece indiferente. El único ruido que realiza notoriamente es el “E, E, E” en forma monocorde, constante, sin ningún sentido ni variación. Es un “E, E, E” solitario y aislado, que aparece en algún momento y vuelve a desaparecer. Luego continúa la acción. De pronto vuelve a reproducirse el “E, E, E” ensordecedor y asfixiante.
¿Cómo un ruido E, E, E se puede transformar en el eco de un sonido? ¿Es posible anticipar un sujeto con tanta acción fragmentada?
Habían pasado algunas sesiones y no encontraba el modo de relacionarme con Graciela, de romper la imagen petrificada de una presencia congelada, excesiva, estática e indiferente que ella generaba. En un momento se mueve para un lado, para otro, con la monotonía exasperante del “E, E, E”. La miro y espontáneamente comienzo a cantar: “Y Graciela hace EH, hace EH, hace EH. Y Graciela hace EH, hace…”. Paro el canturreo, surge un silencio. La incertidumbre de la espera… Graciela lentamente gira el eje corporal, orienta la mirada y exclama: “EH”, este EH1 era diferente, concordaba con el matiz de la melodía que acababa de inventar. Sorprendido, continúo intentando. “Graciela hace EH, hace…” Silencio…espacio latente. Entonces escucho de parte de Graciela el “EH”. Con asombro, sonriendo en la vertiginosidad del encuentro, continuamos con la canción.
En un momento posterior, con el mismo ritmo y cadencia canto: “Y Graciela dice Sí, dice sí, dice sí. Y Graciela dice sí, dice sí, dice…”Silencio… Luego de un tiempo de espera, escucho: “YH”. Afirmo el sí y continúo la melodía: “Y Graciela dice sí, dice…” Y responde: “YH”. Lo vuelvo a cantar y a dejar el espacio, el silencio, el ritmo necesario para que ella lo complete y al hacerlo acentúo la última sílaba para dar lugar a la subjetividad que emerge en el espacio del “entre-dos” de una relación que comienza a jugarse en la sonoridad y la voz del otro que anuda y unifica lo sensorio-motor. Es una melodía, casi un arrullo que nos conmueve, nos mueve al reencuentro con el eco del otro.
La musicalidad en esa intensidad transmite una sonoridad íntima. Ella se constituye en la originalidad de la demanda. Graciela pasa del ruido ineludible a la sonoridad del encuentro afectivo con el Otro. En este trayecto se pierde el ruido como E, E, E y surge el EH, EH, EH como preludio de los posibles fonemas y representaciones.
Se inscribe así el placer en el encuentro musical como imagen sonora que unifica una cierta realidad, por lo menos, aquello que al cantar invoca, convoca y nombra a un otro que conforma unidad frente a la fragmentación propia de la “patología”, o el “síndrome”, o el “diagnóstico-pronóstico”2. Al inventar, al crear en la escena, somos creados por aquello que inventamos. Somos sensibles al otro en el devenir de la experiencia escénica que indudablemente nos transforma sólo si nos dejamos transformar por ella. Es allí donde emerge lo inesperado.
Los matices musicales, la inflexión de la voz resuenan en lo corporal que pone en escena a la música como enlace que subjetiva la relación hasta hacerla existir en el compás de un sonido que no deja de concluir, en un enigma que vuelve a recomenzar de nuevo en otro acorde. En un pentagrama singular e intransferible que conforma el propio ritmo pulsional-musical.
En sesiones posteriores, Graciela mejora a nivel del control corporal y del equilibrio tónico y alentada por la relación con los otros se lanza a caminar, a explorar, descubre nuevas posturas y aparecen gestos dados a ver, a leer en la relación que establece con los demás.
En otra sesión, camina y explora el consultorio. Al llegar al baño, golpea la tapa del inodoro, hace ruido: “TA, TA, TA, TA”. Resuenan los golpes. Retomo la melodía, la musicalidad: “Y Graciela hace TA (golpeo la tapa), hace TA (golpeo), hace TA (golpeo), y Graciela hace…” Realizo la pausa, hago el silencio, la síncopa para darle lugar a su sonido a la respuesta, al acople musical que ella sola puede tocar. Graciela ubica el cuerpo frente al mío y golpea la tapa: “TA”. Continúa así la melodía. “Sí”, exclamo. “Y Graciela hace TA (golpeo), hace…” Y ella responde: “TA”, golpea y toca TA.
El TA tocado por Graciela transforma la tapa del inodoro en un instrumento de percusión. Percute la tapa y ella deviene tambor, sonoridad, musicalidad. Entre toque y toque se juega el entre-dos de la relación. Entre el TA (de ella) y el TA (de Esteban) suena la melodía sin palabras, que identifica quién está tocando. Por supuesto no importa tanto lo tocado, el sonido en sí, sino la textura de esa sonoridad escuchada por otro.
El eco de esa composición resuena en aquello que nos convoca en la complicidad de una cadencia, de la entonación, de un sonido coloreado que se produce y escucha al mismo tiempo que se comparte y se enuncia sin enunciado ni significado previo o preestablecido. Es un decir cantado que nombra.
La experiencia sonora como escena es fugaz, dura un instante y la cosa-ruido se pierde en sí misma y emerge el eco de un recuerdo, el afecto que se desplaza de encuentro en encuentro, de nota en nota. Conforma así redes de sentido. Imagen sonora que identifica un espacio y un tiempo diferente, una experiencia que se ubica más allá del cuerpo carnal, mecánico o funcional. Se repite el canturreo y produce subjetividad en el acto mismo de la realización escénica. La musicalidad a la cual hacemos referencia crea deseos, constituye un campo deseante donde emerge un sujeto sólo después de dicho acontecimiento que en tanto tal deja una huella, una marca significante que se encarna en lo corporal. Es decir, lo pulsional es efecto de la demanda que se deja entrever a través del cuerpo y la gestualidad cantada.
Graciela se rasca el dorso de ambas manos hasta lastimarse, agrietar la piel y sangrar. Duele mirarlas. Ella no deja que se las toquen, se resiste al contacto. Sólo se rasca hasta herir la epidermis, como si ese rasguño le permitiera una cierta consistencia en lo real del cuerpo, en aquello que al no simbolizarse, ni narrarse ni historizarse emerge sin dolor, con la insistencia obscena de lo mismo. El dolor no duele sin sujeto.
En una sesión, registro que Graciela comienza a tocarse, a rascarse reiteradamente la rodilla. Anticipo y presiento una gestualidad convocante. Tomo esa acción como un gesto y saludo a la rodilla susurrando una canción: “Hola, hola, hola rodilla, hola rodilla, hola, hola, hola rodi…” Silencio. Espera. Intervalo. Esperar sin obtener todavía una respuesta. Siento la vibración de la intensa duración temporal. Al cabo de un tiempo Graciela responde: “Lla”. Continúo la escena entonando la melodía, el compás rítmico que de algún modo engloba la rodilla y el cuerpo se ensambla en el campo de la gestualidad, de la intriga hasta del azar por lo que vendrá.
A continuación, sin mediación, se rasca el dorso lastimado, herido de la mano. Mirándola, reacciono y le canto: “Hola, hola, hola mano, hola, hola, hola ma…” Silencio. Espera. Intervalo. Pasa un tiempo… la incertidumbre aprieta la garganta. Finalmente ella exclama: “OH, OH” Parece distenderse. La melodía, el ritmo y la cadencia de las palabras cantadas provocan una pausa íntima por donde se cuela el afecto, la sensibilidad sonora del sentido. Sigo cantándole a las manos y al unísono, las toco, las acaricio con las mías, toco ese umbral. El límite inexacto entre el dolor sin palabras y la sonoridad que afecta al cuerpo, que cobra sentido en lo intocable del toque, del diálogo tónico que enlaza el cuerpo a la imagen, al sentido y anuda lo real al imaginario corporal, mediado ahora sí por el ritmo sonoro y el toque simbólico.
Una mano diferente comienza a resonar intermitentemente entre toques que conforman otra textura. El cuerpo, lo corporal se orienta con referencia al otro. El eje tónico-postural se entrelaza con la mirada deseante y la voz cantada. Esos instantes reflejan y articulan la gestualidad que nunca es la acción sino la realización de un movimiento latente, suspendido, en espera, demandando ser leído, mirado y escuchado por otro que a su vez también gesticula un decir, un deseo de donar al otro, en este caso a Graciela, una musicalidad que hilvana y entreteje al cuerpo en el horizonte transferencial del deseo y del amor.
A continuación se rasca el dorso lastimado de la mano. Le vuelvo a cantar y por primera vez tomo un marcador anaranjado y juego con él dibujando en esa piel-superficie texturada de arrugas, cicatrices. Ante las líneas dibujadas, Graciela se sonríe, deja la mano distendida, abierta al garabatear. La escena dura un instante suficiente para que comience a escribirse otra superficie corporal, otra imagen del cuerpo viene a inscribir el cuerpo-padecimiento. De este modo, tal vez el dolor puede existir para Graciela como propio y al mismo tiempo como extraño. En esta paradoja se juega lo corporal encarnado en la subjetividad.
Los trazos cantados y dibujados en el cuerpo de Graciela se conforman como un espejo plural que la ubican por fuera de la organicidad, del goce mortífero, del trastorno neurometabólico y abren el espacio de la pertenencia y lo singular. Como vemos, en algún sentido se trata de dejarnos desbordar, desorientar para orientarnos, colocar un borde y dar lugar a lo excepcional de un acontecimiento que al producirse deja un rastro, la huella sin causa de lo que vendrá. En todo comienzo, lo central no es tanto el origen sino el lugar que no existe antes del acontecimiento.
De la musicalidad sonora que encarno al cantar “Y Graciela dice EH, dice…” Responde: “EH”, “Hola, hola, hola rodilla, hola rodi…” Dice: “Lla”. “Hola, hola, hola mano, hola ma…” Exclama: “Oh”. Emergen las líneas, el garabatear en el límite entre la piel y la imagen, entre el cuerpo de uno y el cuerpo del otro, entre la superficie y lo que se proyecta fuera de ella. Esta experiencia no se copia ni se transcribe, es el hacer del instante, el zig zag que se inscribe como marca, huella investida de amor, en este caso, en función transferencial.
Sólo habrá transformación de la experiencia infantil si el acontecimiento sucede y entonces se inscriba en forma indeleble, ya no como suceso sino como realización original de un devenir indeterminado, plástico que depende necesariamente de la experiencia que acontece entre uno (ese niño) y el Otro (portador de la herencia simbólica). Entre ellos se juega la osadía de realizar el misterio del encuentro con el otro, de construir el intrépido espacio del nos-otros, diferente de aquél del cual se partió.
La sensibilidad, la musicalidad, el toque inventado en ese momento con Graciela, la textura melódica, atemperada configura una zona, el “entre-dos”, que unifica y divide la musicalidad y la caricia del puro ruido y el tacto. Nos envuelve el sensible gesto compartido, la modulación rítmica, el timbre de voz, el diálogo tónico, el garabato entre los toques de las manos. El murmullo afectivo funciona como apropiación del cuerpo, acentúa la imagen corporal como deseo del don del otro. En este sinuoso trayecto, Graciela no coincide con el trastorno neurometabólico. En esta no coincidencia se juega lo singular de su historia de vida y la posibilidad de descubrir el misterio de lo que aún no sabe y crea sentidos, resonancias de lo porvenir.
_________________
1. La letra H marca lo impronunciable de la diferencia y la alteridad. Al mismo tiempo el límite y el enlace.
2. La pediatra de Graciela sostenía que ella “era” un Trastorno General del Desarrollo no especificado (TGD).
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