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   Saber de la historia

El niño freudiano, Jones y la novela familiar del neurótico
  Epílogo de genética textual (segunda entrega)
   
  Por Mauro  Vallejo
   
 
UNO. Todo esto gira alrededor de los caminos a través de los cuales el texto psicoanalítico moldeó uno de sus objetos esenciales: el niño. Y sobre ello queda aún mucho por escribir. Hasta tanto no se estudien con detalle las extensas publicaciones de Freud acerca de las enfermedades nerviosas infantiles –aparecidas entre fines de 1880 y 1897, no recogidas en sus Obras Completas y jamás traducidas a nuestro idioma–, no nos queda más opción que empezar por los textos que sí conocemos: sus cartas a Fließ y sus ensayos de la década de 1890.
La vez pasada vimos que el primer niño freudiano atravesó dos fases: en la primera, que coincide con la acuñación de la teoría de la seducción, él no era más que la superficie vacía sobre la cual recaían los ataques de los adultos perversos; una segunda etapa no se hizo esperar, y el texto dotó a nuestro personaje de nuevos atributos: fantasías e impulsos (en un comienzo exclusivamente hostiles). Ambos atributos compartían un rasgo esencial: ellos resultaban de las escenas traumáticas. El ansia de matar a los padres, y la fantasía de no descender de ellos, constituyeron la moneda con que el niño de la seducción devolvió a los mayores el trato recibido. Todo cambió cuando las responsabilidades se redistribuyeron, merced a un proceso conceptual que aquí no podemos bosquejar. La balbuceante teoría del Edipo –que tardó casi quince años en recibir el nombre de Complejo, y otros tantos en lograr una articulación clara– atribuyó al niño nuevos poderes, sobre todo al asignarle impulsos de amor y de odio que parecían previos e impermeables a los cuidados recibidos de parte de los padres. Ahora todo parecía depender de lo que se tramaba en el insondable mundo de las mociones del niño. El giro final es asegurado por Abraham en 1907, por razones que ya hemos despejado.

DOS. Lo que nos interesa esta vez reside en el análisis de la secuencia de fantasías que el psicoanálisis fue poniendo en la mente de su preciado niño. Esa secuencia no hace más que reflejar o refractar las metamorfosis sufridas por la dinámica de la familia deletreada por los textos psicoanalíticos. Y creemos que el vector que se inicia con los primeros planteos sobre el Edipo, y que halla en el Abraham de 1907 su plasmación más certera, encuentra en unos pequeños escritos de Jones de 1913 su traducción extrema al lenguaje de las fantasías. Un año antes del inicio de la Guerra, el analista británico publica un trabajo acerca de la importancia del abuelo en el destino del individuo1. El título de ese ensayo en verdad retoma el nombre de un trabajo publicado por Jung en 1909 en el primer número del Jahrbuch: “Die Bedeutung des Vaters für das Schicksal des Einzelnen” –sobre el cual alguna vez tendremos que hablar en esta sección–. Un primer elemento tiene que ver con lo que Freud había denominado hacía poco la “Novela familiar del neurótico”; según Jones, cuando el niño fantasea que él no es hijo de su padre, sino de un personaje más destacado, halla muchas veces en el abuelo un reemplazo satisfactorio. La razón de esa elección no es solamente el parecido entre padre y abuelo, sino que “en cada niño existe un fuerte deseo de volverse el padre de sus propios padres, e incluso pueden abrigar la fantástica creencia de que a medida que ellos se vuelven más grandes, sus padres se volverán más pequeños, hasta el momento que las actuales circunstancias serán completamente invertidas” (653). Esa creencia, agrega Jones, está ligada por supuesto con las tendencias incestuosas, pues es una manera de tramitar el deseo de ocupar el lugar del propio padre, o más aún de tomar el lugar del verdadero objeto de amor del padre deseado –por ejemplo, cuando el niño percibe que su madre ama mucho a su propio padre–. Pero aquella tiene que ver también con actitudes hostiles, pues “gratifica el deseo de cambiar la actual situación de forma tal que el niño esté en una posición de gobernar a aquellos que ahora lo gobiernan” (653-654). Jones propone dar un nombre a esa nueva fantasía: fantasía de inversión de las generaciones, y a ella dedica otro breve trabajo aparecido ese mismo año2. En este último, explora con más detalle las raíces posibles del contenido de la fantasía.

TRES. En 1914, cuando Freud redacta, con los puños cerrados, su ensayo histórico, dice dos cosas contradictorias acerca de la historia que nos atañe. Por un lado, dice por vez primera que las escenas de seducción (descritas en sus trabajos de 1896) eran meras fantasías. Y por otro, sostiene que el trabajo de Abraham de 1907 había por fin dado la solución a todo el problema: los niños sufren traumas porque así lo desean. Hay allí tanto una contradicción in situ –pues en el alabado texto, el discípulo alemán jamás había planteado que los abusos sexuales no fueran reales– como el germen de una contradicción futura: es imposible conciliar la determinación de traducir la seducción al lenguaje abrahamiano de 1907 –en el cual los padres brillan por su ausencia, pues en todos los ejemplos citados los adultos que atacan a los niños son personas ajenas al hogar– y la posterior sugerencia, de 1925, de reescribir el episodio de la seducción con las letras del Edipo. Sea como fuere, lo cierto es que si la inversión de responsabilidades forjada por Abraham –toda la culpa es del niño– significó la puesta al extremo del giro que el pensamiento psicoanalítico tomó luego de la caída de la conjetura de 1896, las concisas páginas de Jones de 1913 dieron su contenido más exaltado a las sueños que podía abrigar el nuevo niño textual. Hay un detalle que no es menor: cuando el inglés dice que una de las fuentes esenciales de la fantasía de inversión es el odio del niño hacia sus padres, no insiste en los celos que el triángulo edípico puede alimentar. No, el niño odia por como fue tratado, y su deseo de ser el padre de sus padres busca en parte satisfacer una sed de venganza. La fantasía de inversión de las generaciones resume, en síntesis, la naturaleza del niño psicoanalítico: por un lado, recuerda que él fue víctima; y por otro tiene conciencia de que ahora toda la responsabilidad recae sobre sus espaldas; y asume hasta tal punto su nuevo rol, que juega a hacer comenzar en sí mismo toda la historia familiar.

__________________
1. Jones, E. (1913) “The significance of the grandfather for the fate of the individual”. Este ensayo fue luego recogido en la segunda edición (de 1918) de sus Papers on Psychoanalysis (pp. 652-657), editados en Nueva York por William Wood and Company.
2. Jones, E. (1913) “The phantasy of the reversal of generations”. En Papers on Psychoanalysis, op. cit., pp. 658-663.
 
 
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