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   Psicoanálisis y Cine

Alto voltaje
  Por Claudia Zaiczik
   
 
¿Qué encierran algunas escenas eróticas para pasar a la historia del cine, cuando tantas otras son rápidamente olvidadas?
Es sabido que hombres y mujeres no comparten iguales motivaciones eróticas. El hombre, más visual, puede excitarse simplemente mirando la exuberancia o belleza de un cuerpo femenino o una actitud insinuante o provocadora. Pero en los casos que veremos a continuación, se trata de otra cosa, y despierta cosquillas en unos y otras.
De lo que se trata, a mi entender, es de la mostración de lo femenino en su máximo esplendor, es decir, de la seducción como contracara de lo porno. Lo obsceno, incluso, por su carácter de transgresión o provocación podría resultar erótico, en cambio la explicitación pornográfica, termina aburriendo o angustiando. Brillo fálico versus opacidad.

“Seducir”, según el diccionario enciclopédico Granada: “engañar con maña, inducir al mal con suavidad, cautivar”. Algo del orden del engaño opera en la seducción y es justamente porque no se puede localizar qué es lo que cautiva, que ejerce su poder de atracción.
Jean Baudrillard1 , considera que lo femenino seduce en tanto pasividad y misterio. Es el dominio del universo simbólico, no confundirlo con el poder de la fuerza o la violencia; ahí se trataría de otro tipo de dominación.
Leyendo a este autor podríamos decir que hay tres cuestiones fundamentales para que la seducción opere:
a) Cuando el seducido se encuentra a sí mismo, encuentra su ser encantador, y en esto coincide con lo que Platón dice en El Banquete, encuentra una imagen amable de sí mismo gracias a lo que el otro, el que está en posición de seducir, le hace creer. La identificación es con ambos personajes: Erastés y Erómenos.
b) Cuando hay complicidad y dos conocen un mismo secreto, esto crea fuertes lazos entre quienes lo comparten. En el caso del cine, la complicidad se juega con el espectador.
c) Cuando el juego de la intermitencia permite dejar abierto el canal del deseo: tener y no tener, poseer con el riesgo de perder, presencia y ausencia. Es el juego del gato y el ratón: estoy y me voy, te doy y no, me muestro y me oculto. Un ejemplo de la sensualidad en la intermitencia la podemos apreciar en las faldas femeninas con tajo, cuando una mujer camina, y lleva puesta una de esas faldas, muestra y no muestra en cada paso.
En esta oportunidad, no me detendré en el argumento de las películas, sino que recortaré la escena que me interesa analizar.
Para comenzar, una obra maestra cuya directora es una mujer, se trata de La lección de piano2. La historia transcurre a mediados de siglo XIX, Ada es “vendida” por su padre a un hombre y la hace viajar para encontrarse con él desde Escocia hasta Nueva Zelanda junto con su pequeña hija y su objeto más preciado: el piano. El nuevo marido, hombre brutal y violento, la hace deshacerse del piano, pero éste es comprado por George quien le pide a Ada que le de clases, y de esta forma ella recupera lo perdido. George hace con esta frágil y dulce mujer un pacto: ella puede tocar el piano, él la tocará a ella. La escena en cuestión, ya cargada de una tensión erótica ,teniendo en cuenta que se trata de un amor prohibido, que él la rescata de la brutalidad, que le devuelve la posibilidad de seguir haciendo lo que más ama, en ese contexto, lejos de tirarse encima de ella, él se sienta en el suelo mientras ella toca, y abajo del piano, a la altura de las piernas de Ada, le descubre un pequeño agujerito en la media, en la pantorrilla, y con la yema de un dedo le acaricia con una ternura infinita el centímetro de piel que el agujerito deja ver.

La escena, una de las más sensuales que el cine nos ha dado, habla por sí misma. Me detendré en el tema del contorno. El agujerito representa una forma de delimitar, de bordear, de resaltar ese fragmento de piel, que casi sin querer se deja ver y tocar. Como en el maquillaje, donde se remarca el contorno de los agujeros de la cara: ojos, boca; se delinean para resaltar la belleza y la belleza como velo del horror.
Un streeptease que todo el mundo recuerda es el de Nueve semanas y media3. ¿Qué tiene de particular? En principio la música, un tema de Joe Cocker, cuyo título es elocuente: “You can leave your hat on”. Puedes dejarte el sombrero puesto, no te desnudes del todo, porque el detalle que te dejes, podrá distraerme; no hay sensualidad en la desnudez total. El detalle puede ser un par de zapatos, ligas, medias, anteojos, una cadenita.
La escena tiene todos los condimentos: ambos protagonistas son jóvenes y bellos, en un principio transcurre detrás de una cortina, se ve y no se ve, luego ella se va despojando de la ropa y el director no deja de mostrarnos la cara de él entusiasmándose. El espectador se identifica con uno y otro lugar, con la que provoca activamente y con el que juega a la pasividad.
Por último, un detalle que también hizo esta escena tan recordada, es cuando él le pone su saco encima para que ella no tome frío; ese gesto tierno le imprime un realismo tal a la escena, que la vemos como si estuviéramos espiando a una pareja a través de una ventana. Como si el director nos dijera: no es el streeptease de cabaret, es el juego íntimo que pueden estar protagonizando tus vecinos.
Por último, cómo no hablar del revolucionario film de Bertolucci y las dos escenas que tanto dieron que hablar. El último tango en París4 fue en su época una herida profunda y certera a la moral pacata y conservadora.
Una relación ocasional, lujuriosa y sin compromisos entre un hombre maduro que acababa de enviudar y una joven a punto de casarse. Hasta ahí, sería una más entre tantas, pero la transgresión, pasó por dos lugares muy poco tocados en esa época.
La famosa escena de la manteca, en la que él la usa como lubricante para penetrarla analmente mientras la obliga a repetir palabras irrespetuosas hacia la iglesia, la obliga a blasfemar ¿Qué representa, porqué tanto lío? Semejante irreverencia de un respetable ciudadano que no había perdido el juicio ni la razón, no eran materia corriente.
Pero lo verdaderamente subversivo, está a mi entender, en aquella otra escena, en la que el gran macho, el atractivo y sin duda masculino Marlon Brando, le pide a María Schneider que se corte las uñas de los dedos para penetrarlo.
En el humano, no hay una ley natural que adecúe a cada uno su cada una, no hay bipolaridad sexual, la sexualidad es fálica. “Todo está dentro del lenguaje, lo que hay entre el hombre y la mujer es soldadura, el vel del fantasma que une y desune”5. No hay relación sexual, hay puro semblante; cada quien va a la cama con su fantasma con la ilusión de hacerse uno con el otro; eso falla, y es gracias a esa falla, que nos encontramos con el otro sexo.
Lo que no encaja, la discordancia radical hombre mujer, tiene sin embargo un artilugio para que los cuerpos se encuentren y gocen. Como la cosa no es “natural”, hay que fabricarla: “haciendo” el amor nos salvamos, pagamos un pequeño precio y de esa manera renunciamos al goce como masoquista. El goce sexual es un espejismo y tiene la función de remarcar la falta de goce absoluto, no es absoluto porque fracasa de dos maneras: masculina y femenina.
La sexualidad, cuando transgrede o provoca, al juntar lo soez con lo sublime, logra despertar los goces eróticos, prohibidos, y como espectadores, nos sentimos seducidos por aquellas escenas en las que nos invitan a espiar al abrigo de ser vistos.

zaiczik@hotmail.com



1. Jean Baudrillard. La seducción
2. Jane Campion. 1993. Nueva Zelanda/Francia/Australia
3. Adrian Lyne. USA. 1986
4. B. Bertolucci. París-Italia. 1972
5. Le Gaufey. Para una lectura crítica de las fórmulas de la sexuación.
 
 
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