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   Filosofía y Psicoanálisis

«Eine fundamentale Unbegreiflichkeit» (Quinta parte)
  Por Luis F. Langelotti
   
 
“Esta es la diferencia entre lo que anda y lo que no anda: lo que anda es el mundo, y lo real es lo que no anda. El mundo marcha, gira en redondo, en su función de mundo. Para percibir que no hay mundo, a saber, que sólo los imbéciles creen que están en el mundo, basta destacar que hay cosas que hacen que el mundo sea inmundo, si me permiten expresarme de este modo. De esto se ocupan los analistas, de manera que, contrariamente a lo que se cree, se confrontan mucho más con lo real que los científicos. Sólo se ocupan de eso. Están forzados a sufrirlo, es decir, a poner el pecho todo el tiempo. Para ello es necesario que estén extremadamente acorazados contra la angustia. Ya es algo que por lo menos puedan hablar de la angustia.”

(Lacan, El triunfo de la religión).


Introducción

¿Qué significa pensar? ¿Reiterar definiciones concluyentes que suturen la temible brecha del sinsentido? ¿Dejarse llevar por la infernal metonimia del significante en su pretensión fetichista de velar la castración? ¿O, acaso, hacer temblar las categorías más arraigadas en nuestro ser íntimo para pulverizar al máximo todo hálito de mismidad, en busca de lo radicalmente Otro, esto es, lo que a ser pensado se resiste, lo que a ser enunciado se sustrae? ¿Qué? Y, también, ¿con qué política del pensar se articula el psicoanálisis?



I

En La hermenéutica del sujeto, Michel Foucault nos brinda una aproximación interesante a la cuestión de la «estulticia» que, estimo, resulta de importancia para articular con las preguntas estatuidas. Allí, el filósofo francés, nos habla del «estulto» como aquel que padece de una especial apertura acrítica a las representaciones del mundo exterior. El «estulto» es el que se adecúa dócilmente al decir que circula, a lo que “se dice”. Se lo podría articular con lo que el filósofo Martin Heidegger ubica como «existencia inauténtica», o sea, el hombre que transita adormecidamente su vida, sin preguntas ni angustia, acomodado plácidamente en los signos garantes del Otro-que-sabe. Empero, ¿por qué sin angustia? Porque, tal como lo expresa Sergio Albano, “…la angustia es el momento de mayor singularidad existencial, un verdadero solus ipse que revela de un modo eminente la estructura estar-en-el-mundo que es propia del Dasein.1
En la obra mencionada de Michel Foucault, también se destaca, en referencia al «estulto», su dispersión en el tiempo. Su vida discurre sin más, se deja llevar y no se ocupa firmemente de nada. Al no pronunciarse decididamente en pos de algo en especial, poniendo allí su cuerpo, ergo, todo da igual, no hay diferencia. La vida del estulto es un permanente fluir desanclado, un barco a la deriva de ese mar que son los significantes englobantes de la demanda del Otro. Se trata de una voluntad limitada, fragmentada, relativa, empobrecida, alienada.
Dice Ortega y Gasset en La rebelión de las masas: “En rigor, la masa puede definirse, como hecho psicológico, sin necesidad de esperar a que aparezcan los individuos en aglomeración. Delante de una sola persona podemos saber si es masa o no. Masa es todo aquel que no se valora a sí mismo – en bien o en mal – por razones especiales, sino que se siente «como todo el mundo», y, sin embargo, no se angustia, se siente a sabor al sentirse idéntico a los demás.” Al analizar Freud la obra de Le Bon, Psicología de las multitudes, realiza un interesantísimo comentario de la misma, tomando referencias precisas que le ayudan a pensar en la cuestión del yo y de la Masa. Dice el maestro vienés: “La multitud es impulsiva, versátil e irritable y se deja guiar casi exclusivamente por lo inconsciente. (…) Aún cuando desea apasionadamente algo, nunca lo desea mucho tiempo, pues es incapaz de una voluntad perseverante.” El individuo-masa, tal como Foucault plantea en relación al estulto, carece de una voluntad precisa y firme sino que su deseo va oscilando acorde oscile el objeto del deseo que se ponga frente a su nariz. En última instancia, se trata de la supeditación irrestricta al Ideal y los confines del espejo, donde el sujeto entreteje su ontología alienada.
En términos nietzscheanos, estamos frente a una «voluntad de poder» no asumida como tal, rechazada, reprimida, inhibida, amordazada. Introversión de la propia potencia destinada a preservar al sujeto de la diferencia para con el Otro: el Otro no da ni es la sustancia del sujeto, ni su verdadera y última esencia (o naturaleza). El Hombre acalla su mundana voz para no ofender a Dios, por temor a su castigo. Pero este Dios no es sino un invento humano, fantasma construido para preservarse, en rigor de verdad, de la ambigua relación a su deseo, a su querer, a la «voluntad de poder» que emana como un torrente indestructible de su cuerpo en cuanto que «Sí-mismo» [Selbst]. Freud nunca dejó de destacarlo: el hombre rechaza el deseo que lo habita. Lo aterra confrontarse con su propio querer, en tanto emerge como una fuerza desconocida, con consecuencias y que transciende al yo y que nos habla tanto del Más allá del Bien y del Mal así como del Más allá del principio del placer (dimensión que especifica a la clínica del psicoanálisis y que la distingue de cualquier otra).
La «voluntad absoluta» se inscribe en el sentido de la asunción de la «voluntad de poder» que habita en mí: en mí más que «yo». Que mi esencia es eso mismo de lo que me horrorizo: “El deseo es la esencia del hombre”, decía Spinoza. También definía a la «alegría» como el afecto que nos invade cuando aumenta nuestra potencia de actuar. Allí cuando el hombre devela su poder, lo conquista y lo asume es porque ha renunciado al placer ignorado de estar sujetado al capricho del Otro, como su mascota. “Otro" que no deja de ser su invención [erfindung] frente a la indefensión originaria - se trata del uso que el sujeto le da al otro real como significante pleno: I (A), movimiento transferencial originario que debe pensarse como un modo de hacer-con lo pulsional traumático, ese factor cuantitativo primitivo que debe necesariamente quedar por fuera.
Pero la asunción, el develamiento de mi poder, implica desidealización y acción, en oposición al estulto que no actúa porque sostiene la fe en un Otro pleno, que sabe, que comanda, que hace-por-él. Se trata, de si la Historia tiene o no una hendidura, es decir, si hay lugar para poner en juego mi singularidad o si la Historia está cerrada. «Voluntad de poder» debe pensarse, entonces como “voluntad de poder-hacer”, como deseo de potencia e invención, y no como “voluntad de poder en sí” en el sentido ingenuo de “acumulación”, de querer-tener. Porque querer-tener-lo-ya-dado es propio del espíritu débil que supone que le falta lo que el otro tiene. El «espíritu libre», el de la voluntad absoluta, apunta a conquistar su ser singular interrogando de qué se trata su falta, irrepetiblemente. Pero eso no es sin inhibición, síntoma y angustia – nombres del sujeto en las vicisitudes de su posicionamiento-reposicionamiento en relación al Øtro. La puesta en acto, hacerse cargo del deseo implica no taponar la castración en el Otro. El neurótico quiere desear pero no admite que el Otro también pueda hacerlo. Entonces, el deseo en el Otro es capricho, despotismo, invasión, aplastamiento, orden, mandato, imperativo. Nominaciones que dan cuenta de cómo el neurótico hace-con la falta en el Otro. Y todas sus fatales escenas estarán destinadas a sostener esa versión, buscará hacer actuar al Otro para permanecer inmune en su fantasma. Freud plantea algo muy interesante en Análisis terminable e interminable: “El yo del adulto, con su fuerza incrementada, continúa defendiéndose contra peligros que ya no existen en la realidad; se siente impulsado a buscar en la realidad aquellas situaciones que pueden servir como un sustituto aproximado del peligro primitivo para poder justificar, en relación a ellas, el que mantengan sus modos habituales de reacción.” Es decir, el neurótico construye una realidad acorde a sus fantasmas infantiles referidas a ese Otro omnipotente. Fantasía y realidad no se diferencian por cuanto la fantasía es la realidad donde se sostiene el sujeto como historizado, o sea, en su ficción constituyente. Pero si lo constituyente se troca apresamiento de hierro, el deseo puja por manifestarse como sea, más allá de ese guión ready made que no basta para hacer-con lo real. El «estulto» rechaza lo desconocido de sí y del Ser, coartando toda transmutación posible de advenir, la cual no es sin el tiempo.



II

No es casual, si seguimos esta lógica de pensamiento, que nos lleguen a nuestro consultorio casos en los cuales el énfasis esté puesto en un lado diferente de donde realmente está el asunto clínico. Un caso bastante claro: es un padre sumamente afligido por el mal rendimiento de su hijo en lo escolar. Consulta por su “desinterés”, esto le preocupa mucho, ya que un “preadolescente” sin “aptitud” ni “actitud” jamás podrá insertarse en un mundo “competitivo”. Prontamente en las entrevistas con el niño, por un lado, y con los padres, por otro, aparecen múltiples puntos que esclarecen la problematización del niño como “sujeto epistémico”. Es que el “sujeto epistémico” no está apoyado sino en el sujeto del deseo. De hecho, el sujeto del deseo es condición del sujeto epistémico. El factor fundamental es la falta de confianza y palabra del padre en él, sumado a las grandes y no asumidas dificultades en la pareja parental. La alienación estulta del padre al “sistema”, la excesiva presión en el trabajo y su glorificación del “tener” como modo de vida, lo llevan a desconectarse de su función normativa en la estructura edípica subjetivante – la cual requiere la presencia de su deseo tanto en relación al niño así como en relación a su madre. El niño es traído como quien lleva el coche al taller y la pregunta por la propia implicancia es olímpicamente eludida - también el reconocimiento de la pésima situación matrimonial que, en otra entrevista, la mujer sí plantea. Pero el testimonio del infans es clarísimo: “Mi papá no me da pelota.”
La ética del psicoanálisis no es una “ética del anhelo” sino del deseo del Otro. Frente a la locuacidad infantil (el delirio del infans, su potencia imaginativa, su fe en sí), la “debilidad mental” del adulto que se acomoda a los signos ya admitidos del Otro, que no se atreve a cuestionar al Jefe de turno en pos de su genuino crecimiento; en suma, que se “adapta”, satisfaciendo así las esperanzas de las diferentes Escuelas de Psicología. Es gracioso escuchar esa idea de “ser mi propio Jefe”, como si eso resolviera el asunto. “Ser mi propio Jefe” no es más que identificación al Otro para tomar su lugar. Pero: ¿por qué no, mejor, sin Jefe?
Este adulto-estulto del caso es el patetismo de una vida sin deseo desplegado, es el repudio de la esencia del Hombre como «voluntad de poder» y el acatamiento devoto del régimen legitimado. Posición religiosa en la que el sujeto se hace “soldado del Otro”, quedando, a su vez, soldado a ese Otro. Y dicho repudio, halla su principal instrumento en la creencia en el “tener”. Esto último, en la época que nos toca vivir, es extremo.
Dice Mónica Cragnolini: “¿Qué aporta la figura del ultrahombre (…)? El modo de ser del hombre representativo alcanza una de sus expresiones más claras en el hombre del mercado (…), el satisfecho de todo: ante ese último hombre que le genera náusea y asco, Zarathustra declara amor al ultrahombre.” Y luego plantea: “Frente al sujeto que domina, que se cree dueño de la realidad, la “voluntad de poder” del ultrahombre supone, paradójicamente, abandono, “desasimiento”2.

El psicoanálisis no apuesta al “es lo que hay” – eslogan adolescente que habla de la posición Ideal epocal – sino al “es lo que falta”. Es decir, de “lo que no anda”, de eso, no se quiere saber nada. Por eso, el estulto es aquel que vive en el Mundo, evitando lo inmundo de lo Real. Y va por allí, comprando y comprando objetos del deseo que coadyuven a evitar la pregunta por la causa. Por aquella dimensión que no está en la escena pero que la determina, la sostiene y, eventualmente, la problematiza o la vuelve liberadora.
En el campo analítico, podríamos ubicar la hiancia que separa a la posición del “adicto al Libro” del que se atreve a confrontarse con la política del psicoanálisis, es decir, de la toma de la palabra, el despliegue de mi singular qué-decir. Una cosa es estar informado en lo tocante a la Teoría del psicoanálisis. Se puede estar informado, de hecho, y mucho. Pero muy distinto será el atravesamiento de una experiencia, entrar en el discurso del psicoanálisis y asumir el desafío de decir algo, de disentir, de preguntar. Es preciso destacar lo “antimoderno” que el psicoanálisis implica en el punto en el que apuesta a la afectación, a la trasmutación del sujeto en su acceso a la verdad. La lógica de la sabiduría universitaria (no me refiero a la institución Universidad, vale la aclaración, aunque tampoco mi comentario la excluye) se sostiene en la ausencia de este efecto: es la acumulación, el tener-saber, el estar informado, etc. El coquetear con los diversos objetos cósmicos con los cuales denegar lo imposible y sostener así un Soberano Bien. Pero la clínica psicoanalítica es lo que no cesa de no escribirse en el fantasma. El fantasma de erudición, de comerse todos los libros es ficción regulatoria que hace a la atenuación de la angustia que confrontarse con la diferencia. Pero el saber en tanto Todo inhibe el acto, desorienta al analista en su praxis y lo sujeta a lo peor de la estulticia. No tarda prontamente en caer en la vertiente sugestiva quien no da lugar a lo que está más allá del fantasma y que es el deseo del Otro, respecto de lo cual el analista nada sabe, porque nada se puede saber de lo que no es inscribible. Deseo del Otro es equivalente a decir: no hay relación sexual, no hay Otro del Otro, ni Soberano Bien, ni objeto cósmico, ni LA mujer.

Lo que se juega como “ética del anhelo” hay que pensarlo en términos clínicos. Se trata del sujeto que “toca y se va”, que va probando a ver qué le gusta, le gusta esto, le gusta lo otro, pero jamás se involucra firmemente, no se implica ni se hace cargo de la Institución eventual de la que se trate: no pone el cuerpo y, entonces, se queda en el espejo, en lo Ideal, ninguneando lo Real, el qué-le-pasa-con-eso y el deseo del Otro – que angustia. El de la ética del anhelo es el que cree que el “el mundo es” y ya, y no que el Ser está abierto, que hay apertura, posibilidad de ser causa de lo que pasa y no mero espectador. La posición del supeditado por la ética del anhelo está íntimamente engarzada en la vertiente del Ideal. Toma – o es tomado por - la Institución que fuere como un Otro y no como un Øtro. Esto último implica la dimensión de la responsabilidad subjetiva. Si todos los jóvenes asumiesen la posición del estulto, desaparecía lisa y llanamente la Civilización, ya que sus Instituciones se verían destruidas por el desamarre puro de la pulsión de muerte, que es tendencia a lo Mismo, rechazo de la diferencia, empuje a la relación sexual – o sea, al incesto. La decadencia cultural no es sino el efecto de la inercia identificatoria operando más allá del deseo como deseo del Otro, es decir, negando esta última dimensión, la falta en ser del Mundo del Hombre. Asumir el deseo como deseo del Otro va en la línea de la invención que el sujeto podría desplegar allí, en una Institución x, desplegando-se al asentir a la abertura del Ser, poniendo en juego su potencia creadora que hace el advenimiento genuino del sujeto (el sujeto no es un a priori, es un efecto). El horizonte deshabitado del ser implica a un sujeto identificándose a la no-dicho, a lo por-venir, al misterio, a la causa, realizándose en su «desasimiento» mismo de sujeto, como objeto causa del deseo del Otro. El sujeto, en un análisis, se confronta con lo desconocido de sí y apuesta al orden del deseo que lo atraviesa. La falta es motor, cuando no es renegada con postizos objetos del deseo, los cuales, en última instancia, no son más que significantes del Otro de la demanda a los cuales el sujeto se sujeta para cerrar, para que nada-quede-por-decir. Así, evita tener que tomar la palabra y trabajar sobre la falta, esa “tragedia común” que afecta tanto al sujeto como al Otro.

Cuando Nietzsche nos habla del “ocaso de los ídolos”, nos convoca a responsabilizarnos de nuestro ser Hombres, fallidos, mortales… y sexuados, agregaríamos nosotros. La experiencia zaratústrica de conversión y predicación del ultrahombre la entiendo como la transmutación de la posición del sujeto en lo atinente a su Sí-mismo. Zaraustra sabe, está advertido, de que se puede más y mejor y que toda pretensión de inmutabilidad denegatoria de «lo perecedero» es, en realidad, la acción inconfesada de un empobrecimiento espiritual, el cual da cuenta de que el sujeto ha sido vencido por el espíritu de la gravedad. Los predicadores de la muerte son los predicadores de la Quietud. En psicoanálisis, es el DESEO DE LA MADRE, o sea, esa “pata de elefante” asubjetivante que, en Freud, pensamos como narcisismo. Imagen que coarta al sujeto de un modo funesto por cuanto presentifica lo real de un goce que lo ata sin más al servicio sexual del Gran Otro.


1. Albano, S.; Heidegger, Hölderlin y el Budismo Zen. Buenos Aires, Quadrata, 2007, Pág. 83.
2. Cragnolini, M.; “Ello piensa: la “otra razón”, la del cuerpo” en Cosentino J. C. y Escars C.; El problema económico: yo - ello - súper yo – síntoma. Buenos Aires, Imago Mundi, 2005. Pág. 155-6.
 
 
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