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   El psicoanálisis frente al trauma

El psicoanálisis frente al trauma
  Por José Milmaniene
   
 
La práctica psicoanalítica consiste esencialmente en la revelación y la resignificación de los hechos traumáticos que signan la historia libidinal, sin intentar transformarlos en acontecimientos tolerables, para consumar así su plena integración subjetiva. Por el contrario, de lo que se trata es de abordarlos y constituirlos como traumas, lo que supone lograr cercar su núcleo real no simbolizable, el que en tanto objeto residual opaco e inerte nos coacciona y fascina con la tentación que procura todo goce masoquista.
Esta tarea clínica supone que sólo si se acepta inscribir al trauma en su radical inmodificabilidad, se pueden generar cambios subjetivos, dado que de este modo se le posibilita al sujeto situarse existencialmente de un modo inédito, más allá de la queja, la resignación o el resentimiento.
Y entonces algo viscoso y sin significación puede generar paradójicamente una nueva red simbólica, dado que posibilita el cambio del lugar de enunciación del sujeto frente a un trauma que pierde así su capacidad patógena.
El paciente se podrá ubicar ahora en un nuevo entramado, conformado por una red significante que al capturar al trauma en su radical no-integración, le deja más opciones subjetivas. En tal caso se podrán generar conductas transformadoras, las que liberan en acto de la gozosa relación que genera la imposible tarea de domesticar e integrar el núcleo real residual de toda vivencia traumática.
Obviamente los acontecimientos vividos devienen traumáticos por goces pulsionales incestuosos excesivos de raíz perversa, generados por figuras significativas de la infancia, por lo cual no resulta susceptible de elaboración simbólica alguna por parte del niño. De modo que estos goces pulsionales actuados –signados por el exhibicionismo obsceno y el abuso sexual–, suelen derivar en somatizaciones, en actuaciones transgresivas o en virajes paranoides, sobre el horizonte de oscuros sentimientos de culpa del infantil sujeto, dado que mediante tales padecimientos se busca la expiación sacrificial a través del castigo que procuran los padecimientos sintomáticos.
El psicoanálisis plantea frente a las vivencias traumáticas una política caracterizada por:
a) dirigir la cura en la dirección de sacrificar el sacrificio que imponen las fijaciones traumáticas, dado que éstas obligan al sujeto a repeticiones gozosas masoquistas. Se trata de transmitir que la verdadera opción terapéutica reside en distanciarse y trascender al trauma, dado que el sujeto es libre en la medida en que se juegue en la apuesta del acto decidido, sobre el horizonte de un nuevo renacer simbólico, más allá de la culpa que perpetúa eróticamente el goce de los traumas padecidos.
Es decir, se debe renunciar al regodeo narcisista –que bajo la forma de la queja y la paranoia nos liga a lo que hicieron con nosotros–, para poder asumir la verdadera y real dimensión traumática sexual del pasado, y poder aceptar la responsabilidad ética de los figuras que nos tomaron como objeto de sus goces pulsionales incestuosos, las que seguramente contaron con la complacencia culpógena de nuestras fantasías edípicas más secretas.
b) El psicoanálisis busca agotar los sentidos inconscientes que determinan la existencia, pero a condición que se acepte la presencia residual del núcleo real que opera como huella de los traumas infantiles. Éste escapa a cualquier reducción y/o disolución merced a la plena simbolización, dado su carácter abstracto y espectral. Es decir, se trata de cercar con significaciones lo real forcluido, para reducir al mínimo la brecha que se abre entre las estructuras monstruosas irreductibles a la metaforización y la dignidad pacificada del universo socio-cultural en el que pretendemos vivir.
Frente a los núcleos reales inmodificables que persisten como vestigios de las irrupciones traumáticas del goce del Otro, queda el recurso de situarse de un modo creativo frente al horror de lo real. Debemos pues propiciar que el sujeto incremente sus prácticas sublimatorias, y que pueda enfrentar los efectos sombríos y tanáticos de los acontecimientos traumáticos, mediante la estética del diálogo, la poética del encuentro amoroso y el placer artístico.
Así escribe Philippe Julien (2002, Pág… 154): “Ni idealización ni desexualización, sino una ética del buen decir, un arte de la palabra que permita colonizar ese horror fundamental del goce del otro o de sí mismo. Sólo el arte de la conversación entre un hombre y una mujer, entre una mujer y un hombre, es capaz de levantar una barrera a ese más allá del bien que llamamos maldad.”

Veamos ahora las concesiones teóricas que debilitan la dimensión ética del psicoanálisis encarnadas por las corrientes psicoanalíticas de tipo “narrativista-decontruccionista”.*
Las mismas se caracterizan, en términos de ?i?ek (2002, Págs. 141-143), por la idea de que el sujeto en análisis debe reescribir y resignificar “positivamente” el núcleo duro de sus escenas infantiles traumáticas, rehaciéndolas de forma más benigna y positiva. Se trata de privar a las escenas cruciales de la vida sexual de un sujeto de su potencialidad patógena –no ya a través de su elaboración simbólica de la cual persiste siempre un resto inelaborable– sino por el contrario a través de la reconstrucción de una nueva versión más “benévola” y candorosa” de la misma. Los desprecios, las escenas sádicas, la humillación, las injusticias, el maltrato son leídos y rehechos entonces como exclusivas expresiones fallidas del amor parental. El análisis pierde así su valor de búsqueda de la verdad en el interior de una historia que se puede comprender pero que hay que asumir, para transformarse en una especie de “novela rosa” sin densidad existencial, con un supuesto final feliz en el camino de la propia autorrealización. Los conflictos no se dialectizan sino que se busca diluirlos en una armonía ficticia, en la cual ya no se trata de pensar que uno fue querido cuando en rigor se era despreciado, sino que se intenta hacer desaparecer a la escena traumática originaria misma como tal. El objetivo es crear una historia más potable, dado que con un pasado con fuerte densidad pulsional traumática no se puede negociar ni trampearse uno a sí mismo, es decir se busca diluir el trauma configurándolo como un hecho exclusivamente asexual y por ende más dominable.
Las escenas traumáticas –que otorgan el sesgo patológico y el marco fantasmático– son reemplazadas por una lectura narrativa que si bien sostiene la “verdad de los hechos auténticos”, les hace perder a éstos su valor de núcleo real traumático, el cual nunca resulta del todo integrable simbólicamente. La historia libidinal infantil deviene entonces en una serie de vicisitudes casi anecdóticas, y los hechos traumáticos resultan el producto de la mala interpretación del paciente. Ya no se trata pues de enfrentarse con el goce del Otro –verdadera fuente de los traumas– sino con conductas desacertadas o erróneas por parte de los padres, supuestas como meros efectos de voluntades asexuadas, lo cual permite sostener y preservar la imagen impoluta y purificada de sus figuras.
Así ironiza al respecto ?i?ek (2002, pág.142). “Para llevar este juego hasta el final, cuando el ‘hombre de los lobos’ ‘regresa’ a la escena traumática que había determinado su desarrollo psíquico posterior –presenciar el coitus a tergo de sus padres– la solución consistiría en rehacer esa escena, de forma tal que lo que nuestro hombre vería en ella sería sencillamente a sus padres en la cama, leyendo el periódico el padre y una novela rosa la madre.”
Se logra de este modo desexualizar al análisis a través de una lectura interpretativa que priva a los hechos históricos de su índice pulsional, lo que si bien sirve para atenuar la potencialidad patógena de escenas que ponen en evidencia en toda su magnitud la sexualidad infantil sobre el trasfondo de vínculos de goce, portan como efecto indeseado la imposibilidad de resolver los conflictos inconscientes, en función de estas lecturas ingenuas, superficiales y meramente fenoménicas.
Entonces la narración que se construye durante la cura intenta perpetuarse como testimonio de la marca violenta e indeleble que el trauma inscribió en nuestras vidas, más allá de cualquier objetivación de índole positivista, que siempre fracasa dado que pretende llenar con un sentido pleno lo que siempre escapa a él. Tal como escribe ?i?ek (1998, Pág.352): “No se trata de recordar el trauma pasado lo más exactamente posible: esta ‘documentación’ es falsa a priori, transforma el trauma en un hecho objetivo, neutro, mientras que la esencia del trauma consiste precisamente en que resulta demasiado horrible para recordarlo, para integrarlo en nuestro universo simbólico. Todo lo que tenemos que hacer es marcar repetidamente el trauma como tal, en su misma ‘imposibilidad’, en su horror no integrado, por medio de algún gesto simbólico ‘vacío’. Se trata de rodear la Cosa perdida, ‘de marcarla en su misma imposibilidad’ para que el testimonio narrativo opere como una lápida que marca el lugar del muerto ausente”.
Coincidimos con ?i?ek en que no se trata de forzar la plena integración simbólica del trauma, que genera el goce propio de las fijaciones al horror padecido, sino por el contrario se debe “enquistarlo” para que perdure como testimonio inerte e ineficaz de vivencias que deben sumirse en el olvido, luego, claro está, de haber resignificado las condiciones estructurales histórico-libidinales de su emergencia, siempre más allá de la exclusiva culpa autorreferencial.
De modo que la “cadena rota” de la existencia –signada siempre por las inevitables rupturas traumáticas que genera la confrontación con la castración– sólo logra estabilizarse y suturarse con la ganancia de saber acerca de las determinaciones estructurales inconscientes, que son las que determinan la inclusión del sujeto en las series gozosas de las insistencias repetitivas.
Escribe Deleuze (1972, Págs. 24-34): “Los seres que hemos amado, uno por uno, nos han hecho sufrir; sin embargo, la cadena rota que forman es un gozoso espectáculo de la inteligencia […] O más bien, sólo tenemos los placeres y las alegrías que corresponden al descubrimiento de lo verdadero. El celoso experimenta una cierta alegría cuando sabe descifrar una mentira del amado, al igual que el intérprete que acaba de traducir un texto complicado, incluso si la traducción le descubre una noticia desagradable y dolorosa”.
Se entiende que la cura consiste entonces en disolver las fijaciones que nos ligan con todo núcleo residual traumático, el que entonces cercado en su inerte y triste opacidad, pierde eficacia patógena, dado que resulta relegado y “enquistado” merced al Saber que procura el jubiloso descubrimiento de la Verdad inconsciente.




Bibliografía

Deleuze, Gilles: Proust y los signos, Barcelona, Anagrama, 1972.
Milmaniene, José: La ética del sujeto, Buenos Aires, Biblos, 2009.
— —: Clínica de la diferencia, Buenos Aires, Biblos, 2010.
— —: El Holocausto. Una lectura psicoanalítica. Bs. As. Paidós, 1996.
Julien, Philippe: Psicosis, perversión, neurosis, Buenos Aires, Amorrortu, 2002.
?i?ek, Slavoj: Porque no saben lo que hacen, Buenos Aires, Paidós, 1998.
— —: El frágil absoluto, Valencia, Pre-Textos, 2002.
______________
* Estas reflexiones fueron escritas originalmente en mi libro La ética del sujeto, Buenos Aires, Biblos, 2009.
 
 
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