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   El psicoanálisis frente al trauma

El trauma, revisitado. Apuntes lógicos y clínicos
  Por Gabriel Belucci
   
 
Eu amei, amei demais O que eu sofri por causa de amor
ninguém sofreu Eu chorei, perdi a paz Mas o que eu sei
é que ninguém nunca teve mais… Mais do que eu


Vinicius de Moraes


El trauma, el sentido, lo real. La fundación del psicoanálisis tuvo lugar en torno de lo que podríamos llamar “un real”. No sólo en relación a las mentadas “escenas traumáticas”: si se leen cuidadosamente los historiales de los “Estudios sobre la histeria”, se advertirá que los síntomas y la neurosis misma se presentaban, en un primer momento, prácticamente inalterables. Fue un efecto de la apuesta freudiana el que los síntomas –y la neurosis– comenzaran a responder a la palabra. El descubrimiento del inconsciente, entonces, es impensable sin esa apuesta.
Es interesante notar que en su “Psicopatología de la vida cotidiana”, texto consagrado a la legalidad del inconsciente, no queda ningún lugar para el azar, toda vez que los hechos psíquicos quedan comprendidos en la ley universal de la sobredeterminación. El azar sólo encuentra su sitio en tanto exterior al “aparato psíquico”: si nos cayera una vaca del cielo –como en el reciente film Un cuento chino– ese acontecimiento estaría por fuera del sentido inconsciente. Sería, estrictamente, un fuera-de-sentido.
Sabemos que la neurosis es una máquina de transformar esos encuentros –esos “fuera-de-sentido”– en reencuentros, es decir, inscribirlos en lo que Freud llamó “series psíquicas”. De eso nos habla la conocida fórmula freudiana, según la cual no hacemos otra cosa que reencontrar. Es más, si así no fuese nos resultaría intolerable: como afirma Kundera en La insoportable levedad del ser, no podemos concebir que nuestro gran amor sea la consecuencia de un puñado de improbables casualidades. La transferencia misma, Freud lo subraya, se estructura en función de las “series psíquicas” del analizante. Pero, si es así, deja fuera un real.
Ese real, no tardó en manifestársele a Freud, quien finalmente tuvo que rendirse ante la evidencia: en la vida psíquica cuenta, también, “lo no ligado”, eso que el sentido inconsciente no puede anticipar. Si la operación freudiana inaugural consistió en anudar lo traumático a un sentido (inconsciente), el trauma retorna como aquello que el sentido no puede asimilar, y convoca la angustia como lo que oficiaría allí de barrera.
El problema, en Freud, es que los fenómenos que englobó en el “Más allá del principio de placer” permanecen fuera del alcance de la maniobra analítica, más bien como un obstáculo infranqueable. Aunque en “Análisis terminable e interminable” Freud situó el fundamento de la eficacia analítica en una transformación del movimiento pulsional, hizo finalmente del complejo de castración el non plus ultra del análisis, reenviando la cuestión al campo del sentido.*
Lacan, en esto, fue más allá de Freud. Su introducción de los tres registros le permitió establecer –bastante tardíamente, hay que destacarlo– que lo real es una dimensión de la experiencia analítica, como tal formalizable y, sobre todo, operable. La escritura del objeto a (en definitiva, una letra) permitió articular un número de procedimientos clínicos antes impensables. Mencionemos, entre ellos, la operación con el semblante, la maniobra con la angustia y el atravesamiento del fantasma, que involucran de distintas maneras un real. Lo que es más, todo el análisis puede pensarse, a partir del Seminario 11, como un trayecto que contornea lo imposible. En ese trayecto, algo se escribe y algo resta, cada vez. En ese trayecto, también, una nueva relación a lo imposible (a lo real) advendrá.
Lo traumático, en ese marco, da cuenta de los puntos en los que, pese a todo, algo no se escribe. Aquí las contingencias de la vida se enlazan topológicamente a los avatares del análisis. Si es cierto que un análisis poco o nada puede hacer frente a ciertos puntos de real –la muerte de un ser querido, una enfermedad, las diversas formas del malestar en la cultura– no es menos cierto que esas contingencias se bordearán de maneras distintas para quien se encuentre comprometido en la experiencia de un análisis. Y hay que agregar que otras contingencias –las que apuntan a la tyché como un “feliz azar”– podrán tener un lugar de otro modo reducido al “más de lo mismo” de la neurosis.

Una definición del optimismo. Me interesa retomar la cuestión desde otro punto. Si los accidentes de la vida exceden la trama del sentido y nos confrontan con lo real, el impacto de ese real será distinto según cuál sea allí la posición del sujeto. Incluso –o sobre todo– para aquellas situaciones habitualmente llamadas “traumáticas”, en las que lo incalculable supone una brusca irrupción de “lo no ligado”. Así el caso de un analizante para quien la inesperada muerte de alguien muy cercano fue la ocasión de una revisión y posterior redistribución de los tiempos en los que repartía su vida, a la que el trabajo de su análisis dio marco. Contrástese esto con lo que tantas otras veces sucede: la captura del sujeto, incluso su parálisis, en torno de determinados acontecimientos que se enquistan en el tiempo, a veces a lo largo de toda una vida. Como psicoanalistas, nos ha tocado trabajar más de una vez con estos efectos, con un tiempo detenido por años o incluso décadas y con el consiguiente empobrecimiento libidinal y encallecimiento subjetivo. El análisis aportó no pocas veces la posibilidad de un verdadero descongelamiento temporal, indisolublemente ligado a la decisión subjetiva de dar cuenta de lo real del trauma.
Se trata, entonces, de hacer lugar a las potencialidades de lo contingente. Tuve de ello una primera versión cuando, a la edad de 16 años –y en un momento muy productivo de mi análisis–, me encontré con una entrevista a un personaje del que no recuerdo ni su nombre ni la mayor parte de las circunstancias que lo habían marcado. Recuerdo, sí, que éstas habían sido tan variadas como difíciles y que había perdido un ojo. Y bien, según decía había hallado inspiración en un refrán que desde entonces hice propio, y que reza, en inglés: An optimist sees an opportunity in every calamity. A pessimist sees a calamity in every opportunity. En su concisa lógica, este refrán aporta la que bien podría ser una definición del optimismo acorde al psicoanálisis: no la euforia maníaca sustentada en el rechazo de lo imposible, sino esa “serena alegría” –no exenta de intensidades– a la que se refería Lacan, y que deviene, justamente, de que también “la calamidad” tenga su sitio. A eso apuntaba Freud cuando, en “La transitoriedad”, señalaba su asombro de que la posible desaparición de lo que amamos condujese a muchos a la melancolía, cuando para él era exactamente a la inversa: la brevedad de su existencia resaltaba aun más su disfrute. Es en eso que el psicoanálisis me ha hecho indefectiblemente optimista: lo imposible (lo real) es condición de que un campo de posibilidades se abra.
Tiempo más tarde, ya en mis años de formación, conocí durante una pasantía a alguien que quiero recordar por su nombre. Se llamaba Javier Fridman, y además de coordinar el grupo en el que yo participaba compartí luego con él un espacio de discusión clínica, que me dejó más que el recuerdo de algún caso puntual, la posición que él transmitía ante la clínica: “Esto es una puerta abierta”, frase tomada de su padre farmacéutico. Javier Fridman falleció un tiempo después, con treinta y tantos años, de una grave enfermedad que lo aquejaba. Sólo supe de esto por la contingencia de tratar yo en esa época a alguien allegado a él. Por lo demás, pocas veces conocí a alguien que trasuntara con tanta convicción la “serena alegría” de la que hablaba Lacan. Jamás mencionó su enfermedad, que estoy seguro de que, lejos de ignorar, constituía para él un horizonte, mas no un eje.
Más tarde aun, vi en un ciclo de cine una de las mejores obras de Takeshi Kitano, artista inclasificable sobre cuyas circunstancias vitales –también variadas y difíciles– mucho podría escribirse. Se llamaba Escenas en el mar, y contaba la historia de un recolector de residuos sordo, que además practicaba el surf y tenía, como tantos otros, un amor. Quiero señalar que, en su minimalismo no carente de humor ni de ternura, tanto la sordera como el desenlace trágico no son ni más ni menos que circunstancias, que no diluyen otras ni se erigen en sostén de la trama. Esto me llevó a reflexionar acerca de las notables diferencias con la tradición occidental, en la que lo trágico es tantas veces el punto de gravitación de lo narrado. Vuelvo a la clínica.

Lo imaginario, lo simbólico: lo real. Nos toca, en nuestra práctica, encontrar lo traumático, tanto en las formas extremas del accidente, incluso de la catástrofe, como en las más puntuales y, en última instancia, como inherente a la existencia del sujeto. No hay que prescindir, en esos encuentros, de ciertos usos de lo imaginario, ya sea en el despliegue de determinadas significaciones como en la escena de la transferencia o en el manejo de los semblantes que invisten al analista en esa escena. No es sin eso, sostengo, que el analizante podrá atravesar –sin retroceder– esos puntos que movilizan los soportes con los que contaba. Y tanto más será así cuanto más frágiles sean esos soportes –como en las fobias o en la así llamada “clínica de los bordes”–, o cuando la experiencia del análisis los haya hecho vacilar lo suficiente como para que, una vez más, retroceder sea un camino tentador.
El trayecto del análisis –lo sabemos– no se agota sin embargo en ese espesor imaginario, sino que requiere una operación que es tanto de lectura de la determinación significante del sujeto en el lugar del Otro, como –y sobre todo– de escritura, lo que introduce una relación a lo real, aquello que “no cesa de no escribirse”. El sujeto re-escribe cada vez su determinación significante, y en esas sucesivas re-escrituras –el Durcharbeiten freudiano– algo resta que sostiene el empuje a analizarse. Llegar a un final supone, así, extraer el síntoma en lo que tiene de incurable, para elevarlo a la función de nudo que hoy le adjudicamos.
Hay dos cuestiones, no obstante, que es menester despejar. La primera hace a un posible nuevo ideal: aquél que reservaría para ese momento singular del fin de un análisis esa nueva relación a lo real. Prefiero pensar, como escuché alguna vez sobre la muerte, que la cura no es algo ubicado sólo al final: va aconteciendo, y en la medida en que ha acontecido la posición del sujeto –también ante el trauma– no será la misma, no importa cuánto de la neurosis reste aún.
La segunda, igualmente engañosa, es la suposición de que, en esa instancia del final, lo traumático quedaría definitivamente atrás. Cuando Theodor Adorno se refirió a la tragedia de la Shoah, enunció su célebre Kein Gedicht nach Auschwitz, aludiendo a una insuficiencia de la textura simbólica para dar cuenta de lo que esa experiencia tiene de monstruoso. Juan Gelman, por su parte, preguntado en un reportaje, a pocos años de nuestra propia tragedia, cómo se sobrevive a la muerte de un hijo, devolvió la pregunta, que así quedó resonando: “Eso, ¿cómo se sobrevive…?”. El que continuara escribiendo en los años que siguieron responde de algún modo: la experiencia poética, cercana en ello a la del psicoanálisis, es capaz de hacer mella en lo real precisamente por no desconocer lo que hay allí de irreductible. Ante el trauma, sólo cabe circunscribirlo. En ello, algún camino se tornará transitable y alguna ficción hará posible que, en el lugar del trauma, la verdad advenga.


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* Esto es así, al menos, si entendemos la castración como complejo, y no como hecho de estructura.
 
 
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